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Influencia islámica en la revolución copernicana

Hoy en día, sin embargo, los avances de la historiografía permiten establecer una conexión directa entre al-Zarqalluh (Azarquiel) y Copérnico

08/01/2009 - Autor: Abdelhadi Salado
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Azarquiel, científico andalusí y precursor de la revolución copernicana
Azarquiel, científico andalusí y precursor de la revolución copernicana

1. ¿Revolución o progreso?

Entre los siglos XV y XVI se produjo en Europa un cambio de mentalidad que afectó a todos los órdenes de la sociedad. Esta revolución científica tuvo como figuras más representativas a Copérnico, Kepler, Galileo o Newton, tuvo en su origen una base primordialmente astronómica. El cambio de un modelo geocéntrico por uno heliocéntrico, con unas leyes físicas definidas (Kepler y Newton) constituye el logro más importante de la ciencia en esa época.

El punto de partida suele situarse en la obra de Copérnico (1473-1543). Aunque hoy los estudiosos admiten que tuvo algunos precursores, este astrónomo y matemático polaco fue el primero que lanzó la hipótesis heliocéntrica, por lo menos en el ámbito cristiano. Esta auténtica revolución no se produjo sin resistencias, ya que el aristotélico-ptolemaico era un modelo profundamente arraigado y cuyo prestigio se remontaba hasta la Antigüedad, además de permanecer vinculado a la teología de la época. El cambio fue de tales dimensiones que los estudiosos no han dudado en calificarlo como “la revolución copernicana”.

La pervivencia del modelo aristotélico no impidió que durante siglos científicos de otras latitudes lanzasen hipótesis que desafiaban dicho sistema, en clara dirección a lo que sería en definitiva la revolución copernicana. Dado que esta investigación científica de vanguardia estuvo durante siglos localizada en el mundo islámico, no ha sido tenida en cuenta muchas veces por los historiadores.

Hoy en día, sin embargo, los avances de la historiografía permiten establecer una conexión directa entre los estudios de al-Zarqalluh (Azarquiel, por citar un ejemplo) y los de Copérnico. Esta conexión permite hablar de la existencia de un progreso científico constante tanto en la física como en la astronomía. Si a pesar de ello seguimos hablando de “revolución copernicana”, es más por la importancia que dicho sistema tuvo en todos los planos de la sociedad. A esto dedicaremos el último apartado.

2. El modelo venerable

En el siglo II a.C. Claudio Ptolomeo publicó su obra Sintaxis Matemática, más conocida como el Almagesto. Es un tratado en 13 volúmenes en el que desarrolla una cosmología vigente durante más de 1200 años. Ptolomeo fue ante todo un empirista. Su trabajo consistió en estudiar la gran cantidad de datos existentes sobre el movimiento de los planetas con el fin de construir un modelo geométrico que explicase dichas posiciones en el pasado y fuese capaz de predecir sus posiciones futuras. Aunque su sistema fue considerado como una confirmación del de Aristóteles, la Teoría de Ptolomeo se opone a la física aristotélica en varios campos: por ejemplo, las órbitas de su sistema son excéntricas, en contraposición a las circulares y perfectas de Aristóteles.

Este modelo geocéntrico fue adoptado mayoritariamente por los científicos de la Edad Media y del Renacimiento, ya que ofrecía una explicación completa de las relaciones planetarias conforme a la experiencia de cualquier observador. En efecto, la información proporcionada por los sentidos es la de una tierra estática alrededor del cual giran los astros. El vasto firmamento está coronado por estrellas y planetas.

La visión medieval del cosmos era la de un espacio finito como una pecera, esférico y cualitativo en su estructura. Dentro de la esfera exterior había otras esferas, encajadas una dentro de la otra. Las esferas eran transparentes y llevaban los cuerpos celestes. La esfera más exterior llevaba las estrellas, que eran astros fijos en el firmamento, ya que las posiciones que tenían entre sí no se alteraban de un día para el otro. En el interior, por orden de tamaño, se situaban los planetas: la Tierra, la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Justo bajo la esfera de la Luna estaba la esfera de fuego, luego la de aire, luego la de agua, y debajo de todo la tierra. Y más allá de la esfera de las estrellas fijas, los teólogos todavía encontraron sitio para el Trono de Dios, que limitaba con la eternidad, la infinitud de los espacios sin medida.

