webislam

Domingo 16 Febrero 2020 | Al-Ajad 21 Jumada al-Zani 1441
799 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?idt=9179

La época errante

Capítulo 13º

09/02/2008 - Autor: Claude Addas - Fuente: Ibn Arabi o la búsqueda del azufre rojo
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

Época errante
Época errante

En el curso de las peregrinaciones que Ibn ‘Arabî efectuó por Oriente, Anatolia es una etapa principalísima por las razones que acabamos de ver y por otras que no vamos a tardar en descubrir. Sin embargo, no es la única. No vamos a describir aquí el itinerario y la cronología de todos los desplazamientos del Shayh al‑Akbar en este largo periodo (desplazamientos que los samâ’‑s por una parte, y las indicaciones que figuran en el corpus akbarí, por otra, permiten establecer de manera relativamente precisa), pero intentaremos señalar las fases determinantes de esa época errática.

Acompañado por Habashî y por el padre de Qûnawî, Ibn ‘Arabî abandona, pues, el Hiyâz en el año 601/1205 y se encamina al Asia Menor. Tras un breve paso por Bagdad (donde, como precisará más tarde a Ibn Nayyâr, no se quedó más que doce días) se detiene algún tiempo en Mósul. Es allí, tal como hemos visto, donde recibe por cuarta vez, en 601/ 1204, la investidura de la hirqa, la de Hadir, que le transmite un discípulo de Qadîb al‑Bân, y donde redacta, además, sus at‑Tanazzulât al-mawsiliyya (“Revelaciones de Mosul”) referentes al secreto de la oración y de la ablución. Allí conoce también a un personaje bastante extraño, Abû l‑Hasan Tâbit b.Antar (o Anbar) al‑Hillî. Cuando uno lee los juicios extremadamente severos y críticos de que dicho personaje objeto por parte de los diferentes cronistas, que lo llaman mentiroso, estúpido, grosero, vanidoso y murmurador, es difícil explicarse cómo Ibn ‘Arabî, por su parte, pudo ver en este hombre de letras, autor de una imitación de la Himasa de Abû Tamâm, a un "hombre de los más devotos y de los más nobles”; tanto más cuanto que Ibn Antar es autor de una imitación del Corán (lo cual es juzgado normalmente como un crimen en Islam), imitación de la que le leyó algunas “suras” a Ibn ‘Arabî, el cual reconoce a este respecto que ese hombre “padecía un cierto desequilibrio (kâna fî mizâyi-hi ihtilâl)".

Prosiguiendo su camino, lbn ‘Arabî atraviesa la Yazîra y hace alto en Dunaysir. Es allí donde encuentra (pero, no sabemos si es con ocasión de este su primer paso por esta zona o más tarde) a dos hombres que pertenecen cada uno de ellos a una categoría particular; el primero, ‘Umar al-Farqawî, formaba parte de los niyyâtiyyûn, los “hombres de intención enérgica”, cuya principal característica es una vigilancia y un control permanentes de sus intenciones; esos awliyâ, que están, según él nos dice, “sobre el corazón de Jonás (alà qaIb Yûnus)”, se hallan siempre dominados por la tristeza. El segundo, ar­-Rayabî al‑Katarî, era, como indica sus nisba, uno de los “hombres del mes de rayab”, así llamados porque no se apodera de ellos el estado espiritual correspondiente a su estación nada más que durante el mes de rayab, durante el cual, además, tienen imposibilidad de hacer el más mínimo movimiento. "En algunos de ellos subsiste, a todo lo largo del año, algo de lo que han percibido por desvelamiento intuitivo durante el mes de rayab...”

Ese es precisamente el caso de este personaje de Dunaysir, de profesión vendedor de verduras, que tenía el extraño poder de desenmascarar a los shî’íes extremistas (rawâfid) incluso cuando se hacían pasar por sunníes, porque los veía bajo la forma de cerdos. Tal como afirma con toda razón el autor del Sceau des saints, Ibn ‘Arabî nunca habría referido tal anécdota si hubiera tenido, aunque fuera secretamente, alguna inclinación por el shî’ísmo, como sugieren con insistencia H. Corbin y sus discípulos. Hay que subrayar a este respecto que la afirmación de Ibn ‘Arabî según la cual los cuatro primeros califas ocuparon cada uno en la época de su reinado la función de Polo (es decir, recordémoslo, la función más alta en el seno de la jerarquía iniciática) y las palabras tan críticas que les dedica a los shî’íes, los cuales, según él dice, han sido extraviados por Satán en su amor excesivo por los ahl al‑bayt (las personas de la Casa, es decir, la familia del Profeta) no dejan subsistir ninguna duda sobre su profunda y sincera vinculación al sunnismo.

