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El Día de la Raza

El Corán reconoce que todos los seres humanos somos iguales ante Dios y que no existe la Supremacía racial

22/10/2008 - Autor: Dr. Armando Bukele Kattan - Fuente: Aclarando conceptos
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Dr Armando Bukele Kattán.
Dr Armando Bukele Kattán.

El domingo 12 de octubre se conmemoró la fecha en que la expedición de Cristóbal Colón bajo los auspicios de la Corona Española llegó a las costas de la Isla Guananí, hoy San Salvador, en el Caribe, empezando un proceso firme de colonización y conquista Europea.

Colón no fue quien descubrió el Continente. Este privilegio lo tiene el indio americano, que fue el primero que la pobló y desarrolló en ella sus culturas y asentamientos; ni siquiera fue el primer europeo, ya que los Vikingos vinieron primero, que llegaron al norte de Norte-América. Antes que ellos, los fenicios, arribaron a Sur América, especialmente Brasil y hay pruebas de que los árabes en la Edad Media, desde el Siglo VIII y en los siglos posteriores tuvieron contactos, de donde se deriva la Leyenda de Topiltzin-Quetzacoatl y otras similares de los pueblos indígenas americanos.

Pero Colón dio inicio al primer proceso continuo de descubrimiento, conquista y colonización, que produjo una transculturación europea (ya que no se puede hablar de intercambio cultural o encuentro entre 2 mundos), pero que a pesar de todos los excesos, produjo una raza mestiza, introdujo una nueva religión y dio un nuevo idioma: la lengua castellana; esto último es fundamental; ya que nuestra América, las Indias, hoy fragmentadas en pequeñas naciones, se encuentran ligadas por una admirable fuerza: el mismo idioma.

Hay algunos, sobre todo en España, que le llaman dia de la Hispanidad, sin embargo, consideramos que es más convincente llamarla día de la raza, ya que lo “español o hispano”, si bien un factor esencial en la nueva raza latina, no es el único. Las naciones americanas deben considerar su propia identidad y comprender que somos plurales en lo cultural, lo étnico y lo racial. En la sangre de los salvadoreños se inquietan fermentos hereditarios raciales diversos que nos dan nuestra propia identidad.

Nuestro pueblo es producto del mestizaje, ni el blanco es español puro. Ni el mestizo es indio puro. Además todas las razas a su vez provienen de mestizajes históricos: Mayas, pipiles, lencas y otras ramas de indígenas de México; Todos provenientes probablemente de China.

Los españoles a su vez formaron parte activa del mestizaje, participando a su vez, con el suyo propio, incluyendo en él, un fuerte elemento racial árabe, y judío, producto de la presencia árabe en España de casi 8 siglos.

En tiempos del añil vinieron los mulatos y los negros; y también hubo nueva inmigración española, conjuntamente con la de otros pueblos europeos; con mayor afluencia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En esos mismos momentos, aparecen dos nuevas razas, el chino y el turco (árabe que emigraba de las tierras del Cercano Oriente, en especial Palestina, Líbano y Siria; con pasaporte Turco Otomano; aunque en el caso especifico de El Salvador, la mayoría provenía de Palestina y de esos, un alto porcentaje, de la ciudad de Belén, la ciudad donde nació Jesús… En un amasijo de razas que componen un pueblo, ningún elemento racial, puede agenciarse la hegemonía, ni considerarse superior a los otros, ya que todos somos salvadoreños y reconocemos que todos somos iguales ante la ley (la de Dios y la de los hombres). Tenemos también que considerar que los pueblos indígenas fueron pueblos de gran cultura y de principios morales y éticos, incluso superiores a los de los conquistadores, pero que han sido injustamente ocultados y señalados negativamente. Urge redescubrir su historia y reescribirla. La impronta genética de los pueblos originarios, inmersa en la sangre del pueblo salvadoreño, debe ser motivo también de orgullo, no de ocultación, miedo o sumisión racial.

