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Conversaciones con Luisa Isabel Álvarez de Toledo

Capítulo 8 del libro de Hashim Cabrera Párrafos de Moro Nuevo

09/03/2008 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Isabel Álvarez de Toledo. (Foto de Mansur Escudero)
Isabel Álvarez de Toledo. (Foto de Mansur Escudero)

"Creemos en el descubrimiento de América con fe de carbonero, como el católico en el misterio de la Trinidad. En el país de la hoguera, la ciencia es cuestión de fe".

Luisa Isabel Álvarez de Toledo

Siguiendo el rastro de la antigua memoria de Poniente, Abdu­salam y Hisham llegaron al lugar donde el Río Grande, el Uad al Kabir, se funde con la Mar Océana, como el discurso de la his­toria se hunde irremisiblemente en el estuario de la leyenda. Noble casa que albergaba secretos inconfesables de estados que ya no existían, los muros del palacio de Medina Sidonia —bello edificio del XVII, erigido sobre una antigua mezquita— les mostraban el devenir de una olvidada identidad. Allí se encon­traron con la última representante de una antigua dinastía, oasis de conocimiento y compromiso con la verdad en el desierto de la aristocracia andaluza contemporánea. Nieta de Maura, du­rante más de treinta años había vivido inmersa entre los papeles de la investigación histórica, desvelando claves perdidas en el inmenso mar de manuscritos que había ordenado y clasificado con encomiable paciencia.

Su discurso, sólido y sugerente, les fue llevando poco a poco al con­vencimiento de que la alteración de los textos por razones políticas y religiosas había sido una constante en la Historia de España. Los grandes hitos sobre los que descansaba la memoria colectiva de los españoles, claves de la identidad de toda una comunidad, no sólo hicieron aguas, sino que sin remedio se ahogaron ante las evidencias, manuscrito en mano, que les pre­sentó la noble señora. De trato exquisito y gran sentido del humor, la ilustre anfitriona se declaró descendiente de un mu­sulmán "allén mar", nacido en aquella Berbería Ultramarina que la historia borró para poder escenificar la tremenda panoplia del Descubrimiento.

En el dorado atardecer de Sanlúcar, divisando desde el balcón el hondo estuario y las costas de Doñana al otro lado, Hisham te­nía la sensación de estar reconciliándose con alguna parte con­cienzudamente enterrada de la biografía colectiva, con matices y quiebros que otorgaban sentido a muchas preguntas sin res­puesta. Con toda la delicadeza y el amor del buen bibliófilo, la duquesa les mostró una de las joyas de su archivo: un libro ma­nuscrito en árabe, quemado por los bordes, que había sido sal­vado del fuego por alguna mano valiente cuando los católicos quemaron la extensa biblioteca de la Alhambra. Histórico tes­tigo de intolerancia y persecución, su impecable caligrafía de­volvió por un momento al presente todo el saber del antiguo Al Ándalus, su más profunda conciencia de la cultura.

Entre las piedras gastadas del jardín, Hisham se sintió con la su­ficiente libertad como para preguntarle a la duquesa sobre la realidad de los textos que normalmente se tienen por verdade­ros. La señora empezó a hablar, dando la sensación de tener todo el archivo, documento por documento, ordenado en algún lugar de su prodigiosa memoria:

—"Bueno, basta ir a cualquier archivo, incluso a archivos na­cionales como Simancas, para comprobarlo. Muchas veces se han utilizado falsos posteriores, falsos de época, redactados por razones políticas o religiosas, que han llegado a tomar carta de naturaleza. Los historiadores se van citando unos a otros, y ahora estos falsos textos se han convertido en auténticos axio­mas, en artículos de fe históricos. Por ejemplo, se dice, creo re­cordar que en abril de 1492, que en Santa Fe, los Reyes Católi­cos firmaron un acuerdo con Cristóbal Colón y le hicieron al­mirante para partir al descubrimiento de unas tierras ignotas. Pues bien, en el Registro General del Sello de Simancas —y de esto tengo una copia que les puedo enseñar— hay una carta de abril del 92, la única existente que se recibe de este señor, y una sobrecarta de junio, que es una orden al señor Diego Rodríguez Prieto, de Palos, en la que se le condena a servir gratuitamente por dos meses a la Corona, con dos carabelas de su propiedad, y se le ordena que las ponga a disposición de Cristóbal Colón —a quien por cierto no se le da el don ni el cargo de almirante— que va a ir como capitán de tres carabelas, ‘a las partes de la Mar Océana, do nos le mandamos ir, con exclusión de tocar en la Mina, por ser contratación de portugueses.’

Si tuviésemos la mina en Senegal la confusión sería muy gorda porque hubiese tenido que navegar hacia el sur en lugar de hacerlo hacia el oeste. Y se le dice además que ‘los cuatro meses más de viaje, se le pagarán’. Si miramos la historia y nos atene­mos a la Crónica de Bernáldez, que conoció personalmente a Colón, y dado que salió hacia el 9 de septiembre y no en agosto como dice la historia oficial —Bernáldez tenía que saberlo por­que lo tuvo hospedado en su casa y nos lo dice claramente— tendríamos casi seis meses justos de navegación desde la salida hasta la vuelta. Esa es una de las pruebas no sólo de que la his­toria se ha falseado, sino de que los investigadores no han que­rido ir a algo tan sencillo como el Registro General del Sello, que está, por cierto, perfectamente catalogado.

