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Mahoma: Biografía del profeta

Prólogo del libro de Karen Armstrong sobre el profeta Muhammad (Ed. Tusquets)

31/01/2008 - Autor: Karen Armstrong - Fuente: Ed. Tusquets
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Los occidentales nunca han logrado comprender del todo la violenta reacción musulmana al retrato ficticio de Mahoma que Salman Rushdie presentó en Los versos satánicos. Parecía increíble que una novela pudiera inspirar tanto odio, una reacción que se consideró prueba de la incurable intolerancia del islam. Resultó especialmente perturbador para los británicos descubrir que las comunidades musulmanas de sus propias ciudades se regían de acuerdo con valores distintos, en apariencia ajenos, y que dichas comunidades estaban dispuestas a defenderlos hasta la muerte. Pero este trágico asunto también trajo a la luz recordatorios incómodos del pasado occidental.

Cuando los británicos contemplaban a los musulmanes de Bradford quemar la novela, ¿lo relacionaban con las hogueras de libros que ardieron en la Europa cristiana a lo largo de los siglos? En 1242, por ejemplo, el rey Luis IX de Francia, un santo canonizado por la Iglesia católica, condenó el Talmud judío por considerarlo un ataque maligno contra la persona de Cristo. El libro fue prohibido y muchos ejemplares se quemaron públicamente en presencia del rey. Luis IX no estaba interesado en discutir sus diferencias con las comunidades judías de Francia de forma pacífica y racional. En cierta ocasión afirmó que la única manera de debatir con un judío era matarlo «clavándole la espada en el vientre hasta la empuñadura».

Fue Luis quien creó la primera Inquisición a fin de llevar a los cristianos herejes ante la justicia y quien no sólo quemó sus libros, sino también a cientos de hombres y mujeres. Odiaba asimismo a los musulmanes y lideró dos cruzadas contra el mundo islámico. En tiempos de Luis IX la negativa a coexistir con otras religiones no procedía del islam, sino del Occidente cristiano. De hecho, puede decirse que la amarga historia de las relaciones entre Occidente y los musulmanes comenzó con un ataque a Mahoma en la España musulmana.

En el año 850 un monje llamado Perfecto acudió a comprar al zoco de Córdoba, capital del estado musulmán de al-Andalus. Allí salió a su encuentro un grupo de árabes, los cuales le preguntaron quién había sido el profeta más importante, Jesús o Mahoma. Perfecto comprendió de inmediato que se trataba de una pregunta capciosa, porque en el imperio islámico insultar a Mahoma constituía una ofensa capital, y al principio respondió con cautela. Pero poco después estalló súbitamente y comenzó a soltar una encendida retahíla de insultos: tachó de charlatán al Profeta del islam, además de llamarle pervertido sexual y el mismo Anticristo. Lo llevaron de inmediato a prisión.

Este incidente era poco habitual en Córdoba, donde las relaciones entre cristianos y musulmanes solían ser buenas. Al igual que los judíos, los cristianos gozaban de una libertad religiosa total dentro del imperio islámico, y la mayoría de españoles se sentían orgullosos de pertenecer a una cultura tan avanzada, situada a años luz del resto de Europa. Solían llamarlos «mozárabes» o arabizados.

«Los cristianos disfrutan leyendo los poemas y romances de los árabes; estudian a los teólogos y filósofos árabes no para refutarlos, sino para aprender con corrección un idioma árabe elegante. ¿Dónde está el lego que ahora lee los comentarios en latín sobre las Sagradas Escrituras, o que estudia los Evangelios, a los profetas o a los apóstoles? ¡Ay! Todos los jóvenes cristianos de más talento leen y estudian con entusiasmo los libros árabes.»

Álvaro de Córdoba, el lego español que escribió por aquella época este ataque contra los mozárabes, consideraba al monje Perfecto un héroe cultural y religioso. Su denuncia de Mahoma había inspirado un extraño movimiento minoritario en Córdoba, según el cual hombres y mujeres se presentaban ante el cadí, el juez islámico, y probaban su lealtad cristiana mediante un ataque vitriólico y suicida contra el Profeta.

A su llegada a la cárcel, Perfecto estaba muy asustado, por lo que el cadí decidió no imponer la pena de muerte al estimar que los musulmanes habían provocado injustamente al monje. Pero al cabo de unos días Perfecto estalló por segunda vez e insultó a Mahoma con palabras tan ofensivas que el cadí no tuvo más opción que aplicar todo el rigor de la ley. El monje fue ejecutado; un grupo de cristianos, que al parecer vivían al margen de la sociedad, no tardó en desmembrar su cuerpo y venerar las reliquias de su «mártir». Algunos días después, otro monje, llamado Ishaq, se presentó ante el cadí y atacó a Mahoma y a su religión con tal pasión que el cadí, pensando que Ishaq estaba borracho o trastornado, le abofeteó para que entrara en razón. Pero Ishaq persistió en sus insultos y el cadí no pudo continuar permitiendo esta flagrante violación de la ley.

La Córdoba del siglo ix no se parecía al Bradford de 1988. Los musulmanes eran poderosos y estaban muy seguros de sí mismos. Se mostraban extremadamente reacios a ejecutar a estos fanáticos cristianos, en parte porque no parecían estar en pleno uso de sus facultades, pero también porque previeron las consecuencias negativas de un posible culto a los mártires. Los musulmanes no se oponían a conocer otras religiones: el islam había nacido en el seno del pluralismo religioso de Oriente Próximo, donde las distintas fes habían coexistido durante siglos.

El imperio cristiano oriental de Bizancio también garantizaba a las minorías religiosas libertad para practicar su fe y organizar sus propios asuntos religiosos. No existía ley alguna contra las campañas propagandísticas de los cristianos en el imperio islámico, siempre que no atacaran la amada figura del profeta Mahoma. En algunas partes del imperio existía incluso una tradición escéptica y librepensadora que era tolerada siempre que se mantuviera dentro de los confines de la decencia y no fuera excesivamente irrespetuosa.

En Córdoba tanto el cadí como el emir, o príncipe, se resistieron a ejecutar a Perfecto y a Ishaq, pero no podían permitir esta infracción de la ley. Pocos días después de la ejecución de Ishaq llegaron otros seis monjes procedentes de su monasterio y pronunciaron una nueva diatriba injuriosa contra Mahoma. Aquel verano, alrededor de cincuenta mártires murieron de esta forma. Fueron denunciados por el obispo de Córdoba y por los mozárabes, quienes estaban sumamente alarmados por este agresivo culto al martirio. Pero los mártires encontraron a dos defensores: Álvaro de Córdoba y un sacerdote llamado Eulogio argumentaron que los mártires eran «soldados de Dios» que luchaban con valentía por su fe. Organizaron un complejo ataque moral contra el islam que las autoridades musulmanas no sabían cómo combatir, porque las ponía en evidencia.

Los mártires pertenecían a todos los estamentos de la sociedad: hombres y mujeres, monjes, sacerdotes, legos, gente sencilla y sofisticados eruditos, si bien muchos de ellos parecían anhelar una identidad occidental clara e inconfundible. Parece que algunos procedían de familias mixtas, con un progenitor musulmán y otro cristiano; a otros se les instó a integrarse demasiado en la cultura musulmana –llevaban nombres árabes3 o se habían visto obligados a trabajar para la administración pública– y se sentían confusos y desorientados.

La pérdida de raíces culturales puede ser una experiencia profundamente perturbadora, e incluso en nuestros días puede generar una religiosidad agresiva y desafiante a fin de reafirmar a un yo atribulado. Quizá tendríamos que recordar a los mártires de Córdoba cuando nos sintamos desconcertados por la hostilidad y la furia que muestran algunas comunidades musulmanas en Occidente y en otras partes del mundo donde la cultura occidental amenaza los valores tradicionales.

El movimiento de mártires liderado por Álvaro y Eulogio se oponía tan encarnizadamente a los mozárabes cristianos como a los musulmanes, y acusaba a los primeros de deserción cultural. Eulogio visitó Pamplona, en las vecinas tierras de la cristiandad, y regresó con libros occidentales: textos de los padres latinos de la Iglesia y obras clásicas romanas de Virgilio y Juvenal. Quería oponerse a la arabización de sus compatriotas españoles y crear un renacimiento latino que volviera la vista con nostalgia al pasado romano de su país, a fin de neutralizar la influencia de la cultura musulmana dominante.

El movimiento perdió fuerza cuando el propio Eulogio fue ejecutado por el cadí, quien le imploró que salvara su vida sometiéndose simbólicamente al islam –nadie comprobaría su conducta religiosa posterior– y no cediera a esta «autodestrucción fatal y deplorable» como los otros «locos e idiotas». Pero Eulogio se limitó a contestarle que afilara la espada.