Observemos al pueblo mexicano, que pondera sus raíces indígenas. Allá llamarse Cuauhtemoc, último Tlatoani Azteca, cuyo nombre proviene del Nahuatl Cuauhtli, Águila y Temoc: que desciende; es motivo de orgullo.

Hace 20 siglos, Cristo proclamó la igualdad ontológica entre todos los seres humanos. El Corán también reconoce que todos los seres humanos somos iguales ante Dios y que no existe la Supremacía racial.

Es cierto que todavía existe el racismo, ese mito de las razas superiores, donde fácilmente se establece una distinción preconcebida entre dominantes y dominados. Conquistadores y esclavos. Amos y sirvientes y lo que es peor, en una dicotomía basada en la raza y olvidándose que: Buenos, regulares y malos y también inteligentes, normales y tontos hay en todas las razas y en todos los estratos.

Es cierto que hay razas actualmente más desarrolladas que otras, pero eso es tan solo cierto, si analizamos un punto tangencial de la historia. Si analizamos ésta, en una línea contínua a través del tiempo, nos daríamos cuenta fácilmente que todas las razas han tenido y tendrán su normalidad, progreso, decadencia y también un esperado Renacimiento.

No ganamos nada en criticar la parte de nuestra identidad que responde genéticamente al conquistador; sino que en rebuscar y restaurar la parte indígena que también nos corresponde; hoy relegada injustamente e incluso ridiculizada por aquellos que también comparten su presencia, aunque ésta se encuentre realmente (o sólo deseada) en menor proporción.

Tenemos que fortificar nuestra autoestima y eliminar los estereotipos prefabricados y fomentados incluso en nuestros libros de texto: de lo indígena, como inculto y atrasado. Hemos relegado a grandes pueblos al abandono y a la marginación y hemos contaminado la historia; ocultando sus logros. A nivel nacional, el Islam en especial y el Consejo de Religiones por la Paz Capítulo El Salvador integrado por las Religiones Católica, Episcopal Anglicana, Luterana, Reformada Calvinista, Bautista, Bahái, Religiones Originarias, Budista, Judía y Musulmana, y abierto a otras Comunidades Religiosas que deseen ingresar, está enfrascado en ese derrotero, como uno de sus fines inmediatos: la dignificación de los pueblos originarios, tanto de las Comunidades Indígenas actuales, como del elemento presente en la salvadoreñidad, en diversos porcentajes.

Si creemos en Dios ya no es posible endiosar a los hombres, a las razas y a los países. “No debemos sentirnos superiores, pero tampoco considerarnos inferiores; ni tampoco ver inferiores a los demás”. Sin embargo abundan los nacionales de mente colonial, inclinados en la más vil servidumbre ante el extranjero poderoso: Nos sentimos colonia añorando el pasado; o incluso, anexados a los Estados Unidos, en un deseo histórico permanentemente mantenido a través de la historia y en los tiempos presentes. No es correcto: ni la xenofobia, ni el chauvinismo (sintiendo que solo lo nuestro vale); pero tampoco ni el servilismo ni el malinchismo (la entrega servil a gobiernos extranjeros).

Somos salvadoreños de diferentes extracciones raciales, totalmente mezclados como lo son todas las razas del mundo, orgullosos de nuestra sangre y reconociendo que las razas que conforman nuestro mestizaje son a su vez participantes con su propio mestizaje.

Renán decía que la nacionalidad, la patria, nace de haber hecho en el pasado grandes cosas juntos pero sobre todo, el deseo de quererlas hacer nuevamente en el porvenir. Esto es, Historia y Destino. Debemos también recordar que ninguna inquisición puede encadenar pensamiento y vocablo. Y que si somos pisoteados, y conculcados nuestros derechos, no solo es culpa del opresor, si no también de nosotros, por permitirlo e incluso para algunos, por aceptarlo.

 

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