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Una musulmana en la aldea global

No olvido las palabras del Profeta según las cuales nadie es verdadero creyente hasta que no desea para su hermano lo que desea para sí mismo

28/10/2008 - Autor: Sabora Uribe - Fuente: Verde Islam 10
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Sabora Uribe. Foto: Mansur Escudero

Me presento aquí en tanto musulmana, es decir en tanto creyente y en tanto mujer. Como creyente asumo la unidad de Allah y mi existencia subsidiaria a Su voluntad, a la que procuro someterme de buen grado. Reconozco la autoridad de Muhámmad como mensajero y la bendición que supone contar con la guía del Corán y el ejemplo del Profeta, paz y bien. Igualmente en tanto creyente, en tanto califa de la Creación, acepto la libertad de aprender, cuestionar e investigar cualquier tema que se me presente conveniente, analizándolo desde todos los puntos de vista, sin temor de llegar hasta el límite de lo considerado convencional o permitido -y que recaiga sobre mis hombros la responsabilidad de este cuestionamiento y la acción que se derive del conocimiento adquirido-. En tanto creyente reivindico el derecho y el deber de observar todas las formas de la creación (entre las que incluyo las diversas manifestaciones humanas, en tanto actualizaciones sucesivas de las capacidades potenciales que Allah ha depositado en los seres humanos) como la manera más adecuada de servir a la función para la que hemos sido creados y como un acto de aproximación y amor hacia el que nos arrastra Su Misericordia.

Así pues, considero irremplazable el conocimiento de Allah que obtengo mediante el estudio de la Creación y la práctica de la oración, esas charlas íntimas con Allah que sosiegan además de los ojos, el corazón.

Y no hay verdad cuya clave no esté establecida en el Corán y matizada por la sunna y más allá de eso es una cuestión personal encontrar en cada momento el acierto o el error tras la mejor intención.

Como creyente que se ha incorporado al Islam en su edad adulta, tras haber probado otros sistemas religiosos y filosóficos, vine en parte atraída por los grandes espacios que brinda, por la falta de dogmas y anatemas, por la ausencia de culpa primaria, de pecado original, por la falta de un clero estigmatizante que señala a cada instante quién está del lado de los buenos y quién del lado de los malos, sin maniqueísmos: cada persona nacida pura y libre para aceptar su destino, su sitio y papel en el mundo.

No obstante, con el tremendo don de una guía, de un norte, de unos parámetros para no naufragar en un universo sin límites. La mente humana precisa de referencias esenciales para manejarse entre sus contingencias y cada pueblo ha recibido el Mensaje de una forma u otra. Los musulmanes contamos con el Corán y el modelo de desenvolvimiento de una comunidad que emergió y se estableció en un momento histórico y en un espacio geográfico determinado.

Nuestra vida transcurre como una ilusión que fluye entre las conexiones nerviosas de nuestro organismo, generando una huella sensorial engañosa que da lugar a una memoria frágil. Por esa razón nos conectamos cinco veces al día con la Realidad, en relación con la cual adquiere sentido el resto de nuestra conducta y peso el conjunto de las manifestaciones de las criaturas que pueblan los mundos.

Y traigo aquí de entre los 99 hermosos Nombres con los que Allah ha querido que Le denominemos, el más repetido y el que principia la serie: el Misericordioso, el Clemente, Rahman, Rahim, el atributo que preside las relaciones entre el Creador y Sus criaturas. Y siendo así, considero el desarrollo de esta cualidad, en la medida de lo posible, una prioridad para todos nosotros, ¿no intentaremos ser compasivos con nuestros iguales, cuando Él se ha establecido como el Compasivo?

Como musulmana no olvido las palabras del Profeta según las cuales nadie es verdadero creyente hasta que no desea para su hermano lo que desea para sí mismo, fijando el radical compromiso que nos liga a todos y cada uno de los miembros de la más genérica comunidad de seres humanos, compromiso que nos habla de que no hay redención si no es para todos. En relación con esto quisiera hacer una reflexión sobre un concepto que inunda en estos tiempos los medios de comunicación y es el de la globalidad. Esta es a mi entender la verdadera globalidad, que lo ha sido siempre aunque no se hablara así de ella, y es el hecho de que la humanidad en su conjunto es una totalidad que abarca a todos sus componentes por el mero hecho de serlo, razón por la cual cada uno se hace acreedor de unos derechos, una consideración y respeto y aún más, un amor diría, por parte de los demás, en contra de los cuales sólo podrá actuar en caso de verse agredido, pues en tal caso el agresor pierde sus prerrogativas.