Aunque tal indicación no figura en ninguna parte en la obra de Ibn ‘Arabî ni en ninguna otra fuente, dos elementos nos permiten establecer que en el año 602/1205‑1206 Ibn ‘Arabî se trasladó, al parecer por primera vez, a Siria. Sabemos en efecto que se hallaba en Konya en el mes de safar del año 602 (sept./oct. de 1205) y que ocho meses más tarde, el 14 del mes de shawwâl exactamente (24 de mayo de 1206), se encuentra en Hebrón: para dirigirse de Anatolia a Palestina, tuvo forzosamente que atravesar Siria. Además, el autor de las Futûhât afirma (I, p. 250; II, p. 522) haber conocido a Masûd al‑Habashî, un célebre “Ioco de Al-lâh" (muwallah) de Damasco que murió el 15 de shawwâl del 602 (25 de mayo de 1206)14; Ibn ‘Arabî se encontraba, pues, en Siria algún tiempo antes entre los meses de safar y shawwâl del 602. Es al llegar por primera vez a este país, que pronto escogerá como su segunda patria, cuando el Sayh al‑Akbar experimentó el “amor loco”, esa pasión insensata que se apodera del corazón, incapaz no obstante de dar un nombre al objeto de su amor: “El amor más sutil que he conocido, escribe Ibn ‘Arabî, es el que hace que sintamos una pasión interna, un deseo angustioso, una subyugación y una languidez, y que nos impide dormir, comer, pero que somos incapaces de determinar en quién y por quién ... Lo experimenté cuando llegué a Siria por primera vez; sentí un deseo (mayl, literalmente "inclinación") desconocido durante un largo periodo, en el transcurso de una historia espiritual (qissa ilâhiyya) e imaginal bajo una forma corporal ... Yo amaba, pero sin saber a quién. El Amado ¿era mi Creador o era alguien a semejanza mía? ¿Un amante ha dicho jamás algo así?

Poseído por el amor, o más bien, poseído por Al-lâh, Ibn ‘Arabî lo estaba verdaderamente en esa época, durante la cual no podía sentarse a una mesa sin verlo en el otro extremo: «Mi poder imaginal había alcanzado tal grado que mi amor podía dar una forma corporal a mi Amado ante mi vista, del mismo modo que Gabriel tomaba cuerpo ante el Enviado de Al-lâh. Yo no podía mirarLo; me hablaba, Lo escuchaba y Lo comprendía. Me dejó así varios días, incapaz de comer nada; cada vez que me acercaban la mesa para comer, Él se hallaba en un extremo, mirándome y diciéndome en una lengua que yo oía con mis propios oídos: “¡Puedes comer mientras Me contemplas!”. Y, de golpe, yo dejaba de comer. Sin embargo, no sentía hambre alguna literalmente: “me llenaba de Él”, hasta el punto de engordar y tomar peso, simplemente mirándoLo; es así como Él me hizo las veces de alimento. Mis compañeros y mi familia se asombraban de verme engordar, siendo así que yo no tomaba ningún alimento. Permanecía en efecto numerosos días sin probar nada y sin sentir a pesar de ello ni hambre ni sed. Pero, Él no cesaba de estar ante mi vista, ya estuviese yo de pie o sentado, en movimiento o inmóvil.» De ese modo, lbn ’Arabî puede practicar de ahí en adelante el ayuno continuo (wisâl), siguiendo el ejemplo del Profeta: «Hice personalmente, dice en otro pasaje de las Futuhât (I, p.638) la experiencia del ayuno continuo. Pasaba la noche sin romper mi ayuno y es mi Señor quien me alimentaba y me daba de beber durante la noche de ayuno ininterrumpido. Por la mañana, me encontraba lleno de fuerzas y no sentía ningún deseo de comer. Se podía incluso sentir el olor de la comida que mi Señor me daba. La gente se maravillaba de su delicioso aroma y me preguntaba. "¿De dónde te viene ese olor de comida? Nunca hemos olido nada semejante.»