Como estas falsedades podríamos citar muchas. En mi último libro desmonto literalmente lo que nos enseñan sobre el rei­nado de Felipe II, con documentos en mano. Gran parte del texto son frases y párrafos entrecomillados, recogidos de dife­rentes documentos sobre diversos temas. Para empezar, sobre la Guerra de la Alpujarra, que tanto difiere la historia de esa otra historia de Hernando de Córdoba y Válor... que no existió, claro. Difiere tanto de la realidad que he añadido una nota comparativa entre lo que dicen los documentos y lo que dicen Mármol y el otro historiador de la Alpujarra, Mendoza. Ellos dicen, refiriéndose al cerco de Huéjar: ‘gran batalla, tantos mo­ros muertos...’, y resulta que, en la documentación, Huéjar no estaba cercado. A Huéjar van porque tenían que hacer alguna incursión. Los pobrecitos de Huéjar salen corriendo en cuanto ven el plan. Llega Juan de Austria, los persigue y lo que coge es una punta de vacas y algunas mujeres... porque mató en el campo a cuarenta hombres que se habían ido corriendo. Esto está contado ce por be por un coetáneo.

En fin, así podríamos seguir, desde el falso pedir de la Armada Invencible, donde se dice que el séptimo Duque de Medina Si­donia se mareaba y... bueno... hay algo así como seis tomos de documentación en los que se demuestra que este señor funcio­naba muy bien como marino. La primera cosa que se compra, en cuanto es mayor de edad, es una fragata porque le encantaba navegar. Y hay documentada una comida en el Guadalquivir, en barco, con un criado del Duque de Braganza, siendo evidente que a un señor que se marea en barco, no se le ocurrirá jamás comer en una barca, en mitad de un río. Así podríamos seguir indefinidamente. Sí, está falseada la Historia por razones obvias, porque ha interesado políticamente, y ha interesado política­mente siempre.

Otro ejemplo que les voy a dar: cuando se crea la Iglesia de Al­mería no se encuentran rastros de religión cristiana. Este dato se le escapa a Mendoza en un documento del que tengo aquí una copia de época. No hay huella cristiana. En otras partes había que admitirla, aquí no. ¿Qué es lo que pasa? Que, efectivamente, nunca fueron cristianos, pasaron de gnósticos a musulmanes."

Abdusalam y Hisham se miraron atónitos. Ambos intuían que la historia había sido secularmente manipulada y estaban de acuerdo en considerar la obra de George Orwell como algo más que mera ficción, pero aquello estaba siendo demasiado. No querían dejar pasar aquella ocasión y Abdusalam terció con una más que evidente curiosidad:

—"Sabemos que han mentido hasta la saciedad, sobre todo en lo que se refiere al islam y a los musulmanes. Siempre me ha pa­recido que en la Historia no existen demasiadas casualidades y, además, ahora estamos viendo que existe un interés exagerado en ocultar determinados episodios. Siempre me llamó la aten­ción la coincidencia en el tiempo de dos acontecimientos tan importantes como la caída de Granada y el anuncio del descu­brimiento de América..."

—"En el tiempo y en los hechos —replicó la duquesa— Hay una guerra que ha desaparecido de la Historia y que está muy bien documentada en Simancas. Esta guerra enfrenta inmedia­tamente a varias coronas. Hacía tiempo ya que Enrique IV in­tentaba hacerse con la parte de Agüer, con la zona de Gáldar, Telde y Berbería. En la Historia de Marruecos, tienen ustedes un episodio que se recoge simultáneamente en las Islas de Canarias, en 1461. Es la toma de posesión de Diego de Herrera, en la que Gáldar rinde a éste vasallaje como señor, y aquél lo toma en nombre de Enrique IV, y así aparece en la Historia de Canarias: Telde y Gáldar son dos príncipes.

Pero en la Historia de Marruecos, Telde y Gáldar son dos pro­vincias que están en la Berbería. Uno de los lugares se llama Oid, que es donde desembarca este señor. Entonces, Enrique IV no consigue —a pesar del señorío de Herrera y Saavedra— hacerse con eso, y la reina católica decide hacerlo ella, hacerse con el oro, que es de lo que se trataba, aunque no le tocara en la partición de Martín V. La guerra se inicia en 1475 con una ex­pedición a la Isla de África y Guinea en la que va de capitán Charles de Valera, alcaide del Puerto de Santa María. Hay una serie de armadas en las que luchan contra portugueses y moros aliados, pues ya se están metiendo en su territorio por esta tie­rra, por esta Guinea del Oro, por esta Tierra de Agüer donde están las pesquerías, donde están los ríos con sábalos, etc.

Y con los franceses también llega a ser guerra declarada porque los católicos pretenden cerrar todas esas costas, y que no vaya nadie más que los barcos de la Corona o los autorizados por ella. Claro, como ya estaban los portugueses, no estaban dis­puestos a dar su brazo a torcer. También hay capturas de barcos ingleses. No puedo decir que haya una guerra declarada con In­glaterra... tengo indicios pero, para poderlo asegurar, tendría antes que leer el texto completo, de entre los documentos que tengo pedidos. Para decir que hubo una guerra declarada lo tiene que decir en el documento textualmente, si no, yo no puedo afirmar tal cosa. Que había capturas de ingleses, sí lo puedo decir, pero que había una guerra declarada no lo puedo afirmar. Tengo dos o tres documentos en los que taxativamente se dice que se han firmado las paces. Esas son las paces de Alcoçabas. En el año 1479 se hace la paz. Me da la impresión de que salieron bas­tante mal parados los Reyes Católicos.

Esta es la guerra que nos presenta la historia como de sucesión con la Beltraneja. Y todo este episodio de la guerra por mar, con Guinea de por medio, ha desaparecido de la Historia, aunque ya les digo que está muy bien documentado en el primer archivo nacional del país, en diversos documentos. Entonces Portugal se reserva lo que tenía, y cede. Francia queda con el derecho a ir a Guinea cuando le dé la gana, los ingleses también. Ya a partir de ese momento es delito apresar un barco francés o inglés. Esto nos proporciona una documentación maravillosa porque cada vez que los de Palos apresan a uno de estos barcos, hay una de­manda judicial y está el documento que, además, nos indica el lu­gar. Concretamente hay uno al que cogen en las Azores, a un in­glés. Éste pone el ademande: ‘oiga, mire, que la paz se ha hecho ya y que a mí me han cogido en las Azores y que no’. Nos da su carga y por eso podemos saber el tonelaje —porque tienen que decirlo— y lo que llevaban. Éste llevaba trigo.