Una forma de ver la globalidad

El término globalidad suele utilizarse en estos tiempos para describir una situación provocada por el acceso simultáneo a la misma información desde cualquier punto del planeta y a cierta homogeneidad de usos y costumbres que ello implica, una uniformidad que los gestores de los mercados mundiales fomentan por el interés que tiene este fenómeno para sus industrias. Para este movimiento económico, carente de otro fundamento, se ha inventado un soporte pretendidamente ideológico ad hoc, la tesis del pensamiento único.

Como rebote de esta homogeneidad facilitada por la información y fomentada por los poderes financieros, los nacionalismos van cobrando un auge notable. Desde una perspectiva islámica considero que los nacionalismos tienen sentido como lugares de encuentro familiares y cómodos, son un ámbito privado hecho de afinidades y gustos. Sin duda, en un momento pueden cumplir una finalidad política positiva, pero siempre guardan un lado inhóspito para el que no posee rasgos de pertenencia y un germen de división y rechazo.

Así pues, el planteamiento nacionalista me parece contrario a la vocación universal que tiene el Islam. Y no veo que la cuestión de promocionar el nacionalismo, por muy árabe que sea, mejore en nada la situación recíproca de quienes son y de quienes no lo son. Hay una ummah, una comunidad de correligionarios, en la que me incluyo, que tiene la suficiente fuerza aglutinante y la necesaria amplitud de miras como para abrazar a los 1000 millones aproximados de musulmanes que pueblan este planeta; una comunidad de creyentes que busca cumplir su vida sintonizando con el mensaje tal y como Muhammad lo ha transmitido. Esta es la identidad que me parece positivo fomentar, una identidad necesaria para mí, pero suficiente. Las demás me vienen dadas por las circunstancias de tiempo y lugar en que he nacido y por mi trayectoria vital.

En este punto me parece conveniente hacer una precisión y distinguir entre el pueblo árabe y el idioma árabe. Al primero pertenecen unos pocos, el segundo nos pertenece a todos, es patrimonio universal y está disponible para que quienquiera lo aprenda, lo viva y lo disfrute. Todos los idiomas, todos los lenguajes, han servido alguna vez para comunicar a los pueblos que los utilizan los mensajes que Allah ha querido enviarles: haced el bien, evitad el mal; no me asociéis a nada ni a nadie; mantenedme en vuestra conciencia, permaneced en el camino recto; no os alejéis de Dios.

Todas las lenguas son concreciones de la capacidad que Allah confirió al ser humano, del regalo que le hizo al enseñarle el nombre de todas las cosas. Por ello son un legado cultural del que todos somos herederos. En consecuencia, cualquier idioma me parece admirable, digno de ser preservado, cultivado y cuidado.

Para nosotros el árabe ocupa un lugar especial por cuanto la revelación del Corán descendió con sus letras y porque el árabe fue el vehículo que utilizó Muhámmad para dar sus enseñanzas. Y aunque no es imprescindible para entrar en contacto con el Corán y el hadiz, sí consideramos su aprendizaje altamente recomendable, pues hay que estar en sintonía constante con las fuentes y el dominio del árabe es un instrumento de ayuda insustituible. Además, las estructuras del lenguaje remiten a modos de funcionamiento del pensamiento, lo que permite captar y comprender mejor la idiosincrasia de aquella primera sociedad islámica cuando se gestó en vida del Profeta y de sus compañeros.

La educación

El conocimiento de la lengua árabe me lleva a una consideración general acerca de la educación y el acceso a la información, dos instrumentos de poder que ejercen una influencia creciente en nuestro mundo: en efecto, las nuevas redes de comunicación, que se saltan a la torera las fronteras de los países y brindan acceso inmediato a la misma información desde cualquier punto del planeta, han cambiado los modelos comportamentales a la hora de manejarla y confieren un alcance prácticamente ilimitado a quien propaga información y a quien pretende modelar las actitudes sociales con ella.

