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Un tesoro de historias y mitos en Marruecos

Una extraña sensación de aislamiento, ajeno al ruido de la vecina Rabat, domina en la necrópolis de Chellah

27/07/2008 - Autor: Javier Alonso Martinez - Fuente: EFE/Reportajes
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Necropolis de Chellah
Necropolis de Chellah

En un privilegiado promontorio en las afueras de la capital marroquí, rodeado por murallas doradas al sol poniente desde las que se domina el valle del río Bou Regreg, un tesoro arqueológico espera a los visitantes de Rabat e invita al paseo y al recogimiento. Es la necrópolis de Chellah, levantada sobre unas antiguas ruinas romanas por el sultán Abu el-Hassan en el siglo XIII.

Fenicios y cartagineses poblaron ya desde tres siglos antes de nuestra era estas laderas que descienden suavemente hasta el río y los romanos fundaron aquí Sala Colonia, un asentamiento romano del que ahora afloran restos y que son testimonio de la densa historia de esta parte de la costa atlántica africana.

Hoy, las murallas que sobrevuelan decenas de cigüeñas que se han instalado en el recinto, encierran como un mosaico a la espera de que alguien lo recomponga y le dé sentido, piedras tostadas por el sol, reutilizadas y renombradas por las culturas que por aquí han pasado.

Sala Colonia fue una próspera ciudad romana, con su puerto, construido en el siglo I y hoy sepultado bajo la arena, pero su declive la envió casi al olvido y en el siglo X era sólo ruinas.

Gracias a excavaciones aún no concluidas, ahora podemos identificar dónde estaba el foro, dónde el arco de triunfo, el lugar donde se instaló la fuente monumental y los espacios que servían de tiendas de la olvidada Sala Colonia.

Abandonada por los colonizadores romanos, sus columnas sirvieron a los sultanes benimerines, como al primer califa, Abu Yaqub Yusuf, quien eligió el emplazamiento para levantar una mezquita y la tumba de su esposa, Oum el-Izz, antes de morir en Algeciras, al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Eran los últimos años del siglo XIII y, tras su fallecimiento, Abu Yaqub Yusuf fue enterrado en Chellah, de la cual los benimerines decidieron hacer una necrópolis real, de ahí que ahora al conjunto se le conozca básicamente por su función de lugar de entierros.

Una extraña sensación de aislamiento, ajeno al ruido de la vecina Rabat, domina en la necrópolis de Chellah, roto sólo con la llegadas de los turistas y por la celebración de algún que otro acontecimiento musical, que implican al jazz en un ambiente bien ajeno al lugar, pero que contribuye a su magia.

La nostalgia diurna que invade la necrópolis al contemplar los restos de Sala Colonia y las ruinas de la mezquita que mandó levantar Abu Yusuf se transforma en creciente misterio cuando las sombras avanzan sobre el mausoleo de Abu el-Hassan, conocido como el sultán negro y que fue enterrado aquí en 1351.

Su estela funeraria sigue en el mismo lugar, cerca del santuario levantado en honor su esposa, de nombre Luz del Alba (Chams el-Doha), una cristiana que se convirtió al Islam y que propició la construcción de la famosa madrasa de Bou Inania, en la imperial Fez.

Los gatos se han hecho dueños ahora de la necrópolis, y las cigüeñas vigilan sus pasos y los de los viajeros que se intentan rebañar algo del aire casi sobrenatural que invade el recinto, desde donde, si uno se asoma desde un lienzo roto de muralla, se espía el trabajo de huerta a la orilla del río.

Del esplendor y acabados lujosos que debieron vestir sus muros desnudos y tostados poco queda hoy, excepto quizás algunos azulejos del minarete de la zauia (cofradía religiosa), un complejo con mezquita, centro de enseñanza y alojamiento para peregrinos y estudiantes.

Hoy también el minarete es terreno conquistado por las cigüeñas, que desde lugar tan privilegiado dominan gran parte del valle por el que serpentea el Bou Regreg, que abraza Rabat antes de desembocar en el Atlántico.

Otro abrazo, éste también fértil como el del río, es el que espera, según la leyenda, a las mujeres estériles que la crean y por ella alimenten con huevos a las anguilas sagradas que pueblan un estanque próximo a la mezquita.

A unos metros del lugar de la promesa de la suerte varios morabitos o santuarios, donde algún gato con ínfulas de esfinge guarda la puerta, parecen esperar el momento propicio para liberar a sus espirituales habitantes, seguramente al atardecer y lejos de la vista del viajero, bajo la atenta y paciente vigilancia de las cigüeñas.

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