En esa paz se establece que las Canarias quedan en España y que asimismo le queda a España el Reino de Granada, ‘la con­quista del Reino de Granada’, porque esas concesiones eran ‘conquistas’. El Papa no daba la tierra sino su ‘conquista’. Por eso los portugueses no conquistan nada, comercian con los mu­sulmanes del otro lado, como los de Palos... comercian tran­quilamente, como el Duque de Medina Sidonia, que comercia y no se le ocurre instaurar allí un señorío: hace trata, lleva paños, en fin, trafica.

A los católicos les dan la conquista del Reino de Granada. En­tonces, como primer paso, van a conquistar Granada y las Ca­narias. Si ustedes siguen la guerra en las Canarias, observarán que esa guerra se inicia oficialmente en 1480 y finaliza en 1501. La inicia Pedro de Vera y la termina Alonso de Lugo. Si mira­mos las Islas de Canarias, poca fuerza debía de tener España para estar en guerra, luchando, combatiendo de una manera clara, evidente, con bombardas, durante todos esos años en aquellas islas. Vamos, es que las habría planchado... es que no hubiese quedado nada. No era posible esa cantidad de años sino que, muy probablemente, Cuba era una de las Canarias, y estas Canarias alcanzaban hasta Guadalupe, donde los españoles pretendían que siguiesen ¿verdad? Cogían Cartagena de Indias y al descender para abajo los portugueses se negaban y decían que aquello se llamaba Cabo Verde y que allí los españoles no tenían nada que hacer. Probablemente éste es uno de los grandes pro­blemas porque, claro, ahí empezaba el oro y ahí ya no jugaban. Entonces tienen que conquistar primero Granada para adquirir los derechos ‘al Reino’.

¿Por qué se llama Nuevo Reino de Granada a la parte del oro de Colombia? ¿De pronto a los españoles les da por decir Nuevo Reino de Granada? ¿Y por qué los pescadores de Palos que van ‘a las pesquerías de lejos’, van ‘al Reino, donde no tie­nen que hacer el amarre’? ¿Y por qué los Reyes Católicos, antes de lo de América, compran la mitad de Palos? Pues sencilla­mente para poder fletar los barcos porque, si no, Colón no hubiera podido salir de allí. La reina católica crea una armada de Encargo Real, pero no la encarga como Encargo Real sino como Señora de Palos, porque si no, no hubiera podido salir. Sencillamente, Granada era el paso hacia el oro. La idea de uni­ficación de España yo no la he visto hasta Enrique IV, y aún éste no tiene las miras en la unificación peninsular sino en el oro. Hasta que no surge el interés por el oro ‘de allén mar’, eso es evidente, no hay un verdadero ataque al Reino de Granada, y hasta que éste no se debilita...

Si cogemos la Historia de Marruecos, que nos sitúa al oro natu­ralmente allí, coincide todo esto con guerras civiles y con la caída de una dinastía. Si no hubiera caído la dinastía, es proba­ble que no se hubiese conquistado Granada. Lo de Granada fue un acuerdo —todos sabemos cómo fue— y además lo tenemos contado por el Marqués de los Vélez aquí y en Simancas. Un tratado, un acuerdo a dos bandas en Granada, donde uno de los bandos decide que prefiere a los católicos, al bando de la Iglesia, y así llegan a un acuerdo de darles vasallaje. Los vasallajes que habían dado antes —por ejemplo, el que consta ahí, de los reyes de Niebla, Murcia y Granada— nunca habían implicado ocupa­ción, pero en este caso sí van a implicarla, reservándose los ya vasallos sus costumbres, su religión, etc. Yo creo que lo firman sin ningún recelo. Claro, luego pasó otra cosa... Pero al tener Granada, los católicos van ya a tener derecho ‘a lo otro’. Ya digo, está taxativamente en el documento de Simancas cuya co­pia les voy a mostrar. Entonces, inmediatamente, caída Gra­nada..."

Hisham miró hacia el estuario donde transitaban los barcos lle­nos de mercancías que iban y venían de Isbilya. El paisaje le re­sultaba conocido porque en su infancia había visitado aquellas tierras con su abuelo Ben Guzmán, cuando éste todavía vivía con Sarai. Sintió por un momento toda la carga de la genealo­gía y de la cultura, y empezó a darse cuenta de que precisamente la historia que no se quería contar se hallaba impresa en sus propios genes, en su sangre y en su palabra. Saliendo de la re­flexión se le ocurrió tratar el tema de la supervivencia del islam, más allá de lo que nos dice la versión oficial. La duquesa con­testó sin detenerse:

—"Hubo dos supervivencias. Una de ellas a través de los Tem­plarios, que tenían una relación profunda con el islam. Los Tem­plarios, ya lo sabe usted, son exterminados en Francia en 1309, y también aquí, pero no en Portugal; allí se convierten en la Orden del Cristo como si nada hubiera pasado. Los Templarios tenían una gran relación con los musulmanes. Aquí, sin embargo, va a seguir funcionando la Orden Templaria con sus normas entre los pescadores de Palos, Huelva y Sanlúcar, razón por la cual ellos podían comerciar con aquella parte y los Reyes Católicos no, porque los Templarios habían mantenido este acuerdo con los musulmanes.

