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Omar Duduh El Funti: El último morisco

El histórico líder melillense emocionó a los participantes del seminario de Chauen, organizado por la Catedra Toledo

05/07/2008 - Autor: Mehdi Flores - Fuente: Webislam
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Omar Duduh. (Foto de Webislam)
Omar Duduh. (Foto de Webislam)

Heredero de una familia morisca desterrada en Melilla,considerado el Martin Luther King de los musulmanes melillenses, ocupó en Madrid despacho de asesor del Ministro del Interior, habló desde la tribuna de las Cortes españolas, besó alguna que otra mano de princesa y luego fue aborrecido por el gobierno, despojado de la nacionalidad y de su hacienda y olvidado para siempre.

El pasado 27 de junio Omar Duduh El Funti reapareció en Chauen, con ocasión del Seminario sobre cultura andalusí organizado por la Catedra Toledo en colaboración con Junta Islámica y la Asociación del Dawa de Chauen. Con voz de orador bregado en mítines políticos y arengas a las masas rifeñas, lanzó un hermoso discurso que emocionó a los asistentes.

Webislam publica íntegro ese discurso en homenaje al último morisco, a quien se le arrebató injustamente su nacionalidad española, su carnet del PSOE, sus bienes y hacienda y se le denigró hasta lo indecible por el único delito de defender los derechos civiles de una población que hoy se siente orgullosa de su nacionalidad española.

España le debe disculpas a Omar Duduh el Funti y le debe una reparación urgente si quiere hacer creíble su proyecto de Alianza de Civilizaciones. Como el mismo Omar nos dice hablando de sus hermanos moriscos "este reconocimiento y la justa reparación que habrán de obtener los descendientes de aquellos desterrados, permitirá graduar la altura moral de nuestra sociedad, el grado de desarrollo de la democracia y permitirá la definitiva reconciliación histórica, que pasa indefectiblemente por permitir la reparación, siquiera simbólica, de aquellos españoles musulmanes, los últimos heterodoxos de nuestra historia”.

Discurso íntegro de Omar Duduh El Funti

A lo largo y ancho de mi trayectoria he tenido especial interés en cuanto ha acontecido a los seres humanos, a sus culturas y sociedades, pero siempre desde la distancia y perspectiva crítica que me proporcionan mis múltiples identidades, todas ellas y sin exclusión, de igual valor y profundamente enriquecedoras. He observado, reflexionado y actuado siempre con la convicción de que el hombre constituye en si mismo el fin y no un instrumento al servicio de intereses o privilegios fraguados desde el desprecio a la dignidad intrínseca a todos los miembros de la humanidad.

He rechazado y combatido sin ambages la injusticia y la violencia de cualquier tipo, y perseguido con ahínco la cohesión de nuestras sociedades, el progreso social y he procurado propiciar una relación armoniosa, justa, pacífica y respetuosa entre nuestras distintas comunidades.

Es este ideal y mi descendencia andalusí lo que han despertado también en mi una particular predilección por los asuntos andalusíes, que abarcan la tragedia de la expulsión de los musulmanes españoles a manos de la intolerancia, la precaria existencia de aquellos millones de seres humanos que sufrieron el drama de la persecución y el exilio o la necesidad de una justa reparación jurídica y moral que cinco siglos después incomprensiblemente aun no ha llegado.

Durante siglos y tras aquella historia de muerte, destrucción y destierro, las voces de aquellos españoles permanecieron en la penumbra de quienes venían defendiendo con ahínco, el sectarismo, la intolerancia y los prejuicios, que lejos de remitir se reproducen a golpe de acontecimiento.

Y es hoy, cinco siglo después, cuando el miedo y sus portavoces nos anuncian un conflicto que se refiere como irremediable, es hoy cuando hoy la identidad religiosa y cultural se nos presenta como fuente de conflictos, es hoy cuando las civilizaciones se pretenden impermeables, es hoy precisamente y ahora cuando el legado andalusí cobra una vigencia extraordinaria y resulta más que nunca un instrumento necesario para afrontar los retos de una sociedad diversa, al tiempo que tan mecanizada y no pocas veces deshumanizada.

Los terribles augurios, el conflicto tanta veces anunciado, los pronósticos a cerca de una eventual confrontación pertenecen a ese grupo de ideas, a esa familia que entendieron el mundo enfrentado y dividido en razas, clases, sexos, etc.

