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Día de sol en Puerto Varas

Todo lo que existe nació a la misma hora y en el punto invisible que guía a las abejas

18/08/2008 - Autor: Cristián Warnken - Fuente: Blogs El Mercurio
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Día de sol después de la lluvia: el cielo abierto, azul, pero azul del sur, sagrado
Día de sol después de la lluvia: el cielo abierto, azul, pero azul del sur, sagrado

Día de sol después de la lluvia: el cielo abierto, azul, pero azul del sur, sagrado. Me preparo a subir hacia el cerro Philippi por un pasaje, el más misterioso de Puerto Varas. ¡Cómo agradece uno pasajes y calles así, en ciudades que, al modernizarse, se vuelven predecibles! Cuando alzo la vista antes del primer escalón, veo en la calle San Francisco una vieja casa esquina de tejuelas, convertida en bar. La casa es una punta, hija de la arquitectura popular espontánea, sin pretensiones ni vanidad de autor. Pido una cerveza artesanal: no hay. Me conformo con una "pílsener" de las normales, anteriores al "boom" de las cervezas de marca. Le pregunto al que sirve las mesas: "¿Cómo se llama este bar?". "El bar No sé" -me responde.

Lo miro y me sorprendo de su broma. ¿Creerá que soy un turista brasileño más, de los que abundan en esta zona en este invierno? No creo: a los brasileños los respetan; a los santiaguinos, no sé. Hay algo laberíntico en este sur, que invita y expulsa al mismo tiempo. El volcán Osorno, por ejemplo. Gran señor que se oculta y muestra cuando quiere. En la mesa del lado, un anciano, un alemán venido a menos, bebe con la mirada perdida en un afiche deslavado con una imagen idílica de Frutillar. Frente a él, una mujer de rasgos mapuches habla enojada por celular con alguien. ¿Tal vez "su hombre"?

En la segunda "pílsener", pienso que desde que llegamos al lago Llanquihue todo ha sido literalmente un traspié. Como si lloviera sobre mojado. Enumero los hechos, tragicómicos: a uno de nosotros lo pica una abeja en el pie (se supone que no hay esas abejas en esta época del año). Nos enfermamos todos de un enterovirus virulento, ¡y vinimos al sur huyendo de las pestes de Santiago! La camioneta "todoterreno" que arrendamos queda entrampada en el barro el primer día de viaje. Visitamos la centenaria casa Kuschel, recién restaurada: nos piden sacarnos los zapatos en la entrada. Todo es impecable, perfecto; la casa brilla, especialmente el piso. Caigo desde el último al primer escalón de la empinada escalera de alerce, "cuan largo soy". No me desnuco ni quiebro por milagro. Pienso, ya en el suelo: "¿Cuántas veces más tendré qué caer?". Eso fue ayer. Ahora estoy en este bar "No sé". Aquí se puede entrar con bototos y barro original. Es la cara más cruda y honesta de la realidad. Con borrachitos chilenos abrazados y llorando.

Estoy alojado cerca de esta esquina, en un hotel lleno de citas de poetas chilenos escritas en los muros, en vez de cuadros. Un acierto: los poetas chilenos han sido los que han visto al sur por dentro; los demás todavía estamos ciegos. Es imposible no estarlo ante este paisaje. En el hotel de "citas", la que más me resuena es una de Barquero, extraordinario poeta del sur, perdido en algún lugar del mundo.

"Todo lo que existe nació a la misma hora/ y en el punto invisible que guía a las abejas./ Para que siempre te acuerdes, al extender la mano,/ que estás tocando la de todos los hombres".

¿Dónde andará Barquero? El viejo parroquiano del bar comienza a divagar en voz alta en alemán; una mujer muy anciana consuela a la muchacha y deja caer algunas palabras en mapudungún. Al cruzarse por instantes estas dos lenguas, siento como si en estos parajes el español sobrara. Salgo a la calle, miro el letrero del bar. ¡Efectivamente, se llama "No sé"! No es broma del mozo ni metafísica mía... Le pregunto: ¿Por qué se llama así? Me mira y me dice: "No sé". Subo por la escalera hacia mi hotel: siento cerca de mí un zumbido de abejas. ¿Qué hacen las abejas en esta época del año en el sur? ¿Han perdido el rumbo, se volvieron locas? Inesperadamente, en el cielo, aparece un arco iris, que une como un puente en el aire a los volcanes que emergen encendidos por la última luz de la tarde. Luego anochece: una luna amarilla baja, reflector sobre el lago, broche de oro de todos los "no sé" y las inexplicables abejas.

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