El genocidio se va a perpetrar en varias etapas. Tenemos pri­mero la conquista de Granada. Precisamente he hallado un do­cumento de 1495, en el que el Duque del Infantado acuerda con dos lugares lo que deben pagar los musulmanes y donde se dice que ‘los bienes de la mezquita no pagan impuestos’. Por el mo­mento no va a pasar nada, pero ocurre un incidente que les viene muy mal a los Reyes Católicos —lo cuenta en una carta el Mar­qués de los Vélez— de un supuesto asesinato de cristiano en el Albaicín; según este marqués, ni hubo asesinato de cristiano ni hubo absolutamente nada, sino que se trató de una algarada fo­mentada por el cardenal Mendoza por una cuestión de decomi­sos. El musulmán no pagaba impuestos a la Iglesia sino al señor... y los pagaba. Esto no entraba en los cálculos del cardenal Men­doza. La Iglesia tenía un gran interés en conseguir la conversión de esta gente. En ausencia de los Reyes Católicos se monta ese numerito del Albaicín, que por cierto lo recoge Tariq Alí en su novela, que es muy buena, pero eso es falso."

—"A la sombra del granado...", replicó Hisham.

—"Si, pero eso es falso, no ocurrió." Apostilló la duquesa.

—"Y eso es lo que dio después lugar a la quema..." concluyó Abdusalam.

—"No, es que no tuvo lugar. A lo que dio lugar fue a una cosa mucho más divertida: asustados los musulmanes de Granada ante la que se les venía encima por esa supuesta muerte, consi­gue Mendoza que muchos se conviertan. Dicen: ‘Bueno, bueno, si nos dejan en paz nos convertimos’. Entonces se convierten, los bautizan para cobrar el diezmo, y los Reyes Católicos se suben en todos los caballos porque, claro, esto no les interesaba en absoluto.

Los Reyes Católicos —en 1501 empieza la gran represión— estaban a la espera de que Alejandro VI les diese la Bula de las Tercias. Esto implicaba, sencillamente, que las tercias de los diezmos de la Iglesia se iban a pagar a los reyes o a los señores civiles, que asumían, a cambio, el cargo de edificar las iglesias; pero claro, cogían una parte del botín. Mientras no cobran este impuesto no quieren que se conviertan. Y a la Iglesia sí que le interesa. Entonces, a partir de este incidente del Albaicín, se van a parar las conversiones totalmente. Llega la reina Isabel a Gra­nada y dice que nada... hasta que llega la Bula. Cuando llega la Bula se inventan una sublevación —como siempre, en la Alpuja­rra— y entra Fernando a saco. Por cierto, los de Lorca se van y luego piden volver porque no podían más. El que quiera se va y el que quiera se queda, pero matan a una cantidad de gente im­presionante, y ahí sí que los convierten por narices, porque ya, económicamente, le interesa más a la Corona que se conviertan que no que sigan siendo musulmanes.

Esta es la primera persecución seria y la primera vez en que sí hay que convertirse. Esto va a durar durante todo el año de 1501. Luego hay otra, en 1505, que se produce en varias olea­das. A partir de entonces tenemos ya al morisco, que es el mu­sulmán convertido a medias. Tenemos toda la documentación de los Vélez, en la que vemos cómo el morisco sigue tratando de preservar sus carnicerías, sus zambras, sus papeles, sus do­cumentos. No puede llevar ropas rimbombantes ni alhajas, pero no le importa nada porque es modesto y trabaja la tierra. Son una minoría, en Andalucía más bien mayoría, riquísima, porque ahorran mucho, son gente muy modesta y, como dice el Mar­qués de los Vélez, "desde que me han traído cristianos viejos, me están destrozando las acequias, el campo..." Estos Fajardo eran también claramente conversos. Entonces, más o menos, esto es lo que va pasando.

Los moriscos iban al ejército, generalmente de gastadores, o sea que no llevaban armas, sobre todo bajo Felipe II, hasta que éste, por una serie de razones, necesita una guerra. ¿Y qué se le ocurre? Pues vamos a por los moriscos. El bando, el famoso bando donde se dice que no tenían que usar sus ropas, etc., se promulgaba casi todos los años y siempre habían llegado a un acuerdo, los moriscos pagaban una cantidad y aquello se olvi­daba. Pero de pronto se aplica y se provoca una pequeña suble­vación. Entonces ahí va a haber una segunda y tremenda expul­sión.

Hay descripciones que son sangrantes. Las hay ya con las arro­peas, o sea, esposados hacia Castilla y Zamora, de los moriscos arrancados de sus hogares. También al imbécil de Felipe II se le había ocurrido la idea de que las tierras que abandonaban aquí los moriscos se les podían dar a los cristianos viejos. Pero el cristiano viejo no entendía nada de regadío, y entonces toda esta riqueza se pierde. También pensó que el morisco iba a poner regadíos en Castilla. Tal política arruinó esta tierra porque, de hecho, los moriscos no se levantaron.

Al principio esta pobre gente —están cogiendo leña, están la­brando, de pronto llegan los soldados y los matan— no saben que están en guerra y se van a denunciar. Y el alcalde mayor, que también es morisco, recoge la denuncia, y abre un proceso. Se dan cuenta de que están en guerra cuando se produce la ma­tanza de Galera. Tras la carnicería, los que pueden se van a las cumbres y, efectivamente, consiguen levantarse seis mil moris­cos. A esos seis mil moriscos no los vencieron jamás. Por cierto, es absolutamente falso que viniese ayuda del Turco ¿Por qué? Ustedes lo sabrán mejor que yo. Los moriscos eran consi­derados ‘elches’ y el islam no perdonaba a un ‘elche’, a uno que, por quedarse en el terruño, hubiese abjurado de su fe. Así que la alianza era imposible a menos que se hubiese producido una reconversión al islam, y no la hubo. Esta es otra oleada. Y luego, la última, que ésa también es sangrante, que es la expul­sión llevada a cabo por Felipe III. Esa es espantosa. Entonces ¿qué es lo que va a quedar aquí? Pues aquí va a quedar y queda siempre —lo vemos en el XIII y lo vemos en testamentos como el del primer Conde de Niebla, a quien se le va un poco la cabeza y suelta alguna herejía que otra desde el punto de vista cristiano— un poso islámico que llevarán los católicos, los con­versos católicos, muy fuerte en Sevilla y en Córdoba, y que es quizás una de las causas de los primeros autos de fe que tienen lugar en 1480 y que se dicen ‘contra judíos y musulmanes.’