Este curioso incidente no era habitual en la vida de la España musulmana. A lo largo de los seiscientos años siguientes, miembros de las tres religiones de monoteísmo histórico fueron capaces de vivir juntos en relativa paz y armonía: los judíos, perseguidos hasta la muerte en el resto de Europa, pudieron disfrutar de un brillante renacimiento cultural. Con todo, la historia de los mártires de Córdoba revela una actitud que después se extendería en Occidente.

En aquella época el islam era una gran potencia mundial, mientras que Europa, invadida por tribus bárbaras, se había convertido en un páramo cultural. Más tarde el mundo entero parecería ser islámico, del mismo modo que hoy parece occidental, y el islam constituyó un desafío constante para Occidente hasta el siglo xviii. Ahora parece que la Guerra Fría contra la Unión Soviética está a punto de ser reemplazada por una Guerra Fría contra el islam.

Tanto Eulogio como Álvaro creían que el auge del islam constituía una preparación para la llegada del Anticristo, el Gran Pretendiente descrito en el Nuevo Testamento, cuyo reino presagiaría la llegada de los Últimos Días. El autor de la segunda epístola a los tesalonicenses había explicado que Jesús no regresaría hasta que hubiera tenido lugar la «Gran Apostasía»: un rebelde establecería su dominio en el Templo de Jerusalén y engañaría a muchos cristianos con sus doctrinas verosímiles.

En el Apocalipsis también se mencionaba a una gran bestia, marcada con el misterioso número 666, que saldría arrastrándose del abismo, se entronizaría a sí misma en el monte del Templo y dominaría el mundo.6 El islam parecía concordar a la perfección con estas antiguas profecías. Los musulmanes conquistaron Jerusalén en el año 638, construyeron dos espléndidas mezquitas en el monte del Templo y sin duda parecía que gobernaban el mundo. Pese a vivir después de Cristo, cuando no había necesidad de otra revelación, Mahoma se erigió como Profeta y muchos cristianos se unieron a la nueva religión después de apostatar.

Eulogio y Álvaro se habían hecho con una vida breve de Mahoma, en la que aprendieron que el Profeta murió en el año 666 de la Era de España, treinta y ocho años antes de los cálculos convencionales. Esta biografía occidental de Mahoma de finales del siglo viii fue escrita en el monasterio de Leyre, cerca de Pamplona, en un mundo cristiano atemorizado ante el poderoso gigante islámico. Además de una amenaza política, el éxito del islam planteaba una inquietante cuestión teológica: ¿cómo había permitido Dios que esta fe impía prosperara? ¿Era posible que hubiera abandonado a su propio pueblo?

Las diatribas contra Mahoma emitidas por los mártires cordobeses se habían basado en esta biografía apocalíptica. Esta fantasía espeluznante describía a Mahoma como un impostor y un charlatán que se hizo llamar profeta para engañar al mundo; Mahoma era un hombre libidinoso entregado a los placeres más bajos e inspiró a sus seguidores a obrar como él; algunos se vieron obligados a convertirse a su fe a punta de espada. Por tanto, el islam no era una revelación independiente, sino una herejía, una forma fallida de cristianismo; era una religión violenta basada en la espada, que glorificaba la guerra y las matanzas.

Tras desaparecer el movimiento de los mártires de Córdoba esta historia llegó a oídos de algunos habitantes de distintos países europeos, pero apenas se produjeron reacciones. Sin embargo, unos doscientos cincuenta años después, cuando Europa estaba a punto de reintegrarse en la esfera internacional, las leyendas cristianas reprodujeron este retrato fantasioso de Mahoma con una fidelidad asombrosa. Algunos eruditos reputados intentaron presentar una visión más objetiva del Profeta y su religión, pero este retrato ficticio de «Mahound» siguió circulando entre el pueblo.

Mahoma, representante de todo lo que «nosotros» esperábamos no ser, se convirtió en el gran enemigo de la identidad occidental emergente. Restos de esta antigua fantasía aún sobreviven en la actualidad. Continúa siendo habitual que los occidentales den por sentado que Mahoma «empleaba» la religión como una forma de conquistar el mundo o de reivindicar que el islam es una religión violenta de la espada, pese a que existen muchos estudios sabios y objetivos sobre el islam y su Profeta que refutan el mito de Mahound.

A finales del siglo xi Europa empezaba a prosperar de nuevo bajo el Papa y estaba haciendo retroceder las fronteras de los territorios islámicos. En el año 1061 los normandos comenzaron a atacar a los musulmanes en la Italia meridional y en Sicilia, y conquistaron la región en 1091; los cristianos del norte de España iniciaron la Reconquista contra los musulmanes de al-Andalus y conquistaron Toledo en 1085; en 1095 el papa Urbano II convocó a los caballeros de Europa para que liberaran la tumba de Cristo en Jerusalén en una expedición que se conocería después con el nombre de Primera Cruzada.

En 1099, tras años de enormes dificultades, los cruzados consiguieron conquistar Jerusalén y establecer las primeras colonias occidentales en Oriente Próximo. Este nuevo triunfo occidental adoptó la forma de una guerra abierta contra el islam, pero al principio ningún país europeo sentía un especial odio hacia la religión musulmana o su Profeta. Les preocupaban más sus propios sueños de gloria y la expansión de la Europa papal. La Canción de Roldán, compuesta en tiempos de la Primera Cruzada, evidencia una ignorancia reveladora sobre el carácter esencial de la fe islámica.

Los enemigos musulmanes de Carlomagno y Roldán son descritos como idólatras, que se doblegaban ante la trinidad de los «dioses» Apolo, Trivigante y Mahomet, pero eran también soldados valientes y luchar con ellos constituía un placer. Cuando se enfrentaron a los turcos por primera vez en Asia Menor, los ejércitos de la Primera Cruzada también sentían un enorme respeto y admiración por su valor:

«¿Qué hombre, por experimentado y sabio que sea, se atrevería a escribir acerca de la destreza y el valor de los turcos, quienes creyeron que aterrorizarían a los francos como hicieran con los árabes, sarracenos, armenios, sirios y griegos, mediante la amenaza de sus flechas? Sin embargo, que Dios sea loado, sus hombres nunca podrán compararse a los nuestros. Tienen un dicho según el cual comparten el linaje de los francos y nacieron para ser caballeros. Esto es cierto y nadie puede negarlo, si tan sólo se hubieran mantenido firmes en la fe de la cristiandad y hubieran estado dispuestos a aceptar a Un Dios en Tres Personas (...) sería imposible encontrar soldados más fuertes, valientes o diestros; y sin embargo, por la gracia de Dios, fueron derrotados por nuestros hombres».

Los francos se sintieron próximos a los soldados musulmanes en la batalla de Dorileo en 1097, pero dos años después, cuando conquistaron Jerusalén, los cruzados parecieron incapaces de ver a los musulmanes como sus iguales. Asesinaron a los habitantes de la ciudad a sangre fría en una masacre que horrorizó incluso a sus coetáneos, y después los musulmanes fueron considerados alimañas que era preciso expulsar de los lugares santos: la palabra oficial para describirlos en la jerga de las cruzadas era «inmundicia».

Antes del año 1100 en Europa no había apenas interés por Mahoma, pero alrededor de 1120 todo el mundo sabía quién era el Profeta. Hacia la misma época en que los mitos de Carlomagno, el rey Arturo y Robin Hood aparecían en Occidente, el mito de Mahound, enemigo y sombra o álter ego de la cristiandad, se estableció firmemente en la imaginación occidental. Tal y como explica R.W. Southern en su monografía titulada Western Views of Islam in the Middle Ages Opiniones occidentales del islam en la Edad Media:

«No cabe duda de que, cuando aparecieron, se creyó que estas leyendas y fantasías constituían un relato más o menos verídico de lo que pretendían describir. Pero nada más producirse adquirieron una vida literaria propia. En el ámbito de la poesía popular, la imagen de Mahomet y sus sarracenos varió muy poco de generación en generación. Como sucede con algunos personajes de ficción muy queridos, se esperaba que mostraran determinadas características, y diversos autores las reprodujeron fielmente durante cientos de años».

Puede que el carácter ficticio de Mahound en Occidente haya dificultado aún más que la gente le considerara un personaje histórico merecedor del mismo enfoque serio que Napoleón o Alejandro Magno. El retrato ficticio de Mahound en Los versos satánicos nos recuerda demasiado estas fantasías occidentales tan arraigadas.

