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Ocho de cada diez carnívoros

La sociedad de masas tiende a aplanar el encefalograma de los individuos

01/12/2008 - Autor: Wu Ming - Fuente: Insurgente
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¿Ser más inteligentes para comprar mejor?
¿Ser más inteligentes para comprar mejor?

-Tú, carnívoro...

La voz en off posee la aspereza del viejo narrador de fábulas y el timbre tronante de un enardecido locutor de radio. Le espeta a un treintañero tipo que dos millones de años comiendo carroña no pueden estar equivocados. El joven, enmarcado en un decorado de restaurante, frente a un filetón empapado en salsa, ensaya la mueca fiera y corta el exquisito cacho de animal muerto; resuelve plegarse al mandato: Tú, que veneras el costillar y te refrescas con agua carbonatada, se atempera la voz en un matiz de orador poético.

Quizá no sepan de lo que hablamos. Sólo es una orden más que la publicidad autoritaria lanza desde la promoción de un restaurante de estilo norteamericano. Un anuncio que apela a la primitiva ritualidad del asado dando vueltas sobre el fuego de esas noches en las que la tribu miraba la tele en silencio. Qué democrático, concluirán, es poder comer un buen filetón en cualquier esquina del mundo. A pesar de la fiebre aftosa, la lengua azul, las vacas locas y la gripe aviar. Y qué, me espetarán. Sólo hay que visualizar Earthlings para que a una se le quite el apetito carnívoro y acoja como el oro del silencio las sabias palabras del viejo italiano:”¡Somos tumbas andantes!. Llegará el día en que los hombres serán juzgados por la muerte de un animal como hoy se juzga el asesinato de un hombre. Llegará el tiempo en que comer carne será condenado como hoy se condena el comerse a nuestros semejantes, es decir, el canibalismo.” Da Vinci forever.

Cada treinta segundos las preguntas retóricas y las tajantes propuestas de felicidad se suceden en un sin fin de sloganes sin término que quieren ser guías de qué mirar, qué comer, qué vestir y qué ser. Y a qué morder. Siempre nuevos. Renovados continuamente como el castigo prometeico. Así como el miedo y el dolor quedan impregnados en la carne aún viva que se hacina en una camioneta, se desangra y sufre en los cajones de aturdimiento, así las órdenes que conforman la psicología del consumidor se aglutinan en la mirada carnívora, que parpadea en plena tríada agnóstica, afásica y anómica –según los chefs Steigler, Alba Rico y Rendueles.

Pero nada nuevo bajo la era Obama. Si el casting y sus trabajos son la vanguardia en las selecciones de personal (y la tremebunda y salvaje MTV la empresa que marca las tendencias de los futuros contenidos en las empresas públicas de televisión), la publicidad, vocero barato de la eternidad del nihilismo, nos va indicando cuáles son los últimos blancos móviles del mercado europeo, occidental y patrio. Los estudios del logo feroz y el marketing, el olfato de los creativos depredadores, el instinto de las manadas de coolhunter que pulsan las sinergias de eso que se llama mercado resuelven arrojarse sobre el treintañero tipo (la treintañera todavía anda subyugada por otros intereses). Al igual que se le manda reciclar, ser solidario comprando o usar su teléfono móvil como sensor de su estado emocional, al eterno adolescente, animal de costumbres, le gusta la chicha por el mandato neolítico inscrito en el apetito de nuestra especie.

