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La vida: más allá del éxito y el dinero

02/04/2008 - Autor: Abdelkáder Muhámmad Ali - Fuente: Melilla Hoy
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Abdelkader Mohamed Ali
Abdelkader Mohamed Ali

Tras una breve ausencia, el pasado sábado el editor de este periódico, mi viejo amigo Enrique Bohórquez, nos ofrecía a los lectores asiduos de su diario, la oportunidad de leer una nueva entrega de sus “Carta del editor” bajo el sugerente título “El inversor que convirtió 100 dólares en 62.000 millones”. Si he entendido bien el razonamiento de su carta, creo que pretendía ser un alegato a favor del éxito así mismo de cómo introducir los “cambios” oportunos en el devenir para que el éxito produzca la fortuna que todos ansiamos, el famoso “sueño americano”.

Casualmente ese mismo día que se publicaba la “Carta del editor”, en el programa “La Noria” de Tele 5, Jordi González entrevistaba a Mario Conde, famoso banquero que marcó toda una época de principios de los años 90, representante de la generación de los yuppies. Fue el máximo accionista de Banesto y por tanto llego a amasar una de las mayores fortunas de España. Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense, etc. Como es sabido, tras descubrirse un enorme agujero patrimonial de cientos de miles de millones de pesetas en la contabilidad del banco que presidía y tras un sonado proceso, uno de los hombres más admirados y envidiados de España daba con sus huesos en la cárcel para cumplir una condena de seis años. En el transcurso de su encarcelamiento enviudaba al fallecer su “amadísima” esposa por una grave enfermedad. Mario Conde, “El ángel caído” como lo llama y titula su libro Luís Herrero, vive los días más tristes y traumáticos de su vida. Su tristeza es indisimuladamente profunda, su apariencia comparativa con sus mejores tiempos refleja un hombre quebrado, no sólo por las huellas de la cárcel o la pérdida de ‘la buena fama’, de hecho sigue siendo un hombre rico y de fama anda sobrado. Aunque actualmente tiene concedido el tercer grado acudiendo a dormir a la cárcel.

Pero sus vicisitudes lo han transformado, la vida ya no es la misma, sobre todo sin la persona que más quería, y a partir de ahí experimenta todo un proceso de reconversión existencial que le lleva a una búsqueda vital que le de, cuenta en la entrevista, el sosiego interior que anhela. “Dirán que he perdido la olla por visitar monasterios en mi búsqueda espiritual”, dice irónicamente en la referida entrevista televisiva, pero, puntualiza, “me da igual, lo importante es mi tranquilidad interior...”. Aunque él insiste que su vertiente espiritual siempre la cultivó, reconoce que ahora, cuando la muerte inexorablemente se acerca conforme avanza el tiempo y la vida, la tiene mucho más en cuenta, más que el dinero y el poder que siempre tuvo y sigue teniendo. Y que, y esto es de mi propia cosecha, a veces, por no decir casi siempre, el dinero más que ayudar en esa búsqueda interior, embriaga y nos aleja de nosotros mismos, obnubilándonos la verdadera realidad.

Mario Conde probablemente sea, al día de hoy, un símbolo evidente de cómo la ambición desmedida, la codicia, la búsqueda del éxito a toda costa y permanente no sólo no dan la felicidad, sino que pueden tener un recorrido diametralmente opuesto como tormentoso. O dicho con esa máxima hipócritamente vulgarizada: “el dinero no da la felicidad”. Sin duda ayuda, facilita la vida y viene bien tenerlo. Pero cuando es un fin en sí mismo y en la práctica el hedonismo es la máxima expresión de la condición humana, paradójicamente todos los condicionantes para la tragedia, tardía o temprana, están servidos.

Acabo de concluir la lectura del último libro del famoso sacerdote Raimon Panikkar “De la mística. Experiencia plena de la vida” (Edit. Herder). Si bien ya el título da las primeras pistas de los derroteros que explora el libro, es un ensayo interesante que expone las claves para quienes pretendan experimentar la vida desde la condición más noble del ser humano, cual es la dimensión espiritual, mística si se quiere y se tiene cierta disciplina. Recuerdo haber leído en este sentido lo que hace siglos el excelso Ibn Arabí aconsejaba: practicar el silencio, el ayuno y la vigilia, algo tremendamente complejo y difícil para los tiempos que corren de consumo y pragmatismo a ultranza. Panikkar personaliza aquella disciplina mística aconsejándonos “un poco de ayuno, otro tanto de mortificación junto a un mucho de técnicas apropiadas, y veremos las estrellas”, no obstante advierte: “pero no sabremos caminar entre ellas”. Para ello se precisan condicionantes adicionales.

No exento de cierta complejidad el libro de Panikkar, no en balde es doctor en Filosofía y Teología, describe con maestría los males de la modernidad arrolladora que nos ha sumido en “la gran crisis ética de nuestro tiempo”. Raimon Panikkar es fruto del matrimonio de una catalana y un empresario hindú venido a España a principios del siglo pasado, de ahí su eclecticismo cultural y espiritual que le originan una estrecha observancia de sus superiores. Consecuentemente su obra se nutre de diversas fuentes, sin duda el cristianismo la principal, pero también del Hinduismo, el Vedanta, el Islam, etc. Precisamente partiendo de un conocido hadiz del Profeta Muhammad, (la paz y las bendiciones de Allah sean con el), que dice “Quien se conoce así mismo conoce a su Señor” nos desvela los misterios del autoconocimiento y por tanto de la felicidad o paz interior. Probablemente el secreto de la ‘felicidad’, estribe en saber “¿Quién soy yo”? Un yo, dice Panikkar alejado del ego y que represente “aquella conciencia de todo lo abarcable”, y continúa: “llevar a la práctica: vivere Vitam, vivir la Vida, cuya traducción cristiana sería la experiencia de Dios”. Avanza en su reflexión Panikkar y afirma: “Para saber ‘quién soy’ debo ciertamente amar a los demás para poder conocer lo que me descubren que soy”.

A vueltas con nuestro amigo Enrique Bohórquez, comentaba en su “Carta”, según dice parafraseando al economista británico Keynes, teórico del capitalismo reformado, que “en eso de la dificultad no reside en las nuevas ideas, sino en escaparse de las viejas”. Ignoro si grosso modo en eso radiquen, fundamentalmente, las orientaciones para estimular el consumo y dar un impulso al ciclo de la economía. Pero sin duda, para recuperar nuestra condición primigenia y cultivar la condición espiritual, trascendente, y más objetivamente alcanzar el verdadero bienestar, la placidez…, el recorrido debe ser a todas luces el contrario, es decir, recuperar las viejas ideas, que siempre son nuevas y sobre todo eternas.

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