Todas las esferas y los planetas que contenían se movían describiendo círculos perfectos, porque el cielo es por definición perfecto. El movimiento circular era considerado característico del cielo, mientras el movimiento rectilíneo era propio del Universo sublunar. Todas las esferas celestes se componían del llamado quinto elemento, que era inmutable y sin mezcla, por oposición a la mezcla de elementos propia del mundo sublunar. A la perfección de Dios correspondía un estado de inmutabilidad y de fijeza. La Tierra, como lugar más bajo del mundo sublunar, era el lugar de las tribulaciones, de la imperfección y de la mezcla. Todo lo que había bajo la luna era variable e innoble, compuesto de los cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua.

Esto afecta a la posición del hombre sobre la Tierra, sabedor de ser una criatura imperfecta y en la que habita la tensión entre los elementos. Mientras el elemento tierra lo hace pesado y sitúa sobre el suelo, el elemento fuego lo devora. A esta imperfección se oponía la inmutabilidad como valor supremo. La Iglesia, como representante de la divinidad entre los hombres, estaba investida de las características de lo divino: perfección, inmovilidad, fijeza. Todo cambio era visto como un peligro, toda innovación suponía tratar de modificar un orden cósmico perfecto.

3. Ciencia islámica

El “modelo venerable” permaneció como sistema de explicación general del funcionamiento del Universo durante largos siglos. Sin embargo, constituye un error pensar que durante este tiempo no han existido hipótesis alternativas, o diferentes investigaciones que pusieron seriamente en duda las conclusiones de Claudio Ptolomeo.

La tradición de la filosofía «antiaristotélica», particularmente en física, se encuentra en numerosos filósofos y científicos musulmanes del periodo abbasida. Entre los primeros se cuenta al-Râzî (conocido como Rhazes) que nació hacia el ańo 251/865 y murió en 313/925. Râzî se opuso a la física aristotélica y a menudo criticó al Estagirita por sus opiniones sobre filosofía natural, sosteniendo la idea de un universo infinito.

Otro científico, al Bîrűnî (1302/973 c. 442/1051), escribió abiertamente sobre muchos temas que estaban en contra de la filosofía natural aristotélica, tales como la posibilidad del movimiento elíptico de los planetas y el movimiento de la tierra alrededor del sol, y observó que la cuestión del heliocentrismo o el geocentrismo tenía que ser resuelta por la física y la teología, y no sólo por la astronomía, en la que los parámetros podían medirse de la misma manera tanto si en el centro estaba la tierra como si estaba el sol.

En el siglo XI, el andalusí Ibn al-Haytan publicó su obra Dudas sobre Ptolomeo, donde arremete contra la costumbre de admitir como auténtica cualquier opinión solo por haber sido dicha por Aristóteles y Ptolomeo. Esta filosofía permitió que los astrónomos no achacaran al error sus observaciones sobre las posiciones de los astros, que descubrieron que diferían bastante de lo que Ptolomeo predecía. A pesar de que realizaban más y más tablas (toledanas de Azarquiel, alfonsíes, de Jaén…) sobre la posición de planetas, y a que mejoraban sus instrumentos de medida.

