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WI publica el poemario Un tesoro escondido de Saleh AbduRahim Isa

WI publica en la sección de biblioteca el poemario de Saleh AbduRahim Isa Un tesoro escondido, regalo que nos ofrece a los lectores de WI.

05/03/2008 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Portada del libro Un tesoro escondido.
Portada del libro Un tesoro escondido.

Prólogo de Hashim Ibrahim Cabrera

Un tesoro hallado en la palabra

Cuando Saleh Abdurrahim me dejó el primer manuscrito de su poemario Un tesoro escondido para que lo leyese, yo no era muy consciente de que, efectivamente, estaba siendo agraciado con un tesoro real, contante y sonante. Reconozco que el título de la obra me confundió. La grandeza del hadiz qudsí, que está casi a la par que la grandeza del Corán, es, en este caso de una dimensión inclusiva, reveladora del propósito divino de la creación. Comprender o intuir eso es ya acceder a uno de los significados más profundos de nuestra existencia y de nuestra capacidad de conocer. No puede ser posible que alguien que entra en contacto por primera vez con una tradición tan vasta y profunda como el sufismo, la asuma de golpe con todas sus particularidades y sus figuras genuinas, no ya en un sentido general sino en sus expresiones particulares. Cuando comencé a leer los versos comprendí que estaba equivocado.

Saleh acababa de hacer su shahada en el jardín de mi casa, como evento al mismo tiempo cósmico y humano. Yo no podía imaginar entonces que alguien que acababa de reconocerse musulmán pudiese, en ese instante inefable, expresar toda la fuerza y el sentido de la espiritualidad islámica, recoger con claridad y precisión toda una tradición mística, y expresarla en un lenguaje que enlaza la obra de los grandes maestros ishraquíes de Al Ándalus —Ibn Masarra, Ibn ‘Arabi, Ibn al Árif— con la poesía de los shadilíes más magrebíes —Ibn Abbad, Juan de la Cruz o Teresa de Ávila— y todo ello inserto en un mismo itinerario interior, actual, contemporáneo. Me sorprendió también el hecho de que las palabras de estas tradiciones, sus figuras y metáforas, estuviesen tan frescas y eludieran con tanta eficiencia el tópico que los poderes definidores han construido, a base de interpretaciones, para distraernos de la visión liberadora y catártica que las palabras de esas tradiciones espirituales nos procuran.

Leyendo los poemas de este libro tuve un hondo sentimiento de familiaridad, de extraña empatía con una palabra que me sugiere siempre el vacío de la contemplación, los estados del alma en su búsqueda de respuestas trascendentes, en su ansiedad irrefrenable por alcanzar lo real. Me resultaba demasiado preciso y conocido y eso me ayudó a sentir de nuevo la fuerza misteriosa del espíritu, esa sabiduría escondida que nos trasciende y nos ayuda a cruzar desde el alma encerrada hacia el alma extendida y aniquilada en la realidad. Lo que más me conmueve ahora es, tal vez, el hecho de que estos versos me remiten a una experiencia que es de muchos espirituales, de toda una cadena o silsila de maestros cuyas enseñanzas pueden sernos hoy accesibles, en un grado u otro, a través de su poesía.

Realmente he tenido la sensación de que muchos de estos grandes maestros de espíritu están ahí, entre los renglones de Un tesoro escondido, elaborando al unísono un poemario sufí contemporáneo, una expresión sintética, metafórica y posible, del más vivo islam que es siempre el del ahora, el del instante, el de lo real, el que no es sino conciencia del tiempo y don de la belleza, donación de sentido trascendente, alhamdulilah.

Y todo ello escrito en una lengua que ha asimilado ya el paso de la generación del 27, de Machado, Juan Ramón y Miguel Hernández, en una lengua que ahora, tras siglos de implantación bélica y gramatical, expresa una vez más lo mismo que expresaron, en las etapas más civilizadas y cultas de nuestra historia, quienes entonces perdieron la lengua y la palabra. Simetría paradójica de cómo la lengua del imperio se torna nuevamente lengua de la comunidad, poesía del pueblo de Dios que nos acerca a la Revelación, que nos remite a la recitación coránica ayudándonos a que ésta resuene en nuestro interior.

Amor divino y amor humano juntos pero sin mezclarse, aguas que soportan el temblor de nuestro deseo el tiempo justo para que podamos contemplar, tener una visión, imaginar cómo podría ser la realidad, una vez y otra, cruzando el desierto sin fin, arribando al oasis, cantándole una canción de amor a las mejillas de la mañana. Así la poesía es mística, en el sentido de experiencia meditativa, de recuerdo y contemplación.

He encontrado en este libro felices metáforas que me han llevado a la visión muhammadiana a través del hadiz: “Antes que canto rodado me esfuerzo en ser pedrusco/ Con aristas y salientes mientras me redondeo.” En otros rincones he sentido a Rumi y su Samá: “En la libertad de tus labios alcanzo el vuelo/ De tu sonrisa ascendiendo en beso hasta tu boca.” Y también las figuras poéticas más características de toda la poesía sufí, tanto de la gnosis islámica: “Me has encadenado con uno solo de tus cabellos”, “Oscura cabellera engarzada a mis pestañas.”, como de la mística cristiana shadilí de Juan de la Cruz: “Dolor incesante, ceguera profunda y obscura/Lágrimas de necedad obsesiva y locura.”. Y todo ello trenzado con las metáforas de la modernidad, con sus figuras y expresiones más contemporáneas: “Como una prolongada espera en el andén de una estación abandonada.”, “¡Encenderé una bombilla, una lámpara eléctrica: Prodigio de la técnica; Para conjurarte!”.

En definitiva, la lectura de Un tesoro escondido me ha ayudado a comprender un poco mejor la naturaleza de la poesía, su condición de medio de expresión transhistórico o metahistórico, intemporal, y por eso mismo adecuado a expresar la realidad trascendente, a sugerir lo que de otra manera es inefable. Pero el mejor de los tesoros que he reencontrado entre estos poemas es, tal vez, el de la palabra, más allá de la estética y de la medida, del verso y de la rima. Palabras que surgen no sabemos bien de dónde ni cómo, que son el único río de humanidad que al fin nos queda, que somos nosotros mismos descubriendo nuestro tesoro, nuestro único tesoro, si es que algo de nosotros puede sobrevivir a ello y disfrutarlo. 

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