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La transición multicultural

Según la OCDE, España es ya el país con más porcentaje de inmigrantes de Europa y el segundo del mundo, después de Estados Unidos

08/07/2008 - Autor: Juanjo Robledo - Fuente: El País
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Lamine Thoir, 21 años. Origen: Senegal. Destino: Algeciras. Su familia siempre ha utilizado las manos para pescar, él se ha saltado la cadena: juega
Lamine Thoir, 21 años. Origen: Senegal. Destino: Algeciras. Su familia siempre ha utilizado las manos para pescar, él se ha saltado la cadena: juega

España es ya el segundo país del mundo, después de EE UU, con más inmigración. Y, a diferencia de otros, ha recibido la inmigración en pleno boom tecnológico. Uno de cada seis jóvenes ha venido de fuera. Insuflan juventud a una sociedad que envejece. Y tienen rasgos que les hacen muy preparados para el futuro. Ésta es la generación i.

"Eres una banana". La primera vez que se lo dijeron, sus ojos rasgados se abrieron como platos. "¿Perdona?", le dijo a la mujer china que le miraba como si examinara a una especie nueva. "Sí, amarillo por fuera y blanco por dentro", sentenció ella. A Chong Jon Chao Yang, de 22 años, se le olvida que tiene rasgos asiáticos. Llegó a Madrid siendo un niño y quizá por ello vacila cuando le preguntan de dónde es: "Soy español... y chino. Pero soy diferente a mis padres, tengo otra mentalidad". El olor de la comida china, con la que su familia se ha ganado la vida, lo tiene clavado en la memoria. También los personajes de la serie La Bola de Cristal. Con ellos aprendió sus primeros tacos en español. Se siente de aquí y de allá.

Según la OCDE, España es ya el país con más porcentaje de inmigrantes de Europa (10%, 4,5 millones de personas) y el segundo del mundo, después de Estados Unidos.

Uno de cada seis jóvenes en España siente algo parecido. Encarnan el punto de inflexión de una sociedad que cambia de rostro. Son la generación de la transición multicultural. Según la OCDE, España es ya el país con más porcentaje de inmigrantes de Europa (10%, 4,5 millones de personas) y el segundo del mundo, después de Estados Unidos. La generación de enlace comienza a brotar. "Estos jóvenes le van a dar un tinte distinto a España, la van a transformar en una sociedad pluricultural. Empiezan a verse en trabajos, servicios y puestos medios de poder. Puede ser un cambio prometedor, o conflictivo si no se prevén aspectos como los prejuicios", opina Tomás Calvo, director del Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo (Cemira) de la Universidad Complutense de Madrid.

Las segundas generaciones han significado la ruptura de estructuras en países como EE UU, Francia o Reino Unido. "Forman parte de la comunidad en la que viven y quieren tener voz", comenta la antropóloga norteamericana Susan González Baker, quien vivió los albores de la inmigración en España como agregada de la Embajada estadounidense. "En la protesta contra ETA por la muerte de dos ecuatorianos en Barajas me sorprendió ver la cantidad de jóvenes ecuatorianos que se convocaban vía móvil. Pensé: "Está comenzando otra España"".

"Inmigrar no es algo ideal, pero tenemos la suerte de vivir en una época de comunicación. La tecnología nos ayuda a estar menos lejos".

La inmigración insufla juventud a una población española que envejece (el ritmo más acelerado de la UE, según la OCDE). Según el Injuve, es la población que más crece. En los últimos cuatro años, los jóvenes inmigrantes de entre 15 y 29 años han aumentado un 64%, hasta llegar a 1,3 millones. Tres nacionalidades concentran el 40% de esta generación: Rumania (211.127), Marruecos (193.393) y Ecuador (141.252). El perfil de este joven es un puzle de acentos, nacionalidades y matices. Pero hay rasgos comunes: comienzan a trabajar pronto, dejan la casa de sus padres antes que la media española, participan un poco más en voluntariados, prefieren ir de compras que de marcha y tienen mucho interés por las nuevas tecnologías, detalla la socióloga Sonia Parella, de la Universidad Autónoma de Barcelona. En muchos casos son trilingües: hablan el idioma materno, el castellano y el de la comunidad en la que residen. La Asociación para la Investigación de Medios (AIMC) y la consultora Nielsen dan más pistas: duplican el envío de SMS y llamadas de móvil y recurren más a Internet.