A fin de explicar el éxito de Mahoma, las leyendas afirmaban que había sido un mago que urdió falsos «milagros» para engañar a los árabes crédulos y destruir la Iglesia en África y Oriente Próximo. Un relato trataba sobre un toro blanco que había aterrorizado a la población y que al final apareció con el Corán –la Escritura que Mahoma había traído a los árabes– flotando milagrosamente entre sus cuernos. También se dijo que Mahoma había entrenado a una paloma para que picoteara guisantes de sus orejas, de modo que pareciera que el Espíritu Santo le susurraba al oído. Sus experiencias místicas se debían, supuestamente, al hecho de ser epiléptico, lo cual en aquella época equivalía a decir que estaba poseído por los demonios. Se escrutó su vida sexual hasta los detalles más lascivos: se le achacaban todas las perversiones conocidas por el hombre y se dijo que había atraído a adeptos a su religión animándolos a satisfacer sus instintos más bajos.

Ninguna de las afirmaciones de Mahoma era verdadera: se trataba de un impostor despiadado que había engañado a casi todo su pueblo. De entre sus seguidores, aquellos que no creyeron sus absurdas ideas guardaron silencio a causa de sus propias ambiciones abyectas. Los cristianos occidentales sólo podían explicar el éxito de la convincente visión religiosa de Mahoma negando su inspiración independiente: el islam era una escisión del cristianismo, la herejía de todas las herejías.

Se dijo que un tal Sergio, un monje hereje, se vio obligado a huir de la cristiandad y conoció a Mahoma en Arabia, donde le enseñó su versión distorsionada del cristianismo. Sin la espada, el «mahometanismo» nunca habría florecido: en el imperio islámico todavía se prohibía a los musulmanes discutir con libertad sobre religión. Pero Mahoma tuvo el final que merecía: durante una de sus convulsiones demoniacas fue descuartizado por una piara de cerdos.

Algunos detalles de esta fantasía reflejan la preocupación de los cristianos acerca de su incipiente identidad. El islam fue estigmatizado como «la religión de la espada» durante las cruzadas, un periodo en el que los propios cristianos probablemente albergaban dudas sobre esta forma agresiva de entender la fe que no guardaba relación con el mensaje pacifista de Jesús. En una época en la que la Iglesia imponía el celibato a un clero reacio, los asombrosos relatos acerca de la vida sexual de Mahoma revelan mucho más sobre las represiones de los cristianos que sobre la vida del propio Profeta.

Se adivina un tono de mal disimulada envidia en esta descripción del islam como una religión autoindulgente y poco exigente. Al final fue Occidente, y no el islam, el que prohibió el debate abierto sobre cuestiones religiosas. En tiempos de las cruzadas Europa parecía estar obsesionada por el conformismo intelectual y castigaba a quienes se apartaban de la norma con un fervor inigualado en la historia de las religiones. La caza de brujas de los inquisidores y la persecución de los protestantes por parte de los católicos, y viceversa, fueron inspiradas por opiniones teológicas abstrusas que tanto en el judaísmo como en el islam se consideraban asuntos privados y opcionales.

Ni el judaísmo ni el islam comparten la concepción cristiana de la herejía, que sitúa las ideas humanas sobre la divinidad a un nivel tan elevado que casi las convierte en una forma de idolatría. La época de las cruzadas, en la que se estableció el ficticio Mahound, fue también un periodo de grandes tensiones y de rechazo en Europa, expresados muy gráficamente en la aversión generalizada al islam.

Cada vez resultaba más evidente que los cristianos occidentales no iban a poder acoger a las distintas comunidades e ideologías religiosas en sus sistemas políticos con tanto éxito como lo habían hecho musulmanes o bizantinos. Además del islam, el judaísmo era la única religión extranjera en suelo europeo; los primeros cruzados iniciaron su viaje a Oriente Próximo masacrando a las comunidades judías a lo largo del valle del Rin en los primeros pogromos generalizados de Europa.

El antisemitismo se iba a convertir en una incurable enfermedad europea durante el periodo de las cruzadas. En la misma época en que desarrollaban los mitos sobre Mahound y los sarracenos, los cristianos también inventaron fantasías aterradoras acerca de los judíos. Se decía que los judíos mataban a los niños pequeños y mezclaban su sangre en el pan de la Pascua judía, a fin de profanar la eucaristía e involucrarse en una vasta conspiración internacional para derrotar a la cristiandad. No existía nada semejante a estos mitos antijudíos en el mundo islámico; revelan una preocupación y una enfermedad malsanas en la psique occidental. Pero debido a las conquistas en España, el sur de Italia y Sicilia ahora había decenas de miles de musulmanes dentro de las fronteras de la cristiandad.

El orden establecido sólo parecía capaz de enfrentarse a estos extranjeros imponiendo una política oficial de segregación racial que prohibía a los cristianos mantener cualquier contacto con sus vecinos musulmanes y judíos. Una legislación especial de la Iglesia vinculó a las dos religiones como enemigos comunes en los concilios lateranos de 1179 y 1215. So pena de excomunión y la subsiguiente confiscación de sus propiedades, los cristianos tenían prohibido servir en las casas de musulmanes y judíos, cuidar de sus hijos, comerciar con musulmanes y judíos o incluso comer con ellos.

En 1227 el papa Gregorio IX añadió los siguientes decretos: los musulmanes y los judíos debían llevar ropa que les distinguiera, no podían aparecer en las calles durante festividades cristianas ni ocupar un cargo público en países cristianos; y al muecín se le prohibía ofender los oídos cristianos convocando a los musulmanes a la oración a la manera tradicional.

El papa Clemente V (1305-1314) declaró que la presencia islámica en tierra cristiana constituía un insulto a Dios. Los cristianos ya habían comenzado a eliminar esta aberración: en 1301 Carlos de Anjou, rey de Francia, exterminó a los últimos musulmanes de Sicilia y el sur de Italia en la colonia de Lucera, que había descrito como «un nido de pestilencia (...) donde abundaba la peor corrupción (...) la pertinaz plaga y repugnante infección de Apulia».

En 1492 fue destruido el último bastión islámico en Europa cuando Isabel y Fernando conquistaron Granada: por toda Europa las campanas de las iglesias repicaron alegremente por la victoria cristiana sobre el infiel. Unos cuantos años después, los musulmanes españoles tuvieron que elegir entre deportación o conversión. Muchos prefirieron abandonar Europa, pero algunos se convirtieron al cristianismo y tanto ellos como sus descendientes fueron perseguidos por la Inquisición española durante trescientos años más. El espíritu de los mártires de Córdoba había sustituido la antigua tolerancia, y los cristianos españoles parecían ahora atemorizados por los criptomusulmanes, que vivían entre ellos como enemigos ocultos de la sociedad.

La malsana actitud occidental para con el islam se revelaba a menudo en una reacción esquizofrénica. Así, el sacro emperador romano Federico II era un islamófilo que sin duda se encontraba más a gusto en el mundo musulmán que en la Europa cristiana, pero que al mismo tiempo mataba y deportaba sistemáticamente a los musulmanes de su Sicilia natal. Mientras unos cristianos masacraban a los musulmanes en Oriente Próximo, otros se sentaban a los pies de los eruditos musulmanes en España. Estudiosos cristianos, judíos y mozárabes cooperaron en una extensa traducción que llevó los conocimientos del mundo islámico a Occidente y devolvió a Europa la sabiduría clásica y ancestral que se había perdido en la alta Edad Media.

Los filósofos musulmanes Ibn Sina e Ibn Rushd eran venerados como prestigiosos intelectuales, aunque a muchos les costaba cada vez más aceptar el hecho de que ambos fueran musulmanes. El problema fue presentado de forma muy gráfica en la Divina comedia de Dante. Ibn Sina e Ibn Rushd (conocidos en Europa como Avicena y Averroes) están en el limbo con los paganos virtuosos que fundaron la cultura intelectual que ellos habían contribuido a propagar en Occidente: Euclides, Tolomeo, Sócrates, Platón y Aristóteles. Sin embargo, el propio Mahoma está en el octavo círculo del infierno, con los cismáticos. Sufre un castigo particularmente repulsivo:

Jamás tonel sin duela o desfondado viose como uno allí, todo él abierto, desde la barba al vientre, el desdichado. Su corazón se muestra a descubierto; sus intestinos cuelgan, y es su saco de excrementos depósito entreabierto.