Como escribía Isaac Rosa en Diagonal, la generación “democrática” criada en los fastos del consumismo y la televisión, esa que no supo del Informe Petras, es el segmento al que se pretende incentivar al consumo -aunque sea crítico o inteligente (ése que busca no-ser-tonto). Las armas son, aparte del chollismo lowcost, la nostalgia pop, la melancolía espectacular y la familiaridad de unos símbolos que le son suyos vía espectáculo del que se crió con la democracia consumista. Con estos objetivos estructurales, aparece en la mirilla telescópica, en el centro del láser rojo el joven que es capaz de reconocer, dentro del revival publicitario, a toda una plantilla de iconos televisivos obsoletos, kitchs, decadentes o como queramos llamarlo: desde Richard Clayderman, pasando por los Teleñecos, el Un dos tres, hasta la Nocilla etc. Esta constancia del paso del tiempo plagada de referentes espectaculares nunca alude a la vida vivida ya que se pueblan de lo que algunos llaman hartazgo de imágenes y otros “pasado simbólico”. Haga usted, lectora, una prueba con cualquier congénere nacido en los setenta y comience a tatarear un jingle que considere prehistórico. Apuesto a que le seguirá en su melodía y mantendrán un agradable intercambio de nostalgia mercantil. Y si quiere de verdad arriesgarse, haga un chiste referencial en un centro de día para jubilados como: -¿Qué le dice un Padawán a Marty Mcfly? E inmediatamente después quítese dos puntos de carisma.

Esta muestra estadística factible para el shopping (y para entender la referencialidad de jugador de rol del chiste anterior) la conforman sujetos que conocen/comparten la mística del locus supermercadus, que han paseado los sábados por la tarde por los pasillos de los detergentes y la comida para perros, que ha consumido horas de televisión, que ha pedido por reyes un aparato prehistotecnológico, que son capaces de reconocer pequeñas piezas de cine independiente con ese de “quiero un helado sabor no-quiero-hablar-con-nadie”. Conocen la lírica de los tiempos muertos, de los flourescentes, de los burgers con pringue y poesía posmoderna, de los cafés en la madrugada, de las usanzas del amor en la noche de las discotecas; al fin y al cabo aplican la poética de una cosmovisión del espectador.

Esta rapidez caníbal que supone la mercantilización de la percepción ha conseguido que el homo sampler sea capaz de digerir sin pensarlo y rápidamente (en plan fastfood narratológico) un abanico que va del porno a la reflexión metafísica, del consumismo crítico al chisme del corazón. Y este vértigo en la celeridad también se aplica a los contenidos mercantiles. Somos capaces de asistir a una matanza, al trigésimonoveno partido del siglo, al gesto de clown triste de un broker en el circo de la crisis, a un reverendo Jackson emocionado con el discurso de Obama e inmediatamente después, sin ni un sólo parpadeo, asistir a un nuevo capítulo del culebrón deportivo del momento o al estado lisérgico de una modelo que ha ingerido una aceituna con nuevos sabores y que no engorda. Nuestra forma de ver/comer se ve zarandeada por la velocidad y por el Síndrome del intermitente: ahora comer filetes, ahora refrescarse con cola, ahora comer hamburguesas, ahora comer sano, ahora perfumarse con un aroma trademark, ahora limpiar el baño con este producto químico, ahora escuchar punk, ahora country independiente y ahora new metal. Ahora ver Lost, ahora The Wire.

Pero llega un día en el que te dicen: “Señor, páseme la pelota” o “trabaje sin darse de alta ocho horas y cotice tres”. Oh tempora! Llega el día que las resacas se recuperan en dos días solazado y llega el día en el que el siniestro paro impide abrir los párpados en la mañana. Llega el día en el que Orzowei, Maradona, Gordillo, los marcianitos, las coderas, las rodilleras, la cinta vhs, las vacaciones en Alicante, las hombreras, los vaqueros nevados, los dos canales de televisión son nada y debajo de todos ellos encontramos propietarios. Sólo bienestar, nivel de vida. Una ilusión que en el reverso tiene la fecha de caducidad de un cuerpo, esa que anuncia la herida. Y tú vienes a herirnos, reviviendo los más temibles sueños imposibles, tú vienes para hurgarnos las imaginaciones, escribía un avejentado Gil de Biedma..

Y sin duda como culmina Belén Gopegui en “El padre de Blancanieves”:“Detrás del salario usado como abono, soborno o recompensa, los departamentos de las universidades, los despidos y los gritos, la docilidad y los pimientos rojos y las televisiones y los pájaros, la lámpara encendida, el sillón de orejas, los directores de recursos humanos, la composición del detergente, la depresión, el agua, las fichas del parchís, los cementerios, las latas de mejillones, los preservativos y los dientes, los animales y las gasolineras, las películas y los muertos, los créditos y la imaginación, detrás de la clase de vida por la que discurrimos hay, siempre, propietarios que calculan sus beneficios”.

