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Rusia encuentra sus raíces musulmanas

Putin afirma en una entrevista que a diferencia de los musulmanes que viven en Europa Occidental, los de Rusia son autóctonos

25/12/2008 - Autor: Jacques Lévesque - Fuente: Le Monde diplomatique
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Vladimir Putin.
Vladimir Putin.

El desarrollo de buenas relaciones con el mundo islámico constituye un objetivo estratégico de primer orden para la política exterior de Rusia. No se trata tan sólo de una compensación al deterioro de su imagen a causa de la guerra con Chechenia; existen múltiples razones que avalan esta determinación, de tipo político y económico, entre las cuales el reforzamiento de poderes alternativos a la hegemonía internacional de Estados Unidos es una de las principales. El empeño de Rusia ha logrado ya algunos frutos realmente notables.

A pesar de la despiadada guerra que libraba entonces en Chechenia, Vladimir Putin logró la hazaña de ser el primer jefe de un Estado de mayoría no musulmana invitado a hablar, el 10 de octubre de 2003, en la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica, que agrupa a cincuenta y siete Estados musulmanes. Un logro político y diplomático. Alegando que la Federación Rusa posee más de un 15% de musulmanes (1) y que la población de ocho de sus veintiuna repúblicas autónomas es musulmana (2), Rusia obtuvo el estatuto de miembro observador de esta organización internacional. Y ello, gracias al apoyo más bien paradójico de Arabia Saudita e Irán.

Desde entonces, Putin y otros dirigentes rusos, como el ministro de Relaciones Exteriores Serguei Lavrov, no dejan de afirmar que Rusia, “en cierta medida, forma parte del mundo musulmán”. En una entrevista concedida a Al-Jazeera, el 16 de octubre de 2003, Putin insistía en que a diferencia de los musulmanes que viven en Europa Occidental, los de Rusia son autóctonos. E incluso afirmaba que la presencia del islam en el territorio ruso es anterior a la del cristianismo (3)...

Reforzar la multipolaridad

Sobre esta base, Moscú reivindica actualmente una relación política privilegiada con el mundo árabe y musulmán en su conjunto. Considera que Rusia, Estado principalmente europeo, tiene una misión histórica que cumplir como mediador entre el mundo occidental y el mundo musulmán. Tres grandes razones pueden explicar el sentido y el alcance de estas reivindicaciones y de las políticas relacionadas con ellas.

En primer lugar, apuntan a contrarrestar los efectos deletéreos de la guerra de Chechenia, tanto en Rusia como en el resto del mundo. El objetivo es evitar, o al menos limitar, la polarización entre la mayoría étnicamente rusa y los musulmanes de Rusia, reforzando especialmente el sentimiento de pertenencia de estos últimos al Estado. “Hay que impedir la islamofobia”, afirma Putin en la misma entrevista. Una tarea difícil cuando se conoce la persecución llevada a cabo, y no sólo en Chechenia, contra todos aquellos sobre los que apenas pesa la sospecha de ser fundamentalistas musulmanes. “El terrorismo no debe identificarse con ninguna religión, cultura o tradición”, asegura. Si antes y poco después del 11 de septiembre de 2001 designaba a los rebeldes chechenos sistemáticamente como “terroristas fundamentalistas musulmanes”, hoy habla de “terroristas vinculados a redes criminales internacionales de traficantes de droga y armamento”, evitando a menudo hacer referencia al islam.

La búsqueda de un vínculo privilegiado con el mundo árabe y musulmán se debe, en segundo lugar, al objetivo oficial de la política exterior rusa de “reforzar la multipolaridad en el mundo”; en otras palabras, de apoyar y desarrollar polos de resistencia a la hegemonía y el unilateralismo de Estados Unidos. Se trata de obtener ventaja de la hostilidad general respecto de la política exterior de Washington en el mundo árabe y musulmán. Si antes la URSS se presentaba como el aliado natural de los Estados árabes antiimperialistas y “de orientación socialista”, actualmente Rusia busca relaciones políticas sólidas, no sólo con Irán y Siria, sino también con Arabia Saudita, Egipto y Turquía, desde hace mucho tiempo cercanos a Estados Unidos.

