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Kailash, la montaña sagrada de dos religiones

Para budistas e hinduistas visitar el Kailash es como para los musulmanes ir a la Meca

09/09/2008 - Autor: César Tulio - Fuente: La Patria
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El monasterio de Tashilumpo.
El monasterio de Tashilumpo.

El monasterio de Tashilumpo es gigantesco, como corresponde a una construcción que alberga 700 personas. Quizás por ser tan diferentes a nuestros monasterios, quizás por la emoción de la cercanía con el budismo, religión que admiro, (algunos dicen que el budismo no es propiamente una religión), por lo que sea, estas construcciones me parecen sobradamente hermosas. Sus colores predominantes son el blanco, el negro y un rojo oscuro.

En la plazoleta ubicada frente al monasterio han levantado un monumento al fútbol, con motivo del último mundial de este deporte. El pavimento nos acompañó durante un corto tramo en nuestra continuación del viaje desde Shigatse. De nuevo marchamos en sentido contrario y por la margen hidrográfica izquierda del río Bramaputra. Ya dijimos que nace, como otros dos ríos sagrados, en el Kailash, la montaña sagrada por excelencia para el hinduismo y el budismo. Visitar el Kailash es uno de mis mayores sueños aún no realizado. En este momento, con motivo de los Juegos Olímpicos de Pekín, y temiendo y tratando de evitar las críticas del mundo por la represión en el Tíbet, China tiene prohibida la visita al Kailash, que se encuentra precisamente en el Tíbet occidental. Para budistas e hinduistas visitar el Kailash es como para los musulmanes ir a la Meca.

Peregrinación que se hace una vez en la vida. Y ojalá más veces. Es una montaña perfecta, una de las más bellas del mundo por su estructura y estampa.

La carretera para llegar a ella es pésima y el viaje dura varios días. Cerca hay un lago sagrado y los peregrinos dan la vuelta completa a pie a la montaña, debiendo cruzar un paso que se halla a más de 5.000 metros sobre el nivel del mar. Son muchos los devotos que hacen esos más de 50 kilómetros que constituyen la vuelta completa a la montaña, “en plancha”, como decimos comúnmente. Explico: se echan al suelo cuan largos son, se levantan y luego se echan de nuevo, y así, literalmente miden todo el trayecto con su cuerpo. El recorrido dura tres días.

Muchos mueren en el intento. Uno puede no estar de acuerdo con esta devoción e incluso llamarla fanatismo o imbecilidad. No participo de esa idea. Simplemente admiro ese extraño fervor religioso. No soy, no somos quiénes, para criticar tan alegremente. Mi opinión es que no debemos criticar lo que realmente no entendemos a cabalidad, o para lo cual nos faltan datos, máxime cuando sabemos que nuestra visión del mundo y de la religión es muy diferente de la de los orientales.

Volvimos a la carretera en tierra y llegamos a un pueblo donde nos detuvieron porque los obreros estaban trabajando más adelante en la vía. Deberíamos esperar dos horas hasta que permitieran el paso. El encargado del paso nos dijo que si le dábamos plata bajo cuerda, nos permitía el paso. (Está visto que la humanidad es la misma en todas partes). No aceptamos la propuesta indecente. Sea este el momento de decir que el vestidito de los niños pequeños campesinos es gracioso. Tanto en niños como en niñas el pantaloncito tiene un roto por delante y otro por detrás, de modo que pueden hacer ambas necesidades fisiológicas sin necesidad de quitarse la ropa.

La carretera continuó en ascenso sostenido hasta llegar a un collado o paso de montaña, ubicado a la nada despreciable altura de 5.220 metros sobre el nivel del mar, o sea la misma altura de la cima de nuestro Nevado del Ruiz. Había allí, como en todos los pasos de montaña, centenares de banderas tibetanas de oración. Por supuesto que el piso estaba totalmente cubierto de nieve y además estaba nevando. Los copos que caían eran grandes. Desde aquí vimos por primera vez la imponente mole del Everest en el horizonte. Y casi al anochecer llegamos a Tingri, un pueblo pequeño, última escala antes de llegar al campo base de la cara norte del Everest.

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