Infatigable, Ibn ‘Arabî multiplica sus desplazamientos. Tras una estancia en Palestina, donde redacta varios tratados en 602/ 1206, coincide con Ahmad al-Harîrî en El Cairo en 1203/ 1207 antes de volver a partir para Meka al año siguiente. No tenemos ninguna precisión sobre sus actividades en el año 605/ 1208-1209; quizá se quedó en el Hiyâz. En todo caso no volvemos a encontrar su pista hasta el año 606 en Alepo, pista que perderemos de nuevo hasta el año 608/1212. Ese año, el 11 del mes de ramadán (16 de febrero de 1212), mientras se encontraba en Bagdad, Ibn ’Arabî vio en sueños abrirse las puertas del cielo y los cofres del ardid (makr) divino derramarse sobre la tierra “como si fuera lluvia”: “Me desperté aterrorizado, dice, y reflexioné sobre la manera cómo podría uno escapar de tal ardid y constaté que únicamente la ciencia de la Balanza de la Ley lo permite”. Es quizá también en el transcurso de esta segunda estancia bagdadí (a menos que no fuera en el curso de su primer paso por la ciudad en el año 601) cuando Ibn ’Arabî tuvo un día ocasión de cruzarse con el califa, que paseaba a caballo por la ciudad; aunque no precisa ese detalle, no puede tratarse nada más que de an­-Nasir, que reinó del año 580 al 622/1225: «Caminaba yo un día, rodeado de mis compañeros, cuando vimos al califa avanzar en nuestra dirección. Nos apartamos del camino y dije a mis discípulos: “¡Aquel de vosotros que lo salude antes de que el califa lo haya saludado perderá mi estima!”. Cuando llegó y estuvo enfrente de nosotros sobre su caballo, esperó que lo saludáramos, pues esa era la costumbre de la gente con respecto a los reyes y a los califas, pero nosotros no hicimos nada. Nos miró entonces y nos saludó con voz clara; nosotros entonces le devolvimos en coro su saludo...» Tenemos que subrayar aquí una vez más la mala fe de Asín Palacios, que a propósito de esta anécdota habla de “actitud irreverente” por parte de Ibn ‘Arabî y de su “espíritu de rebeldía oculta”. lbn ‘Arabî precisa, no obstante, al principio del texto, que dicha actitud es conforme con una de las reglas elementales de la Tradición islámica, según la cual quien va sobre una montura debe saludar el primero al que va a pie; el califa, por su parte, no se equivocó puesto que, como nos dice Ibn ‘Arabî, los elogió y les agradeció su comportamiento.

Según O. Yahia, es igualmente en el año 608, en Bagdad, cuando el Shayh al‑Akbar conoció a Sihâb ad‑Dîn Suhrawardî (ob. 632/1235), autor de los Awârif al‑maârif (“Los beneficios de los conocimientos”) y consejero personal del califa an‑Nasir. Sin embargo, el pasaje de las Shadharât adh‑dhahab (V, pp. 193‑4) en el que se basa O. Yahia, si bien es verdad que evoca el cara a cara de los dos maestros sufíes, no precisa sin embargo ni el lugar ni la fecha; lbn ‘Imâd se limita de hecho a citar la anécdota tal como está consignada en el Mir’ât al-yanân de Yâfi’î (ob. 768/1369), que es el primer compilador que al parecer menciona ese dato: «Los dos maestros y guías, Ibn ‘Arabî y Suhrawardî, se encontraron. Se quedaron los dos con la cabeza agachada durante un cierto tiempo y luego se separaron sin haber intercambiado la más mínima palabra. Se le preguntó a continuación a Ibn ‘Arabî: “¿Qué piensas de Suhrawardî?” Respondió: “Está impregnado de la Sunna de la cabeza a los pies.” Se le preguntó también a Suhrawardî sobre qué pensaba de Ibn ’Arabî y respondió: “Es un océano de verdades esenciales (bahr al-haqâ’iq).”» Al‑Qârî al‑Bagdadí refiere también ese episodio memorable indicando que ocurrió en Meka. Una alusión de las Futûhât (I,p. 609; IV, p. 192) nos lleva, por nuestra parte, a preguntarnos por la autenticidad de tal anécdota. En el pasaje en cuestión, Ibn ‘Arabî evoca la “estación” (maqam) de Suhrawardî (poniendo tras su nombre la fórmula de tarahhum, lo que indica que escribió esas líneas después de la muerte de Sihab ad‑Dîn en el 632/1235) basándose en el testimonio de un discípulo de este último, no sobre su propia impresión. Sin embargo, ordinariamente, cuando Ibn ‘Arabî menciona un maestro espiritual de los que conoció (sobre todo cuando se trata de célebres sufies), no deja de precisarlo, cosa que no hace en esta ocasión. Además, conociendo a Ibn ‘Arabî y su intuición espiritual, nos parece que si efectivamente hubiera visto, aunque fuera sólo un instante, a Suhrawardî, habría adivinado él mismo su maqam sin necesidad de recurrir al testimonio de una tercera persona.

