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Ideologías y políticas hegemónicas

Los intereses hegemónicos norteamericanos están sobre cualquier posible distinción entre demócratas y republicanos

20/06/2008 - Autor: Husain Ali Molina
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Obama ante el American Israel Public Affairs Committee.
Obama ante el American Israel Public Affairs Committee.

La consagración de Barack Obama como candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata ha generado toda una serie de especulaciones alrededor de las medidas que adoptaría en política exterior en caso de llegar al poder. Algunas de sus declaraciones relacionadas a la “defensa de los derechos humanos” fueron ampliamente reproducidas por los medios de comunicación de todo el mundo, quienes se esforzaron en contraponer su figura a la del actual presidente Bush; como si se tratara efectivamente de la representación más clara de las virtudes cívicas y políticas de las que Bush adolece. Esta apreciación no soporta análisis alguno.

En las últimas semanas Obama se refirió a la situación colombiana y sostuvo que, de ganar las elecciones, la cooperación con el gobierno de este país sudamericano estaría condicionada al cese total de los asesinatos a sindicalistas opositores, hecho que se produce periódicamente en Colombia. La intención manifestada en estas palabras, que a primera vista podría parecer loable, supone el desconocimiento del rol que Estados Unidos cumple en la región. Colombia es el país americano que más ayuda estadounidense recibe, solamente después de Israel y Egipto a nivel mundial, y se ha consolidado como la base de operaciones más segura para las tropas norteamericanas en el subcontinente. Estados Unidos no es un país más que mantiene relaciones normales con Colombia, es socio activo del gobierno colombiano y de de los grupos económicos que el mismo representa, y por lo tanto participe directo de las acciones represivas, “legales” o no, que se llevan a cabo en ese país. Como ejemplos de lo que sostenemos es útil recordar las estrechas vinculaciones que existen entre los paramilitares colombianos y el gobierno (con la comprobada participación del primo del presidente Uribe en las negociaciones orientadas a la defensa de “intereses comunes”), apoyadas incondicionalmente por los sucesivos gobiernos norteamericanos, más allá del partido que gobernara en los EE. UU. La gestión del “demócrata” Clinton, durante casi toda la década del noventa, asistió impasible a las violaciones, secuestros y matanzas masivas llevadas a cabo por los paramilitares colombianos contra los campesinos.

No podemos suponer que la llegada de asesores militares israelíes a territorio colombiano, para entrenar tanto a los paramilitares como al ejército, se haya podido producir sin el consentimiento de las autoridades norteamericanas. La reciente extradición de varios paramilitares a EE. UU. es una muestra más de las estrechas relaciones entre ambos países. De permanecer en Colombia los jefes paramilitares deberían responder a las acusaciones por crímenes de lesa humanidad, mientras que ante la justicia norteamericana lo harán por narcotráfico, con penas significativamente menores. A cambio de este “gesto” del gobierno de Uribe, los paramilitares extraditados no vuelven a mencionar a funcionarios de la actual administración colombiana entre los aliados de los grupos irregulares.

Si el caso colombiano no es suficiente para comprender que la “alternativa demócrata” no es tal, vayamos a un caso mucho más explícito aun: Irán. Si en algo han coincidido todos los precandidatos a la presidencia norteamericana es en dejar perfectamente en claro que no permitirán que Irán “constituya una amenaza” para el mundo en general y para Israel en particular. Hillary Clinton ha dicho claramente en su campaña que actuará con muchísima severidad contra “la amenaza iraní”, y Obama, tras su triunfo en las internas, agregó, luego de expresiones similares, que cualquier acción que supusiera un peligro para Israel constituía también un peligro para los Estados Unidos.

La importancia de los intereses hegemónicos norteamericanos por sobre cualquier posible distinción entre demócratas y republicanos queda expuesta con toda crudeza en el apoyo siempre incondicional a Israel. Recordemos que este último país no ha cesado de violar cuanto derecho humano haya sido declamado en los pomposos discursos de los gobiernos occidentales: ha legalizado la tortura (antes aun de que lo hiciera Estados Unidos), ha expulsado a poblaciones palestinas enteras en una clarísima política de limpieza étnica ejecutada por el Estado, sigue con la construcción del mayor muro de separación entre pueblos que haya conocido la historia moderna, mantiene a miles de menores palestinos en sus cárceles y es uno de los pocos países del mundo que no ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear.

Mientras a Irán se le exige el desmantelamiento total de su proyecto nuclear (que el gobierno de Teherán definió como “de usos pacíficos”, orientado al abastecimiento energético), Israel mantiene un inmenso arsenal nuclear de última generación (ya denunciado en 1986 en lo que se conoció como el “caso Vannunu”).
Estas apreciaciones sobre el peso de los intereses hegemónicos por sobre cualquier matiz ideológico que se de al interior de los países desarrollados no es privativo de los Estados Unidos. El gobierno inglés del laborista Gordon Brawn acaba de aprobar la ampliación del período de detención sin cargos de los “sospechosos de terrorismo” de 28 a 42 días, algo que no había realizado ni siquiera la administración conservadora de Blair.

Lo mismo podemos decir del socialista Rodríguez Zapatero en España, quien ha endurecido gradualmente las medidas contra los inmigrantes de los países en desarrollo. Recordemos que incluso prohibió el ingreso al país de estudiantes brasileños que contaban con todos los papeles en regla y que habían sido invitados por universidades españolas. Este hecho generó un conflicto diplomático entre Brasil y España, pues el país sudamericano reaccionó ante lo que denunció como “un maltrato sistemático de las autoridades migratorias españolas para con sus conciudadanos”, en especial los de tez morena, e implementó una política migratoria restrictiva para con los españoles como respuesta.

Sólo entonces el gobierno español decidió entablar conversaciones directas con Brasil para solucionar las diferencias. En el mismo sentido, el gobierno italiano de centro izquierda de Giuliano Prodi manifestó su apoyo explicito a la política norteamericana en Medio Oriente, sin que esto provocará conflicto alguno entre las distintas fuerzas que formaban parte de la coalición que lo llevó al poder. La caída del gobierno de Prodi se produciría por una serie de denuncias de corrupción y no por el consentimiento del gobierno a las acciones salvajes de los soldados norteamericanos en Irak.

Lo que venimos exponiendo no es en absoluto una actitud nueva de los gobiernos de centro izquierda de los países desarrollados. Baste recordar las lamentables actuaciones del entonces Ministro del Interior francés, el socialista Francois Mitterrand, quien en 1954, frente a la lucha de Independencia argelina, sostuvo que “Argelia es parte de Francia” por lo que “la rebelión argelina sólo puede encontrar una forma terminal: la guerra”; palabras que se encontraban en perfecta sintonía con las de los colonos derechistas y los paramilitares franceses que se combatían a los guerrilleros con “nuevas” técnicas de tortura, las mismas que habrán de copiar los militares argentinos durante la última dictadura.

Lo expuesto nos permite afirmar, entonces, que frente al complejo entramado de intereses que se esconden tras la política exterior de los países desarrollados, en especial para con los países en vías de desarrollo, las fronteras ideológicas que separan a los partidos que se disputan el poder parecen perder claridad. Las políticas de Estados de estos países se orientan a mantener y ampliar espacios hegemónicos en el mundo, sin consideraciones morales o éticas que entorpezcan estas aspiraciones, situándose las diferencias sólo en un plano simbólico destinado al consumo de los distintos electorados nacionales.

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