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Barack Obama: ser llamado musulman no es un insulto

28/03/2008 - Autor: Naomi Klein
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Obama con vestimenta tradicional de Kenia
Obama con vestimenta tradicional de Kenia

Por supuesto, Obama debe salir al paso de esas mentiras, pero no debe detenerse allí. Lo que es perturbador en las respuestas de su campaña es que no pone en entredicho la desdichada y racista premisa que hay detrás de la "calumnia musulmana": que el hecho de ser musulmán es una fuente de vergüenza.

"Hillary Clinton ha lucido ropas tradicionales de países que ha visitado y esas fotos han sido publicadas en todas partes". Seguro que lo hizo. Y George W. Bush se puso un poncho chamanto en Santiago, en tanto Paul Wolfowitz quemó YouTube con sus danzas africanas contra la malaria cuando era presidente del Banco Mundial.

La obvia diferencia es ésta: cuando los políticos blancos asumen una etnia, lucen graciosos. Cuando un aspirante negro a la Presidencia lo hace, luce como un extranjero. Y cuando la vestimenta étnica en cuestión recuerda vagamente a las ropas que lucen combatientes iraquíes y afganos al menos para muchos televidentes de la cadena Fox, que creen que cualquier gorra que no sea de beisbolista es una declaración de guerra contra Estados Unidos , la imagen es aterradora.

El "escándalo" del turbante forma parte de lo que se ha dado en llamar "la calumnia musulmana". Incluye de todo, desde exageradas menciones al segundo nombre de Obama hasta una campaña online de que él estudió en una madrassa fundamentalista en Indonesia (una mentira), que juró sobre el Corán (otra mentira) y que si es elegido colocará altavoces RadioShack en la Casa Blanca para divulgar los llamados musulmanes a la oración (eso lo inventé yo).

Hasta ahora, la campaña de Obama ha respondido con correcciones agresivas, demostrando su fe cristiana y atacando a los atacantes. "Barack no ha sido nunca un musulmán o practicado otra fe más allá de la cristiandad", señala un currículo suyo. "No soy y nunca he sido musulmán", declaró Obama a un periodista de "Christian News".

Por supuesto, Obama debe salir al paso de esas mentiras, pero no debe detenerse allí. Lo que es perturbador en las respuestas de su campaña es que no pone en entredicho la desdichada y racista premisa que hay detrás de la "calumnia musulmana": que el hecho de ser musulmán es una fuente de vergüenza.

Los partidarios de Obama suelen aceptar la idea de que ser acusado de musulmán es como ser acusado de traición. Si se aludiera a otra fe religiosa o a otra etnia, la respuesta sería muy diferente. Basta analizar un informe de los archivos de "The Nation".

Hace trece años, Daniel Singer, el corresponsal en Europa de la revista, ya fallecido, fue a Polonia a cubrir una elección presidencial muy reñida. Singer informó que la puja electoral había descendido a un desagradable debate sobre si uno de los candidatos, Aleksander Kwasniewski, era un judío que no se animaba a divulgar su origen.

La prensa dijo que la madre de Kwasniewski había sido enterrada en un cementerio judío (la madre estaba viva), y un popular programa de televisión divulgó un sketch mostrando al candidato cristiano vestido como un judío hasídico.

"Lo que me afectó", dijo Singer, "fue que los abogados de Kwasniewski amenazaron con demandar al rival por calumnia, en lugar de exigir un proceso contra quienes alentaban una propaganda racista".

No podemos esperar menos de la campaña de Obama. Cuando se le preguntó durante un debate en Ohio acerca del respaldo de Louis Farrakhan a su candidatura, él no vaciló en calificar los comentarios antisemitas de Farrakha como "inaceptables y condenables". Cuando la foto del supuesto turbante fue discutida en el mismo debate, él no dijo nada.

Los infames comentarios de Farrakhan acerca de los judíos ocurrieron hace 24 años. Pero la orgía de odio caracterizada por la "calumnia musulmán" ocurre ahora, y promete intensificarse en las elecciones generales. Esos ataques no solamente "calumnian la fe cristiana de Obama", como dijo John Kerry en una carta abierta a los demócratas.

Son un ataque a todos los musulmanes, algunos de los cuales ejercitan su derecho a cubrir sus cabezas y enviar sus hijos a escuelas religiosas. Inclusive miles de esos musulmanes tienen el nombre Hussein, que es muy común.

Todos ellos están viendo su cultura usada como un garrote contra Obama, mientras el candidato que es símbolo de la armonía racial fracasa en su tarea de defenderse. Esto en una época en que los musulmanes norteamericanos sufren los ataques del Gobierno de George W. Bush contra las libertades civiles, incluido el espionaje electrónico, y enfrentan un incremento de los crímenes de odio.

En forma ocasional, aunque no con bastante contundencia, Obama dice que los musulmanes "merecen respeto y dignidad". Lo que nunca ha hecho es lo que Singer pidió en Polonia: que denuncie los ataques como propaganda racista, en este caso contra los musulmanes.

El núcleo de la candidatura de Obama es que él, y solamente él, que vivió en Indonesia cuando era niño y tiene una abuela africana, puede "reparar el mundo" luego del daño causado por Bush. Esa tarea de reparación comienza con 1.400 millones de musulmanes de todo mundo, muchos de los cuales están convencidos de que Estados Unidos está librando una guerra contra su fe.

Esa percepción se basa en hechos, entre ellos el factor de que los civiles musulmanes no son contados entre los muertos en Irak y en Afganistán, que el Islam ha sido profanado en las prisiones controladas por los norteamericanos, y que el votar por un partido islámico derivó en el castigo colectivo a toda la población de la Franja de Gaza. También está alentado por el surgimiento de una virulenta islamofobia en Europa y en Estados Unidos.

Como objetivo más visible de este racismo en crecimiento, Obama tiene el poder de ser más que su víctima. Él puede usar los ataques para iniciar el proceso de reparación global, que es la promesa más seductora de su campaña. La próxima vez que se le pregunte acerca de su presunta pertenencia a la fe islámica, Obama puede responder no sólo aclarando los hechos, sino dando vuelta la cuestión.

Puede señalar claramente que mientras su vínculo con un cabildero de la industria farmacéutica podría valer un escándalo, ser musulmán no lo es. Cambiar los términos del debate es la forma de ser inteligente no sólo a nivel moral, sino táctico. Es la única respuesta que puede desactivar los ataques de odio.

Y hay algo aún mejor: a diferencia de poner fin a la guerra en Irak y cerrar Guantánamo, enfrentarse a la islamofobia no necesita aguardar hasta después de las elecciones. Obama puede usar su campaña para comenzar. Dejemos que la tarea de reparar comience ahora.

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