Pues no señor, puesto que no estaban prohibidas ni la práctica del judaísmo hasta el año 92, ni la práctica de la religión mu­sulmana hasta muchísimo después. Los del pueblo de Molina­seca, por la parte de Murcia, que pertenecían a la España cris­tiana desde el siglo XIV, se convierten y ahí está el documento, en 1501. El acuerdo es colectivo, con la condición de que les dejen los baños y una serie de cosas, y así se convierten masi­vamente en esa fecha. Hasta entonces no se les habría ocurrido hacerlo, porque esos autos de fe eran contra los medio conver­sos, que son los llamados herejes, ya que entonces no había otros herejes. Y bueno, yo creo que aquí, un poso de los princi­pios islámicos, de la religión musulmana, va a quedar inevita­blemente a través de las generaciones.

Pero hemos de reconocer que la limpieza étnica de Felipe III fue bastante profunda, y ya con independencia de las creencias. Vamos, que eran todos católicos a machamartillo. Tenemos el caso de este Duque de Medina Sidonia que pide por favor que le dejen dos moriscos que tiene en sus colmenas ‘... porque son los únicos que las entienden’, y el rey le dice que ni muchísimo menos, que se tienen que ir. Y de producir miel y venderla pasa a comprarla para su casa ‘... porque los cristianos arruinaron las colmenas en cuatro días’. O sea, hasta ese punto. Entonces, el desarraigo personal sí, pero el poso queda y además... volvieron muchos."

—"Pero ¿En qué momento se pierde definitivamente cualquier vestigio de los musulmanes?" le inquirió Abdusalam.

—"¿De práctica del islam? ¿De la vida islámica? Pues la verdad es que no sabría decirlo, aunque conocí en los años sesenta, en Ronda, a unos señores que eran musulmanes españoles. Eran musulmanes en secreto, musulmanes por tradición y me lo dije­ron confidencialmente. Eran campesinos y no creo que tuviesen contacto ni siquiera con el norte de África."

—"Pero, registro escrito ¿cuando deja ya de constatarse?", Ab­dusalam quería arrancarle una fecha concreta.

—"Registro escrito... Bueno, nosotros tenemos cartas en árabe, pero proceden de Salé. Felipe II ordena quemar todos los do­cumentos en árabe y se queman efectivamente en 1568, así que queda bastante poco, eso es verdad, tan poco que cuando viene aquí Hamet desde Marruecos —me parece que es el hermano de Muley Sidam y que se habían dividido el reino— tiene pro­blemas para encontrar un intérprete. Es más, ya en los años 60 del siglo XVI, después de la Guerra de las Alpujarras, se dice: ‘bueno sí, hablaba almorabeo’, pero ya se nota que los mismos moriscos que aún se preservaban no hablaban ya ‘almorabeo’ porque ya no escriben en árabe. Eso es evidente. La lengua árabe se va perdiendo."

—"Es decir, que se puede hablar de un genocidio casi abso­luto.", intervino Hisham.

—"De un genocidio en varios episodios —continuó la se­ñora— Se inicia con los Reyes Católicos y va a continuarse hasta Felipe III, y posteriormente. Ya les digo que cuando pienso en esa destrucción me acuerdo de esta familia que eran musulmanes muy en secreto y por herencia, por tradición. No los he vuelto a ver. No sé que habrá sido de ellos.

—"¿Piensa usted que practicaban el islam?"

—"Sí, pero escondidos, en transmisión de padres a hijos, en la intimidad de la familia. Y tenían un miedo horrible a que se su­piese, además. Fíjese usted, que es la primera vez que hablo de ello porque creo que han muerto ya."

—"Y, cifras de musulmanes, ¿Hay alguna estimación anterior al genocidio?"

—"Se podrían establecer, pero no he hecho ese trabajo. Por ejemplo, ahora hemos estado dando una vuelta por Gaucín, Al­gotacín y Benarraba. Bena Rabá que, está bien claro, son los hijos de Rabá. Las raíces musulmanas son evidentes. Esos pue­blos eran del Duque de Medina Sidonia. A Gaucín lo protegió muy bien, haciéndolo plaza de armas de las tropas de Granada. A los de Algotacín y Benarraba les consiguió una carta del rey en Sevi­lla para poderlos amparar. Entonces se los trajo a Sanlú­car y cuando creyeron que ya iba a pasar la cosa, piden permiso, que se lo tramita Tébar, para volver, para volverse a su tierra, y mal­hadadamente llegan los cristianos y se vuelve a liar la cosa en Ronda y en Algotacín. Ocurre algo verdaderamente trágico que aparece en la documentación. A esos pobres que se habían refu­giado aquí, si se hubiesen quedado un poco más, no les habría pasado nada. Les dieron autorización con todos los dere­chos pero llegaron las tropas y... adiós muy buenas, claro. Como decía, se puede hablar de un genocidio sistemático a partir del 93, no antes. Aunque hubo dos o tres intentos. Juan I es el que les manda llevar a los musulmanes, como a los judíos, una señal para distinguirse. Y Enrique IV lo repite y decide concentrarlos en guetos. Él aún no los mete, pero ya los Reyes Católicos lo hacen en 1493."

—"Todos estos datos, tan bien documentados, su divergencia con muchas versiones oficiales ¿Son conocidos de los investi­gadores?", Preguntó un Hisham ya totalmente entregado a una visión escatológica de la Historia.

—"Hombre, supongo que ellos han de conocer el Registro Ge­neral del Sello —dijo la duquesa mientras dibujaba una sonrisa benevolente— Yo he sacado mi relación de documentos de un índice impreso. Supongo que quienes lo han hecho han mane­jado y visto lo mismo que yo. ¿Por qué no ha despertado eso su interés? Verdaderamente lo ignoro."

