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Sobre el hijo del instante

No insultéis al tiempo ya que Allah es el tiempo. Hadith del Profeta (saws)

13/09/2008 - Autor: Manuel Shuhud - Fuente: Tariqa Qadiriyya Bouchichiyya
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El hijo del instante es, pues, el que vive en un tiempo sin divisiones, en un perpetuo ahora, fluyendo con él y adaptándose como el agua a todos los
El hijo del instante es, pues, el que vive en un tiempo sin divisiones, en un perpetuo ahora, fluyendo con él y adaptándose como el agua a todos los

En el nº 8 de la revista Soufisme dOrient et dOccident, un artículo firmado por Bruno Hussein trata del simbolismo del “hijo del instante”, conocida expresión sufí que encierra un mensaje iniciático lo suficientemente importante como para merecer una atención especial, y que brinda también la ocasión de profundizar un poco en lo que supone la concepción sagrada y tradicional del tiempo.

Ante todo cabe señalar el doble sentido del instante, pues, como dice Boecio: "El instante que pasa hace el tiempo; el instante que permanece hace la eternidad”. En efecto, para comprender la naturaleza de este “instante” debe reconocerse primero la diferencia de perspectivas que sobre el tiempo tienen, respectivamente, la tradición sagrada y la ciencia moderna, considerando que, en todas sus formas, ésta última encarna lo más radical del pensamiento materialista imperante.

Como bien señala el autor, la concepción ordinaria solo considera del tiempo su apariencia cronológica; lo concibe como una suma adicional de años, días, horas y momentos, es decir, como algo puramente sucesivo y cuantitativo, y sobretodo, lineal y homogéneo. Su naturaleza se interpreta como mecánica y puramente aritmética, extraña, en suma, a toda realidad viva y cualitativa. Para la tradición, en cambio, el tiempo está vivo, su forma sucesiva y su apariencia lineal supone su percepción más burda, es decir, su perspectiva más ilusoria; solo una mente atrofiada podría confundir el tiempo con una suma mecánica de momentos y sucesos. Es esta concepción amorfa e ilusoria del tiempo la que ha permitido a la ciencia moderna desarrollar todas sus teorías evolucionistas y progresistas, así como las reencarnacionistas que ha consignado todo el neoespiritualismo de moda inspirado en ellas. Del mismo modo se confunde lo eterno o la eternidad con lo indefinido, es decir, con una suma enorme de tiempo, con una cantidad innumerable de años, siglos o milenios. La reducción de toda realidad a lo cuantitativo está en la base de todas éstas concepciones, erróneas ya desde sus propios planteamientos.

Para la tradición y para cualquier observador lúcido y honesto, el tiempo es cíclico, es decir, circular, y esa circularidad comprende su propia regeneración constante y cíclica. La sucesión del tiempo no es lineal sino un movimiento circular que nunca se cierra, ya que al concluir su periplo comienza simultaneamente otro a otro nivel, lo que nos da una imagen espiral. No hay evolución sin involución, ni aspiración sin expiración, ni sístole sin diástole, ambas fases conforman la “revolución” completa del ciclo. Todo en la naturaleza, incluido el tiempo, es circular; la vida es movimiento y movimiento es circulación constante de posibilidades cuyo ciclo las genera, las desarrolla y las agota para renovarlas. Quien dice circulación dice rotación que se efectúa siempre alrededor de un centro inmóvil, el eje de la rueda, símbolos el del centro, el eje y la rueda, comunes a todas las sociedades tradicionales.

