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Dhu-l-Nun: las persecuciones (mihna) que ha sufrido

08/05/2008 - Autor: Muhyi-d-din Ibn Arabî - Fuente: La maravillosa vida de Dhu-l-Nun, el Egipcio
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Encadenado
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Él había alcanzado la perfección en esta vida espiritual (tarîqa), sobrepasaba a todos los que se consagraban enteramente a la adoración, y el conocimiento le había sido revelado (futihat: literalmente «Él había sido abierto»). Lo que dejaba ver de su ciencia sobrepasaba la comprensión de los hombres de su tiempo, y por eso lo calificaron de herético (zindîq). Trabajaron para perderlo cerca del Príncipe de los Creyentes al-Mutawakkil, y eso ocurría en el año 241/858. AI-Mutawakkil lo hizo llevar desde Egipto encadenado para comparecer ante él. Pero cuando fue introducido a su presencia, Dhû-l-Nûn le habló de una forma tan edificante que al-Mutawakkil lloró, y lo devolvió a Egipto con todos los honores. Por consiguiente, cada vez que se mencionaban en su presencia a los «hombres de la piedad ejemplar» (ahl al-wara), lloraba, y decía cuando hablaba de ellos: «¡Que se me traiga pronto a Dhû-l-Nûn!».

Dhû-l-Nûn ha hecho el relato siguiente: «Cuando se me trajo a Bagdad, se me llevó encadenado ante la puerta del sultán. Un hombre pasó cerca de mí; llevaba un pañuelo bordado egipcio colgado de la cintura y tenía la cabeza cubierta con un turbante de fina tela (dabîqî). Habían ante él vasijas de una loza delicada y los .cubiletes de vidrio artísticamente torneados. Yo pregunté entonces si era el portador de agua del sultán y se me respondió que era al contrario un portador de agua ordinario. Le hice señas de verterme para beber; avanzó hacia mí para servirme, y sentí como un perfume de almizcle que salía de la vasija con la cual me daba de beber. Yo dije al que me acompañaba de darle un dinar, lo que hizo. Pero el hombre rehusó tomarlo diciendo que no aceptaría nada. Le pregunté por qué. Él me respondió: «Tú eres un prisionero, y no es digno de un hombre (muruwwa) tomar algo de un prisionero». ¡Yo exclamé entonces qué hacía allí un ser cuya elegancia (zarf) era total! Alguien que se encontraba detrás de mi interlocutor vino dirigiéndome estas palabras: «¡Y tú también, shayh! ¿Por qué no darías tú muestras de elegancia en las circunstancias que te han puesto a pesar tuyo en la situación que yo veo?». Me volví y tuve la sorpresa de encontrarme en presencia de una anciana impotente, ante una vivienda miserable, en la que se hacía la limosna. Yo le dije: «Soy víctima de una injusticia». Ella me respondió: «Entonces ahora acepta de mí este consejo: ¡cuando seas introducido a la presencia de este hombre, no tengas miedo de él y no pienses que está por encima de ti! Sois los dos criaturas, engendradas de una misma semilla y hechas de una misma arcilla. El está tan desnudo como tú ante Él. ¡No te defiendas, que tengas razón o que seas considerado culpable! -¿Por qué?-. ¡Si tienes miedo de él, se crecerá ante ti, y si te defiendes ello sólo agravará tu caso; sería como si tú acusaras injustamente a Al-lâh de ignorar lo que es de ti, porque si Él sabe que eres inocente, no tienes más que rogarle para que venga a socorrerte, y no trates de vencer por ti mismo porque te dejaría entre tus propias manos!».

Cuando fui introducido a su presencia, le saludé por su título de califa. Él me respondió: «¿Qué tienes que responder a lo que se dice de ti?». Yo guardé silencio, y su visir intervino: «Para mí, estas acusaciones que le conciernen son justificadas». El califa se dirigió entonces de nuevo a mí: «¿Por qué no hablas tú?». Yo le respondí: «¡Oh, Príncipe de los Creyentes! si digo: no, trato de mentirosos a los musulmanes por lo que ellos afirman, y si digo sí, soy mentiroso para conmigo mismo por otra cosa que Al-lâh ignora de mí; haz por tanto lo que buenamente te parezca, porque yo no sabré tomar mi propia defensa». El Príncipe de los creyentes declaró entonces: «Este hombre es inocente de lo que se le acusa», después agregó: «¡Instrúyenos, que Al-lâh te proteja!» Yo pronuncié estas palabras: «¡Oh Príncipe de los creyentes! Un hombre que sabe que Al-lâh lo ha creado, y que Él ha creado el Paraíso para él si Lo obedece y el Infierno para él si le desobedece, no podría permanecer en una herejía (bid a; literalmente: «innovación censurable») pareja aquella de la que ha sido acusado, ni en una despreocupación igual a la vuestra».

Me liberó y me fui a visitar a la anciana. «¡Que Al-lâh te recompense, le dije, por el bien que me has hecho! Efectivamente, he seguido tus instrucciones. ¿Pero de dónde te viene eso (es decir «esta presciencia ?»). Ella me respondió: «De la misma fuente que las palabras que dirigió la Abubilla a Salomón hijo de David -¡que la paz sea sobre él!- (cf. Corán, XXVII, 22-26) Yo le pedí entonces bendecirme (literalmente: «rogar a Al-lâh en mi favor»), y ella me dijo: «Ve, ¡que Al-lâh haga de ti un ser sumiso!» (variantes: «un ser preservado», y «que Al-lâh haga que retornes sano y salvo»).

Se nos ha referido que después de estos acontecimientos Dhû-l-Nûn declaró: «Que el que desee aprender las virtudes que hacen a un hombre (mu; ruwwa) así como la elegancia, debe instruirse junto a los portadores de agua de Bagdad, y el que desee oír hablar de la Unicidad de Al-lâh en toda su renunciación (tagrîd al-tawhîd) y de la entrega confiada a Al-lâh (tawakkul) en toda su pureza, debe instruirse (junto a las ancianas impotentes!».

Comentario de Ibn ‘Arabî. La mujer hacía alusión a las divinas palabras que mencionan lo que la Abubilla, venida a informar a Salomón, le había dicho: «Yo abarco en mi conocimiento lo que tú no abarcas, y te aporto, sobre las Sabâ, una nueva segura (Corán XXVII, 22). Esta mujer había informado a Dhû-l-Nûn gracias a la visión interior (musahada) y abrevando en la propia fuente de la Generosidad divina (al-gûd, existenciadora y universal), lo que le permitía ver los secretos de la existencia.

*La maravillosa vida de Dul Nun, el egipcio
Muhyd-din Ibn Arabi
Editora Regional de Murcia
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