En cuanto a la educación, bien sabido es que poseerla cumple varias funciones de importancia: es imprescindible para acceder a un buen empleo, a puestos de responsabilidad; es necesaria para incrementar la dignidad, la capacidad de reflexión, el disfrute de un amplio campo de desarrollo humano. Ahora más que nunca la educación es condición necesaria para no naufragar en el océano informativo de las redes y obtener de ellas justo lo que interese para una formación más y más específica, a medida que la general se va haciendo universal. En muchos países ya se ha establecido un mínimo educativo para todo el mundo, pero aún falta mucho para que esta situación se generalice y sobre todo - y aquí hablo desde mi condición de mujer – para que incluya a las niñas y mujeres, aprox. el 60%, que se ven fuera de este ordenamiento. Una enseñanza obligatoria, estandarizada, uniforme, quizás no sea la mejor opción en todos los casos, pero sin duda es mejor que la ignorancia y el desconocimiento y el situarse fuera de los recursos que ofrece el desarrollo. La idea de que no importa si la mujer está educada o no es preciso erradicarla por completo. Hay que poder acceder a una educación mínima y eso no será suficiente, sólo con ella no pasará esa mujer automáticamente a tener sabiduría o a ser más libre: la educación es un primer escalón, después habrá de aprender a distinguir entre los conocimientos útiles o no y además aprender a utilizarlos para modificar su realidad. Pero es un primer paso que no se puede eludir.

O sea que, en tanto mujer mi discurso se orienta en dos sentidos fundamentales: 1º en reivindicar el derecho a la educación; y será fácil para quien tenga un poco de perspectiva a largo plazo darse cuenta de que es un bien para la sociedad en su conjunto con largas repercusiones en las generaciones venideras.

Por otro lado, las mujeres tenemos poderosas conexiones con la tierra, con el sustento, a causa de nuestras características fisiológicas y nuestra capacidad para procrear, lo que nos convierte en una gran fuerza conservadora. Sin embargo, esta misma inclinación nos hace querer abarcarlo todo bajo nuestras alas protectoras, lo que impulsa nuestra tendencia a la solidaridad, a la generosidad y en este sentido somos revolucionarias.

Es consecuencia de ejercer el conocimiento derivado de la evidencia de que las riquezas que encierra el planeta son suficientes para alimentar a todos, lo que falla es la distribución, el reparto. Y aquí se precisa el adab tradicional que la educación islámica ha venido proporcionando a los musulmanes: el valor sagrado de la vida, el respeto, el compartir, el defender por encima de todo los valores que hacen la vida en comunidad más fácil y gratificante, es decir, la comprensión, la paciencia, la receptividad al sufrimiento de los demás, la aceptación de las personas tal y como son y la interpretación de los signos que configuran una situación concreta como signos de la voluntad de Allah. Lo que no está en contradicción con la indagación de los intermediarios que intervienen en ella ni con el diseño de estrategias para modificar o mantener lo que se desea.

Los actos son por su intención. Combinar adab y formación técnica y humanística multiplicará las estupendas capacidades de la mujer. Sabemos que ello depende de las condiciones socioeconómicas generales de la sociedad y no es tarea de un día conseguirlo, pero proponérselo como meta es empezar a lograrlo.

El feminismo

A lo largo de este siglo hemos visto también la evolución de un fenómeno sociológico característico, que es el feminismo. Si rastreamos a lo largo de la historia, la natural diferencia entre los sexos ha dado lugar a manifestaciones en la organización social que han conducido a fases de equilibrio y de desequilibrio en las relaciones entre los hombres y mujeres.

Un postergamiento secular de la mujer dio nacimiento al movimiento feminista que, sin duda, consiguió derechos fundamentales para la mujer occidental, sin embargo, algunas formulaciones extremas han introducido un sesgo en esas justas reivindicaciones femeninas, situando a las mujeres frente a los hombres y viceversa, haciendo de cada bando un enemigo del otro. A mi modo de ver esto es un error tremendo y peligroso porque introduce una división abismal en la especie humana, una fisura que puede arruinarnos a todos.

