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El judío antisonista y el sueño andaluz

El sionismo acusa de antijudaísmo toda denuncia de sus tropelías

18/02/2009 - Autor: Pepe Gutiérrez-Álvarez - Fuente: kaosenlared.net
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Una protesta Bundista en 1917. Movimiento político judío socialista y antisionista creado a finales del siglo XIX en el imperio ruso.
Una protesta Bundista en 1917. Movimiento político judío socialista y antisionista creado a finales del siglo XIX en el imperio ruso.

El sionismo acusa de antijudaísmo toda denuncia de sus tropelías. Se trata de una confusión perversa contra la que conviene tener en cuenta la existencia de una mayoría judía no sionista. Como anexo ofrecemos la 2ª parte del de Carr sobre la cuestión judía y la URSS…

El judaísmo antisionista tuvo y tiene una amplia representación. Basta echar una ojeada a un título clásico como el de Natham Weinstock El sionismo contra Israel (Fontanella, Barcelona, 1967, tr. de Francisco J. Carrillo), para tener una idea. Este libro serviría de alimento teórico para una generación de judíos no sionistas así como para marxistas que necesitábamos saber sobre la cuestión. Más elaborado todavía es el de Enzo Traverso Les marxistes et la question juive (La Brèche, París, 1980, con un prólogo de Pierre Vidal-Naquet), que está pidiendo a gritos una traducción. Traverso es uno de los historiadores que más insistido en denunciar la falacia de confundir el judaísmo con el sionismo en títulos tan imprescindibles como La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales (Herder, Barcelona, 2001). Anotemos otro título suyo no menos inexcusable: El totalitarisme. Història d’un debat (Universitat de València, 2002). Según información del mismo autor, será esta misma editorial la que está preparando la edición de La guerra civil europea

En la misma tradición judía no sionista se sitúa el camarada Michel Warschawski, un intelectual judío, como Deutscher, hijo de un reconocido rabino (Meir Warschawski), y uno de los más reconocidos activistas en favor de una alternativa binacional para Israel, miembro fundador del Centro Alternativo de Información de Jerusalén y cronista habitual de la región en la prensa marxista revolucionaria internacional (y muy presente en las crónicas de la revista Viento Sur sobre la zona), del que Catarata-Viento Sur dio a conocer la obra Israel-Palestina: la alternativa de la convivencia binacional (Madrid, 2002), en la que llama a construir juntos un «sueño andaluz», o sea, una región que como en Andalucía de los califas, árabes, los judíos y cristianos pudieran convivan binacional, pacífica y creativamente. Más recientemente, Michael Warschawski ha publicado en la colección “Más madera” de la editorial Icaria, A tumba abierta. La crisis de la sociedad israelí (Barcelona, 2004), y junto con Gilbert Achcar, La guerra de los 33 días. Israel contra Hezbolá en el Líbano y sus consecuencias (2007). Tanto Michael como Gilbert son discípulos aventajados de Ernest Mandel.

Desde una perspectiva árabe, pero que toma igualmente como referencia a Deutscher, tenemos la obra de uno de los discípulos del insigne historiador marxista anglopolaco, el prolífico Tariq Alí que ya nos obsequio con El choque de los fundamentalismos. Cruzadas, yihads y modernidad (Alianza, Madrid, 2002, tr. de María Corniero), una edición que posee el sello de distinción de los grandes trabajos de Isaac Deutscher (ampliamente evocado como referente), y que incide lúcidamente en el debate sobre el «choque de civilizaciones» en la situación internacional, al tiempo que efectúa una revisión árabe laica del fundamentalismo islámico y del mundo después del día en que “cambió el mundo”, el 11-09-01 (tema este sobre el que tenemos al alcance una película con ese mismo título en la que, entre otras, destaca la aportación de Ken Loach, que nos recuerda que el verdadero 11-09 fue el de 1973, el del golpe de Pinochet y la CIA en Chile). Tariq publicaría más tarde su demoledora denuncia de la guerra de Irak, Bush en Babilonia (también en Alianza), y desde entonces ha reeditado unas memorias (Años de lucha en la calle), un alegato contra el imperialismo en América Latina, Bucaneros en el Caribe y un ensayo sobre el Pakistán, ninguno de los cuales he tenido tiempo todavía de ojear, pero sobre los que he leído las suficientes referencias como recomendarlos con los ojos cerrados.

