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Atman

Âtman es el protagonista y el secreto (rahasya) del Advaita Vedânta

11/08/2008 - Autor: Bernard Dubant
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El advaita no es una doctrina, una enseñanza, ni tampoco un código de conducta
El advaita no es una doctrina, una enseñanza, ni tampoco un código de conducta

Âtman significa Sí mismo y también espíritu supremo, no relacional (porque es Sí mismo) –es decir, absoluto. Âtman es “lo” que soy, realmente, tattvata. Significa que no es un concepto, porque realmente no soy un concepto, los conceptos competen solamente a la mente, existiendo mâyayâ, la ilusión, en la mente. Si el “yo”, la personalidad, es un concepto, es lo “pensado”, el verdadero Sí mismo, Âtman, está fuera de esta fantasmagoría.

Âtman es el protagonista y el secreto (rahasya) del Advaita Vedânta. El advaita no es una doctrina, una enseñanza, ni tampoco un código de conducta. La no-dualidad es la no-multiciplicidad y la no unidad, porque el uno y lo múltiple están en correlación.

No hay dios, ni hombre, ni universo, ni mente, ni forma, ni tiempo, ni espacio.
Solamente Âtman –Âtmaneva. Estos conceptos son imágenes sobreimpuestas,
fantasmas, encantos, espectros que visitan –es decir todo el conocimiento, que sólo es falsa identificación. Los Shiva Sûtra dicen –Jñânam bandah: el conocimiento es el vínculo (la esclavitud).

La “realización” es suponer que alguien, antes de realizarse, no es “real”; que es un
fantasma, un concepto, una imagen. Y ¿porqué? Porque se identifica con un concepto:

Yo soy un humano, un hombre, o una mujer, un cuerpo, un ciudadano, el hijo, la hija, de…; yo tengo tales opiniones, y soy una mente con un sentido del bien y del mal, de lo verdadero y de lo falso, yo soy una consciencia… –todo lo que no soy.

Los seres humanos, a causa de su mente, gastan toda su energía en proclamar que son lo que no son. Se identifican con un conjunto mente-cuerpo, con un “sujeto”, quien, como tal, recibe atribuciones, cualidades y está en correlación con objetos (y otros sujetos, pero, en cuanto ‘otros’, considerados como objetos).

Lo primero que hay que saber, es que lo “humano” no es la esencia de un ser, más bien una cualidad, un fantasma, un reflejo de un espejo mentiroso. No se trata de decir “lo humano es yo”, sino más bien “yo soy un humano”; humano es un atributo del ‘yo’, sujeto indeterminado en busca de una definición, es decir de una identificación, que es en realidad una alienación, la identificación con lo que no soy.

Para recibir atributos, cualidades, un sujeto tiene que estar constituido por atributos; es decir, los atributos tienen que ser recibidos antes de ser atributos, lo cual es absurdo (una contradicción que arruina el fundamento de la proposición).

Entonces, no hay realmente (tattvata) un sujeto que reciba atributos; no hay atributos, porque un concepto que no es recibido por un sujeto no es un atributo: un atributo (cualidad) es una función.

No hay tampoco realmente acción, si no hay sujeto real que realiza la acción. Es decir que el sujeto, los atributos, las acciones, existen solamente por ilusión, mâyayâ, o por convención, pratyayâ.

Las identificaciones son el producto de la mente. La función de la mente es producir formas y agrupaciones, correspondancias, atribuciones, entre supuestas entidades que no son nada sino conceptos, imágenes (bhâva). Identificado por su mente y con su mente, el jîva (el individuo ‘vivo’) padece, sufre identidades que son limitaciones, alienaciones.

Encantado, atormentado por el espectro de la humanidad, de la deidad, de la
consciencia, mirando como el esclavo de Platón las sombras sobre la pared de su cueva, encerrado en el hospital de locos de la consciencia, es víctima de la historia que se cuenta en su mente, su diálogo interior. Como un león educado por vacas, que cree ser él mismo una vaca, pasa una vida de sufrimiento, al no ser lo que realmente es (tattvata). Toda condición es ilusoria, debido a Mâyâ, toda identificación es avidyâ, ignorancia, el origen del sufrimiento sin origen.

La irrealidad es mâyâ, los conceptos. El universo, la indefinidad de las cosas, la
sociedad humana, todo el conocimiento humano, no es nada, sino conceptos virtuales; el espacio ‘infinito’, el tiempo ‘sin final’, etc., están solamente en la mente. La realidad, tat (Brahman, Âtman) es la cesación de la conceptualización, de la identificación con lo limitado.

Mâyâ, dicen los shaivas y los shâktas, es la separación de objeto y sujeto. El sujeto
empieza a ser tal cuando el objeto empieza a ser objeto. El objeto es constituido por el sujeto, y el sujeto es establecido por el objeto. A esto se llama “dependencia mutua” (anyonyashraya). Todos los conceptos son causa de su causa y efecto de su efecto: es algo aporético. Mâyâ es el principio de irrealidad, anirvacaniya, sin origen, sin ‘etimología’, la ignorancia sin comienzo.

Brhadâranyaka Upanishad

En esta Upanishad Mayor, Yajñyavalka, a punto de morir, dice a su esposa Maitreyî:

Los brâhmanes rechazan al que ve a los brâhmanes como diferente del âtman (âtmân anyatra). Lo mismo hacen los ksatriya (el segundo varna, los nobles), los mundos también, todo (sarvam), hacen lo mismo con los que consideran todo como diferente de Sí mismo; lo hacen también los dioses.

Yajñyavalka le explica también al igual que la sal se disuelve en el agua, la consciencia (samjñâ) del ‘difunto’ (pretya) ya no está (nâsti). Maitreyî se trastorna con esto y Yajñavalka le contesta: “Cuando hay dualidad (dvaita), hay visión, etc., de otro. Cuando el âtman es tat, Eso, es decir Brahman (y el Âtman es Sí mismo, es decir âtman, cuando es Eso), ¿qué se puede ver? ¿Por quien ¿puede conocerse Eso?” Se ha ‘disuelto’ la consciencia individual (citta) en Eso, porque no es otra cosa que Eso. Por eso, dice la Gîtâ (2. 11): gatâsu nagâtasumshca nânushocanti pandita: Los que saben no se apenan ni por los ‘antepasados’ (difuntos) ni por los no-traspasados. La muerte es el final del dualismo; la muerte es lo mismo que el samâdhi; por eso, la muerte de los jñânin, siddha, es llamada Mahâsamâdhi.

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