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El plan sionista para Palestina - Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí de Norman Finkelstein

EEUU impondrá a los israelíes una completa retirada sólo cuando sus intereses vitales están amenazados o la opinión pública internacional le obligue

12/01/2009 - Autor: Revista Amanecer - Fuente: Revista Amanecer
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Portada del libro Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí, de Norman Finkelstein
Portada del libro Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí, de Norman Finkelstein

El libro de Norman Finkelstein “Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí” está considerado como una lectura esencial para los estudiantes interesados en el conflicto entre palestinos e israelíes. En este libro, Finkelstein habla acerca de las raíces del conflicto y de los planes sionistas en Palestina.

Finkelstein señala que “el movimiento sionista intentó a finales del siglo XIX” crear un estado abrumadoramente, sino exclusivamente, judío en Palestina.” (pgs. 7-12). El principal obstáculo para realizar este objetivo era la población indígena árabe. En vísperas de la colonización sionista, Palestina no era un territorio predominantemente judío sino musulmán y cristiano. (Capítulo II).

Los sionistas comprendieron que la población árabe no iba a aceptar de buen grado su desposesión y sabían también que la única forma de poner en práctica el sueño sionista era hacerlo a expensas de los palestinos. Los sionistas tenían ante sí básicamente dos opciones estratégicas para alcanzar sus objetivos: la que Benny Morris ha llamado “la solución sudafricana” –“el establecimiento de un estado de apartheid, con una minoría de colonos que dominan a una gran masa explotada de población nativa”- o la “solución de la transferencia” –“crear un estado judío homogéneo o al menos un estado con una mayoría judía abrumadora mediante el transferencia o expulsión de todos o la mayoría de los árabes”- (Benny Morris, “Revisando el éxodo palestino de 1948”).

Finkelstein analiza ambas opciones en la Introducción de su libro:
“En la Parte Primera – La solución de la transferencia”, Finkelstein señala: “En la primera parte de la colonización, el movimiento sionista puso su vista en la “solución de la transferencia”. Lejos de toda aquella pública retórica acerca del deseo de “vivir con los árabes en condiciones de unidad y respeto mutuo y convertir, en colaboración con ellos, la patria común en una tierra floreciente” (Duodécimo Congreso Sionista, 1921), los sionistas tuvieron desde el primer momento la intención de expulsarlos. “La idea de la transferencia acompañó al movimiento sionista desde sus orígenes,” señala Tom Segev. “La desaparición de los árabes se encuentra en el núcleo mismo de la ideología sionista, y era también una condición necesaria para su desarrollo…. Con algunas pocas excepciones, ninguno de los sionistas se opuso a una transferencia forzada –es decir, una limpieza étnica- o discutió su moralidad.” Lo más importante entonces era buscar el momento más apropiado. Reflexionando sobre la opción de la expulsión, Ben Gurion escribió en 1930: “Lo que es inconcebible en los tiempos normales es posible en los de revolución, y si en ese momento se pierde esta oportunidad y lo que sería posible realizar en esas horas magníficas no se lleva a cabo, todo un mundo se habrá perdido.” (Yehoshua Porath, La Emergencia del Movimiento Nacional Árabe-Palestino, 1918-1929).

El objetivo de “hacer desaparecer” a la población indígena árabe quedó enterrado bajo de una montaña de literatura pro sionista. Lo que alimentó la oposición de los palestinos al sionismo no fue un sentimiento antisemita en el sentido de un odio irracional contra los judíos, sino la certeza de que existía un proyecto –muy real- para expulsarlos de sus tierras. “El temor a la expulsión y a la desposesión,” concluye Morris, “se iba a convertir en la raíz del antagonismo árabe hacia el sionismo.”

Finkelstein continua diciendo: “Desde los incipientes movimientos de resistencia de finales del s.XIX hasta la crucial revolución de los años treinta, la resistencia palestina se centró en los dos pilares fundamentales de la colonización sionista: los colonos y los asentamientos judíos. Algunos apologistas del sionismo, como la escritora Anita Shapira, contraponen “los benignos asentamientos judíos con el recurso a la fuerza (por parte a los palestinos).” Sin embargo, los propios asentamientos judíos eran la fuerza. “Desde el principio, el sionismo buscó emplear la fuerza con el fin de realizar sus aspiraciones nacionales,” señala Yosef Gorny. “Mediante los asentamientos el movimiento sionista pretendía –en palabras de Ben Gurion- “establecer un gran estado judío en el país”.”

Además, la actividad de colonización y la fuerza armada se acoplaban a la perfección, ya que los colonos sionistas buscaban “una fusión perfecta e ideal entre el arado y el rifle.” Moshe Dayan recordó más tarde que “somos una generación de colonos y sin el casco y cañón del rifle, no podremos plantar un árbol o construir una casa.”

El líder ultraderechista sionista Vladimir Jabotinsky, que se inspiró en los experimentos demográficos nazis en los territorios conquistados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial (aproximadamente 1,5 millones de polacos y judíos fueron expulsados y cientos de miles de alemanes se reasentaron en sus tierras), exclamó: “El mundo se ha acostumbrado a la idea de emigraciones en masa y casi se ha aficionado a ellas. Hitler –tan odioso como es para nosotros- ha dado a esta idea un buen nombre en el mundo.”

En 1948, el movimiento sionista explotó “los tiempos revolucionarios” de la primera guerra árabe-israelí –como hicieron los serbios de Kosovo durante el ataque de la OTAN en 1999- para expulsar a más del 80% de la población indígena (unos 750.000 palestinos) y, de este modo, lograr su objetivo de crear un estado abrumadoramente, sino totalmente, judío. (Ver Capítulo III).