Otro autor importante es Abu Ishaq Ibrahim ibn Yahya ibn al Naqqas, llamado al-Zarqalluh o Azarquiel. Elaboró las Tablas Toledanas, a partir de los indo-persas de al-Jwarazmi, que debido a las imperfecciones del sistema ptolemaico en las que se fundamentaban, tenían errores de bulto. Estas tablas fueron después mejoradas en tiempos de Alfonso X el Sabio (siglo XII) para construir las Tablas Alfonsíes, que se emplearon durante siglos. Azarquiel realizó un Tratado sobre el movimiento de las estrellas fijas, un tratado para el uso de un aparato que él ideó para poder medir más cómodamente el movimiento de los astros: el Tratado de Azafea; un tratado de la Lámina de los 7 Planetas; un tratado sobre el movimiento aparente del sol, y el Almanaque Ammonio. Ésta última obra es una revisión del Almanaque de Awmatiyus (siglo II ó IV), que sirve para conocer el movimiento de los planetas mediante unas tablas que se basan en la doctrina babilónica de los ciclos. Azarquiel descubrió que las predicciones de los modelos geocéntricos, tal como Ptolomeo los describió, no correspondían con lo que él veía. Se dio cuenta de que el sol, cuando pasaba más cerca de la Tierra (apogeo), no lo hacía siempre en el mismo punto, sino que ese punto tenía un movimiento propio aparente. Así, hizo que el deferente solar se moviese sobre una pequeña circunferencia para describir tal efecto. También fue capaz de apreciar que el movimiento de balanceo propio de la Tierra, llamado precesión, influía en el movimiento aparente de los astros. También notó que la oblicuidad de la ecliptaica (el ángulo entre el ecuador celeste y la eclíptica) variaba con el tiempo. Para explicar estos dos fenómenos desarrolló la teoría de la trepidación, o de receso y acceso, que había sido esbozada por el andalusí Thàbit ibn Qurra en el siglo IX. Pese a la incorrección de esta tesis, el hecho de apreciar la variación secular de la oblicuidad y el intento de explicar sus observaciones, al margen de la teoría imperante, es digno de mérito. Pero lo que más llama la atención de este sabio es el empleo de una curva no circular para explicar el movimiento de un planeta, enfrentándose abiertamente con la teoría aristotélica y ptolemaica. Primero, con la teoría ya citada del movimiento del apogeo solar, que hacía que el sol no describiese circunferencias alrededor de la Tierra, si bien esto podría pasar desapercibido puesto que ya se sabía desde antiguo que las trayectorias reales de los planetas eran bucles y no circunferencias perfectas, y porque se arregló el asunto colocando una circunferencia sobre otra, a modo de epiciclo. Pero con Mercurio fue distinto. Para determinar con exactitud la posición de este pequeño planeta con el sistema ptolemaico, había que tener cuidado, pues el centro del deferente de su órbita se vio que no estaba fijo, sino moviéndose sobre otra pequeña circunferencia. El efecto resultante fue calculado por Azarquiel, que emplea un deferente oval, casi elíptico, para este planeta. Este descubrimiento debió influir sobre Kepler (1571-1630), pues cuando buscaba curvas para ajustar sus observaciones, probó con el óvalo antes que con la elipse que acabó demostrando ser la verdadera.

Estos son solo algunos de los autores musulmanes que pusieron en duda las tesis de Ptolomeo, y que pueden verse como precursores de la “revolución copernicana”.

4. La revolución copernicana

A principios del siglo XV, era evidente que el sistema Ptolemaico hacía aguas. El problema de los planetas, de los astros errantes, nunca había sido resuelto de modo satisfactorio. La reducción de las trayectorias observables a movimientos circulares y uniformes nunca se había cumplido de modo preciso. La duración exacta del año no podía ser calculada con precisión. Las discrepancias entre los astrónomos eran comunes y existían del orden de una docena de sistemas ptolemaicos alternativos, ninguno de los cuales arrojaba predicciones exactas. Los errores se hacían más evidentes conforme se iban acumulando las observaciones. En conjunto, la astronomía ptolemaica se había hecho tan compleja que a los ojos de Copérnico aparecía como un galimatías. Lo que durante siglos había aparecido como modelo de sencillez y reflejo de la perfección del cosmos, aparecía ahora como algo complejo e incoherente.