Las consideraciones económicas inciden en gran medida, especialmente en el sector energético, locomotora del retorno de Rusia a la escena internacional. El Kremlin ve en la energía nuclear y la exportación de centrales un importante terreno susceptible de hacer que Rusia adquiera en un futuro competitividad internacional en el campo de la alta tecnología y se convierta en algo más que un exportador de materias primas energéticas. Lo mismo sucede con las exportaciones de armamento de última generación, el sector de mayor rendimiento de la economía soviética que enfrentó serias dificultades en los años 1990.

Ya no son alianzas formales las que busca el Kremlin. Al igual que en la Organización de Cooperación de Shanghai (Rusia, China, Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán), son relaciones políticas sólidas pero no exigentes las que quiere Moscú, sin que ello implique una oposición directa a Estados Unidos. Resulta significativo que Irán mantenga su estatuto de observador de la Organización de Shanghai, cuando desearía convertirse en miembro pleno.

Identidad y seguridad

Finalmente, la tercera razón de esta nueva política respecto del mundo musulmán se debe a la tortuosa búsqueda de identidad de la Rusia post-soviética tanto en el plano nacional como internacional. En este sentido, ésta no sólo responde a un oportunismo político circunstancial. En 2005, el académico Serguei Rogov escribía en la revista oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores que “el factor islámico en la política rusa es primero una cuestión de identidad” (4). Y agregaba: “Es ésta una de las razones por las que Rusia no puede ser un Estado-nación en el sentido europeo del término”. Antes de precisar: “Nuestras relaciones con el mundo islámico involucran directamente nuestra seguridad”.

Es preciso comprender lo que esto significa. En septiembre de 2003, Igor Ivanov, por entonces ministro de Relaciones Exteriores, afirmaba que la guerra de Irak había aumentado el número de atentados terroristas tanto en el territorio ruso como en otras partes del mundo. Esto sucedía antes de la tragedia de Beslán (5), una de las temidas consecuencias de esta guerra. Lo que explica, especialmente, la posición de Moscú. Cabe recordar la oposición concertada de Francia, Alemania y Rusia en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que privó de legitimidad internacional la guerra librada por Estados Unidos. A través de esta alianza, Moscú había esperado entonces que surgiera un nuevo vector de multipolaridad.

Los dirigentes rusos, Putin y Medvedev a la cabeza, parecen realmente preocupados de que la idea del “choque de civilizaciones” se convierta en una profecía autocumplida. Poco después de la guerra de Afganistán, la guerra de Irak y el apoyo incondicional y sin precedentes de Washington a las políticas más intransigentes de Israel, los dirigentes rusos consideran que los ataques estadounidenses a Irán constituirían una catástrofe en los asuntos mundiales y tendrían consecuencias desestabilizadoras enormes en esta vasta región cercana a Rusia, en varias antiguas repúblicas soviéticas, y en Rusia misma.

Ésta es una de las claves para entender la compleja y difícil relación que Rusia mantiene con Irán. Por un lado, Teherán es considerado un socio geopolítico importante, además de ser el tercer principal cliente de la industria armamentista rusa después de China e India, así como una vidriera para la exportación controlada de centrales nucleares. Sus dirigentes se abstuvieron siempre de expresar su apoyo a la rebelión chechena. Ambos países cooperaron para apoyar muy activamente a las fuerzas de oposición armada a los talibanes en Afganistán, mucho antes que Estados Unidos lo hiciera. Cabe recordar que el Afganistán de los talibanes fue el único Estado en el mundo en reconocer la independencia de Chechenia, para no hablar de la ayuda a los combatientes chechenos.

Por otro lado, Moscú denuncia los dichos del presidente Mahmud Ahmadinejad sobre Israel, a los que califica de “bochornosos”, y ejerce sobre Teherán presiones significativas, especialmente votando junto con Washington, en el Consejo de Seguridad de la ONU, sanciones económicas que sin embargo logró acotar y circunscribir con el fin de evitar consecuencias militares.