Ante ello solo cabe recordar que los ideales de aquella civilización, la Andalusí, esto es, el sincretismo, el intercambio cultural y científico, el respeto a la identidad cultural, el derecho a la diferencia, el convencimiento de que la diversidad cultural es, en si misma, algo muy positivo para la sociedad, pues enriquecen al individuo y a la polis, constituyen también el único antídoto frente a ese nuevo colonialismo que identifica la cultura de la metrópoli dominante con los mejores valores reduciendo las culturas de los pueblos a una suerte de folklore occidental , así como antídoto también, frente a la reacción que esta suscita, esto es el fundamentalismo que concibe la cultura como algo inmodificable, ahistórica e ideal, rechazando toda aportación de los otros.

Nuestras sociedades son plurales. Ya no podemos eludir la existencia del otro. La realidad hace imposible evitar la mutua interferencia. Y en caso de conflicto este no puede resolverse con el triunfo de una de las partes. Estamos forzados a coexistir, pues la destrucción del otro, en cualquiera de sus formas, no es conveniente.

De ahí que si queremos convivir en nuestras sociedades plurales, si nuestro propósito es el de prevenir los conflictos o acaso encontrar una resolución justa de los mismos, será necesario abandonar el etnocentrismo (juzgar desde nuestra reducido y exclusivo prisma) y el relativismo (que niega todo valor a la razón), optar por un decidido y verdadero dialogo, que necesita irremediablemente de un consenso de fondo, de un racionalidad mínima compartida por todos, sin el cual resulta imposible el referido dialogo ( la aceptación de los Derechos Humanos, las instituciones comúnmente aceptadas aunque requieran adaptación y mejora, etc.), y también cierto distanciamiento crítico respecto de la propia cultura sin que ello signifique merma de nuestra identidad. En definitiva, tal cual refiere mi entrañable amigo y gran escritor Juan Goytisolo, resulta necesario la crítica de la cultura propia y el respeto de las ajenas en lo que tienen de respetable. Goytisolo insiste a lo largo de toda su obra en esa necesidad de señalar lo negativo y las contradicciones de lo propio y en destacar los aspectos positivos de lo ajeno.

Este dialogo no debe limitarse como hasta ahora en una mera comunicación superflua. No puede limitarse a conferencias y a fiestas. El dialogo que aquí demandamos ha de hacerse en pie de igualdad, desde el reconocimiento del otro, desde la superación del desconocimiento y los prejuicios. Este dialogo deberá aprovechar las convergencias y aceptar que las culturas no son autosuficientes, es decir, que no pueden desarrollarse aisladamente, sino en constante intercambio e interdependencia entre ellas. Las culturas se necesitan las unas de las otras.

En definitiva, el verdadero dialogo exige reconocer en el otro valores, dignidad, racionalidad, así como reconocer los fallos propios y las verdades ajenas.

Fue el fructífero dialogo con las otras religiones, el constante y sincero interés por las demás culturas, lo que permitió que aquella sociedad de la Edad Media alcanzara un grado de desarrollo tan elevado, convirtiéndose en la civilización más refinada de todo occidente y oriente.

Efectivamente, el respeto y el dialogo bien entendido, base de aquella civilización, hicieron posible la España de las tres culturas, y es esa herencia la que habrá de permitir la construcción de un mundo formado por comunidades abiertas al dialogo, interno y externo, respetuosas con el individuo y su dignidad, comunidades dispuestas a aprender de los otros y a fomentar una relación armoniosa y pacífica entre los pueblos.

En definitiva el dialogo así entendido, tal cual nos enseña la herencia andalusí, nos permitirá plantear un modelo alternativo a este mundo herido por las desigualdades, el hambre y el colapso medio ambiental. El verdadero dialogo permitirá restablecer el vinculo del hombre con su entorno y sus semejantes. El dialogo, como proclama Octavio Paz, es ese justo medio que nos ayuda a tener raíces a la vez que alas.

La herencia andalusí, patrimonio de la humanidad, encarna como ninguna una otra civilización los valores humanos y universales, y su reconocimiento y la justa reparación que habrán de obtener los descendientes de aquellos desterrados, permitirá graduar la altura moral de nuestra sociedad, el grado de desarrollo de la democracia y permitirá la definitiva reconciliación histórica, que pasa indefectiblemente por permitir la reparación, siquiera simbólica, de aquellos españoles musulmanes, los últimos “heterodoxos” de nuestra historia.

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