Cuando se conecta a la Red, el ecuatoriano Esteban Melo, de 25 años, se asoma a varios rincones del mundo. Su tía en Quito le pregunta si ha comido bien, un amigo en Nueva York se queja de que están pidiendo documentación en los autobuses, y una amiga en Madrid le recuerda una invitación al cine. "Inmigrar no es algo ideal, pero tenemos la suerte de vivir en una época de comunicación. La tecnología nos ayuda a estar menos lejos", señala.

"A diferencia de otros países de Europa, España recibe la inmigración en pleno boom tecnológico. Internet y el móvil son herramientas indispensables para un inmigrante, para comunicarse con sus familias, buscar trabajo, relacionarse...", comenta Adela Ros, directora del programa Inmigración y Sociedad de la Información de la Universitat Oberta de Catalunya. Según Nielsen, mientras un joven español gasta 30 euros al mes en móvil, uno inmigrante gasta 50. Las empresas de telefonía diseñan productos en su propio idioma y con tarifas donde sale más barato llamar a Bucarest que a Sevilla. Según el Injuve, nueve de cada diez inmigrantes tienen móvil.

El instinto de comunicación se refleja además en la proliferación de blogs y comunidades virtuales tipo Facebook. "Son como diarios de viaje. Cuelgas fotos, textos, vídeos... Así, la familia y los amigos saben si estás bien", comenta el colombiano José Ignacio Penagos. En dos años ha montado un canal de televisión y una emisora on-line. Sólo en Madrid han surgido más de setenta medios de comunicación dirigidos a público latino, y sus plantillas son jóvenes.

"He sentido racismo pero también he encontrado personas maravillosas. De los jóvenes españoles he aprendido sobre todo la solidaridad".

Esteban es secretario de comunicaciones de la Federación Nacional de Asociaciones de Ecuatorianos (FENADE). Sigue enviando e-mails y sms a la colonia ecuatoriana de la Comunidad de Madrid (250.000 personas, la segunda más grande después de la rumana) para convocar actividades culturales en las que se reafirma la identidad del país andino. Esteban se define como ecuatoriano. Lleva diez años viviendo aquí y aún no ha perdido su acento. "He sentido racismo", cambia de tema. "Pero también he encontrado personas maravillosas. De los jóvenes españoles he aprendido sobre todo la solidaridad", agrega. Chong, por su parte, se siente integrado, demasiado. "Tengo 22 años y no sé qué hacer con mi vida. A veces pienso en mis padres, que llegaron aquí con mi edad y que se abrieron camino a pesar de tener otra cultura y otro idioma", comenta en una sala del Comité para la Integración de los Inmigrantes Chinos de Madrid, donde imparte clases de español. De momento ha decidido dejar la hostelería, estudia audiovisuales. De las paredes del centro cuelgan diplomas con nombres de culebrón: José Francisco, María de los Ángeles, Juan Felipe... "Son chinos adultos que se han cambiado el nombre", cuenta. "Creen que así les irá mejor".

"Para quienes vienen con sus padres siendo niños", explica Rosa Aparicio, catedrática de sociología de la Universidad Pontificia de Comillas, "no supone un gran trauma llegar a otro país. No es el caso del chico entre 13 y 16 años. Llega al instituto con otro nivel de exigencia y cuando ya se han consolidado los grupos de amigos. Él es el nuevo de la clase y se siente más vulnerable. Al final se junta con los de su propio país formando guetos". La mayoría de los jóvenes inmigrantes aterrizan, después de la reagrupación familiar, en el aula de un instituto. Según el Ministerio de Educación hay más de 600.000 alumnos extranjeros en las aulas (uno de cada siete), esto sin contar los hijos de inmigrantes que ya han nacido en España. La inmigración ha llenado los institutos tras años de sucesivos descensos de la escolarización, derivados de la reducción de la natalidad. En Cataluña hay más de 80 institutos donde rebasan el 50% de la clase.