Posiciones ambivalentes

Asumiendo el riesgo de un deterioro de sus relaciones con Irán, el Kremlin quiere mostrar a Estados Unidos y a los demás Estados occidentales que se comporta como un actor responsable del régimen de no proliferación de armas nucleares. Además quiere convencer a Teherán de encontrar un modus vivendi con la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Participando de sanciones limitadas y graduales, espera alejar durante el mayor tiempo posible el fantasma de una acción armada contra Irán. Es indudable que Rusia no desea que ese país tenga armas nucleares cerca de sus fronteras. También es cierto que preferiría vivir con un Irán nuclear antes que tener que enfrentar las consecuencias desestabilizadoras de un ataque estadounidense a Teherán.

La ambivalencia de estas posiciones contribuyó al acercamiento político con países como Turquía y Arabia Saudita, aliados tradicionales de Estados Unidos. Ambos países, rivales de Irán, temen evidentemente el acceso de Teherán a las armas nucleares. Sin embargo, al igual que Rusia, y por las mismas razones, se oponen a una acción militar de Washington. Temen sus consecuencias tanto en sus países como en sus vecinos más próximos.

Como resultado de la guerra en Irak, Turquía vio aparecer en sus fronteras un Kurdistán de facto independiente. Este problema, de por sí, se vería seriamente agravado por una desestabilización de Irán. Rusia pretende evidentemente sacar provecho de ello en un momento en que los intercambios económicos entre ambos países, así como las convergencias políticas, alcanzan un punto nunca logrado en más de doscientos años.

Desde luego, en menor medida, lo mismo sucede en sus relaciones con Arabia Saudita, que también se opuso a la guerra de Irak a pesar de su hostilidad respecto de Saddam Hussein (dejando sin embargo utilizar las bases que Estados Unidos posee allí). En febrero de 2007, Putin efectuaba la primera visita de un jefe de Estado ruso o soviético. Propuso contratos de construcción de centrales nucleares y venta de armamento; reclamó además que se aumentara el número de musulmanes rusos autorizados a viajar en el peregrinaje anual a La Meca. El apoyo a los rebeldes chechenos expresado abiertamente en Riad hasta 2002 –sin llegar al reconocimiento de la independencia que éstos proclaman– ya no existe.

Referencias
(1) Esta cifra no refleja correctamente la situación. Según analistas rusos y occidentales, la importante natalidad en las comunidades musulmanas y la inmigración de las repúblicas independientes de Asia Central deberían provocar un fuerte aumento de aquí a 2010. Véase Dmitri Shlapentokh, “Islam and Orthodox Russia: from Eurasianism to Islamism”, Communist and Post-Communist Studies, Nº 41, Londres, 2008. Sin embargo, según otros expertos, entre ellos Murray Feshback, uno de los mayores especialistas sobre la demografía rusa, estas estimaciones son altamente exageradas y no tienen la más mínima probabilidad de confirmarse en un lapso tan breve.
(2) Además de Chechenia, están Ingusetia, Daguestán, Adygues, Kabardino-Balkaria, Karachevo Cherkesia, Bachkiria y el Tatarstán, donde se encuentra el mayor número de musulmanes. Más de la mitad de los tatares viven fuera del Tatarstán; por sí sola, la región de Moscú contaría con algo más de musulmanes que Bachkiria.
(3) El islam comenzó a extenderse sobre el territorio actual de Rusia desde fines del siglo VII. Recién a fines del siglo X el primer Estado ruso adoptó el cristianismo como religión oficial.
(4) Mezhdunarodnaya Zhizn’, vol. 51, Nº 4, Moscú, 2005.
(5) El 1-9-04, más de 1.300 niños y adultos fueron tomados como rehenes en una escuela de Beslán, en Ingusetia. Dos días más tarde, tras el asalto de los servicios de seguridad rusos, la toma de rehenes terminó con la muerte de más de trescientos cuarenta y cuatro civiles (según las cifras oficiales), cuya mayoría eran niños.

Jacques Lévescque es profesor de la facultad de Ciencias Políticas y Derecho, universidad de Quebec en Montreal; autor, entre otras obras, de 1989, La fin dun empire: L’URSS et la libération de lEurope de lEst, Presses de Sciences Po, París, 1995.
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