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¿El retorno de Estados Unidos?

El nuevo presidente promete la vuelta a los valores esenciales: libertad, democracia y multilateralismo

29/01/2009 - Autor: Sami Nair - Fuente: El Periódico
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El primer día  El presidente Obama, el día 21, en la Casa Blanca. Foto: EFE / CHRIS USHER
El primer día El presidente Obama, el día 21, en la Casa Blanca. Foto: EFE / CHRIS USHER

¿Acaso la llegada a la Casa Blanca del presidente Barack Obama permite formular un nuevo paradigma de las relaciones de EEUU con las demás naciones? La ingente tarea de hacer frente a una crisis económica sin parangón desde 1929 y de anteponer la diplomacia a las armas en las grandes crisis internacionales es un formidable desafío en el que cuentan tanto las intenciones del sucesor de Bush como los intereses creados y el deterioro de la situación desde Israel a Afganistán.

El discurso de investidura del presidente Barack Obama constituye la hoja de ruta de la política de Estados Unidos en los cuatro próximos años. Este discurso era muy esperado, tanto porque Obama despierta muchas expectativas, al ser el primer presidente negro de la historia de EEUU, como porque, después de ocho años de gobierno de la extrema derecha neoconservadora con Bush, EEUU se encuentra en una doble crisis de una profundidad excepcional: crisis económica y financiera y crisis de legitimidad internacional por haber exportado el caos en el mundo (Irak, guerra de Afganistán, apoyo incondicional a la política destructora de Israel, et- cétera). No se puede analizar aquí este discurso, aunque lo merecería, pues demuestra un acercamiento nuevo, original y opuesto a la ideología dominante últimamente en EEUU. Filosóficamente, la visión de Obama enunciada durante su campaña electoral es radicalmente opuesta a la de Bush: rechazo del choque de civilizaciones, rechazo del orden moral cristiano-protestante de los neoconservadores, rechazo de la política de violación de los derechos humanos, rechazo de la política ultraliberal de Bush, basada en una economía bancaria de ladrones que acaba de arruinar a millones de personas y que provocó el auge de las desigualdades sociales (¡más de 45 millones de personas sin seguro social!). Rechazo, por último, de la política de intervencionismo militar en el mundo. Obama promete el retorno a los valores esenciales de Estados Unidos: libertad, democracia, multilateralismo.

Es un gran desafío. Y lo es porque hay y habrá una gran diferencia entre las ideas y la realidad.

Frente a la política neoliberal, Obama, utilizando el plan Paulson elaborado en la época de Bush, pretende poner en marcha una estrategia neokeynesiana de relanzamiento de la economía con el consumo y la creación de empleos por medio de grandes obras públicas. También quiere desarrollar una política de sanidad, de educación y de atención al medio ambiente que cree al mismo tiempo empleos y cohesión social. Cuenta con alrededor de 825.000 millones de dólares (637.000 millones de euros) para esa política. ¿Bastarán? Todos los observadores, empezando por el último Nobel de Economía --muy partidario de Obama--, Paul Krugman, lo dudan. Habrá que encontrar dinero, pero ¿dónde?

En realidad, EEUU no puede afrontar esta situación sin la ayuda financiera del extranjero: Alemania, Japón, China y los países del Golfo, que cuentan con ahorros importantes. La próxima reunión del G-20, en Londres, en abril, tendrá que definir cómo se va a otorgar esta ayuda. Porque la amarga paradoja de la situación es la siguiente: EEUU, después de haberse beneficiado del ahorro mundial durante más de 25 años, de manera egoísta y vergonzosa, con su monstruoso endeudamiento publico y privado, financiado por el resto del mundo, ha provocado la mayor crisis del capitalismo desde 1929. Y son las grandes naciones del mundo las que deben hoy pagar para evitar un estallido planetario del capitalismo. Es la realidad cruda. Dicho de otra manera: sin apoyo del resto del mundo, no habrá salvación económica de Estados Unidos. Obama lo ha entendido bien. Y su apertura al multilateralismo --como su apología de la tolerancia, del mestizaje, de la solidaridad nacional e internacional para el desarrollo-- es también una necesidad imprescindible para reconstruir económicamente Estados Unidos.

