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Mardin, minaretes y campanarios

Lo único que se aprecia es una solidaridad y convivencia cívica entre distintas religiones, etnias e ideologías

03/12/2008 - Autor: Beatriz G. Cabrera - Fuente: Revista Pueblos
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Fotografía de Nur.
Fotografía de Nur.

Hay un lugar donde minaretes y campanarios conviven desde hace siglos. Una región donde kurdos, árabes, turcos o armenios comparten una Historia de guerras. Cristianos y musulmanes son hoy un ejemplo de convivencia en este rincón del Sureste turco llamado Mardin.

Miel, ese es el color que regala a la vista la capital de los velos y las cruces. El olor al típico jabón de tonos anaranjados que envuelven los escondites del anárquico bazar se mezcla con el sonido de la llamada a la oración al caer la tarde. Saborear un amargo té tras palpar las increíbles paredes de la bella oficina de correos convierten a la histórica metrópoli en un lugar inolvidable.

Crisol de culturas, una de las provincias más interesantes del Sureste turco no pasa desapercibida. Midyat, población cercana a la capital, es una encrucijada de raíces. Encontrarse a mujeres con burka- generalmente árabes-, en el mismo espacio que pequeños que portan cruces en su pecho o la típica anciana kurda con tatuajes en el rostro aquí no sorprende.

Nurulhude Baykal o Nur, como la llaman sus amigos, es una joven de 19 años de origen libanés. Ella contempla la torre de una Iglesia con sumo respeto. Se siente orgullosa de que el emblema de la ciudad sea un campanario y una mezquita juntos. Entre su círculo de amigos íntimos se encuentran kurdos, turcos y algunos extranjeros europeos. Esta estudiante de lenguas no dudó ni un momento en trasladarse de su pequeño pueblo a Ankara, la capital turca. Allí estudia en la prestigiosa universidad de Bilkent para llegar a ser traductora intérprete, aunque siempre aprovecha cualquier ocasión para visitar a su cálida familia y cosmopolita ciudad.

Quizá su estratégica ubicación -muy cerca de la frontera Siria e Iraquí- ha hecho de esta provincia una de las más multiculturales de Turquía y un ejemplo a seguir en cuanto a convivencia interreligiosa. A pesar de ello la región sufre de prejuicios negativos a nivel mundial debido a la supuesta presencia de miembros del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), actualmente ilegal en Turquía y considerado como grupo terrorista también por EE UU o la Unión Europea. Mardin es una de las regiones históricamente reclamadas por el oprimido pueblo kurdo, de ahí a que el único conflicto importante en la zona sea el que se libra entre el PKK y el Gobierno. Caminando por las calles y hablando con los habitantes, no se percibe ese terror o miedo que se proclama desde otras provincias de Anatolia. Lo único que se aprecia es una solidaridad y convivencia cívica entre distintas religiones, etnias e ideologías que más se quisiera en lugares del mundo con más popularidad.

En Midyat uno parece ser transportado al pasado, de hecho los que conocen la vieja Jerusalén dicen que es similar. En esta población monocromática plagada de piedras y callejones que llevan a ninguna parte es complicado orientarse sin la ayuda de un guía. Quién iba a decir que una ciudad que se levanta en mitad de un páramo cobija a una población tan cálida. La joven Nur me acompaña a una de las numerosas iglesias ortodoxas del lugar. Allí, en un rincón casi oculto se encuentra una joya arquitectónica con una torre un tanto recargada. Un pequeño cristiano turco custodia el edificio y mira con curiosidad –¡Cuidado con tocar esa cuerda! Es la del campanario- comenta con ese aire adulto tan propio de los niños de esta zona.

Como antaño en España, los pequeños suelen reunirse diariamente en los patios de las iglesias, que se convierten en centros sociales. Entramos en un templo plagado de chicos que corretean al ardiente sol de verano de Midyat. Lo único que diferenciaría a simple vista a estos jóvenes cristianos de los musulmanes es la cruz que portan de manera visible y orgullosa. Aquí la religión significa pertenencia a una comunidad no materializada en guetos, sino en identidad, convivencia e interrelación. De hecho, históricamente la cristiana era la comunidad encargada de trabajar con plata en la zona, pero entramos en un taller donde trabajadoras con velo crean pequeñas flores de este elemento metálico sin que se signifique intrusismo. Ellos nos abren sus puertas y nos muestran cómo hacen arte de lujo en miniatura. Es cierto que cristianos y musulmanes no siempre han vivido en armonía en esta parte de Turquía, por lo que su convivencia pacífica tiene todavía mucha más importancia. A principios del siglo XX, debido a la Primera Guerra Mundial, los armenios colaboraron con el ejército ruso y atentaron contra los musulmanes de la zona. Es entonces cuando el gobierno otomano comienza con las deportaciones. A pesar de que todavía los armenios reclaman que se cometió un genocidio por parte de las autoridades turcas en 1915, aquí en Mardin, aparentemente, no parece motivo de conflicto.

Nurulhude es una de las jóvenes promesas de este impresionante país llamado Turquía. Ella nunca sale de su casa sin el velo, símbolo del Islam más conservador. Pero si nos alejamos de los prejuicios se puede comprobar cómo su mente es mucho más abierta que la de muchos compatriotas que la miran con odio sólo por exteriorizar sus creencias. Nur es un ejemplo de una generación que se abre al exterior sin olvidar sus raíces, una generación de personas que ven más allá de la religión o la procedencia de sus amigos... una generación que representa la esencia de Mardin.

Beatriz G. Cabrera es periodista.
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