Dante no podía admitir que Mahoma poseyera una visión religiosa independiente. Lo presenta como a un cismático que se había separado de la fe madre. El imaginario escatológico revela la repugnancia que el islam inspiraba en el seno cristiano, pero también describe la escisión en la psique occidental, que ve este islam distorsionado como una imagen de sus rasgos más inaceptables. El miedo y el odio, que constituyen una negación categórica del mensaje bondadoso de Jesús, también han abierto una profunda herida en la integridad del cristianismo occidental.

Con todo, otros intentaban presentar una visión más objetiva. En una época en la que judíos y musulmanes aparecían fusionados en la imaginación cristiana como enemigo común de la civilización, resulta interesante resaltar que uno de los primeros retratos positivos de Mahoma en Occidente proceda de Pedro Alfonso, un judío español que se convirtió al cristianismo en 1106 y después vivió en Inglaterra como médico de Enrique I. Pedro Alfonso se muestra hostil hacia el islam, pero lo presenta como una opción razonable para alguien que no estuviera comprometido con la fe «verdadera».

Hacia 1120, cuando el odio antiislámico se hallaba en su apogeo, Guillermo de Malmesbury fue el primer europeo que distinguió entre islam y paganismo: «tanto los sarracenos como los turcos adoran a Dios el Creador y veneran a Mahoma no como a Dios, sino como su profeta». Era una apreciación que muchos occidentales se han mostrado reacios a aceptar; algunos realmente se sorprenden al saber que los musulmanes adoran al mismo Dios que judíos y cristianos: se imaginan que Alá es una deidad totalmente distinta, como Júpiter en el panteón romano. Otros suelen dar por sentado que los «mahometanos» veneran a su Profeta del mismo modo que los cristianos veneran a Cristo.

La dificultad de separar realidad y ficción resulta evidente en la obra Historia de Carlomagno del pseudo Turpino, escrita poco antes de 1150. Este romance muestra a los idólatras sarracenos adorando a Mahomet junto a Apolo y Tervagant, a la manera habitual de las chansons de gestes. Pero la obra también incluye un debate racional entre Roldán y el gigante musulmán Ferragut, donde se reconoce que los musulmanes adoran a un solo Dios. Hacia la misma época, el cronista Otto de Freising negó el mito de la idolatría musulmana:

«se sabe que todos los sarracenos rinden culto a un Dios, reciben la ley del Antiguo Testamento y el rito de la circuncisión y no atacan a Cristo o a los apóstoles. Sólo en un aspecto se alejan de la salvación: al negar que Jesucristo es Dios o el Hijo de Dios, y al venerar al seductor Mahomet como gran profeta del Dios supremo».

Así pues, a mediados del siglo xii comenzaba a extenderse una visión más fidedigna del islam, pero esta mayor objetividad no era lo suficientemente fuerte como para eliminar los mitos hostiles. Realidad y fantasía convivían muy felizmente e, incluso cuando la gente intentaba ser justa, el antiguo odio aparecía en determinados momentos. Mahoma continuaba siendo el impostor y el cismático, pese a que Otto presentaba una visión más racional de su religión.

Pedro el Venerable, el humanitario abad de Cluny, se esforzó más que ningún otro en el siglo xii por ofrecer una visión objetiva del islam. En 1141 recorrió los monasterios benedictinos de la España cristiana y encargó a un equipo de sabios cristianos y musulmanes, bajo el liderazgo del inglés Robert de Ketton, que tradujeran algunos textos islámicos, proyecto que finalizó en 1143.

Estos sabios produjeron la primera traducción al latín del Corán, una colección de leyendas musulmanas, una historia musulmana del mundo, una explicación sobre las enseñanzas islámicas y una polémica titulada La apología de al-Kindi. Esta hazaña extraordinaria, que proporcionó a los occidentales los medios para emprender por primera vez un estudio concienzudo del islam, obtuvo sin embargo escasos resultados.

En esta época los cristianos comenzaban a sufrir importantes derrotas militares en los estados cruzados de Oriente Próximo. Surgió una nueva oleada de sentimientos antimusulmanes, orquestada por Bernardo, el abad de Claravall. No eran buenos tiempos para iniciar un estudio objetivo del Corán. Pedro había escrito su propio tratado, que retrataba el mundo musulmán de forma afectuosa: «Me dirijo a vosotros no como los hombres suelen hacerlo, con armas, sino con palabras: no con la fuerza sino con la razón, no con odio sino con amor (...) Os amo, y al amaros os escribo, y al escribir os invito a la salvación».

Pero el título de este tratado era Resumen de todas las herejías de la secta diabólica de los sarracenos. Pocos musulmanes auténticos, de haber podido leer el texto latino del abad de Cluny, hubieran encontrado favorable semejante enfoque. Incluso el bondadoso abad, que mostrara en otras ocasiones su oposición al fanatismo de su época, parecía compartir la mentalidad esquizofrénica europea respecto al islam. Cuando el rey Luis VII de Francia encabezó la Segunda Cruzada hacia Oriente Próximo en 1147, Pedro le escribió diciendo que esperaba que matara a tantos musulmanes como amoritas y cananeos habían matado Moisés (sic) y Josué.

A principios del siglo xiii otro piadoso cristiano intentó acercarse al mundo musulmán en el contexto de una cruzada militar. Durante una tregua en la desastrosa Quinta Cruzada (1218-1219), Francisco de Asís apareció en el campamento cristiano sito en el delta del Nilo, cruzó las líneas enemigas y pidió que le condujeran hasta el sultán al-Kamil. Se dice que pasó tres días con el sultán, explicando el mensaje de los Evangelios e instándole a convertirse al cristianismo.

Puesto que no insultó la memoria del profeta Mahoma, los musulmanes estaban muy dispuestos a escuchar y parece que quedaron bastante impresionados con este individuo sucio y harapiento. Cuando se fue, al-Kamil dijo: «Orad por mí, para que Dios se digne mostrarme la ley y la fe que más le complazcan».
Envió a Francisco de regreso al campamento cristiano «con todo respeto y completamente a salvo».

Pero antes de partir hacia Oriente, Francisco envió a un grupo de sus frailes menores para que predicaran a los musulmanes en España y África, y dichos frailes se acercaron al mundo islámico con un espíritu menos benévolo. Al llegar a Sevilla recurrieron a las tácticas de los mártires de Córdoba. Primero trataron de entrar sin permiso en la mezquita durante la oración del viernes, y tras ser expulsados comenzaron a gritar insultando al profeta Mahoma frente al palacio del emir. En ningún momento tendieron la mano a los sarracenos con compasión y amor durante esta primera incursión misionera importante en el islam. Los franciscanos no estaban interesados en convertir a los musulmanes, pero querían utilizarlos para ganarse la corona del martirio. Gritaron tanto que las autoridades, sumamente avergonzadas por el incidente, se vieron obligadas a encarcelarlos y, para evitar que trascendiera la noticia, los fueron trasladando de prisión en prisión. Eran reacios a imponer la pena capital, pero los cristianos mozárabes de la zona temían que estos fanáticos pudieran hacer peligrar su situación e imploraron a las autoridades que se deshicieran de ellos. Al final los franciscanos fueron deportados a la ciudad de Ceuta, en Marruecos, donde se dirigieron directamente a la mezquita y de nuevo insultaron a Mahoma mientras la gente se congregaba para las oraciones del viernes. Finalmente las autoridades se vieron obligadas a ejecutarlos. Cuando Francisco tuvo noticia de ello, se cree que exclamó con regocijo: «Ahora sé que tengo cinco frailes menores».

Esta actitud parece haber prevalecido en las siguientes misiones franciscanas. En 1227 otro grupo de frailes fueron ejecutados en Ceuta; habían escrito a sus allegados para decirles que el principal objetivo de su misión era «la muerte y condenación de los infieles». Otros llegaron a Tierra Santa. Jacobo de Vitry, el obispo de Acre, que desaprobaba estos métodos, explicó:

«Los sarracenos escuchan de buen grado a los frailes menores cuando éstos hablan de la fe de Cristo y las enseñanzas de los Evangelios. Pero cuando sus palabras contradicen abiertamente a Mahoma, al que describen en sus sermones como un pérfido mentiroso, los golpean sin respeto, y si Dios no los protegiera tan eficazmente, casi les matarían y les expulsarían de sus ciudades».

Así, durante la Edad Media, incluso cuando la gente intentaba ser justa y objetiva o se acercaba al mundo musulmán con el mensaje cristiano, la hostilidad estallaba, a veces de forma particularmente violenta. A finales del siglo xiii el sabio dominico Riccoldo da Monte Croce viajó por diversos países musulmanes y quedó impresionado por la devoción que vio en aquellas tierras: los musulmanes ponían en evidencia a los cristianos, escribió. Pero cuando regresó a su país para escribir la Disputatio contra saracenos et alchoranum, se limitó a repetir los antiguos mitos.