Sin embargo y antes de continuar, hemos de advertir que en realidad nunca es del tiempo del que estamos hablando, pues, directamente no podemos concebirlo. Es al ponerlo en relación con el espacio que medimos el tiempo pero sin comprender realmente lo que es, “una imagen móvil de la eternidad” a decir de Platón. Lo deducimos al calcular la trayectoria que describe un punto al desplazarse en relación a otro relativamente quieto. ¿Cómo concebir un continuo indivisible y sutil si no es materializándolo, asignándole un comienzo y un final, es decir, sin dividirlo?, lo cual no deja de ser una paradoja. En realidad hablamos siempre del movimiento, hasta el punto de confundirlo con el tiempo; pero el movimiento no es el tiempo sino la resultante de la acción constante del tiempo sobre el espacio. En sí, tanto el tiempo como el espacio son, a su vez, como dice la escolástica medieval, la resultante de la acción inmóvil del Número sobre la materia, o dicho de otro modo, de la esencia sobre la substancia, del principio activo sobre el pasivo de un mismo Verbo o Acto (Amr) creador en permanente estado de revelación, es decir, de recreación de los Nombres divinos, los arquetipos y potencias del Ser universal.

Del mismo modo que el tiempo es sucesivo por el hecho de ser contínuo, también es simultaneo por el hecho de que esa continuidad está permanentemente incorporada en su totalidad a un centro de la que depende y desde el que todas sus fases o estaciones están dentro de un mismo presente o ahora extratemporal. Sucesión, perpetuidad, simultaneidad y eternidad (1), conforman, pues, diferentes categorías, grados o estados de una misma cosa que llamamos tiempo, situándose a niveles de realidad distintos, tal como la circunferencia, el radio y el punto geométricos. Cada cual responde a un grado diferente de consciencia que tenemos de una misma realidad. La propia sucesión temporal es periférica y refleja horizontalmente esta jerarquía, como bien puede observarse en las diferentes cualidades de cada estación del año y en cada fase del mes o del día, siendo análogos entre sí; y es esta analogía entre los ciclos más pequeños y los más grandes lo que pone en evidencia la unidad indivisible del tiempo, el espacio y de todas las cosas.

La sucesión y la continuidad tienen diferentes aspectos y cualidades de sí mismos, se dilatan y se contraen, se aceleran y se retardan, son todo menos lineales y homogéneas. A la vez y al no cerrarse nunca sobre sí mismo, el tiempo comunica con otros estados y planos del ser universal, donde su carácter sucesivo desaparece para dar paso a otras modalidades distintas.

En cuanto al instante, que es el tema concreto del estudio, si consideramos su sentido igualmente cuantitativo que ordinariamente se tiene del tiempo, si tomamos una parte infinitesimal de ese tiempo y la separamos de su contínuo indivisible para mesurarla como un “átomo” de tiempo, una micromillonésima de segundo o algo parecido, y decimos que ese es el tope del tiempo y el presente inmediato, no vamos a ninguna parte, ni nada se entiende sobre el verdadero “instante” sufi. En primer lugar, por pequeña que sea la parte fraccionada, tratándose siempre de una forma de extensión, siempre podría subdividirse a su vez si contáramos con medios más sofisticados para hacerlo, lo cual hace contradictoria y falsa la operación.

Más allá y más acá de toda apreciación científica y/o subjetiva del tiempo, cualquiera ha de convenir que nuestra existencia consciente nunca se ha movido ni en el pasado ni en el futuro, nunca está detrás ni delante del ahora inmediato. Toda experiencia, sea psicológica o sensible, transcurre siempre en un riguroso presente (2), es decir, ahora, nunca en el pasado ni en el futuro. Y el autor para confirmarlo cita a Titus Burckhard: “ Si el recuerdo puede evocar el pasado en el presente, es que el presente contiene virtualmente toda la extensión del tiempo” .