Otro frente caliente lo tendrá Obama en Wall Street: las personalidades elegidas para ocupar puestos claves tanto en el Tesoro (Tim Geithner) como en el Departamento de Comercio (Bill Richardson, que ha tenido que renunciar) o en la agencia gubernamental de transparencia bursátil (Mary Schapiro), parecen tener vínculos demasiados importantes con el mundo financiero para ser realmente independientes. Pero también se puede pensar que Obama ha actuado de manera muy inteligente: tener personas del medio para poder negociar mejor con Wall Street (no hay que olvidar que la Bolsa hizo campaña por Obama). Porque todo el mundo sabe que Wall Street no va a aceptar de buena gana las medidas de control estatal de los mercados financieros. De todos modos, los problemas de fondo son ineludibles: la crisis económica mundial actual es estructural y no se podrá resolver nada sin una reforma muy profunda tanto del sistema financiero como del modelo monetario vigente, y sin relanzamiento coordinado a escala mundial. Nadie puede decir si Obama podrá abrir este camino.

También en política exterior la situación será difícil. En Irak, la retirada del Ejército estadounidense podría provocar, a corto o medio plazo, la caída del Gobierno proamericano de Nuri al Maliki. En Afganistán, la estrategia de extensión de la guerra no es la adecuada, y los aliados de EEUU no quieren involucrarse más; además, el verdadero frente se encuentra hoy en Pakistán, y eso supone la implicación también de la India. Afganistán y Pakistán pueden ser los Vietnams de Obama si comete errores estratégicos.

Con Irán, por otro lado, los márgenes de negociación son muy estrechos: si la política bélica de Bush no pudo imponer a Irán renunciar a su derecho legítimo de conseguir las tecnologías nucleares, es difícil pensar que Obama lo logre. Probablemente, lo que Obama busca con Irán es más bien un acuerdo tanto para el apoyo iraní en Irak, a fin de favorecer la retirada del Ejército de Estados Unidos y preservar la estabilidad, como para una alianza tecnológica con este país para controlar su desarrollo nuclear (que ya existe con Pakistán y la India).

En Oriente Próximo, el problema es aún más complejo para Obama. Israel es un actor interno de la vida política norteamericana, tanto en el Congreso como en los medios de comunicación y en la Bolsa. Si Obama quiere actuar, tendrá que hacerlo muy deprisa, aprovechando la situación de crisis política en Israel y el fracaso de la agresión contra Gaza. La elección de George Mitchell como enviado especial en Oriente Próximo es, desde este punto de vista, una muy buena apuesta. Es la persona idónea en el lugar adecuado. Pero Israel es un país que ha conseguido una autonomía estratégica lo suficientemente fuerte para destrozar cualquier proyecto de solución. Salvo una intervención mundial, con la convocatoria de una conferencia internacional, será muy difícil avanzar en este frente.

Con China,las dificultades son esencialmente comerciales. Tendremos en los próximos meses una guerra comercial entre los dos países, fundamentalmente en torno al tema de la revaluación de la moneda China (el yuan). Pero tampoco EEUU puede ir lejos en la confrontación: China dispone de la mayoría de los bonos del Tesoro norteamericanos y su retirada en caso de conflicto sería catastrófica para el presupuesto del país. O sea, con China, Obama tendrá que oponer a la estrategia de la sonrisa un realismo despiadado.

Con Rusia, los dos problemas pendientes son la cuestión del escudo antimisiles norteamericano en los países del Este, verdadera provocación militar contra los rusos, y la estrategia que consiste en favorecer las políticas antirrusas de los gobiernos de Europa del este. Ahora bien, la implantación norteamericana en aquella región tiene varias facetas: más allá de los intereses de la industria militar (que son importantísimos), se trata también y sobre todo de controlar las rutas del petróleo y del gas, energías necesarias para Europa y Estados Unidos. Con Rusia, más que con cualquier otro país, se ha reiniciado el gran juego estratégico, y Obama no podrá cambiar muchas cosas en este terreno.

Con Europa,por fin, la cuestión es esencialmente comercial y financiera: atañe al problema de las subvenciones agrícolas en EEUU y de la estrategia solitaria y arrogante de este país en la OMC. Y hay, además, la cuestión del relanzamiento económico co- ordinado --¿quién va pagar?-- y todos los asuntos relacionados con él. Pero no hay peligro, aquí: los europeos podrán quejarse, incluso acudir a la justicia, pero al final se someterán.

En resumen, la agenda está muy cargada y es compleja. "Yes, we can", decía Obama. OK. Pero en el mundo de la realpolitik, la voluntad siempre está limitada por las relaciones de fuerza. Transformarlas obedece más a la pregunta: "Can we?" (¿Podemos?). Hay que esperar que así sea, pues necesitamos la paz para afrontar la grave crisis económica en la que el liberalismo ha hundido al planeta.

Sami Nair es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad París VIII y profesor en la Pablo Olavide de Sevilla.

 

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