La imagen que tenía Occidente del islam comenzaba a adquirir una autoridad más fuerte que cualquier contacto con los musulmanes reales, por positivo que éste fuera. Durante la época de las cruzadas Occidente encontró su alma. Casi todos nuestros intereses y pasiones más característicos se remontan a este periodo. Tal y como señala Umberto Eco en su ensayo «Diez modos de soñar la Edad Media»:
«De hecho, tanto estadounidenses como europeos son herederos del legado occidental, y todos los problemas del mundo occidental surgieron en la Edad Media: lenguas modernas, ciudades mercantiles, economía capitalista (además de bancos, cheques y tipos de interés preferenciales) son invenciones de la sociedad medieval.

En la Edad Media presenciamos el auge de los ejércitos modernos y del concepto moderno de estado-nación, así como de la idea de una federación supranatural (bajo el estandarte de un emperador alemán elegido por una dieta que funcionaba como una convención electoral); la lucha entre pobres y ricos, el concepto de herejía o desviación ideológica e incluso nuestra noción contemporánea del amor como un tipo de felicidad tremendamente infeliz. Podría añadir el conflicto entre Iglesia y Estado, los sindicatos (aunque con forma corporativa) y la transformación tecnológica del trabajo».

También podría haber añadido el problema del islam. Después de la Edad Media los occidentales perpetuaron muchas de las antiguas mitologías medievales. Algunos intentaron obtener una perspectiva más positiva y objetiva, pero pese a que los estudiosos convinieron que el islam y su Profeta no eran los fenómenos monstruosos que la gente imaginaba, los prejuicios tradicionales no desaparecieron.

La visión apocalíptica del islam promovida por los mártires de Córdoba había continuado difundiéndose durante el periodo de las cruzadas, aunque no se le concediera tanta importancia. En 1191, durante su viaje a Tierra Santa con la Tercera Cruzada, Ricardo Corazón de León conoció al celebrado místico italiano Joaquín de Fiori en Messina, Sicilia. Joaquín le confió a Ricardo que sin duda derrotaría a Saladino. Estaba equivocado, pero hizo otras observaciones interesantes. Creía que se acercaba el fin del mundo y que el resurgimiento del islam era uno de los principales instrumentos del Anticristo, pero añadió que el propio Anticristo ya se encontraba en Roma y estaba destinado a convertirse en papa.

A medida que los europeos se volvían más críticos con su sociedad, comenzaron a asociar el islam con el enemigo interno. Los reformistas hicieron la misma identificación entre el papado descreído (su propio archienemigo) y el islam. Así, según textos posteriores del reformista inglés del siglo xiv John Wycliffe, en su época las faltas principales del islam eran exactamente las mismas que las de la Iglesia occidental: orgullo, avaricia, violencia y ansias por obtener poder y posesiones. «Nosotros, mahometanos occidentales», escribió, refiriéndose a la Iglesia occidental en general, «aunque sólo somos unos pocos entre todo el conjunto de la Iglesia, pensamos que el mundo entero estará regido por nuestro juicio y temblará bajo nuestro mando.»

Hasta que la Iglesia recuperara el espíritu auténtico de los Evangelios y la pobreza evangélica, este espíritu islámico iba a crecer tanto en Occidente como en Oriente. Ésta era una sutil transmutación de la antigua costumbre de convertir al islam y a su Profeta en lo contrario a todo lo que «nosotros» esperábamos (o temíamos) ser.

Wycliffe tuvo que basarse en abundante información poco fidedigna, pero había leído el Corán en traducción y creyó haber encontrado importantes similitudes entre Mahoma y la Iglesia de Roma. Al igual que la Iglesia, argumentó, Mahoma había sido muy displicente con la Biblia, eligiendo lo que le servía y descartando el resto. Como hicieran las órdenes religiosas, Mahoma incluyó innovaciones que supusieron una carga adicional para los fieles.

Por encima de todo, como hiciera la Iglesia, Mahoma prohibió cualquier discusión libre sobre religión. Wycliffe había descubierto antiguos prejuicios medievales en ciertos pasajes del Corán, que no prohíbe el debate religioso en sí, pero señala que ciertos tipos de debate teológico habían causado disensiones en las dos religiones monoteístas más antiguas y las había dividido en sectas enfrentadas.

Ciertas ideas sobre Dios sólo podían ser conjeturas especulativas: nadie, por ejemplo, podía demostrar la doctrina de la Encarnación, que Mahoma consideraba la adición de algunos cristianos al mensaje prístino del profeta Jesús. Wycliffe, sin embargo, comparó esta supuesta intolerancia islámica con la actitud de la Iglesia respecto a doctrinas problemáticas como la Eucaristía, consistente en pedir a los cristianos que creyeran ciegamente aquello que no podían entender.

Lutero y los demás reformadores protestantes continuaron esta costumbre. Hacia el final de su vida, enfrentado a las aterradoras invasiones de los turcos otomanos en Europa, Lutero compartió la pesadilla de los mártires de Córdoba y creyó que el islam podía absorber completamente a la cristiandad. En 1542 publicó su propia traducción de la Disputatio de Riccoldo da Monte Croce.

En el prólogo, Lutero menciona que, pese a haber leído esta obra años atrás, le había sido imposible aceptar que la gente pudiera creer un entramado de mentiras tan manifiesto. Había querido leer el Corán pero no pudo encontrar una traducción al latín –tal y como señala R.W. Southern, esto constituye un revelador indicio del escaso interés por los estudios islámicos en el siglo xvi–, aunque recientemente le había llegado a las manos un ejemplar y pudo comprobar que Riccoldo había dicho la verdad.

Preguntaba si Mahoma y los musulmanes eran el Anticristo y respondía que el islam era demasiado burdo como para cumplir esta terrible amenaza. Los auténticos enemigos eran el papa y la Iglesia católica, y mientras Europa se aferrara a estos enemigos internos, se xpondría al peligro de ser derrotada por los «mahometanos». Zwinglio y otros reformistas presentaron ideas similares, ya que veían a Roma como la «cabeza» del Anticristo y al «mahometanismo» como su cuerpo.

Este enfoque protestante indica que en Europa muchos habían interiorizado la versión distorsionada del islam y lo habían convertido en un símbolo del mal absoluto en su paisaje emocional. Tal y como explica Norman Daniel en su inteligente ensayo titulado The Arabs and Medieval Europe, ya no se trataba de una realidad histórica externa que pudiera examinarse críticamente como cualquier otra.

Los reformistas habían «introducido el concepto del islam como un estado interior que podía imputarse a los enemigos de la doctrina pura (la defina como la defina el escritor). De esta forma admitían la interiorización del islam como el “enemigo» (indiferenciado) que fuera durante tanto tiempo en la imaginación europea”.

Daniel cita el ejemplo de católicos y protestantes que comparan a sus oponentes cristianos con el islam, pero sin apenas comprender lo que significaba realmente tal comparación. M. Lefebvre, misionero católico del siglo xvii, veía a los musulmanes como «protestantes mahometanos» que creen en la justificación por la fe: «esperan que se perdonen todos sus pecados, siempre que crean en Mahomet».

Pero el autor protestante de libros de viajes del siglo xviii L. Rauwolff veía a los musulmanes como «católicos mahometanos»: «Persiguen su propia devoción inventada a las buenas obras, limosnas, oraciones, ayuno y liberación de cautivos, etcétera, para satisfacer a Dios».

En la Edad Media los cristianos consideraban el islam una versión fallida de la cristiandad, y crearon mitos para demostrar que Mahoma había sido adoctrinado por un hereje. Más tarde, a la luz de recientes divisiones internas en la cristiandad, los occidentales continuaron viendo a Mahoma y a su religión desde una perspectiva esencialmente cristiana; no parecía preocuparles la verdad histórica objetiva, ni parece habérseles ocurrido que los musulmanes tenían intereses propios que no podían definirse adecuadamente con referencia a la práctica cristiana.

No obstante, durante el Renacimiento otros occidentales intentaron adquirir un conocimiento más objetivo del mundo islámico. Continuaban con la tradición y las aspiraciones de Pedro el Venerable, retomadas en el siglo xv por sabios como Juan de Segovia y Nicolás de Cusa. En 1453, justo después de que los turcos hubieran conquistado el imperio cristiano de Bizancio y llevado al islam hasta el umbral de Europa, Juan de Segovia señaló que era preciso encontrar una nueva forma de enfrentarse a la amenaza islámica: nunca la derrotarían mediante guerras o actividades misioneras convencionales. Comenzó a trabajar en una nueva traducción del Corán, en colaboración con un jurista musulmán de Salamanca.

