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De mitras e ínfulas

El Otro, el absolutamente Otro, está ahí, y se sugiere en la conciencia humana como el horizonte último de la existencia en esta tierra de hombres

14/12/2008 - Autor: Manuel de Unciti - Fuente: La Verdad de Murcia
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Dibujo de José Ibarrola.
Dibujo de José Ibarrola.

«Camino, como estamos ya, de la Navidad, bueno será recordar la afirmación paulina con la que el apóstol de las gentes define la epifanía de Dios en «Se nos ha hecho patente el humanitarismo y la benignidad de Dios, nuestro Salvador»

Qué hacía aquel cura dándole y quitándole una y otra vez el gorro y el bastón al obispo?». Formula la pregunta un muchacho que, junto con otros adolescentes, acaba de recibir el sacramento de la confirmación. Se lo pregunta a su catequista. Y éste, de entrada, le corrige el vocabulario: el «gorro» se llama «mitra»; el «bastón», «báculo». El muchacho le corta la palabra a su mentor: «Vale, pero parecía el señorito con el criado a su lado». El comentario del catequista, dicho a continuación, es inquietante, ciertamente, pero agudo y certero. «¿Cuándo reconoceremos que en muchos de nuestros ritos oscurecemos y ocultamos en lugar de transmitir e iluminar?».

Aquí está la madre del cordero, a buen seguro. Muchos creyentes se han preguntado en más de una ocasión qué idea puede hacerse del cristianismo el musulmán o el budista, valga por caso, que un buen día se asoma a la pequeña pantalla y contempla un rito sacro católico en la pontificia Basílica de San Pedro en el Vaticano o en la Catedral metropolitana de Sevilla. Verá, y hasta se admirará, del fulgor de los oros, de las proporciones y ritmo de las esculturas y tallas, de la cadencia de los rituales, de los brocados de los paramentos litúrgicos, de la bella sonoridad de las corales y de las filigranas del contrapunto.

Pero, ¿qué le dirán todas estas maravillas del arte y de la opulencia sobre el mensaje de Aquél que dijo «Bienaventurados los pobres, los humildes, los limpios de corazón»? ¿Qué de la buena nueva «amemos a Dios porque Él nos ha amado primero»? ¿Qué del «perdonad y seréis perdonados» y qué del «tuve hambre y me disteis de comer»?

La inadecuación de las expresiones y manifestaciones de la Iglesia a la fe que se propone proclamar y a la cultura democrática del presente, no se reduce, claro está, al ámbito de la liturgia. Hay otros muchísimos rostros de la Iglesia que, en lugar de transparentar el brillo del mensaje evangélico, parecen empeñados en oscurecerlo y confundirlo. Mensaje para el hombre de hoy, como lo ha sido para millones de hombres durante dos milenios, ¿cómo conectarlo con la modernidad diaria si a los pastores de la Iglesia los revestimos con tocados y atuendos de lo más rancio y anacrónico?

Se inaugura en Roma -es un decir a modo de ejemplo- un sínodo universal y la maravilla de la Plaza de San Pedro se envanece con una larga teoría de mitras que brillan al sol y que, precediendo al Papa, se encaminan hacia el interior de la basílica pontificia... Al hombre de a pie tiene que parecerle necesariamente un tocado extraño. Los más eruditos podrán comentarle que los antiguos sacerdotes persas del culto al dios Mitra, revestidos de blancas albas, ya cubrían sus cabezas con un gorro del que, en el correr de los siglos, es heredero el que hoy refulge en las testas de los obispos, arzobispos, cardenales y hasta del mismísimo Benedicto XVI, por no mentar, de paso, esa figura tan extraña -¡testimonio de sencillez evangélica en algunos monasterios!- de los abades... mitrados.

De la mitra episcopal actual penden -en consonancia con su origen histórico- las llamadas ¡ínfulas! símbolo de poder. ¿Quién no ha oído decir «menudas ínfulas tiene» para censurar el orgullo o el despotismo de algunos sujetos? Y la pregunta se impone: ¿Esas mitras y esas ínfulas hablan algo de Aquél que dijo «el que sea mayor entre vosotros muéstrese como el menor»?

Con menos tradición cuenta el que los papas vistan una sotana o túnica de color blanco. Fue San Pío V quien introdujo este color en el atuendo de los pontífices. Él era fraile dominico cuando le eligieron para el ministerio pontificio y los frailes dominicos siempre han llevado, desde el siglo XIII, un hábito de color blanco. Pío V, llevado de su humildad, no quiso desprenderse de su ropa de fraile. Pero, ay, pegó el color blanco y, desde el siglo XVI a hoy, los papas han vestido de blanco.

Y ¡vaya que si pegó! Las gentes están acostumbradas a ver en el color blanco un símbolo de lo inmaculado, de lo puro y, si se apura un tanto, de lo espiritual. Desde esta elemental consideración, se descubre que está muy puesto en razón que los papas vistan de blanco. Son ellos -se sobreentiende- los encargados de arrastrar consigo a todo el pueblo cristiano hacia los lejanos cielos donde mora el Altísimo.

Que sea o no sea así, dependerá, claro es, de cada pontífice, que de todo ha habido en la viña del Señor. Porque los papas, para nuestra fortuna, continúan siendo hombres, por más que algunos propendan a espiritualizarlos hasta extremos poco admisibles. Tal ocurrió, por ejemplo, con Pío XII. A tenor de la profecía de Malaquías le correspondía, como es sabido, el título de Pastor angelicus -Pastor angélico- y tanto y tanto se insistió en este remoquete, que muchos llegaron a ver en el Papa Pacelli a un ser más espiritual que humano...

Y esto es lo malo. El cristianismo es una fe de encarnación de Dios, no una religión de cumbres inaccesibles. Camino, como estamos ya, de la Navidad, bueno será recordar la afirmación paulina con la que el apóstol de las gentes define la epifanía de Dios en Jesús de Nazaret: «Se nos ha hecho patente el humanitarismo y la benignidad de Dios, nuestro Salvador». Un Dios que, según el mismo Pablo de Tarso, «se despojó de su rango» y se «anuló» para compartir la vida con los hombres. Resultaría incomprensible, ciertamente, un cristianismo que se vaciara de misterio y trascendencia.

El Otro, el absolutamente Otro, está ahí, y se sugiere en la conciencia humana como el horizonte último de la existencia en esta tierra de hombres; y esto es precisamente lo que la Iglesia tiene que proclamar en todas las plazas y vivir en la sucesión de las jornadas. Pero el cristianismo no se reduce a trascendencia y misterio. Es un mensaje para esta vida. Es aquí donde ha de florecer el reino de paz y justicia, el reino de vida y verdad, el reino de libertad y amor. No se encuentra a Dios en las alturas, sí en el pan compartido y en la mano tendida.

Y, así las cosas, ¿qué tal un Papa que dejara a un lado su sotana blanca y su esclavina roja y se vistiera para recibir a sus huéspedes con camisa y corbata, pantalón y chaqueta, y se calzara con zapato negro y no con calzas rojas, obsequio -según se comenta- de la firma Prada?

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