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Y no invoques jamás a otra deidad junto con Dios

18/04/2008 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Caligrafía

“Todo cuanto vive en la tierra o en los cielos perece: pero por siempre perdurará la faz de tu Sustentador, plena de majestad y gloria. ¿Cuál, pues, de los poderes de vuestro Sustentador negaréis?”

(Corán, sura 55, Ar Rahmán, ayat 26-28)

Cuando nos hiere profundamente el Mensaje somos afortunados porque así nos acercamos un poco más a la Única Realidad, que Se nos revela deconstruyéndonos y recreándonos sin cesar.

En la Realidad los pensamientos, las imágenes, las formas y las identidades perecen, como las circunstancias vitales y los rasgos particulares de todos los seres creados y dependientes. Una y Única Realidad que está más allá de y es algo más que un vacío o una plenitud porque es se basta a Si misma y es originadora e independiente.

Vivimos inmersos en una sociedad y en una cultura que condiciona nuestra visión y nuestra existencia por medio de imágenes, de huellas, descripciones de la vida que no son la vida. La imagen, la huella y el objeto se nos ofrecen como garantía de nuestra supervivencia en el tiempo, en la memoria, como una mediación o un vínculo, todo lo demás es una espiral de energía que se desenvuelve alrededor, desconocida y ajena a todas esas visiones de la muerte.

Morimos y quedan unas cuantas fotografías que alguien contempla años después. Dicen algunos esotéricos que no morimos realmente hasta que desaparecen todos aquellos seres humanos capaces de reconocernos en nuestras imágenes, en nuestras huellas. Cuando miramos las viejas fotografías familiares y nadie reconoce ya a algún anciano que aparece en ellas, entonces ya está muerto del todo, realmente muerto, pues no queda de ese ser ninguna noticia, ningún nombre ni palabra, sólo la imagen congelada de un instante vital de un ser humano desconocido, presta a ser descifrada por un fisiógnomo o por un publicista cibernético.

Del verso de Manrique o Machado, como de la canción de Serrat, nos queda la conciencia poética del transcurso, del camino hecho a base de andar, hijos como somos de un antiguo pueblo para quien Dios era el Tiempo, pero al fin hasta el propio pasar se acaba y nosotros con él, para siempre, sin posibilidad de retornar. Y la cultura, las señas concretas de identidad, desaparecen también en su relatividad, aún estando nosotros mismos vivos.

Ansiedad, nostalgia, miedo y deseo cesan cuando ya no queda nadie, ningún sujeto que pueda reconocer las huellas, interpretarlas o revivirlas. Entonces ¿Cómo andamos aún preocupándonos de nuestras vidas, construyendo y deconstruyendo a nuestro Quijote o embelezándonos con esas mismas huellas, creyéndolas vivas y muriéndonos con ellas?

“Y no invoques jamás a otra deidad junto con Dios. No hay deidad sino Él. Todo está abocado a perecer, excepto Su Ser eterno. A Él pertenece por entero el juicio; y a Él seréis devueltos todos.”

(Corán, sura 28, Al Qasas, La Historia, aya 88)

A Él pertenecen por entero el juicio, la creación y esta conciencia de nosotros mismos que tenemos y que no es nuestra, sino que lo es de la Realidad, préstamo de luz fugaz y frágil las más de las veces, manantial de conciencia palpitante y continua en Sus Mensajeros y allegados.

“Di: “Mi Sustentador ha ordenado sólo hacer lo que es justo; y desea que pongáis todo vuestro ser en cada acto de adoración, y Le invoquéis, sinceros en vuestra fe sólo en Él. Así como fue Él quien os originó, así también a Él habréis de retornar."

(Corán sura 7 Al Aaraf, La Facultad de Discernir, aya 29)

En cada acto de adoración consciente, en cada acto de nuestro ser real, si lo hubiere. Dios nos dice que pongamos toda nuestra atención consciente, que hagamos un esfuerzo en pos de mantener la conciencia y de contener nuestros estados. Una llamada divina a la conciencia, a la Realidad, a la tarea humana más fundamental.

Y todo ello gracias a la Realidad que creó a Muhámmad, la paz y las bendiciones sean con él, quien nos transmitió fielmente ese Mensaje de Unicidad Trascendental, de adoración a la Realidad Única. Gracias a su buen carácter, a la buena disposición interior que compartió con sus semejantes a lo largo de toda su vida, con naturalidad, sin privacidad ni ocultación. La paz y las bendiciones sean siempre con él.

“En verdad, Dios y Sus ángeles bendicen al Profeta; así pues, vosotros que habéis llegado a creer, bendecidle y sometéos a su guia con un sometimiento total.”

(Corán, sura 33, Al Ahsab., La Coalición, aya 56)

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