"La pregunta clave sobre el futuro de las segundas generaciones no es si se integrarán en la sociedad, sino en cuál segmento de ésta lo harán".

El paro ya alcanza al 23% de la población inmigrante, según el Gobierno, aunque uno de cada seis ha montado su propio negocio. "Los jóvenes extranjeros han llegado a España principalmente por su cuenta (42,6%) y, en menor medida, a través de sus padres (33,8%). Estamos ante una población con proyectos económicos", señala Parella, de la UAB. Muchos se ubican en la hostelería (27%), en comercios (26%) o en la construcción (15,8%). Aunque aumentan en la industria, la enseñanza y las profesiones liberales. Casi el 40% de los reclutados en el Ejército son extranjeros. La mayoría de miembros de la brigada paracaidista está conformada por inmigrantes nacionalizados.

Para el sociólogo estadounidense Alejandro Portes, autor de una obra de referencia sobre el tema como The New Second Generation, "la pregunta clave sobre el futuro de las segundas generaciones no es si se integrarán en la sociedad, sino en cuál segmento de ésta lo harán". En países con tradición migratoria como EE UU, Francia o Alemania, esa ecuación se ha traducido en muchos casos en clases permanentemente empobrecidas y víctimas del racismo.

Prejuicios, game over. El muro de los prejuicios se construye desde ambos lados. La encuesta Aprendiendo a Convivir Culturas y Religiones, que el Cemira adelanta con diez mil jóvenes en España, detecta prejuicios comunes. "Los grupos de menor simpatía entre alumnos españoles son: marroquíes, gitanos y subsaharianos. Lo llamativo es que los alumnos inmigrantes señalan el mismo orden. Los extranjeros redefinen sus lealtades de acuerdo al grupo mayoritario. El nivel de prejuicio no es alarmante, pero sí alto, sobre todo hacia marroquíes y gitanos", comenta el director del centro, Tomás Calvo, mientras agrega que después del 11-S los marroquíes encabezan la lista. Irónicamente, según el estudio de Aparicio, los chicos marroquíes (el colectivo inmigrante más grande en España) son los más integrados en la sociedad española, tienen amigos y están bien ubicados en sus trabajos.

Los jóvenes marroquíes del barrio de Lavapiés en Madrid decidieron romper el muro de los prejuicios con un videojuego diseñado por ellos mismos: Bordergames.

El marroquí Amed Eamarouchan, de 20 años, estudia electrónica por las mañanas y trabaja como conserje por las tardes. Ha sido campeón de taekwondo de Cabanillas del Campo (Guadalajara), el pueblo con más nacionalidades de España, más de 70. "Me duele que tengamos mala fama porque la realidad es otra. Me siento muy integrado, tengo amigos españoles y extranjeros. A veces bromeamos, me dicen que a ver si un día voy a explotar y yo les enseño alguna patada".

Los jóvenes marroquíes del barrio de Lavapiés en Madrid decidieron romper el muro de los prejuicios con un videojuego diseñado por ellos mismos: Bordergames. El escenario es la ciudad, y los obstáculos, los prejuicios. "Ellos diseñan las pruebas y escriben los diálogos. Es un lenguaje que entienden bien", explica el marroquí Tarik el Idrissi, de 30 años, responsable del taller de guiones. Tarik llegó a España escondido en un barco. "Tuve que esperar un mes para comprarme un móvil con mi primer sueldo. Así pude avisar de que estaba bien", recuerda. Su historia la ha escuchado cientos de veces de chicos que, como él, treparon hasta Madrid a golpe de ingenio. El videojuego ha saltado a Barcelona y Berlín. En la primera, la protagonista es una joven paquistaní que esquiva las presiones de su familia para casarse. En la segunda, un joven turco lucha para ser estrella de rap.