Recordemos que históricamente, la “cuestión judía” fue un tema primordial en la historia del socialismo internacional, ya hubo serias polémicas en los tiempos de los jóvenes hegelianos. El “affaire” Dreyfus conmovió a los líderes revolucionarios, y la actuación a tumba abierta de Emile Zola les entusiasmó. Lenin llevaba la foto del novelista en su cartera cuando falleció. También en Rusia hubo un caso similar, el de Beylis, frente al cual la izquierda reaccionó con plena unanimidad, al igual que en la denuncia de los pogromos, uno de los deportes favoritos del zarismo más militante. Durante la guerra civil, la condición hebrea de Trotsky se convirtió en una de las motivaciones más manidas de la propaganda contrarrevolucionaria (que hundía sus raíces en la tradición de pogromos tan caro al zarismo), y la Revolución rusa fue homologada por la derecha internacional como la expresión más perversa de «la conspiración judía internacional». Luego fue la burocracia estalinista la que no dudó en atizar los sentimientos antisemitas contra la Oposición de Izquierda, ampliamente nutrida por hombres y mujeres de procedencia judía, una distinción que luego se reproduciría ampliamente en el movimiento trotskista internacional. Tampoco olvidemos que la URSS de Stalin apoyó la creación del Estado de Israel.

Trotsky ofreció algunas reflexiones sugestivas sobre la cuestión, en especial en una entrevista desde México al diario Der Weg, y a la agencia telegráfica judía de finales de los años treinta, cuando ya había escrito páginas en las que denunciaba radicalmente el antisemitismo fascista, y la complicidad de las democracias que, como la norteamericana, ahora se llenan la boca sobre el “Shoah”, cuando en su día no movieron un dedo en solidaridad. Pero la principal aportación histórica del marxismo revolucionario sobre este problema la ofreció un discípulo judío de Trotsky, Abraham León, muerto a los veintiséis años en Auschwitz. León fue de entrada un ardiente militante de las juventudes socialistas sionistas (Hachamer Hazoir) en Bélgica, donde su familia, sionistas de la pequeña burguesía, se había establecido desde 1928, después de una efímera estancia en Palestina (a consecuencia de las persecuciones sufridas en su país natal).

Atraído por la Cuarta Internacional desde 1936, tomó definitivamente partido por tal opción con ocasión de los «procesos de Moscú», aunque durante un tiempo siguió manteniendo sus conexiones con el sionismo. Obviamente, ambas opciones —el internacionalismo y el nacionalismo racial— le provocaban no pocas contradicciones, y durante un tiempo trató de encontrar una argumentación marxista que se lo permitiera. A pesar de las penosas condiciones en que se desarrollaba la resistencia belga bajo la ocupación alemana, así como las pesadas tareas que había asumido en la pequeña sección de la IV Internacional, con cuya historia se confunde su propia historia, León consiguió reunir una vastísima documentación sobre el pasado y el presente reciente de los judíos.

En su obra La concepción materialista de la cuestión judía, León encuentra en la explicación social de los judíos en su tradición religiosa y de la conservación del judaísmo, y elabora la teoría del pueblo-clase, ya sugerida por Marx y por Max Weber.

Esta idea se convierte en una clave indispensable para la comprensión del papel jugado a lo largo de la historia por los judíos, y contribuye al desarrollo de una alternativa a su situación de miseria, una situación que en aquellos momentos se caracterizaba por la mayor represión de una historia milenaria, y frente a la cual la pequeña internacional se había movilizado con tanta vehemencia como dificultades. Condenando sin reserva sus concepciones sionistas pasadas, León concluye que en el contexto del capitalismo decadente no existe ninguna solución a la cuestión judía, y que el sionismo, una ideología pequeñoburguesa en la época imperialista, se condenaba a convertirse en un instrumento en manos del capitalismo internacional. La obra de León no fue publicada hasta 1946. Existe una cuidada edición (EDI, París, 1968) revisada y presentada por Maxime Rodinson (autor de Los árabes, Siglo XXI, Madrid, 1981), con textos complementarios de Trotsky, Deutscher y E. Germain (Mandel). Me consta la existencia de una traducción argentina (traducida por Jorge Abelardo Ramos, concretamente la de Ediciones El Yunque, aparecida en Buenos Aires, en 1975, cuando Ramos ya hacía mucho tiempo que se había convertido al “peronismo”, lo que no le impidió mantener una cierta fidelidad a sus posiciones trotskianas, un sentimiento por cierto, muy propio entre muchos “arrepentidos” y “arrepentidas”.