¿Quién te escribirá canciones de amor cuando yo sea señor de tus recuerdos? cantaba Leonard Cohen en Priest. Cuando el chiste/estribillo/canción /gag para el youtube -en los que el ansia de haiku por la brevedad (en su desviación de geek de la cultura japonesa)- sea una expresión completa de lo falso, carezca por completo de alguna referencia a lo vivido y esté construido con una imaginación basada en los diálogos de Tarantino, el don del secreto de JJ Abrams, en besos filmados por Hitchcock y sexo a lo Rocco Sifredi, los dueños de los recuerdos y de las fugaces melancolías que vendrán ejecutarán su juicio sumario: es nuestro vuestro hedonismo. No future! se serigrafiará en las camisetas de D&G.

A pesar de todo, Jenkins, Johnson y Wu Ming sostienen que la cultura pop, en los últimos treinta años, ha alimentado nuestros cerebros con una dieta tan portentosa que ha producido un aumento constante de las capacidades cognitivas y los cocientes de inteligencia. La opinión común: televisión y videojuegos son el opio del pueblo, la sociedad de masas tiende a aplanar el encefalograma de los individuos. ¿Ser más inteligentes para comprar mejor? ¿Dónde el cambio microfísico que derrote deseos acumulativos? ¿Por qué no tener/recuperar como referentes culturales inmensos, hermosos útiles?

Si la muy divertida agencia McCann Erickson tipifica a las familias vegetarianas como aburridas en su dieta, torpes en las veloces autopistas hacia el accidente, plagada de lugares comunes y de motivo de mofa y escarnio del sesentayochismo, la familia inmigrante –por ejemplo- puede ser pasto de la mirada carnívora del creativo/espectador desde conceptos formalmente solidarios de onegeísmo publicitario moralmente aceptables. Pero el consumidor será incapaz de enfrentarse a la experiencia solidaria cuando la familia pase por su lado de camino al restaurante norteamericano que vio en la tele, cuando viva en el piso de arriba, cuando exija sus derechos. El carnívoro será muy torpe para reaccionar moralmente a las acciones de miedo, rechazo o los lugares comunes del racismo de baja intensidad español. La refencialidad carnívora de comerse un filete, de tener un móvil de pantalla táctil, de conseguir vuelos baratos, de sentir pena televisiva por aquellos que eligen las rutas antiguas desde Noadibú, nada tiene que ver con los sufrimientos en un matadero, el coltán y la República Democrática del Congo, la CIA o el hambre en África. Nada tiene que ver con la vida indigna en el planeta en una pirueta de colapso moral. Ya lo dibujaba El Roto. Una peluquera y una clienta mantiene este diálogo:

-A mí los inmigrantes me dan mucha pena.

-A mí cuando no me dan miedo, también.

Los jóvenes del futuro lo tendrán más fácil que esta generación de melancolías mercantiles que hace cola durante toda una noche para conseguir ser el primero en encargar la última consola de videojuegos, una semana al raso para optar a un piso de precio digno y que cree que el capitalismo no es el culpable. Y el ejemplo lo tienen en ese suceso tan triste y a la vez iluminador de la socialización en la mercancía. Niños y niñas –filmados para subir a internet- que se alegran de tener físicamente cosas. Expresan desde una sorpresa lastrada por el consumo e imágenes, de euforia deportiva, de triunfo tosco en concursos televisivos; con la teatralidad excesiva –televisiva- del que se sabe grabado (qué diremos de las cámaras de vigilancia en las ciudades) aunque no haya cámaras, sólo el ojo que le ha regalado-comprado el objeto. Los niños y niñas gritan, se retuercen poseídos, rompen el papel de regalo y celebran la posesión, que será breve, del último aparato tecnológico de divertimento.

Ocho de cada diez carnívoros confirmarán que esa es la verdadera felicidad. Exigir nuestro derecho a suplicar por lo nuevo. Para seguir y seguir disfrutando, como concluye la voz en off.

Pero ¿y los dos que quedan?

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