También propuso la celebración de una conferencia internacional, en la que pudiera darse un intercambio bien fundamentado de opiniones entre musulmanes y cristianos. Juan murió en 1458, antes de que cualquiera de estos proyectos hubiera dado su fruto, pero a su amigo Nicolás de Cusa le entusiasmó este nuevo enfoque. En 1460 había escrito el Cribratio alchoran (la criba del Corán), que no adoptaba un enfoque polémico, sino que intentaba efectuar un sistemático examen literario, histórico y filológico del texto que Juan de Segovia había considerado esencial.

Los estudios sobre la lengua y la civilización árabes se instituyeron durante el Renacimiento, y este enfoque cosmopolita y enciclopédico condujo a algunos eruditos a efectuar una evaluación más realista del mundo musulmán y a abandonar las actitudes más toscas de los cruzados. Pero, al igual que sucediera en la Edad Media, el mejor conocimiento de los hechos no bastaba para neutralizar las antiguas imágenes de odio que se habían apoderado con tanta fuerza de la imaginación occidental.

Esto pudo comprobarse en el año 1697, tras la publicación de dos obras muy influyentes al principio de la Ilustración. Primero apareció la Bibliothèque orientale, de Barthélmy d’Herbelot, la obra de referencia más importante y fidedigna sobre temas islámicos y orientales en Inglaterra y Europa hasta principios del siglo xix. Ha sido descrita como la primera enciclopedia del islam. D’Herbelot acudió a fuentes árabes, turcas y persas y realizó un auténtico esfuerzo para apartarse del enfoque cristiano de miras estrechas: por ejemplo, presentó versiones alternativas de los mitos de la creación vigentes en Oriente en aquella época. Este enfoque sólo podía ser positivo y evidenciaba un espíritu más abierto. Pero bajo el encabezamiento «Mahomet» encontramos esta entrada tristemente familiar:

«Éste es el famoso impostor Mahomet, autor y fundador de una herejía que ha adoptado el nombre de religión, que llamamos mahometana. Ver entrada bajo Islam.

»Los intérpretes del Corán y otros Doctores en ley musulmana o mahometana han dedicado a este falso profeta todas las alabanzas que los arios, paulicios o paulianistas y otros herejes han atribuido a Jesucristo, pese a negar su divinidad...».

Aunque D’Herbelot conocía el nombre correcto de la religión, continuó llamándola «mahometana» porque éste era el nombre que «nosotros» empleamos; de modo similar, el mundo cristiano seguía considerando al Profeta, con la distorsión habitual, como una versión inferior de «nosotros».

Aquel mismo año el orientalista inglés Humphry Prideaux publicó una importante obra titulada Mahomet: the true nature of imposture (Mahomet: la naturaleza auténtica de la impostura). El título por sí solo demuestra que Prideaux se había creído los antiguos prejuicios medievales –de hecho, cita a Riccoldo da Monte Croce como su fuente principal– pese a que afirmaba haber presentado una visión más racional e inteligente de la religión que la difundida en la ignorante y supersticiosa Edad Media.

Como hombre ilustrado, Prideaux argumentaba que el islam no sólo era una mera imitación del cristianismo, sino también un claro ejemplo de la imbecilidad en la que todas las religiones, incluido el cristianismo, podían caer si no se basaban firmemente en la roca de la razón. En teoría, la Edad de la Razón había liberado a la gente de los agobiantes prejuicios del periodo de las cruzadas, pero Prideaux repite todas las antiguas obsesiones irracionales del pasado. Escribió lo siguiente acerca de Mahoma:

«La primera parte de su vida siguió un curso muy malvado y licencioso, deleitándose con la rapiña, los saqueos y el derramamiento de sangre, de acuerdo con las costumbres de los árabes, que en su mayoría llevaban este tipo de vida; las tribus se enfrentaban casi continuamente, para saquear y obtener las unas de las otras todo lo que pudieran (...)

»Sus dos pasiones predominantes eran la ambición y la lujuria. El camino que siguió para obtener el imperio demuestra claramente la primera; y la multitud de mujeres con las que tuvo relaciones prueba la segunda. Y de hecho estas dos aparecen en toda la estructura de su religión, sin que haya un capítulo en su Corán que no promulgue alguna ley sobre la guerra y el derramamiento de sangre para la promoción de la una; o que otorgue ciertas libertades para el uso de mujeres hoy, o alguna promesa para disfrutar de ellas en el futuro, a fin de gratificar la otra».

Sin embargo, durante el siglo xviii hubo quienes intentaron promover un mejor entendimiento del islam. Así pues, en 1708 Simon Ockley publicó el primer volumen de su Historia de los sarracenos, que disgustó a muchos de sus lectores porque no presentaba el islam reflexivamente como la religión de la espada, sino que intentaba ver la yihad del siglo vii desde el punto de vista musulmán. En 1734 George Sale publicó una excelente traducción inglesa del Corán que todavía se considera fiel, pese a ser un poco aburrida.

En 1751 Voltaire publicó Las costumbres y el espíritu de las naciones, obra en la que defendía a Mahoma como un profundo pensador político fundador de una religión racional; Voltaire señalaba que el sistema de gobierno musulmán siempre había sido más tolerante que la tradición cristiana. El orientalista holandés Johann Jakob Reiske (muerto en 1774), un incomparable estudioso de la lengua árabe, podía ver cierta cualidad divina en la vida de Mahoma y en la creación del islam (pero fue acosado por algunos de sus colegas por sus opiniones).

Durante el siglo xviii comenzó a extenderse el mito que presentaba a Mahoma como un legislador sabio y racional de la Ilustración. Henri, conde de Boulainvilliers, publicó su Vie de Mahomed (París 1730; Londres, 1731), que describía al Profeta como precursor del Siglo de las Luces. Boulainvilliers coincidía con los estudiosos medievales en que Mahoma se había inventado su religión a fin de convertirse en dueño del mundo, pero le dio la vuelta a esta tradición.

A diferencia del cristianismo, el islam era una tradición natural, no revelada, y por esta razón resultaba tan admirable. Mahoma fue un gran héroe militar, como Julio César y Alejandro Magno. Ésta era otra fantasía, porque Mahoma no fue un deísta, pero al menos constituía un intento de ver al Profeta desde una perspectiva positiva. A finales de siglo, en el quincuagésimo capítulo de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, Edward Gibbon alabó el elevado monoteísmo del islam y demostró que la aventura musulmana merecía ocupar un lugar en la historia de la civilización mundial.

Pero los antiguos prejuicios estaban tan arraigados que muchos de estos escritores no pudieron resistirse a atacar ocasionalmente al Profeta de forma gratuita, demostrando que la imagen tradicional seguía vigente. Así, Simon Ockley describió a Mahoma como «un hombre muy hábil y astuto, que aparentaba sólo aquellas cualidades, mientras que los principios de su alma eran la ambición y la lujuria».

George Sale admitió en la introducción a su traducción que «Es ciertamente una de las pruebas más convincentes de que el mahometanismo no era sino una invención humana, que debe su progreso y establecimiento casi enteramente a la espada».26 Al final de Las costumbres, Voltaire concluyó su descripción positiva del islam con la observación de que Mahoma había sido «considerado como un gran hombre incluso por aquellos que sabían que era un impostor, y venerado como profeta por todos los demás».

En 1741, en su tragedia Mahoma o el fanatismo, Voltaire se aprovechó de los prejuicios vigentes para poner a Mahoma como paradigma de todos los charlatanes que han sometido a su pueblo a la religión mediante engaños y mentiras: al considerar que algunas de las viejas leyendas no eran lo bastante difamatorias, Voltaire se inventó alegremente algunas más. Incluso Gibbon no sentía aprecio por el propio Mahoma, y argumentaba que había atraído a los árabes con el cebo del sexo y los pillajes. En cuanto a la creencia musulmana en la inspiración divina del Corán, Gibbon declaró con altivez que se trataba de una postura imposible de mantener para el hombre auténticamente civilizado:

«Este argumento se dirige de forma convincente a un árabe devoto cuya mente esté en sintonía con la fe y el éxtasis, cuyo oído se deleite con la música de los sonidos, y cuya ignorancia sea incapaz de comparar las producciones de la genialidad humana. El infiel europeo será incapaz de captar el estilo rico y armonioso; examinará con impaciencia la inacabable rapsodia incoherente de fábulas, preceptos y arengas, que raramente despierta un sentimiento o una idea, que unas veces se arrastra entre el polvo y otras se pierde en las nubes».