—"Es extraño que actualmente pueda ser así —repuso Abdusa­lam— Quizás en la época anterior, en la dictadura de Franco, por su vinculación a la Iglesia Católica se podría explicar, pero en un estado aconfesional que..."

—"¡Ah!, pero ¿usted se cree que esto es un estado aconfesional? —le cortó con vehemencia la anfitriona— ¡Usted está en la higuera! Primero, este no es un estado aconfesional y, segundo, la Historia se ha convertido en pura política. Todo aquello que pensábamos investigar, nuestro deseo de romper todas esas ba­rreras del período de Franco... fíjese que mi otro libro sobre la cuestión americana lo publicó un francés. No había manera de que lo publicasen españoles. Lo publicó un francés aquí con toda clase de dificultades. Yo he pedido una serie de docu­mentos a Simancas... ¡hace un año! Y ahora me dicen que tengo que firmar un convenio. He mandado la solicitud y todo lo que me han dicho que tengo que mandar. De modo que sí, que es­toy teniendo problemas para obtener los documentos. De hecho, tengo la investigación varada a causa de eso."

—"Pero ¿De dónde surgen esos criterios? ¿Dónde nace esa po­lítica? ¿De qué poderes?" preguntó con ansiedad Hisham.

En ese momento la conversación comenzó a tomar tintes pro­fundos. Estaban tocando fondo y Hisham no podía sino recor­dar de nuevo las reflexiones de Umberto Eco a propósito de las mentiras de la Historia. Abdusalam estaba en su salsa, tanto que entró directamente en el asunto:

—"¿Se puede decir que existen razones de estado para ocultar­los?"

—"Sí, hay razones de Estado que a mí me parecen absurdas, pero las hay.", remarcó la historiadora.

—"¿A quién benefician?"

—"Eso, actúen ustedes como los detectives ingleses. ¿A quién pueden beneficiar? Realmente es algo absurdo porque no se puede falsificar la Historia y porque falsificarla no sirve para nada. Es una pérdida lamentable de tiempo porque se pierden las raíces."

—"Entonces es que, tal vez, interesa que se pierdan, que se pierda nuestra memoria..."

—"Por supuesto. ¿Hay algún documento más interesante para publicar en un país que el índice de la biblioteca de un señor que en 1507 tenía trescientos títulos? ¿En España? ¿En Andalu­cía? Eso es importante ¿Verdad? Bueno, eso está transcrito, lo han recogido diversos historiadores e investigadores... pero nunca se ha publicado. ¿Por qué? Porque ese índice está di­ciendo Averroes, Avicena, una serie de escritos y pensadores musulmanes y eso..."

—"O sea, que sigue habiendo una política inquisitorial..."

—"Bueno... eso es para ganar un premio —intervino con sar­casmo la duquesa— Aquí han estado investigadores que lo han copiado. Se lo he dado yo y les he dicho: ‘Aquí tenéis el índice de la biblioteca, que es una maravilla’. Hasta hace poco, a mí no me habían publicado absolutamente nada. Entonces me apoyé en los investigadores que venían por aquí, les expliqué el asunto y pude así difundirlo a través suyo. Y así lo han copiado, lo han transcrito..."

—"Pero no lo han publicado. ¿Hay textos de Avicena y de Ave­rroes o de otros pensadores musulmanes en el archivo? —pre­guntó interesado Hisham.

—"No, el archivo es de documentación; aquella biblioteca cuyo índice nos ha quedado, se perdió, desapareció totalmente. —la duquesa suspiró con nostalgia— Este hombre tenía, además de esta biblioteca con esos trescientos títulos —que aparece en un inventario testamentarial— cajas y cajas... arcas llenas de libros, en árabe, en latín, en romance, incluso libros de los judíos, li­bros muy antiguos y raros. Le hereda su hijo en medio de una serie de vicisitudes. Pasan el título y la casa por tres hermanos. El hijo todavía tiene libros, pero ahora tenemos otra cuestión: era ésta una casa de puertas abiertas. Aquí llegaba un vasallo y en el pasillo le daba un memorial al duque y, además, éste lo decía: ‘en el salón tal pasó un vasallo y me dio tal memorial’. Había una sola habitación cuya llave llevaba siempre el duque en la faltri­quera, que era ‘la cámara de mis libros’. Esa llave no la soltaba. ¿Por qué lo sé? Por las cuentas donde figura que la tienen que llevar a arreglar. Entonces todavía existían esos libros, pero el nieto ya no los tiene: han desaparecido."

—"¿Dónde están esos libros?" intervino Abdusalam.

—"Quemados, probablemente."

La mente de Hisham empezaba a bucear de nuevo en las imá­genes de Umberto Eco, secuencias de oscuridad inconcebible, de secretos inconfesables que se guardaban tras los muros de viejos monasterios cerrados a la mirada de las gentes. Olor a cera y a incienso rancio. Casi sin darse cuenta preguntó ino­centemente:

—"¿Aún se queman libros?"

—"No... Estoy hablando del siglo XVI. Bueno, actualmente... se han estado quemado libros hasta hace muy poco. Y a mí se me dijo que los documentos éstos que me llevaban de la parte de África a América por los ríos y tal, a mí se me dijo que los quemase. Le confieso que los he tenido escondidos durante mucho tiempo."

—"Estamos bajo una nueva forma de conductismo —volvió a intervenir la duquesa— Conductismo de masas. Vamos a crear una Historia estereotipada: ya conocerán ustedes la historia de los montes de Granada, cuya falsificación se descubrió inme­diatamente. Conocerán ustedes la historia, la verdadera historia del rey Don Rodrigo, que es otro invento, o los cronicones del Padre La Higuera, encargados por Felipe II para falsificar la Historia, contra los que ya combate a finales del siglo XVII Ni­colás Cid y que se estaban usando como libros de texto en las escuelas. Es una especie de constante en este país. Falsean toda la historia de Europa. Y hay cosas que no las entiende nadie.