”En la Parte Segunda – La solución de Sudáfrica-“, Finkelstein señala que el objetivo de los sionistas era el de ir apoderándose de Palestina por etapas. En 1948 conquistaron una buena parte del territorio, pero esperaron hasta 1967 para explotar de nuevo “los tiempos revolucionarios” y, mediante otra guerra de conquista, apoderarse del resto de Palestina.

Israel tuvo que hacer frente al mismo dilema después de ocupar Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este que había tenido que afrontar el movimiento sionista en un principio. Los israelíes querían la tierra, pero no a la población. Después de los brutales experimentos demográficos de los nazis, la opinión pública internacional había dejado de conceder legitimidad alguna a las expulsiones forzosas de población. La Cuarta Convención de Ginebra, ratificada en 1949, “prohibía de forma inequívoca la deportación” de los civiles que se hallaran bajo un régimen de ocupación (arts. 49 y 147). Así pues, Israel actuó tras la guerra de 1967 para imponer la segunda de tales opciones mencionadas, la del apartheid.

”El Proceso de Paz”: Justo después de la Guerra de 1967, las Naciones Unidas comenzaron a discutir las modalidades para lograr una paz justa y duradera en Palestina. Se alcanzó un amplio consenso en la Asamblea General así como en el Consejo de Seguridad para pedir la retirada de Israel de los territorios que había ocupado en la guerra de 1967. La Resolución 242 del Consejo de Seguridad recogió este principio básico de la ley internacional en su preámbulo, en el que “enfatizaba la inadmisibilidad de la adquisición de territorios por medio de la guerra.” Con el fin de reconocer las aspiraciones nacionales palestinas, se alcanzó un consenso acerca de la creación de un estado palestino en los Territorios Ocupados –Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este- una vez que Israel se retirara a sus fronteras anteriores a la guerra de 1967. Al mismo tiempo, la Resolución 242 llamaba a los estados árabes a reconocer el derecho de Israel de “vivir en paz dentro de unas fronteras seguras y reconocidas.”

La política israelí de asentamientos en los Territorios Ocupados durante la pasada década deja ver, sin embargo, cuál era el contenido real del proceso de paz puesto en marcha en Oslo. Los detalles de esta política vienen descritos en un exhaustivo estudio realizado por el grupo B´Tselem (Centro Israelí de Información sobre Derechos Humanos en los Territorios Ocupados) y titulado “La Apropiación de Tierras”.

Debido, sobre todo, a la aprobación de enormes subsidios por parte del gobierno israelí, la población de colonos judíos se incrementó desde los 250.000 a 380.000 durante los años del proceso de Oslo. Cabe señalar que la actividad de los colonos prosiguió a un mayor ritmo bajo el mandato del laborista Ehud Barak que durante el gobierno del Likud, encabezado por Netanyahu. Estos asentamientos, que son ilegales desde el punto de vista del Derecho Internacional y están construidos también sobre una tierra ilegalmente expropiada a los palestinos, ocupan ahora casi la mitad de la superficie de Cisjordania. “Israel ha creado en los Territorios Ocupados un régimen de separación basado en la discriminación, que aplica dos sistemas legales diferentes en la misma área y basa los derechos de los individuos en su nacionalidad,” concluye el estudio de B´Tselem. “Este régimen es el único de su tipo en el mundo, y es una reminiscencia de los regímenes parias del pasado, tales como el del Apartheid en Sudáfrica.”

Pero paradójicamente, mientras que el apartheid ya no es una opción sostenible, la expulsión podría volver a serlo. Si Israel intenta expulsar a la población palestina, contaría probablemente con el apoyo de poderosos sectores de la población norteamericana. Algunos relevantes congresistas estadounidenses como Tom DeLay y Dick Armey, este último antiguo Líder de la Mayoría de la Cámara, patrocinaron en su día una resolución en la que apoyaban los intentos de anexión de “Judea y Samaria”, es decir Cisjordania, por parte de Israel. Armey declaró explícitamente que “los palestinos que están viviendo ahora en Cisjordania deberían ser expulsados de allí.” Cuando la senadora Hillary Clinton, una demócrata liberal de Nueva York, visitó Israel hace algunos años, fue huésped de Benny Elon, con el que apareció abrazándose. Elon es el líder del Moledet, el partido que defiende de forma oficial en su programa la expulsión de los palestinos. En 1989, Benyamin Netanyahu pidió al gobierno israelí que explotara las circunstancias políticas favorables, como la masacre de Tiananmen, para llevar a cabo “expulsiones en gran escala” de palestinos, ya que el “daño que Israel sufriría, sería relativamente pequeño.”

EEUU impondrá a los israelíes una completa retirada sólo cuando sus intereses vitales están amenazados o la opinión pública internacional le obligue a ello. Esta presión todavía no se ha dejado sentir. No obstante, el apoyo a Israel entre los norteamericanos ordinarios ha estado cayendo. Una campaña de rechazo a la ocupación israelí de la escala y profundidad que existió contra el Apartheid sudafricano está desarrollándose en la actualidad en los campus de las universidades estadounidenses. Los europeos están llevando a cabo una serie de acciones que van desde el van desde el boicot a los productos israelíes a las peticiones a favor de un embargo de armas, mientras que miles de valerosos voluntarios internacionales (incluyendo muchos judíos) han viajado a los Territorios Ocupados con el fin de proteger a los civiles palestinos de los ataques y dar publicidad a las atrocidades israelíes. En una apasionada denuncia de la actual política israelí “que ha manchado de sangre la Estrella de David,” un veterano parlamentario laborista judío del Reino Unido lamentó que “el pueblo judío… esté simbolizado en el mundo por un matón como Ariel Sharon, un criminal de guerra que estuvo implicado en el asesinato de los palestinos en Sabra y Chatila y está ahora de nuevo envuelto en más crímenes contra los palestinos.”

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