Después de la Segunda Guerra Mundial y del conocimiento de la Shoah (Holocausto), se ha olvidado una controversia que atravesó la historia del socialismo, la que trataba de responder a la pregunta: ¿puede darse una síntesis entre el judaísmo y el socialismo?

Lo dicho: durante un siglo, el movimiento obrero en general y el marxismo en particular trataron de responder a este interrogante planteado desde el judaísmo por generaciones de intelectuales y militantes judíos, especialmente implicados en las corrientes más avanzadas de la clase obrera. Y lo hicieron desde Marx a León en una reflexión en absoluto cerrada, sino que, por el contrario, abarcó innumerables prismas. Por una parte, los teóricos tradicionales de la II Internacional, al concebir la historia como una línea de progreso sin interrupción acorde con la tradición de los ilustrados, identificaron el socialismo con la asimilación de los judíos. En Europa oriental, donde los pogromos eran bastante habituales, se desarrolló un socialismo yiddish que subrayaba la pertenencia de éstos a una historia y una cultura diferenciadas; esta tradición hundía sus raíces en los mitos bíblicos.

Dentro de un apartado inclasificable, Walter Benjamin se propuso reinterpretar el materialismo histórico a la luz del mesianismo judío, conformando en su conjunto un debate sobre el que aquí carecemos de asideros. Pero el proyecto de emancipación no se concretó (éste fue uno de los mayores fracasos de la Revolución rusa, uno de los mayores crímenes del estalinismo), y, sin embargo, sí un genocidio contra el cual —esto se olvida— únicamente se rebelaron unas minorías ante la indiferencia de los bienpensantes en general, y la evolución ulterior del judaísmo no ha podido ser más alarmante: no hay más que ver a los laboristas y sindicalistas sentados —¿a la izquierda?— de Sharon, un personaje que ha acabado convirtiendo a la que fue una minoría perseguida en cómplice de una política de ocupación del territorio de Palestina que tiene muchas semejanzas con el apartheid sudafricano (un sistema que, por cierto, tuvo en el Israel sionista uno de sus mayores aliados).

Con diversas matizaciones, este ideario podría hacerse extensible a las tradiciones socialistas libertarias y as la que otro judío, Rudolf Rocker, llamada liberales de avanzada, y ahí entraría por ejemplo toda la gran cultura judía austriaca…Lástima que muchos intelectuales de la estirpe de Cullá o Marta Pessarrodona, le hayan dado las espaldas a todas ellas y se hayan situado al lado de los poderosos.

 

E. H. Carr: La cuestión judía en la URSS (2)

La historia de los sufrimientos de los judíos soviéticos no se ha debido tanto a decisiones repentinas y deliberadas como a la intensificación acumulativa de unos procesos que se venían observando ya desde los primeros años del régimen. Si entre las víctimas de las purgas de los años veinte hubo más judíos de los que su número permitía suponer, ello se debió a que las purgas afectaron con mayor intensidad a la intelligentsia, que siempre contó con una alta proporción de judíos. Las masacres causadas por la guerra no pueden atribuirse al gobierno soviético. La pesadilla que representaron los últimos años de Stalin se aleja, por su propia monstruosidad, de cualquier patrón preestablecido, ya ella siguió una cierta relajación que, sin embargo, no significó el fin de las persecuciones, sino su limitación a dimensiones más «normales». El hecho de que el proceso, en su conjunto -excepción hecha del clímax estalinista- pueda explicarse en términos de causa y efecto no significa que la situación fuera, por ello, menos terrible.

Un trabajo plural de las características del presente requiere mucho tiempo para su realización y publicación, y muchos de los ensayos que lo componen probablemente fueron preparados, o incluso concluidos, con anterioridad a la guerra de los Seis Días, de junio de 1967. Ésta, sin embargo, aparece cautelosamente citada en varios de ellos, y el ensayo final, obra de Zev Katz, se aplica a revisa sus consecuencias. El sionismo en la Unión Soviética está tratado el otro artículo anterior, en este mismo volumen, y es obra de Schechtman; hay, asimismo, otro sobre literatura hebraica en la Unión Soviética, del que es autor Gilboa. Desde la década de 1890, el sionismo ha Competido, cada vez a mayor escala, con la socialdemocracia en la captación de las lealtades de los intelectuales y de la juventud judía, en Rusia. Era poco menos que probable que fuera a contar con las simpatías del régimen revolucionario y, aunque en un principio no fue formalmente prohibido, pronto fue objeto de persecuciones esporádicas, tanto de parte de las autoridades como de las secciones judías del partido. La literatura hebraica, blanco de antipatías, tanto por sus connotaciones religiosas como nacionalistas, llevó una existencia subterránea casi desde el principio, en Contraste con la tolerancia, e incluso el aliento, que recibió el yiddish durante los años veinte.