Estas palabras demuestran que los occidentales se sentían más seguros de sí mismos. Los europeos ya no se asustaban ante la amenaza islámica, sino que contemplaban la religión musulmana con condescendencia divertida, dando por sentado que, si «nosotros» no entendemos el Corán, es porque éste carece de solidez. En 1841, Thomas Carlyle también desdeñó el Corán en su texto sobre Mahoma titulado «El héroe como profeta».

Éste fue, sin embargo, un llamamiento apasionado a favor de Mahoma y una negación de la antigua fantasía medieval. Casi por primera vez un europeo intentaba ver a Mahoma como a un hombre genuinamente religioso. Pero el Corán fue condenado como el libro más aburrido del mundo: «un embrollo pesado y confuso, burdo, desordenado; inacabables reiteraciones, prolijidad, enredos; en resumen, una estupidez muy burda, muy tosca e insoportable».

Muy a finales del siglo xviii, un incidente revelador puso de manifiesto el rumbo que estaba tomando la nueva confianza en sí mismos de los europeos. En 1798 Napoleón navegó hacia Egipto, acompañado por multitud de orientalistas procedentes de su Institut d’Égypte. Pensaba valerse de estos sabios y de sus conocimientos para subyugar al mundo islámico y desafiar la hegemonía británica en la India.

Nada más llegar, Napoleón envió a los sabios a lo que podríamos denominar una misión de investigación, y dio a sus oficiales instrucciones estrictas de que siguieran sus consejos. Obviamente, se habían preparado a fondo. Napoleón se dirigió con cinismo a las multitudes egipcias de Alejandría con la afirmación de que «Nous sommes les vrais musulmans». A continuación recibió en sus aposentos con honores militares a sesenta jeques de al-Azhar, la gran mezquita de El Cairo.

Napoleón alabó profusamente al Profeta, debatió con ellos el Mahomet de Voltaire y parece que supo defenderse bien frente a los ulemas. Nadie se tomó demasiado en serio a Napoleón como musulmán, pero su entendimiento respetuoso del islam aplacó hasta cierto punto la hostilidad de la gente. La expedición de Napoleón no obtuvo los resultados esperados: fue vencido por los ejércitos británico y turco y navegó de regreso a Europa.

El siglo xix se caracterizó por un espíritu colonialista que promovió en los europeos la creencia malsana de que eran superiores a otras razas: de ellos dependía redimir al mundo bárbaro de Asia y África en una mission civilisatrice. Esta actitud afectó inevitablemente la visión occidental del islam, mientras los franceses y los británicos contemplaban con codicia el decadente Imperio otomano.

En el apologista cristiano francés François René de Chateaubriand, por ejemplo, encontramos un renovado interés por el ideal de las cruzadas, que había sido adaptado a las nuevas circunstancias. A Chateaubriand le impresionó la expedición de Napoleón, al que veía como una mezcla de cruzado y peregrino. Los cruzados habían intentado llevar el cristianismo a Oriente, argumentó.

De todas las religiones, el cristianismo era «la que más favorecía la libertad», pero en la empresa cruzada chocó con el islam: «un culto enemistado con la civilización que favorecía sistemáticamente la ignorancia, el despotismo y la esclavitud».30 En los tiempos vertiginosos que siguieron a la Revolución francesa, este islam distorsionado se convirtió una vez más en lo contrario a «nosotros».

Durante la Edad Media, época en la que predominaron las jerarquías, algunos críticos del islam culparon a Mahoma por otorgar demasiado poder a personas de baja categoría, como los esclavos y las mujeres. El abandono de este estereotipo no se debía necesariamente a que la gente tuviera un conocimiento más profundo del islam, sino a que la religión musulmana se adecuaba a «nuestras» necesidades y era, como siempre, un rasero con el que medir nuestros logros.

En Viaje de París a Jerusalén y de Jerusalén a París (1810-1811), obra de gran éxito en su día, Chateaubriand aplicó su fantasía de las cruzadas a la situación en Palestina. Los árabes, escribió, «parecen soldados sin un líder, ciudadanos sin legisladores y una familia sin padre». Constituían un buen ejemplo de «un hombre civilizado que ha caído de nuevo en un estado salvaje».31 En consecuencia, clamaban por controlar Occidente, porque les era imposible tomar las riendas de sus propios asuntos. En el Corán no había «ni un principio a favor de la civilización, ni un mandato que pueda elevar el carácter». A diferencia del cristianismo, el islam no predica «ni aversión a la tiranía ni amor a la libertad».

 

El influyente filólogo francés Ernest Renan intentó dar una explicación científica a estos nuevos mitos raciales e imperialistas. Argumentó que el hebreo y el árabe eran lenguas degradadas, desviaciones de la tradición aria, que se habían viciado irremediablemente. Estas lenguas semíticas sólo podían estudiarse como un ejemplo de atrofia y carecían del carácter progresivo de «nuestros» sistemas lingüísticos. Por esta razón, tanto judíos como árabes constituían «une combinaison inférieure de la nature humaine»:

«Podemos observar que, en todos los aspectos, la raza semítica nos parece incompleta en virtud de su simplicidad. Esta raza –si me permiten emplear la analogía– es a la familia indoeuropea lo que un esbozo a lápiz es a la pintura; carece de la variedad, la amplitud, la abundancia de vida que constituye la condición de la perfectibilidad. Como aquellos individuos tan poco fecundos que, tras una infancia placentera, sólo llegan a tener una virilidad mediocre, las naciones semíticas experimentaron su mayor florecimiento en su primera época y nunca fueron capaces de alcanzar la auténtica madurez».

Una vez más, judíos y árabes quedaban fusionados en una única imagen que proporcionaba una descripción favorecedora de «nuestras» virtudes superiores. El nuevo racismo acabaría teniendo, por supuesto, consecuencias nefastas para los judíos europeos. Hitler se sirvió de los antiguos patrones cristianos de odio en su cruzada secular contra los judíos, incapaz de soportar la presencia de una raza extranjera en la pura tierra europea y aria.

Ya no quedaban musulmanes en Europa, pero durante el siglo xix los británicos y los franceses empezaron a invadir sus países. En 1830 los franceses colonizaron Argel, y en 1839 los británicos colonizaron Adén; entre ambos se apropiaron de Túnez (1881), Egipto (1882) y Sudán (1898), así como de Libia y Marruecos (1912). En 1920, pese a que habían prometido a los países árabes que les devolverían la independencia tras la derrota del Imperio turco, Gran Bretaña y Francia se repartieron Oriente Próximo entre mandatos y protectorados.

Hoy el mundo musulmán asocia imperialismo occidental y misiones cristianas con las cruzadas, y no se equivoca al hacerlo. Cuando llegó a Jerusalén en 1917, el general Allenby anunció que finalmente concluían las cruzadas, y cuando los franceses llegaron a Damasco su comandante marchó hasta la tumba de Saladino en la gran mezquita y gritó: «Nous revenons, Saladin!».

Las misiones cristianas respaldaron a los colonialistas en un intento por socavar la cultura tradicional musulmana en los países conquistados, y se concedió un papel desproporcionado en el gobierno del protectorado a los grupos cristianos en dichos países, como los maronitas del Líbano. Los colonialistas habrían argumentado que llevaban progreso y cultura, pero la violencia y el desdén caracterizaban su campaña. La pacificación de Argelia, por ejemplo, duró muchos años y cualquier tipo de resistencia fue aplastada brutalmente mediante incursiones de represalia. El historiador contemporáneo francés M. Baudricourt nos ofrece una idea de cómo era una de aquellas incursiones:

«Al regresar de la expedición, nuestros propios soldados se sentían avergonzados (...) quemaron alrededor de 18.000 árboles; asesinaron a mujeres, niños y ancianos. Las desafortunadas mujeres, especialmente, fueron objeto de la codicia por su costumbre de llevar anillos, tobilleras y pulseras de plata. Estos aros no tienen cierre, como las pulseras francesas. Se sujetan en la infancia a los miembros de las muchachas y no pueden sacarse cuando éstas crecen. Para poder quitárselos nuestros soldados solían cortarles los miembros y dejarlas mutiladas».

Los colonialistas dieron muestras de un evidente desprecio por el islam. En Egipto, Lord Cromer condenó el intento del intelectual liberal Muhammad Abduh (muerto en 1905) de reconsiderar algunas ideas islámicas tradicionales. El islam, declaró, no podía reformarse, y los árabes eran incapaces de regenerar su propia sociedad. Tal y como explicó en su fundamental obra en dos volúmenes titulada Egipto moderno, los «orientales» eran irremediablemente infantiles y diametralmente opuestos a «nosotros»:

«Sir Alfred Lyall me dijo en cierta ocasión: “La exactitud le resulta abominable a la mente oriental. Todos los angloindios deberían recordar siempre esta máxima”. La falta de exactitud, que fácilmente degenera en falsedad, es de hecho la principal característica de la mente oriental.