En su obra fundamental De revolutionibus orbium coelestium libri VI, fue publicado pocos meses después de su muerte, en 1543. Copérnico demostró que todas las dificultades que hallaba la cosmología aristotélica para explicar el movimiento aparente de los astros, podían ser solucionadas afirmando que la tierra gira sobre si misma, en vez de considerarla como el centro inmóvil de los movimientos celestes. Mediante complejos cálculos matemáticos, estableció los tres movimientos del planeta tierra: el diurno alrededor de su propio eje, el anual alrededor del sol y el anual del eje terrestre respecto al plano de la elíptica. Copérnico argumentó que esta hipótesis suponía una enorme simplificación de los movimientos celestes, siendo más conforme al funcionamiento general de la naturaleza, que tiende a alcanzar sus efectos con los medios más simples.

El libro de Copérnico estaba dirigido al astrónomo especialista, de modo que su efecto entre los intelectuales en general fue tardío. Pero cuando llegó a un público amplio, los astrónomos ya no podían prescindir del enfoque copernicano y los argumentos a favor de su tesis central eran ya de mucho peso. En medios no científicos, la discusión sobre la hipótesis copernicana fue encendida, hallando una enconada oposición de los teólogos del momento, tanto católica como protestante. Además de los argumentos teológicos y bíblicos, la Tierra móvil fue objeto de discordia (e incluso burla) por sus implicaciones contrarias a la física aristotélica y al sentido común de la época.

5. Resistencias

Según hemos señalado en el apartado 3, en el campo estrictamente científico la hipótesis heliocéntrica puede ser vista como un paso más de una serie ininterrumpida de investigaciones, que ya apuntaban desde hacia tiempo en esta dirección. En este sentido, tal vez tenga más sentido hablar de “progreso continuado de la ciencia” que no de una “revolución científica”.

En cambio, si podemos decir que el heliocentrismo provocó una auténtica revolución de las mentalidades. Se trata del fin de una visión del mundo que se había mantenido estable durante un periodo de larga duración. Para comprender esta revolución en el plano intelectual, debemos partir de la conexión establecida entre astronomía, teología y política, característica del “modelo venerable”.

Si el “modelo venerable” fue adoptado de manera general en Europa durante tantos siglos fue a causa de que ofrecía una explicación global, capaz de enlazar la observación de los sucesos cósmicos con la vida cotidiana. El modelo poseía el prestigio de lo clásico, además de ser conforme a la experiencia real, según la cual el sol parece dar vueltas alrededor de una tierra fija. Cualquier persona podía comprobar que el firmamento era inmenso y que estaba coronado por las estrellas y planetas.

Reconocer que la tierra se mueve y no es el centro del universo implica reconocer que nuestro punto de vista es deficiente, que estamos dentro de un movimiento que nos condiciona, y no nos permite alcanzar la visión clara de las cosas a través de los sentidos. A partir de este descubrimiento, se abre una brecha entre la verdad y la observación directa de las cosas. La verdad solo puede ser alcanzada mediante la investigación científica, por medio de la experimentación y el cálculo.

En el plano teológico, la destrucción del modelo venerable significó un auténtico drama para las jerarquías religiosas, ya que toda la teología medieval giraba en torno a un concepto estático del universo. A partir de la Biblia, los teólogos cristianos habían datado los principales acontecimientos de la historia, desde el principio de la Creación hasta el presente.

A partir de esto se comprende que las resistencias más enconadas a la nueva teoría viniesen de las jerarquías religiosas, tanto dentro del protestantismo como del catolicismo. Esta situación condujo a crear una antinomia entre religión y progreso científico, que se ha mantenido inalterable en el imaginario colectivo de los europeos.

Bibliografía
Kuhn, Thomas S. La revolución copernicana. Orbis, 1978.
Rossi, Paolo. El nacimiento de la ciencia moderna en Europa. Ed. Crítica, 1997.
Crosby, Alfred W. La medida de la realidad. Ed. Crítica, 1998.
Millás Vallicrosa, José María. Estudios sobre Azarquiel. Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Instituto Miguel Asín. 1943.
Vernet, Juan. El Islam en España. Ed. Mapfre, 1993.
Luque Escamilla, Pedro. Al-Andalus precursora de la revolución científica. En www.islamyal-andalus.org
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