La segunda guerra mundial dio lugar a un relajamiento temporal de la presión sobre los judíos ya la formación de un comité judío antifascista. Pero quedaba completamente al margen de toda relación con el sionismo. Por ello, no deja de sorprender que el gobierno ruso, durante un breve período de tiempo (1947-1948) prestara todo su apoyo, en las Naciones Unidas y donde hizo falta, a la creación del estado israelí. Por supuesto, Podría aducirse que la teoría bolchevique jamás se había opuesto al reconocimiento de los judíos como nación, una vez que hubiesen adquirido la territorialidad. Pero, al parecer, el principal motivo que alentaba la Posición soviética era el deseo de ver menguar el Poderío británico en el Oriente Medio, y el nacimiento de un nuevo estado favorable a la Unión Soviética. De ser así, el error de cálculo que cometieron fue colosal. Tal vez Schechtman exagera al afirmar que el gobierno ruso quedó defraudado por el hecho de que «Israel no manifestara ninguna inclinación por convertirse en un satélite soviético". Un lsrael perteneciente al Tercer Mundo hubiese resultado aceptable. Pero el año de la creación de Israel fue también el año del Plan Marshall; y con los tentáculos norteamericanos extendiéndose cada vez más y más lejos por el mundo, de hecho dividido entre dos campos enfrentados, no era difícil imaginar por cuál de ellos iba a decidirse Israel. A partir de ese momento, la hostilidad rusa hacia Israel no hizo más que ir en aumento. Lo único que hizo la guerra de los Seis Días fue sellar la animosidad que ya era un elemento constitutivo de la política rusa.

La cuestión de hasta qué punto el crecimiento y el reconocimiento de Israel afectó al destino de los judíos de la Unión Soviética es una de las que encuentra mayores reticencias entre los colaboradores de esta obra colectiva. La mano dura de Zhdánov se dejó sentir sobre otras minorías, además de la judía. El frenesí antisemita de los últimos cinco años de la vida de Stalin, que culminó con las connotaciones claramente antisemitas del asunto del “complot de los doctores”, no hay duda de que se puede explicar como un agravamiento de la actitud soviética anterior o como obra de un dictador paranoico. También hay que reconocer que la persecución de los judíos en la Unión Soviética constituyó un factor importante en el agudizamiento de la hostilidad israelí para con la Unión Soviética. Pero cuesta aceptar que esta influencia no fuese recíproca, o que el encarnizamiento y persistencia de la persecución no tuviese nada que ver con la atmósfera de la guerra fría y con la dependencia cada vez más evidente de Israel con respecto a los Estados Unidos.

Esta cuestión vuelve a plantearse de un modo crítico después de la guerra de los Seis Días. Katz cita unas observaciones de Ylia Ehrenburg, recogidas por el malogrado Alexander Werth. Se atribuye a Ehrenburg el haber afirmado que “sí los árabes hubiesen masacrado a los judíos, ello habría provocado una oleada de antisemitismo en la Unión Soviética, pero ahora se tiene un cierto respeto por los judíos, en cuanto a su valía como soldados”. Se trata de una boutade típicamente inteligente, pero apenas tiene visos de plausibilidad. Los judíos rusos se encuentran en una situación que no tiene nada de envidiable. Es comprensible que se muestren reacios a desacreditar y condenar las hazañas del estado israelí, aunque se les presione para que lo hagan. Y, en caso de que así lo hagan, no se les concede credibilidad. Hagan lo que hagan, y al margen de sus sentimientos, están condenados a expiar los triunfos de Israel. Es difícil concebir una tragedia psicológica más intolerable.

El volumen ha sido excelentemente editado por Lionel Kochan. Debe haber sido una tarea muy ardua organizar tal constelación de autores, con el fin de evitar superposiciones y para dar cohesi6n y unidad al libro. La temática es de un interés permanente. Puede que parezca en cierto modo ajena a los principales problemas de Israel y del Oriente Medio, pero, de hecho, formaba parte de ellos. La Unión Soviética no es el único país en el que los triunfos del sionismo y las razones de estado de Israel plantean problemas de una complejidad creciente a los judíos de la Diáspora.

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