El instante sufí no es el instante ordinario ni la simultaneidad es la instantaneidad fugaz de las cosas; es el verdadero presente, el ahora indivisible, un estado cualitativamente diferente, no del tiempo, sino del “ser” del tiempo, un estado intuitivo que se “gusta” con el paladar del corazón iluminado, la “sensación de eternidad”. Sin embargo, todo esto también afecta a la lógica común, que la mayoría de modernos parecen haber perdido de vista, pues, es obvio como decíamos, que en toda nuestra existencia nunca hemos salido del ahora, y que toda ella transcurre en un ahora que signamos con las medidas de nuestros ciclos vitales, un ahora enormemente dilatado que solo la necesidad y la ignorancia nos hace dividir ilusoriamente. Hablar, pues, del verdadero instante metafísico es hablar de la unidad que envuelve, penetra y sostiene constantemente la existencia sin quedar afectada por sus rotaciones.

El calendario ritual y sagrado, es un claro ejemplo del carácter cualitativo del tiempo. No todas las fechas, ni las estaciones, ni los momentos son iguales, ni duran lo mismo, ni se refieren a los mismos cambios, ni son aptas para realizar lo mismo. Antes bien, configuran un orden, una cosmogonía perfectamente ordenada y “viva”, donde todo absolutamente está incluido sin dejar nada fuera de ella; es un mapa análogo, en clave temporal, de la propia unicidad de la existencia. La rueda de la vida incluye en su centro el propio Principio del que emana y que no puede dejar de acompañar en toda su manifestación o desarrollo ya que es el eje inmutable que la sostiene. Por ello, todas las divisiones del tiempo son puramente simbólicas y expresan sobre todo, las cualidades de sus cambios, es decir, de sus propias posibilidades, que despliega de manera rítmica. Pero realmente el tiempo es indivisible y sin solución de continuidad; podemos medir sus fases pero no a él mismo. Es a este sentido tradicional al que Aristóteles se refiere al decir que : ”El instante no es en absoluto parte del tiempo (…) ni el tiempo puede dividirse en partes atómicas” (Física III). El verdadero instante no es una parte del tiempo, sino el tiempo mismo manifestándose ahora y sin divisiones. El tiempo no es una suma de ahoras, como pretendía Descartes, sino un flujo de vida constante, unitario y sin partes. Y es en este instante intemporal y por ello omnipresente, en el que reside la Sakina o Presencia Real de Allah, reflejo directo del Centro inmutable de todos los opuestos y extremos que en él se concilian en perfecto equilibrio y perfecta armonía. Es la Gran Paz (“Esh Sakina”), la Paz de Dios, no aquella que los hombres se dan entre sí, sino la verdadera Paz.

El hijo del instante es, pues, el que vive en un tiempo sin divisiones, en un perpetuo ahora, fluyendo con él y adaptándose como el agua a todos los accidentes del río. Vive en un tiempo rigurosamente simultáneo, en un tiempo que no pasa porque la intuición y la impresión de la omnipresencia divina, constante y sin fisuras, es más fuerte que el vértigo de la sucesión y el cambio sin fin. Vive, pues, relajado, abandonado por completo a la voluntad divina y todo cuanto le ocurre dentro de ese abandono, lo interpreta tan solo como símbolos y aspectos relativos de su maqam (estación) actual. Su nacimiento, su muerte y su resurrección no los ve separados y sabe que el verdadero nacimiento es espiritual y no ocurre en el tiempo. Es al despertar de su letargo, de su sueño temporal, que conoce que todo es ahora, todo es simultaneo, el principio y el fin, la caída y la redención, la lejanía y la proximidad, la vida y la muerte, el conocimiento y la ignoracia. Y que la única y verdadera realidad, el único y verdadero ser, la única y verdadera existencia, no podrían tener ni comienzo ni fin, ni entrar en contradicción con nada, ni ser esclava del fragor de los días, pues todo es una sola y misma cosa en Allah.

Allahu Akbar, Allahu Akbar, Allahu Akbar.

Notas
1.- Eternidad, de eter, es decir, algo que penetra, sostiene y envuelve todos los instantes y momentos del tiempo sin estar sujeto a él.
2.- Recurrir a la memoria del pasado o a la imaginación del porvenir no significa vivir en el pasado o en el futuro.
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