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Cuando el cine alimenta el odio

06/05/2008 - Autor: Mónica G. Prieto - Fuente: elmundo.es
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Cartel de la película
Cartel de la película

Hace una semana pasó por Beirut Jack G. Shahin, profesor emérito de comunicación de masas por la Universidad de Illinois (EEUU) y uno de los más atentos críticos a la producción cultural que alude o menciona a Oriente Próximo. Shahin, estadounidense de origen libanés, es considerado uno de los activistas más comprometidos con la eliminación el racismo hacia los árabes, sobre todo aquél que proviene del cine calando silenciosamente en generaciones de espectadores.

La noticia de su visita me ha permitido conocer un libro y un documental cuya existencia ignoraba y cuyas conclusiones vienen a confirmar los peores temores: la industria cinematográfica norteamericana estereotipa a toda una comunidad sirviendo, consciente o inconscientemente, a los intereses de unos gobernantes que han demonizado al colectivo para justificar los excesos de su particular guerra contra el terror.

La cinta en cuestión, presentada en 2006 y laureada en 2007, lleva el mismo título que el libro escrito en 2001 por Shahin: Reel Bad Arabs: How Hollywood Vilifies a People (algo así como Arabes Malos Tambaleantes: Cómo Hollywood denigra a un pueblo) y supone un devastador repaso al cine estadounidense de un siglo (desde 1896 hasta 2000) en el que los árabes son caracterizados como bandidos beduinos, clérigos siniestros y terroristas sanguinarios cuando no como criados y danzarinas del vientre.

Para escribir su libro, en el que se basó el documental, Shahin se pasó 20 años viendo mil cintas, desde dibujos animados hasta cine de acción o películas clásicas. Sus conclusiones fueron demoledoras: en 12 de ellas se mostraba una imagen positiva de los árabes, 52 de ellas eran imparciales y en 936 se daba una imagen negativa de esta comunidad, caracterizada con estereotipos racistas.

Hace años, sin embargo, los árabes no eran el malo recurrente del cine norteamericano. Hubo un tiempo en que los soviéticos –más conocidos como "los rusos" aunque el concepto englobase a cualquier ciudadano del Este- eran el enemigo por antonomasia de los héroes americanos, antes de que la caída del comunismo les dejara huérfanos de villanos. Con la desaparición de la URSS, los africanos y latinos –la proximidad de las guerras centroamericanas hizo mucho daño- tomaron el relevo pero, como razona el propio Shahin, por poco tiempo dada la sensibilidad hacia hispanos y afroamericanos que existe en una sociedad compuesta, en parte, por estas comunidades.

De ahí que "desde hace 30 años", observa Shahin, se recurriese a los árabes como bellaco recurrente. A este profesor emérito no le sorprendió demasiado, porque como explicaba la semana pasada al diario libanés Daily Star, "como todos los americanos, yo estuve expuesto a la mitología". Shahin se vacunó contra el mito tratando personalmente con los árabes. "Ver cómo un avión de fabricación estadounidense bombardea un campo de refugiados palestino ayuda a desarrollar un punto de vista diferente".

Desde que comprobó el tono calumnioso con el que el cine trata a la comunidad árabe, Shahin se dedica a dar conferencias en todo el mundo para poner de relieve el daño que hacen los estereotipos en el subconsciente colectivo. También actúa como consultor de algunos directores que no desean caer en el tópico –asesoró a la caracterización de personajes de Tres Reyes y Syriana- y prosigue con sus libros, el quinto y último titulado Culpable: El Veredicto de Hollywood sobre los Árabes tras el 11-S, en que analiza las películas realizadas tras los atentados contra las Torres Gemelas.

Quizás sería interesante hacer un estudio sobre cómo ocurre exactamente lo contrario con la cultura judía, asimilada como parte indisoluble de la cultura occidental gracias a Hollywood. Muchas de las cintas norteamericanas que pueden verse en cine y televisión muestran ceremonias tradicionales judías (presentadas como si todos los espectadores tuvieran que estar familiarizados con ellas), aluden a las fiestas del calendario judío como si fueran universales e incluyen la kippa (el tradicional tocado judío) con una frecuencia pasmosa, mientras resulta inimaginable que ninguno de los protagonistas emplee –no ya con la misma asiduidad, sino en una sola ocasión durante toda la cinta- el típico pañuelo árabe. Así resulta difícil que la sociedad estadounidense cuestione la política israelí en Oriente Próximo.

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