La madrileña Gema, de 19 años, se queja en cambio de los prejuicios de su novio dominicano Joel, de 18. En el portal de un edificio del barrio de Tetuán, en Madrid, discuten sobre las miradas y tonos de voz de los vecinos de la comunidad. "Siempre cree que se están metiendo con él. Que si le miran mucho en el metro, en la calle... Yo también le miro", comenta la chica mientras Joel sonríe. A su lado pasa una mujer mayor que le mira de reojo. Él también la mira con desconfianza.

En puntos equidistantes de la Península, tres jóvenes inmigrantes miran al mar como si hubiesen dejado algo. En Vigo está el venezolano Alejandro Mosquera, de 21 años. Sus abuelos eran gallegos que emigraron al país caribeño. "Aquí puedes estar mejor o peor, pero tienes seguridad y tranquilidad, algo que valoro mucho", comenta. Está casado y trabaja ensamblando coches. Al sur, en Algeciras, el senegalés Lamine Thior, de 21 años, sueña con jugar en la NBA. "Me encanta el baloncesto", comenta con acento andaluz. En su caso, el mar le arrebató a su padre cuando salía a pescar. Y en Barcelona, la china Xian Ing Yaang, de 22 años, trata de entender el Mediterráneo. "No me gusta la marcha. Yo soy más tranquila", comenta detrás de la barra del bar donde trabaja.

Llevan varios años en España y, aunque a veces la nostalgia les escueza, saben que no van a volver. "Cuando llegué, todo me parecía aburrido, hasta que alguien me dijo que allá la vida también podía ser aburrida. Vivo con mi madre. Decidí quedarme para ayudarla", comenta Xian. Confiesa que no tiene amigos de su edad y que prefiere las cartas al e-mail. "Me gusta hablar y reír, pero de otra manera", explica. En su caso no ha tocado a las puertas de la vida social, pero éstas se abren para otros. En Madrid, uno de cada cuatro madrileños afirma tener un amigo inmigrante, según la Consejería de Inmigración. "El 39% de los chicos extranjeros señala que ha visitado alguna vez la casa de sus compañeros españoles. Algo realmente positivo", subraya Tomás Calvo.

"Tenemos encuentros intergeneracionales entre los nuevos y antiguos habitantes del barrio para que se reconozcan y rompan estereotipos".

El madrileño Miguel Ángel Sánchez, de 75 años, es la puerta de entrada del rumano Iovanescu Nicolae Lucian, de 15 años. Ambos viven en Tetuán, el distrito con más inmigrantes de Madrid (20%), y participan en el proyecto Historia e Historias de Tetuán de la asociación de vecinos. "Tenemos encuentros intergeneracionales entre los nuevos y antiguos habitantes del barrio para que se reconozcan y rompan estereotipos", explica Rocío Cutipé, una de las responsables del proyecto. "La gente es un poco borde. En mi país saludas al que va por la calle. Aquí hice lo mismo y me pusieron cara de mala leche", comenta Iovanescu mientras acaricia el crucifijo que cuelga en su pecho. Alto y fornido, se diluye cuando sus compañeras latinas le invitan a bailar reggaeton. "No me gusta. Me gusta la música de amor, como la de Titanic", explica sin soltar el crucifijo. Vive con su madre, trabajadora de la limpieza, y sueña con estudiar arquitectura.

Miguel, por su parte, recuerda el barrio de su juventud más ruidoso que el actual. "Éramos inmigrantes de provincia. Hacíamos vida en la calle. Los mayores sacaban las sillas para hablar mientras los canijos se metían en las alcantarillas. Y poníamos la música a toda pastilla. Si no somos tan diferentes como creemos", relata el anciano. Eso percibió el joven cuando les sentaron frente a frente. Los amigos de Miguel se han muerto o se han marchado. Los de Iovanescu empiezan a ser un recuerdo. "Mi mejor amigo está aquí, pero no sé cómo encontrarlo. Perdí la pista", apunta el joven. El día que se conocieron, después de hablar, pasó algo. ?No sé, hubo buen rollito?, dice el anciano. Y se puso a diseñar un tour para que el joven conozca el barrio que comparten.

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