Por último, es igualmente con ocasión de una de sus dos estancias en cuando entabla amistad con dos discípulos del Shayk Abdalqâdir al-Yilânî, ‘Umar al-Bazzâz (ob.608/1211) y Abû l-Badr at‑Tamâshikî, quienes le refirieron numerosas anécdotas que tenían por protagonista a Abû s‑Suûd b. Shibl, otro famoso discípulo de al-Yilânî.

¿Cuál fue, después de Bagdad, la siguiente etapa de las peregrinaciones de Ibn ‘Arabî en 608‑609? Todo indica que fue Meka. En efecto, en la Durrat al-fâhira Muhyiddîn indica que enterró uno de sus compañeros en el año 608/1211 en Shi’b ‘Alî, nombre que designa uno de los cuatro caminos por los cuales se accede a la cumbre de la montaña Abû Qubays en Meka. Además, en el curso de su entrevista en Damasco, Ibn ‘Arabî le precisará a lbn Nayyâr que acudía a la peregrinación con una caravana cuando se detuvo en Bagdad en el año 608. Nos faltan precisiones sobre los desplazamientos de Ibn ‘Arabî entre los años 608 y 610; debió de encaminarse a Anatolia hacia esa época, tal como ya hemos señalado, y de allí a Siria, a Alepo, donde comenta en el 610 de la hégira el Kitab at‑Tayalliyât a sus discípulos. Pero, tenemos la certeza de que se encontraba en los lugares santos durante los meses de ramadán del año 611 (noviembre y diciembre de 1214 y enero de 1215), en el transcurso de los cuales compuso el Taryumân al-ashwâq. Después de otra estancia en Siria ese mismo año, durante la cual redacta el comentario del Taryumân, el Shayh al‑Akbar reemprende el camino del Asia Menor. Al principio del mes de ramadán del año 612 (final del año 1214), reside en Siwas, cuando una visión le anuncia la próxima victoria de Kaykâ’ûs sobre los francos de Antioquia:

"Cuando me encontraba en Siwas durante el mes de ramadán, en la época en que el sultán Kaykâ’ûs sitiaba Antioquia, vi en sueños que había instalado almajaneques a todo alrededor de la fortaleza y hacía lanzar proyectiles, y que el jefe enemigo había perecido. Interpreté esta visión diciéndome que las piedras lanzadas simbolizaban el éxito de sus planes y la realización de sus proyectos y que se apoderaría de la ciudad. Y así fue, con la ayuda de Al-lâh. Conquistó la ciudad el día de la fiesta de la ruptura del ayuno; veinte días habían pasado entre mi visión y su victoria, y eso fue en el año 612. Le escribí desde Malatya, algún tiempo antes de su victoria, un poema en que le avisaba del contenido de mi visión."

A partir de este momento, como ya hemos visto, Ibn ‘Arabî fija su residencia en el bilâd ar-Rûm, la mayor parte del tiempo, al parecer, en Malatya (eso es al menos lo que sugieren diversos sama‑s). De las estancias de Ibn ‘Arabî en Anatolia no se ha retenido por lo general nada más que sus repercusiones, tanto inmediatas —sobre la vida política selyûqî (Asín Palacios)— como a más largo plazo —sobre el desarrollo del tasawwuf oriental (Henry Corbin)—; pero, parece que se olvida que tales estancias representan un momento muy importante de la vida espiritual y afectiva del Shayh al‑Akbar. Así, por ejemplo, es en Konya (pero no sabemos en qué fecha) donde lbn ‘Arabî vivió la noche más dura de su vida, aquella en que obtuvo el conocimiento de la distinción entre el qadâ (decreto pre‑eterno) y el qadar (decreto existenciado): “Contemplé esa Morada en Konya, en el curso de una noche que fue la más larga que yo haya vivido nunca ... Conocí entonces la diferencia entre qadâ y qadar...”

