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Obama manda más tropas al abismo afgano

EE.UU. refuerza su presencia militar y anuncia que al menos 20 aliados enviarán refuerzos a Afganistán

06/03/2009 - Autor: Miguel Ángel de Lucas - Fuente: Diagonal
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Protesta contra la guerra de Afganistán en Toronto, Canadá, el 15 de marzo de 2008
Protesta contra la guerra de Afganistán en Toronto, Canadá, el 15 de marzo de 2008

Desde 2002, EE UU y la OTAN triplicaron sin éxito sus tropas. La insurgencia se extiende al 72% del país y Afganistán se hunde entre la corrupción y el narcotráfico. Obama anuncia una nueva estrategia, pero persiste el enfoque militar.

Son 17.000 nuevos soldados. Con este refuerzo, anunciado por Obama el pasado 19 de febrero, Estados Unidos llegará a tener del orden de 55.000 soldados en Afganistán. A ellos se suman los 30.000 de la Fuerza Internacional de la Asistencia a la Seguridad (ISAF), la misión en la que participan los países de la OTAN. En total suman más de 80.000 militares sobre el terreno. Se trata de la mitad de efectivos que el Ejército soviético desplegó en la década de los ‘80, y que tampoco le garantizaron el control de este país centroasiático.

Los rebeldes afganos tienen bastante experiencia a la hora de rechazar a las potencias extranjeras. Y también motivos históricos para desconfiar de imperios que afirman traer consigo una civilización superior. Por el actual Afganistán pasaron, en general con poco éxito, los ejércitos de Darío de Persia, Alejandro Magno, Gengis Khan, las tropas de la Inglaterra victoriana, la Rusia zarista y la Unión Soviética. Ahora el país se ha convertido en un quebradero de cabeza para la OTAN.

Después de ocho años, ninguno de los objetivos declarados al comienzo de la invasión en 2001 ha llegado a cumplirse. La comunidad internacional no considera que se haya eliminado la actividad terrorista con base en el país, y tampoco se ha conseguido crear un Estado viable al margen de los talibán. En 2007, un informe del Consejo de Seguridad de la presidencia de Estados Unidos llegaba a una conclusión difícil de aceptar: EE UU y la OTAN están perdiendo. Los indicadores son contundentes. Si se miran algunos datos, hablar de “progreso” es algo que más bien suena a sarcasmo. En Afganistán, según datos de Justicia i Pau, existen más de 850 grupos armados. El Gobierno es incapaz de controlar el territorio, y la presencia de los talibán y la insurgencia se extiende al 72% del país.

Entre militares, políticos, y analistas ha comenzado a especularse sobre si Afganistán podría convertirse en el Vietnam de la OTAN. Robert Matthews, analista de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior, lo explica con una frase: “La idea es que Estados Unidos podría recuperarse de una derrota, la OTAN no”. De algún modo, la Alianza atlántica se juega en el frente afgano su razón de existir. Creada con el fin de parar los pies a la URSS durante la guerra fría, la OTAN ha sobrepasado con creces su propósito inicial (cabe preguntarse cómo algo llamado Organización del Tratado del Atlántico Norte opera hoy en el centro de Asia), y desde hace décadas busca legitimar su sentido con cada nueva misión.

La misión de Afganistán es, de hecho, una muestra de esa personalidad cambiante. El despliegue de la ISAF se decidió en 2001 y se puso en marcha en 2003 a las órdenes de la OTAN, con un mandato inicial de reconstrucción y “mantenimiento de la paz” de forma paralela a la operación ‘Libertad Duradera’ de combate contra los talibán por parte de EE UU y Gran Bretaña. Pero desde hace tiempo esto tampoco es así. En octubre de 2006 la ISAF asumió la responsabilidad de la seguridad en todo Afganistán. Como resultado, el despliegue de las tropas en el sur del país supuso entrar en combate abierto con los insurgentes. “Estados Unidos ha conseguido, mal que bien, que la ilegalidad de la operación Libertad Duradera se tape un tanto merced a la legalidad que ampara a la ISAF”, escribía entonces el profesor de Ciencia Política, Carlos Taibo, quien al igual que expertos en Derecho Internacional ha puesto en duda el carácter legal de la guerra.

Pero los problemas no han sido sólo de orden jurídico. Algunos países de la OTAN ya han anunciado su intención de abandonar el país. El año pasado Canadá anunció su retirada para 2011, una decisión tomada tras la fuerte presión pública causada por el alto número de bajas canadienses (108 militares y cuatro civiles) y las imágenes de combates abiertos con la insurgencia. Otro tanto ocurre en Holanda, donde la presión pública llevó al Gobierno a anunciar que abandonará el país en 2010.

Con Obama todo es más fácil

Para frenar esta tendencia, tras la llegada a la presidencia de Barack Obama, se ha insistido en la necesidad de lo que se ha llamado la “nueva estrategia” en Afganistán. En esta línea figura un mayor peso de la reconstrucción (hasta ahora se ha destinado un dólar a usos civiles por cada 11 a fines militares) y una mayor colaboración de los países de la región. (Así, este 11 de febrero, Rusia afirmó que ofrecería su infraestructura militar a la OTAN).

En esta nueva etapa, el encanto que despierta Obama entre los gobernantes europeos facilita “una colaboración mayor” de sus aliados. Frente a las discrepancias que podía haber con Bush en la Casa Blanca, el anuncio de nuevos soldados fue esta vez aplaudido por todos los socios. Alemania e Italia han sido los primeros en sumarse a la llamada, y sus gobiernos enviarán respectivamente 600 y 500 nuevos soldados. No serán los únicos. Según afirma el secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, “en estos días, 19 o 20 países han anunciado que aumentarían su presencia, ya sea en los sectores civil, militar o de la formación”.

Según Robert Matthews: “para que la nueva estrategia tuviera éxito debería ser algo nuevo, de la A a la Z, no seguir como hasta ahora”. Este analista aconseja “no pensar con números” ya que el aumento de tropas no ha significado una mejora en Afganistán. Al contrario, desde 2002, EE UU y la OTAN han triplicado su presencia militar, pero la insurgencia se ha multiplicado en el mismo periodo. De hecho, uno de los motivos que propician este auge es el alto número de bajas civiles en el conflicto. En 2008, según un informe de la ONU, el número de no combatientes fallecidos fue de 2.118, un aumentó del 40%. La OTAN, para prevenir sus propias bajas, aumentó en 2007 sus bombardeos aéreos. El número de los ataques creció un 20% en 2007 respecto al año anterior, con un total de 2.740 vuelos, cifra que duplicó a los de Iraq de ese mismo año.

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