Este es precisamente el segundo punto que me interesa resaltar: la necesidad de colaborar y contar unos con otros, una necesidad que es tan obvia que no debiera precisar aclaración. La familia se construye con el esfuerzo conjunto de un hombre y de una mujer, cualquier empresa o proyecto se levanta sobre un trabajo común, la sociedad entera se mantiene sobre esfuerzos coordinados e integrados de sus miembros, que son hombres y mujeres. Tal necesidad no parece tan evidente en las sociedades opulentas que produce individuos aislados, que valoran sobre todo la comodidad de un fácil acceso a bienes de consumo y que parecen tenerlo todo hecho, pero sigue siendo una necesidad. Quizás Islam sea el sistema que más hincapié hace en este aspecto comunitario de la aventura del ser humano sobre la tierra e insiste en el reforzamiento de los lazos entre la colectividad en contra de esas tendencias centrífugas predominantes en el ámbito occidental y quizás por esa razón y por centrarse en lo Real, y en la resolución de las necesidades reales de la gente y no en subvenir a las falsas necesidades creadas artificiosamente, se tiende en occidente a ver la propuesta islámica como peligrosa.

Los maquinadores, los manipuladores de conciencias han declarado a Islam como su enemigo porque les desenmascara, les pone en evidencia y en verdad se opone a su magia engañadora.

Todos los sistemas en su práctica generan unos vicios, pero producen también sus propios mecanismos correctores. Ahora que el planeta parece estar al alcance de la mano, que la información de un suceso cualquiera está a disposición de todas las personas con independencia de su localización geográfica, ahora que se sabe lo que inquieta en esencia a los seres humanos aquí y allá, podemos vernos y sentirnos próximos a nuestros semejantes, percibir que estamos hechos de la misma pasta. De manera que nuestro mundo exageradamente individualista y amante del bienestar por sobre todas las cosas se ve confrontado a diario con unos hechos variopintos, con guerras y sufrimientos, con desbordamientos de la naturaleza y aberraciones de la conducta humana. No es casualidad que nuestra prensa esté plagada de noticias terribles, así el ciudadano lector valorará más su tranquilidad y alimentará un difuso sentimiento de culpabilidad; atemorizado, será dócil y creerá a pie juntillas los axiomas que los ideólogos proponen, un tanto incómodo por su responsabilidad en los hechos.

Y creerán los hijos del nuevo siglo que los niños y el crecimiento económico son incompatibles y que el modelo democrático y de bienestar tal y como está instaurado aquí es lo mejor y es el ideal del desarrollo humano, sin cuestionarse que ése es el ideal que occidente proclama, pero no necesariamente el que nos viene bien a todos.

Hace falta educación, estudio, reflexión y seguridad en la capacidad para distinguir entre lo que nos conviene o no para descubrir la propaganda antiislámica que se filtra en los medios.

La vida en todas las latitudes está hecha de tensiones, violencias, ajustes, encuentros, etc. Esto sigue siendo así y estas condiciones se vencen trabajando en la dirección de armonizar, con confianza entre unos y otros. Parece una proposición fantástica, pero el Islam no puede ser menos, es revolucionario, idealista y romántico, según se dice, pero yo creo que es tremendamente realista en el mejor sentido de este concepto. Hay muchos mundos al decir del Corán y todos nos pertenecen si sabemos llegar a ellos, para lo cual habremos de comenzar afirmando su existencia y creyendo en la posibilidad de traerlos aquí. Estos mundos sólo se pueden recrear gracias al esfuerzo de un grupo, hombres y mujeres al unísono.

Se encuentre fuera o dentro de nosotros mismos, el enemigo es el que nos incita a tener un pobre concepto de Allah, el que nos presenta la realidad como estrecha y pacata, el que reduce nuestros mundos a uno solo, a ése que tiene una apariencia más sólida y alienta la separación y el enfrentamiento entre los diversos grupos humanos, entre las diferentes nacionalidades o entre los hombres y mujeres. Construir el futuro exige la colaboración de todos y trasciende las metas de una persona en concreto. Sabe Dios cómo será, pero está en nuestras manos cumplir con el decreto, por eso se necesita el acceso a la información, la formación indispensable para descifrarla y la voluntad de hacer el mejor uso de ella.

Doy mi alabanza y agradecimiento a Allah.

Nota:

Nuestra querida Sabora Uribe falleció el 28 de octubre de 1998. Fue directora del CDPI, redactora jefe de la revista Verde Islam y del portal digital Webislam. Por ello, hemos querido hoy recordarla y compartir este texto que escribió dos día antes de su muerte. Sabora nos sigue acompañando, pues Allah nos dice en el Corán No penséis que quienes han caído por la causa de Dios están muertos. ¡Qué vá! ¡Están vivos!Tienen su provisión junto a su Sustentador.


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