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Comparaciones hirientes

17/02/2008 - Autor: Francisco Carrillo - Fuente: Blog de Francisco Carrillo
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Hace unos días me sorprendieron unas declaraciones en TV sobre la emigración. Era plena campaña preelectoral. Que una mamografía en Ecuador cueste nueve meses de salario y que aquí a esas misma ecuatoriana inmigrante se le resuelva este examen en 15 minutos por los servicios públicos de salud de España, gratis, no deja de ser una comparación odiosa, hiriente por demás, muy hiriente. Incluso en los Estados Unidos de América la primera consulta de urgencia para los desheredados, para los pobres, para los sin papeles, para los ilegales (que son muchos) es gratuita, sobre todo si lo que mueve a ese ciudadano es una verificación sobre si existe o no tumor maligno.

El paso de los años educa a ver casi todo con cierta distancia. Mucho más si se trata de campañas políticas electorales marcadas por un alarmante iletrismo: se llega a las urnas, en la mayoría de los casos, si haber leído los programas a los que se vota. Se vota más a los partidos que a sus textos programáticos, largos, complejos y, a veces, ilegibles para la mayoría de los ciudadanos. Personalmente me inhibe escribir sobre tales gestas, porque doctores tiene el periodismo especializado. Pero ante una afirmación que desborda el vaso, difícil es mantenerme en esa autodisciplina. Hay límites que no se debería sobrepasar. No emplearé la palabra "solidaridad" (en la que creo y por la que ejercí mi profesión en países en desarrollo). A nadie se le puede imponer ser solidario. La solidaridad no es un imperativo jurídico pero, a mi entender, sí es un imperativo ético. Otros lo ven de otra manera. Allá ellos.

He recorrido muchos países pobres del mundo y he vivido en algunos de ellos. He conocido, y no por "turismo cultural" (que también, porque es una forma de mejor conocer el sentir de los pueblos) la casi totalidad de países de América latina, entre ellos Ecuador. He visto situaciones irritantes de pobreza extrema, de analfabetismo radical y, por supuesto, de analfabetismo en temas de salud. Estas causas son las que motivan a emigrar, a romper familias, a dejar entornos próximos, a alejarse, a veces para siempre, de un país, de una cultura y de unas tradiciones. Nadie emigra con la sonrisa en los labios. La emigración es un tragedia, como lo fue para tantos compatriotas nuestros cuando abandonaban España para buscar trabajo en Francia, en Alemania, en Holanda, en Bélgica o en Suiza. Fue ayer y ya lo hemos olvidado. Esa mano de obra emigrante española movió muchas industrias en esos países, levantó edificios, realizó las vendimias, contribuyó de forma esencial (con otros emigrantes de otros países pobres) a sacar economías europeas hacia adelante. Sus hijos se educaron gratuitamente en las escuelas públicas de los lugares en que trabajaban, todos se beneficiaron de la seguridad social, de los servicios sanitarios y muchos llegaron a cursar estudios de enseñanza superior. Son prueba del inevitable mestizaje de la historia de la humanidad.

¿Qué aportan los inmigrantes a España? Nuestra economía y las economías europeas no funcionarían sin esa mano de obra que nos viene del exterior. Los inmigrantes en España han logrado que nuestra tasa de crecimiento demográfico sea de signo positivo deteniendo, así, la estagnación de nuestra población. Están aquí porque los necesitamos. Y si los necesitamos, si nuestra aparato productivo los necesita para que funcione, ¿vamos a negarle a una ecuatoriana, a una marroquí, a una senegalesa, a una búlgara, a una rumana... una mamografía? Si trabajan en España tienen los mismo derechos sociales que todos los españoles. Y si se les niega el pan y la sal, solamente hay una palabra: injusticia, y otras para definir el estado de ánimo de quienes se los niega: insensibilidad humana y mezquindad.

Como ciudadano y algo conocedor de estas materias, estoy a favor de una emigración organizada, incluso admitiría la palabra "cuota", para adaptar esa demanda migratoria a las necesidades del mercado de trabajo, evitando así que una parte de inmigrantes incrementen, "de facto", el desempleo y vivan en situaciones más dramáticas que en su país de origen. Existen mafias organizadas que "controlan" la emigración clandestina. ¿No sería más atractivo en un programa electoral declarar la intención de extirpar a esas mafias y de que el peso de la ley caiga, sin contemplaciones, sobre los "capos mafiosos" que las manejan? ¿Quién le pone el cascabel al gato, aquí y allí? Pero está la otra cara de la moneda: la contratación en un mercado negro incontrolable e incontrolado de una parte mínima de esos emigrantes sin olvidar el particular mercado negro de las empleadas/os de hogar, emigrantes ellos, que abundan en los hogares de ciertos estratos sociales españoles. También aquí debería ser implacable, no solamente la inspección, sino la aplicación de la ley. ¿Restaría votos electorales una política de rigor en este terreno negro? Dicen algunos, no muy en alto, que tal política desestabilizaría nuestra economía y el "bienestar" de esos hogares, afirmando también que el "mercado informal de trabajo" sostiene el bienestar general y amortigua el desempleo. Y se coloca a Italia como un ejemplo referencial...

Si la emigración "legalizada" ayuda a darnos de comer y, de paso, a mantener nuestra economía en marcha y nuestra demografía con signo positivo, ¿en base a qué criterio humano o divino podemos decidir de encuadrarla entre los ciudadanos de segunda, o bajo sospecha permanente?

Es evidente que nuestras leyes deben aplicarse a todos los ciudadanos residentes en territorio español. Sin la menor duda. Pero no creo necesario un "compromiso escrito" que a nosotros españoles no se nos pide en ningún país.

En Derecho una vez aprendimos que "la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento". Un precepto democrático, igualitario, que sustenta la libertad. Y quien la incumpla, que se le aplique esa ley. Otra cosa es todo lo que se refiere a las "identidades culturales". El Estado debe no solamente respetar sino dar facilidades a esa emigración para poder perpetuarse en su propia cultura e ir impregnándose, por capilaridad, de las nuestras propias que son diversas. Es el camino adecuado para la integración. Aquí el diálogo intercultural es fundamental y forma parte del respeto de la persona humana. España votó y ratificó la Convención internacional de la UNESCO sobre la "diversidad cultural". No estaría de más que se leyese y se consultase de vez en cuando.

Tengo el fuerte presentimiento que la inmensa mayoría de los españoles, ciudadanos de un país que se coloca entre los primeros del mundo, no le niega una mamografía, en los servicios públicos de salud, a una mujer trabajadora inmigrante. Grande es el drama que acarrea para que, desde nuestra propia opulencia, se le añada uno más que roza directamente al derecho a la salud como soporte al derecho a la vida y a la integridad física de la persona humana. Tal negación sería abiertamente discriminatoria. Prefiero pensar –aunque me tilden de ingenuo- que tales ejemplos comparativos, hirientes y desafortunados para todas las mujeres inmigrantes, fueron el resultado de un “lapsus lingüe”.
Por delante queda el desarrollo de esos países pobres que no podrá ser una realidad sin la cooperación internacional y sin las inversiones extranjeras. Y entonces a lo que hoy llamamos emigración calificaremos de turismo... España es portadora de su propia experiencia.

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