De pronto en el siglo XIII en Europa hay un auge económico brutal, la gente empieza a producir excedentes para poder com­prar, porque la oferta es mayor y ya no se contentan con la eco­nomía que habían tenido hasta entonces. ¿En qué se basa ese auge? En que, de pronto, llega a Europa mucho oro. Haga us­ted lo que haga, el trigo no se convierte en oro. Luego, si hay oro, el oro llegará de alguna parte, de donde evidentemente lo había. Los marroquíes lo tenían. Se dice que el tesoro cogido al rey de Marruecos, que es el vencido en las Navas de Tolosa, cambia el pulso del oro en Europa. Es tal la abundancia de oro que éste baja de precio. ¿De dónde sacaba Marruecos tanto oro si nos atenemos al Marruecos actual? ¿Me lo quieren ustedes explicar?"

De nuevo Hisham buscó la mirada de Abdusalam, tratando de escrutar sus pensamientos. Si todo aquello que estaban oyendo fuese cierto, entonces la visión del mundo y de la historia, que hasta ese momento les había sustentado, se hacía pedazos di­solviéndose entre los remolinos de aquel Río Grande que ahora contemplaban a través de los ventanales del palacio. Hisham miró de nuevo hacia las estanterías donde se apilaban los ma­nuscritos y sintió vértigo, como si estuviese suspendido sobre la historia. La tarde se iba marchando poco a poco mientras a lo lejos se oían las roncas bocinas de los barcos que esperaban su turno para cruzar la barra del estuario.

—"O sea, que eso nos lleva de nuevo otra vez a la tesis ameri­cana..."

—"Aben Yacob, el primer benimerín, que era uno de los alcai­des o gobernadores de Zaid al Rashid —eso está en la crónica de Alfonso XI— muere asesinado ante los muros de Tremecén, y así se disgrega un imperio que llegaba hasta Egipto y del que prácticamente no sabemos ‘desde dónde’. Entre los gobernado­res que se sublevan figuran los hermanos Bukari y Acob, hijos de Marín, los cuales se convierten, uno en señor de Fez y otro en señor de Ribat. Se independizan y van a ‘pasar el mar’ hasta Salé, para ayudar a un rey sublevado ‘en la otra parte’, en Marruecos."

—"¿En Marruecos?"

—"Sí, en Marruecos. Todo eso lo tiene usted en la Crónica de Alfonso XI."

—"O sea, que iban desde Fez a ayudar a un rey sublevado ‘en Marruecos’."

—"Sí —precisó la duquesa— y ése es el Aben Yacob que des­pués va a venir de ‘allén mar’ a ayudar a Alfonso X. En los do­cumentos, el Marruecos actual se llamaba Algarve de Berbería, nombre que va a conservar hasta el XVII."

Abdusalam estaba haciéndose una composición de lugar para poder asimilar todo lo que estaban oyendo. En su rostro se su­gería una mezcla de estupor y de descubrimiento, como si de pronto empezaran a encajar muchas piezas que habían estado sueltas hasta ese momento:

—"Yo veo que hay aquí como dos grandes mitos en la Historia de España. Uno, el del Descubrimiento de América por Colón, y el otro es el de la invasión de los árabes."

—"Este último, la verdad, no lo tengo tan elaborado porque no dispongo de documentación —intervino la noble señora— He leído, como ustedes, a Olagüe; he leído, como ustedes, las Cró­nicas. Y he leído ese documento de erección de la Iglesia de Almería, en que se dice que no hubo presencia cristiana ante­rior. Estoy absolutamente con Olagüe en que aquí eran gnósti­cos, unitarios. Los arrianos son liberales siempre, los trinitarios conservadores. Entonces, creo muy probable que al llegar el cristianismo arriano como fe única traída por los godos —lo que dijo Olagüe, cuando triunfa Rodrigo, después de la muerte de Witiza, que era liberal— lo que aquí se produjo fue sencilla­mente una invasión intelectual. Los unitarios que ahora tienen fuerza son éstos, pues nos vamos con ellos.

Otra explicación sería totalmente absurda: de pronto, despo­blado el país, aparece repoblado con gente que venía de otro lado... oiga, mire, no. Ni había tanta gente en el otro lado ni tan poca en éste. Yo estoy con Olagüe en que la gente se islamizó y arabizó, en que también al primer Abdurrahmán le vino de ma­ravilla la historia de ser un omeya —probablemente no lo era— que se había venido por el desierto, de que era el único que se salvó, etc. Todo eso cabe. Incluso a los musulmanes, esa histo­ria les vino bien políticamente porque era bonita: la hégira a través del desierto, la tragedia... y entonces se trastoca la Histo­ria y se convierte en físico lo que fue imaginal. La verdad les re­sultaba mucho más difícil de explicar, la llegada de una nueva idea que los hispanos aceptaron, el cambio de criterio... eso no es tangible. Resultaba mucho más bonita esa cabalgada por el desierto de Libia. Y, sobre todo, a los Reyes Católicos les inte­resaba mucho más decir: ‘no, es que estos pobrecitos españoles fueron invadidos por los árabes musulmanes’, que reconocer: ‘no, es que estos pobrecitos españoles un día dijeron: sí, a no­sotros lo que nos interesa es ser musulmanes´. Era una mentira que les venía bien a los dos".

—"Resulta sumamente curioso —intervino Hisham— que hace unos días preguntábamos a un historiador marroquí si se con­servaban en los archivos de su país documentos del siglo VIII, y nos dijo taxativamente que no."

—"La colonización hizo allí una verdadera escabechina."

—"Quiere esto decir, que del siglo VIII no queda ninguna do­cumentación, ni en Marruecos ni en España."

