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Balta Lorenzo, líder de un movimiento de comida cruda vegetariana

Lo peor de la cárcel fue no ver un árbol

11/06/2008 - Autor: Ima Sanchís - Fuente: La Vanguardia
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Balta Lorenzo (derecha)
Balta Lorenzo (derecha)

Las calles de mi pueblo eran de barro. Ni nosotros ni los vecinos teníamos retrete ni agua caliente. Vivíamos rodeados de animales. Me iba al campo con las ovejas y pasaba días y días sin hablar con nadie.

¿Le gustaba su vida?

Sí, a los 5 años galopaba sobre las yeguas como mi padre; mi abuelo lo hacía en la burra y mi madre ataba los haces de paja. Cuando había tormenta, dormía con las ovejas en un jocho para protegerlas de los lobos.

En aquel entones comía animales.

Sí, yo mismo los mataba. Pero a partir de los 16 años ya empecé a intentar cambiar las cosas, no me gustaba que se utilizaran nitrógenos químicos en los cultivos ni que tiraran herbicidas donde bebían las ovejas.

¿Qué le hizo dejar de comer carne?

Entendí que por nuestra anatomía, intestinos, dentadura y las enzimas que segregamos pertenecemos al grupo de los frugívoros. Cuando andaba por ahí con las ovejas leía mucho.

¿Qué tipo de cosas?

Los libros sobre anarquismo de mi hermano mayor, poesía de Miguel Hernández y de todo el que hablara de la tierra. Así me topé con el vegetarianismo y el higienismo. Procuraba experimentar lo que leía, y leí que Pitágoras y sus discípulos sólo comían crudo.

Lo probó.

Sí, y mis digestiones se hicieron superligeras y perdí el cansancio. Me ocurrió como a los conejos del campo, que tienen mucha más vitalidad que los de corral.

Así decidió irse a vivir al monte.

Sí, a los 33 años. La gente de mi pueblo y mi familia pensaron que me había vuelto loco.

¿Y antes?

Una vida normal; trabajé en una fábrica de precocinados y la dejé porque quería una vida más sana para mí y para los demás. Le pedí a mi padre que me dejara la huerta para cultivar sin química. Tuve la mejor cosecha de todos los vecinos y eso me dio seguridad; y fui conectando con expertos en el tema. Pero el cambio fuerte lo hice en prisión, donde pasé ocho años y medio.

¿Qué le llevó allí?

A los 20 años, con dos amigos del colegio nos dedicamos a hacer atracos a mano armada en establecimientos y gasolineras. Yo era el que conducía. En una ocasión hubo tiros e hirieron a uno.

Vaya sorpresa, ¿por qué hacía eso?

Tengo antepasados bandoleros, y atracar era una aventura. No me encontraba a gusto conmigo mismo, me sentía frustrado. Ya antes me expulsaron de la mili porque me negué a coger el cedme. Fue todo un escándalo en mi pueblo, los paisanos le decían a mi padre que yo era un raro y un melenudo.

¿Se las tuvo con su padre?

Sí, me taló todos los árboles frutales que había plantado. Yo iba de rebelde, pero jamás probé la heroína ni la cocaína, que acabó con mis dos compañeros. En la cárcel me dediqué a estudiar y a hacer deporte.

¿Crudivorismo entre rejas?

Sí, entendí que tenemos que aprender a cuidarnos para estar fuertes y sentir la libertad. Creé un huerto ecológico; la mitad de la cosecha para el jefe y el resto para mí y los compañeros. Desarrollé el sentido de la solidaridad: los otros eres tú.

Entiendo.

Me gustaría que en las cárceles la gente recibiera mejor trato, tuviera mejor alimentación y más espacios naturales, mejoraría mucho el ambiente. Para mí, no ver ni un árbol era durísimo. Conocí a gente buenísima que había cometido equivocaciones.

Debían de verle como un marciano.

Sí, pero al final internos y funcionarios venían a mi celda a pedirme consejo, a que les hiciera dietas, porque yo era el que ganaba todos los campeonatos de frontón contra los etarras. En Valladolid entré en un patio de 150 presos y en una semana había 70 apuntados a la dieta vegetariana; y en la prisión de Zamora me metí a cocinero.

Siendo crudívoro, eso es ser generoso.

Hacía los menús para los que salían de la huelga de hambre y para los moros. Fabricaba yogur, pan integral... Cuando los funcionarios me registraban la celda, alucinaban: estaba llena de semillas, germinaba soja, lentejas, alfalfa. Monté una revista, Naturaleza Crudívora,y organizaba obras de teatro.

¿Y al salir se fue al monte?

Directo, me compré un par de fincas junto a un arroyo. Viví sin luz y sin nada, a veces a 8 grados bajo cero, comiendo lo que encontraba durante cuatro años. Pero venía todo tipo de gente, también empresarios de Zamora, a consultarme temas de salud.

¿Por qué se fue?

Quería compañía y un clima más caliente. Me fui a Andalucía. Comprando y vendiendo fincas conseguí dinero para acomodarme una, la llené de árboles frutales y monté una casa de reposo, adonde viene la gente a ponerse sana y fuerte.

¿Les hace dormir a la intemperie?

Tengo cabañitas con su ducha de agua caliente y todo. Pero yo sigo durmiendo debajo de los aguacates, con el sonido del arroyo; la naturaleza me armoniza.

Cuénteme que ha aprendido…

Que somos uno, y si yo le hago mal a alguien, me repercute. Para mí, los animales son tan importantes como los humanos, sufren igual que nosotros. Yo he estado en celdas de castigo, atado de pies y manos durante diez días, y me he acordado de los animales que viven encerrados toda su vida.

 

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