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La Babel gallega está situada en Ourense

La pequeña comunidad musulmana, por su parte, empieza a abrir sus negocios y se surte con los productos propios de su tierra

03/02/2009 - Autor: Marcos Sueiro - Fuente: xornal.com
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La pizarra Valdeorresa.
La pizarra Valdeorresa.

Un mosaico de nacionalidades distintas puebla la geografía del oriente ourensano. En los últimos años se ha incrementado de manera considerable el fenómeno migratorio. Las riquezas naturales, principalmente la extracción de pizarra, se han convertido en un reclamo para quienes buscan aliarse con la fortuna para alcanzar una mayor prosperidad.

Según reflejan los datos del último informe publicado por el Pacto Territorial de Emprego de Valdeorras, la cifra de inmigrantes inscritos en O Barco alcanza los 1.121, frente a una población total de 13.800 habitantes. La tasa porcentual, sobre el conjunto de la población, se cifra en el 8,12 %, una de las más altas de la comunidad autónoma y muy superior a la del conjunto de Galicia. La procedencia de estos nuevos ciudadanos gallegos y valdeorreses es variada, a pesar de que en su mayoría provienen de Europa y América.

Desde el Concello de O Barco y su departamento de Servizos Sociais, Igualdade e Inmigración se observa con naturalidad este proceso “que es una constante en los últimos tiempos”, según apunta la concelleira Natalia Álvarez. La administración local impulsa acciones específicas para el colectivo. Se organizan “jornadas multiculturales, clases de español y gallego, orientación laboral y legal”. Los presupuestos municipales contemplan partidas específicas para tratar de fomentar su rápida integración.

Políticas de integración

“La inmigración puede ser un problema, pero aquí no”, asegura el alcalde de O Barco de Valdeorras, Alfredo García. “Desde el Concello hemos puesto en marcha políticas activas de integración, además de favorecer la plena inserción laboral del colectivo”, indica. Esta situación de convivencia e integración normalizada se propicia también por parte de asociaciones como Cruz Vermella, Vagalume y Cáritas.

“Aquí nos encontramos bien, es un sitio pequeño, con todos los servicios, y además hay trabajo” dice Silvia, una dominicana que trabaja de cocinera. Añora su país al que le gustaría regresar pero “de momento es dificil”, dice. Lo mismo le ocurre a Leticia, paraguaya, que vive con un ciudadano colombiano, trabajador de la pizarra.

Los latinos echan de menos el baile. Érico, cubano de 16 años, vive desde hace dos con su madre y juntos atienden El Habana, un punto de referencia para todos los miembros de la comunidad latina. “Hace dos años que estoy en O Barco y me cuesta acostumbrarme al frío, por lo demás estoy contento aunque la gente es más apagada que en Cuba”, explica.

Érico acude por las mañanas a clase para formarse como administrativo. Quiere ser funcionario y le extraña que en Valdeorras esos trabajadores no lleven uniforme. Los latinos combaten la nostalgia en reuniones semanales y en fiestas improvisadas donde se degustan productos típicos de sus países.

La pequeña comunidad musulmana, por su parte, empieza a abrir sus negocios y se surte con los productos propios de su tierra. Es el caso de Zakir Hossain. Desde su Bangladesh natal acabó en Valdeorras y asegura no arrepentirse. Tiene cinco hijos en un país lejano, pero combate la ausencia con el trabajo y con un buen plan de ahorro para regresar pronto al sudeste asiático. Zakir no se siente observado ni cuestionado en el municipio y afirma que el negocio “va bien”.

Otro colectivo en constante crecimiento es la comunidad china. En casi todos los concellos del oriente ourensano tienen su bazar, que atienden con la ayuda de sus vástagos una vez que vuelven del colegio. Los ciudadanos chinos quieren regresar, pero la característica tranquilidad oriental les empuja a aceptar con resignación su situación y a refugirase en el trabajo para combatir la ausencia.

Matrimonios mixtos

La población de O Barco convive con estos nuevos vecinos y son varios los ejemplos de matrimonios mixtos. Paulina, de Ecuador, se casó con un barquense y asegura sentirse “feliz” con su marido y su bebé. Su hijo ya es gallego y no quiere regresar al Ecuador. “Mi familia viene acá”, comenta.

La normalidad con la que se vive esta situación la atestigua la policía local, que no observa casos especiales de conflicto y da fe de una buena convivencia. “Antes íbamos nosotros y ahora vienen ellos”, aseguran.

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