La continuación del texto, constituida por una carta en verso y en prosa rimada que Ibn ‘Arabî escribió a “un hermano en Al-lâh” para describirle su experiencia, sugiere que tal desvelamiento fue la culminación de un difícil período de prueba para Ibn ’Arabî: «Cuando tu amigo, le dijo, quiso ponerse en camino y llevar a cabo su intención, una cuesta empinadísima se interpuso entre él y la contemplación y acceso a su meta. ... Vi que era dura de subir y constituía un obstáculo para el encuentro que yo anhelaba. Me detuve un momento antes, en el transcurso de una noche sin aurora que no sabía qué me reservaba. Busqué la “cuerda de la preservación” y me agarré al “asidero más firme” (Corán 2:256); se me interpeló entonces diciéndome: “¡Persevera mientras existes!” Cuando volví en mí, me alegré de saber que mi miseria había terminado.. » Ibn ‘Arabî es demasiado enigmático para que podamos determinar qué tipo de prueba interior afrontó en ese momento; pero, lo que es curioso es que muchos años más tarde, Sadr ad‑Dîn Qûnawî pasó exactamente por idéntica experiencia, en la misma ciudad, en konya, y, según él nos dice, a la misma edad que tenía su maestro.

Aún más alusivo y menos explícito que el del Shayh al‑Akbar, el testimonio de Qûnawî no nos da más detalles que nos ayuden a clarificar ese misterioso episodio del destino de Ibn Arabî, pero confirma al menos su importancia: «Le dirijo a usted estas pocas líneas, escribe al cadí Ibn Zaki, desde Konya, en un día extraordinario y en un estado extraño, después de haber atravesado pruebas y contemplado estados internos y externos que yo ya me esperaba; pues, en efecto, nuestro maestro Ibn Arabî había conocido en esta misma ciudad, hacia la misma época de su vida, dos cosas extraordinarias que designó con el término de “cuesta” (aqaba) y compuso a propósito de una de ellas una casida que se encuentra en las Futûhât, en el vol. XII de la primera redacción y cuyo primer verso es: “Una abrupta pendiente me cortó el camino durante el viaje...” En cuanto a la otra, él me la contó en detalle.

Es igualmente en Konya (pero, en una fecha que nos es también desconocida) donde el Shayh al‑Akbar conoció a un santo singular en su género, puesto que es, según nos dice, el único de su categoría, la cual además le da su extraño nombre: Sâqit (“el que cae”) b. Rafraf b. Sâqit al‑Arsh: «Lo vi en Konya. El versículo del Libro que le es propio es “Juro por la estrella cuando cae” (Corán 53: 1); su estado no va más allá; no se preocupa más que de su alma y de Al-lâh; es un hombre de gran envergadura y de un estado extraordinario. El mero hecho de verlo influye en el estado del que lo ve; es un hombre contrito y humilde; así lo vi, y su personalidad me asombró...

Por último, es en Malatya, allí mismo donde su hijo Muhaminad Sad ad‑Dîn nace en 618/1221, donde Ibn ‘Arabî entierra, hacia esa misma época, al que fue durante más de veinte años su amigo y compañero de viaje, Badr al‑Habashî; pero, entre dos seres como ellos, la muerte no puede ser verdaderamente una separación y, más allá de su tumba, Habashî continúa sosteniendo a su maestro y dialogando con él: “Cuando la muerte vino a él Habashî, en mi casa, estuvo completamente conforme y dispuesto para el encuentro con su Señor. Murió durante la noche. ... Fui a visitar su tumba una tarde y me lamenté con él de algo que me había sucedido después de su muerte. Me respondió desde su tumba y alabó a Al-lâh. Oí claramente su voz cuando expresó su preocupación con respecto a lo que yo le había dicho.” Si bien es verdad que sus conversaciones se mantienen más allá de la tumba, sin embargo la separación física entre Ibn Arabî y el que durante tanto tiempo había recorrido con él los caminos del Occidente y del Oriente islámicos coincide para el Shayh al‑Akbar, de una manera que no es sin duda fortuita, con la clausura de su período errático: es sin retorno como va a tomar el camino de Damasco, donde acabará su vida terrestre.

*Capítulo XIII de Ibn Arabi o la búsqueda del azufre rojo de Claude Addas, traducción de Alfonso Carmona González. Editorial Regional de Murcia, Colección Ibn Arabi.
Anuncios
Relacionados

El aprendizaje

Artículos - 04/12/2007

Damasco, refugio de los profetas

Artículos - 04/02/2008

La vocación

Artículos - 01/12/2007



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/32953-la_epoca_errante.html