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Por la inmigración

17/02/2008 - Autor: Enric González - Fuente: El País
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Hay, por supuesto, argumentos de peso para oponerse a la inmigración. Ahí está Nicolas Sarkozy, hijo de un inmigrante húngaro. Pero yo, pese a esa desgracia puntual, soy favorable. Y no sólo por la cuestión de la natalidad y las pensiones futuras, que tiene su importancia, sino porque sí. Por principio, me disgustan las sociedades homogéneas. Creo que generan paranoias y miedos irracionales. Anteponen la identidad a la justicia, la comodidad a la inteligencia, el pasado al futuro.

Comprendo que la derecha haga del control (o el rechazo) de la inmigración uno de sus grandes temas electorales. Suele considerarse que los inmigrantes copan los empleos peor pagados, desplazando la mano de obra local; aunque no sea cierto más que en algunos casos, los trabajadores peor retribuidos perciben al extranjero como una amenaza directa.

Jean-Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional francés, fue uno de los primeros en percibir que ese miedo podía resultar políticamente rentable para la ultraderecha, y atrajo hacia sus posiciones gruesos segmentos de un electorado que durante décadas se había mantenido fiel al Partido Comunista. Después de Le Pen, y con la generalización del fenómeno inmigratorio en Europa, la derecha tradicional recurrió a argumentos parecidos.

El debate sobre la inmigración es muy relevante. Por desgracia, se desarrolla de forma lamentable. No por la demagogia, un recurso fundamental en el menos malo de los sistemas políticos, sino por las omisiones, las elipsis, los sobreentendidos. Asistimos a una discusión que combina la irracionalidad nacionalista y el pudor tecnócrata. Dejemos de lado el absurdo intrínseco del "contrato de integración" propuesto por el Partido Popular (¿dónde habrá que denunciar los incumplimientos?, ¿por qué no bastan las leyes que nos obligan a todos?) y pensemos a quién se dirige. A los musulmanes, pienso. Ellos son "los otros", los radicalmente ajenos. Pero no se dice. Nos adentramos en un sistema de códigos no explícitos, algo que, vista la historia, tiende a causar graves daños sociales.

En 1999, Barry Glassner, un sociólogo californiano, obtuvo un notable éxito con The culture of fear, un ensayo sobre el formidable negocio del miedo, y la distorsión que un miedo irracional (e injustificado) causaba en la sociedad estadounidense. Los medios de comunicación saben que el miedo vende. Los centros de poder, públicos y privados, lo saben aún mejor. El miedo sirve para silenciar, para atontar, para que las sociedades se dejen hacer.

Glassner esgrimió montañas de datos. Un ejemplo, el de la salud. Según medios supuestamente rigurosos, como The New York Times o The Washington Post, 59 millones de estadounidenses sufrían del corazón; 53 millones, de migrañas; 25 millones, de osteoporosis; 16 millones, de obesidad; 2 millones, de lesiones cerebrales. Sumando estadísticas más o menos oficiales, resultaba que 543 millones de estadounidenses estaban seriamente enfermos, aunque la población total del país no alcanzara los 270 millones de habitantes. Y no era sólo la "explosión" de enfermedades. El crimen, las drogas, el desempleo, la promiscuidad juvenil, los accidentes aéreos y otros muchos males contribuían a atemorizar a los ciudadanos del país más rico del mundo. Que, por otra parte, nunca había vivido tan sano, seguro y tranquilo como en aquellos años de "pax clintoniana" previos al 11 de septiembre de 2001. Da igual, el miedo siempre ha funcionado: cada vez que se agita un espantajo, alguien gana una moneda, o un voto.

Hablando de miedo y de terrorismo, una aberración que, por la vía del sobreentendido, empieza a asimilarse con la inmigración: yo no he visto nunca a un inmigrante cometer vilezas como la que sufrió el otro día María San Gil o como las sufridas en Cataluña por miembros del PP o Ciutadans antes de las pasadas autonómicas. Esas cosas son también terrorismo. Fácil, barato, adecuado para niñatos tiernos, pero terrorismo. -

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