—"Fue una auténtica sarracina lo que se hizo en la época colo­nial. Pero es así en todos los países colonizados. Primero, cosas curiosas que se las llevan a casa y, segundo, esto sirve para bo­rrar la raíz histórica de la memoria de los pueblos. Un pueblo sin historia es mucho más fácil de dominar que un pueblo consciente de ella, eso está clarísimo. Los colonizadores siem­pre tienden a destruir la historia en beneficio de la leyenda. La leyenda no perjudica, es inocua, como todo lo falso. La que cuenta, la que de verdad crea el espíritu de un pueblo es la his­toria humana. Mire si no, hasta donde podemos llegar. El fun­dador de nuestra familia es Guzmán el Bueno. Aparece en la historia como caballero leonés que, en su primera guerra contra los musulmanes, coge prisionero a un emir de quien se hace ín­timo amigo. Cuando se pelea con Alfonso X, el emir le invita a Marruecos, adonde marcha y hace fortuna. Viene luego a gue­rrear contra Alfonso X y vuelve a Marruecos en tiempos de Aben Yacob. Se pelea con el hijo, se viene aquí y pasa lo que pasó.

Hace siete años, una amiga mía me dijo que en Santa Inés de Sevi­lla, había un documento de Guzmán el Bueno. Efectivamente, ahí está, en un pequeño pergamino de 1288. En este documento se dice que este señor nació ‘allén mar’. Es en el único sitio donde se dice de dónde es. ‘Allén mar’, o sea, un musulmán. ¿Por qué toda esta historia abracadabrante de que en un torneo se pelea —nadie se peleaba— con Alfonso X? Sencillamente, porque el héroe de Tarifa no podía ser un musulmán. Al fin y al cabo era un héroe. Había sacrificado a su hijo por defender la plaza. Tenía que ser un cristiano viejo."

—"Y lo cambiaron."

—"Se monta toda la historia de esa infancia extraña y de esa pelea con el rey que no cabe en cabeza humana, para hacerle cristiano viejo. Y de pronto aparece ese documento y digo: Ah, ‘allén mar’, que es que pone una ‘a’, es decir, que esto es un si­tio. Oséase, que este tío es del otro lado del mar. Como hasta el tiempo de Aben Yacob no hubo fuerzas cristianas porque Zaid no las tuvo nunca en Marruecos, no podía ser hijo de un cris­tiano que se hubiese ido. Que estuvo en Tarifa, sí. ¿Con un año? No, era ya mayorcito. Hasta en esas pequeñas cosas se ha mentido."

—"¿Y cómo historiadores con un espíritu científico pueden lle­gar a engañarse a sí mismos?" —argumentó Hisham.

La duquesa se levantó y se fue hasta una de las estanterías de su impecable archivo. Al poco tiempo volvió con un documento que le ofreció a Hisham:

—"Les voy a enseñar una cosa interesante. Lea el primer pá­rrafo nada más."

Hisham tomó el documento y comenzó a leer en voz alta:

—"Aquí dice: ‘La albalá que sigue, llamada a la Guerra con Aragón. Impopular la contienda entre los historiadores, aún es­tando debidamente documentada, se silencia incluso en la Cró­nica. El encuentro parece haber sido preludio de la civil que esta­lló en Castilla por septiembre de 1464, igualmente silenciada’."

—"En fin —prosiguió la dama— esta es una llamada firmada por Enrique IV, documento perfectamente auténtico, a una guerra que no la han vuelto a entrar en acta."

—"Y esto es de lo que queda, porque de lo que han quemado..."

—"Sí, esto es de lo poco que queda."

Sobre sus cabezas destacaban los escudos del Temple y de los Medina tallados en la piedra. Los Caballeros del Cristo eran los primeros, mientras que rodeados de fortalezas ultramarinas y leones rampantes se dibujaban dos canastos de los que salían con claridad siete serpientes onduladas.

La visita había concluido. Abdusalam y Hisham salieron del palacio ducal con un sentimiento de profunda responsabilidad y desasosiego. En las calles de Sanlúcar pudieron presenciar el oní­rico espectáculo de hombres y mujeres alcoholizados por el mar y las bodegas, que allí son arquitectura predominante. Pueblo blanco y dejado, de cal caída y olores adheridos a las conciencias, entre el perfume de las damas de noche y el monóxido de car­bono de algunos automóviles que atravesaban sus enjutas calles.

De la nostalgia de poniente volvía Hisham escribiendo sobre un cuaderno. Abdusalam y Nuri Samauati iban con él en un mer­cedes azul, atravesando las secas campiñas gaditanas. La anfi­triona había colocado sobre el tapete numerosos documentos de época que probaban la presencia de musulmanes andalusíes, del reino de Fes y del Algarve portugués, en una berbería ultrama­rina, en la mismísima América, doscientos años antes del descu­brimiento de Cristóbal Colón. Habían visto las pruebas, palpado los documentos y contrastado puntos de vista en uno de los ar­chivos históricos documentales más importantes del continente.

Hisham quiso seguir pero ya no había nada en el papel. Conti­nuó tecleando sin mirar el cuaderno, pensando que podría con­tinuar escribiendo: ... legajos y manuscritos perfectamente or­denados en una de las estancias del palacio que se abren hacia el estuario donde desemboca el uad al Kabir, el Río Grande. Pre­cisamente era ese el lugar estratégico desde donde los antepasa­dos de la duquesa supervisaban el tráfico incesante de barcos y armadas que llegaban ‘de allén mar’. Luz de poniente llena de melancolía, muros que guardan bajo el caliche ladrillos que co­locaron los alarifes almohades en herraduras ojivales, ocultos, como tantas otras cosas, por los oscuros albañiles de la Contra­rreforma.

Capítulo 8 del libro de Hashim Cabrera "Párrafos de Moro Nuevo"
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