»El europeo es un razonador riguroso; sus afirmaciones carecen de ambigüedad; es un lógico nato, pese a que puede que no haya estudiado lógica; es escéptico por naturaleza y exige pruebas antes de aceptar la veracidad de cualquier proposición; su inteligencia educada funciona como un mecanismo. La mente del oriental, por otra parte, como sus calles pintorescas, carece totalmente de simetría. Su forma de razonar es muy descuidada. Aunque los antiguos árabes adquirieron la ciencia de la dialéctica a un nivel algo más elevado, sus descendientes carecen de la facultad lógica. Suelen ser incapaces de sacar las conclusiones más obvias a partir de premisas muy simples que puedan considerar verdaderas».

Pese a que los estudiosos occidentales siguieron intentando presentar una imagen más objetiva del mundo árabe y musulmán, esta superioridad colonial hizo creer a mucha gente que el islam no merecía su atención.

No cabe duda de que esta actitud occidental tan ofensiva ha conseguido alienar al mundo musulmán. Hoy en el islam imperan los sentimientos antioccidentales, pero esto constituye una situación totalmente nueva. Occidente puede haber albergado fantasías sobre Mahoma como enemigo, pero de hecho casi todos los musulmanes desconocían la existencia de Occidente hasta hace poco más de doscientos años. Las cruzadas fueron muy importantes en la historia de Europa y tuvieron una influencia formativa en la identidad occidental, tal y como he argumentado en otra obra.

Pero, aunque resulta obvio que afectaron profundamente a las vidas de los musulmanes en Oriente Próximo, las cruzadas tuvieron escasa repercusión en el resto del mundo islámico, donde se consideraron remotos incidentes fronterizos. Los centros del imperio islámico en Iraq e Irán no se vieron en absoluto afectados por este asalto occidental en el Medioevo. Por consiguiente, ni siquiera veían en Occidente a un enemigo. Los musulmanes creían que el mundo cristiano no estaba en Occidente, sino en Bizancio; en aquella época la Europa occidental parecía un páramo bárbaro y pagano, e iba sin duda muy rezagada con respecto al resto del mundo civilizado.

Pero Europa alcanzó a los demás países, y el mundo musulmán, inmerso en sus propios problemas, no se percató de lo que estaba sucediendo. La expedición napoleónica a Egipto abrió los ojos a muchas gentes reflexivas de Oriente Próximo, a quienes impresionó sobremanera el porte tranquilo y seguro de los soldados franceses en este ejército posrevolucionario. Los musulmanes siempre habían respondido a las ideas de otras culturas, y muchos se sintieron atraídos por las ideas radicales y modernizadoras de Occidente. A principios del siglo xx, casi todos los intelectuales más destacados del mundo islámico eran liberales y occidentalistas.

Puede que estos liberales detestaran el imperialismo occidental, pero creían que los liberales europeos estarían de su parte y se opondrían a gente como Lord Cromer. Admiraban la calidad del modo de vida occidental, que parecía haber consagrado muchos de los ideales que sustentaba la tradición islámica. En los últimos cincuenta años, sin embargo, hemos perdido esta buena voluntad. La alienación del mundo musulmán puede haberse debido, entre otras razones, a su descubrimiento gradual de la hostilidad y el desprecio para con su Profeta y su religión tan profundamente arraigados en la cultura occidental, y que, a su parecer, han seguido condicionando la política de Occidente hacia los países musulmanes incluso en el periodo poscolonial.

Tal y como señala el escritor sirio Rana Kabbani en Letter to Christendom (Carta a la cristiandad):

«¿Acaso no es selectiva la conciencia occidental? Occidente se muestra partidario de los muyahidin afganos, que reciben el mismo apoyo de los servicios de inteligencia estadounidenses que la Contra nicaragüense, pero no simpatiza con los musulmanes militantes que no combaten en su Guerra Fría porque tienen preocupaciones políticas propias. Mientras escribo esto mueren cada día más palestinos en los territorios ocupados: casi 600 muertos en el último recuento, más de 30.000 heridos y 20.000 detenidos sin juicio (...) con todo, Israel continúa siendo una democracia a ojos de Occidente, un puesto de avanzada de la civilización occidental. ¿Qué podemos pensar de esta doble moral?».

Occidente debe cargar con parte de la responsabilidad por el desarrollo de la nueva forma radical del islam, que en algunos aspectos, sin duda terribles, se acerca a nuestras antiguas fantasías. Hoy mucha gente en el mundo islámico rechaza a Occidente como impío, injusto y decadente. Algunos especialistas occidentales como Maxime Rodinson, Roy Mottahedeh, Nikki R. Keddie y Gilles Kepel están intentando comprender el significado de este nuevo sentir islámico. Pero, como es habitual, estos intentos por entender de forma más objetiva y abierta la crisis actual en el mundo musulmán sólo incumben a una minoría. Otras voces más agresivas muestran escaso interés por comprender, pero promueven la antigua tradición del odio.

Sin embargo, el nuevo islam radical no está inspirado únicamente por el odio a Occidente, ni es en absoluto un movimiento homogéneo. A los musulmanes radicales les preocupa ante todo solucionar sus propios problemas y encarar la dislocación cultural que muchos han experimentado en tiempos recientes. Resulta imposible generalizar acerca del auge de esta forma más extrema de la religión: no sólo varía de país en país, sino de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo.

La gente se siente desarraigada: la cultura occidental ha invadido todos los resquicios de sus vidas. Incluso los muebles de sus casas han sufrido importantes cambios y se han convertido en una señal inquietante de dominación y pérdida cultural. Al refugiarse en la religión, muchos intentan volver a sus raíces y recobrar una identidad que está profundamente amenazada.

Pero en cada zona se dan formas del islam totalmente distintas e idiosincráticas, muy influidas por tradiciones y circunstancias locales que no son específicamente religiosas. En su clásico Recognizing Islam, Religion and Society in the Middle East (Reconocer el islam. Religión y sociedad en Oriente Próximo), Michael Gilsenan ha explicado que las diferencias son tan importantes entre un distrito y otro que los términos «islam» o «fundamentalismo» ya no sirven para definir el intento actual de articular la experiencia de la gente en Oriente Próximo durante el periodo poscolonial.

El fenómeno es sin duda mucho más complejo de lo que los medios suelen indicar. Es muy posible que muchos musulmanes de la zona estén experimentando un sentimiento de temor y pérdida de identidad similar al que se apoderó de los mártires de Córdoba, quienes creían que su cultura y sus valores tradicionales se veían amenazados por un poder extranjero.

Creamos constantemente nuevos estereotipos para expresar nuestro arraigado odio hacia un islam mal comprendido. En los años setenta del pasado siglo nos obsesionó la imagen del jeque del petróleo inmensamente rico; en los años ochenta el fanático ayatolá; desde el caso Rushdie, el islam (o nuestra visión de éste) se ha convertido en una religión que augura la muerte de la creatividad y la libertad artística.

Pese a que ninguna de estas imágenes refleja la realidad, que es infinitamente más compleja, ello no impide que la gente emita juicios de valor generalizados y erróneos. Rana Kabbani cita dos comentarios hostiles de Fay Weldon y Conor Cruise O’Brian. En Sacred Cows (Vacas sagradas), su contribución al debate sobre Rushdie, Weldon escribe lo siguiente:

«El Corán no alimenta la reflexión. No es un poema en el que una sociedad pueda basarse de forma segura o sensata. Proporciona armas y poder a la policía del pensamiento, y la policía del pensamiento se pone en marcha fácilmente, y atemoriza (...) Lo considero un texto limitado y limitador en cuanto a la comprensión de lo que yo defino como Dios».

Sólo puedo decir que este comentario no coincide con mi propia experiencia al estudiar el Corán y la historia del islam. Pero Conor Cruise O’Brien, basándose en la tradición que convierte cualquier muestra de respeto por el islam en una deserción cultural, me tacharía de hipócrita. La sociedad musulmana, escribe Cruise O’Brien, «parece profundamente repulsiva (...) Lo parece porque lo es (...)

Un occidental que afirme admirar la sociedad musulmana, sin abandonar por ello los valores occidentales, o es un hipócrita o un ignorante, o ambas cosas. (...) La sociedad árabe está enferma, y ha estado enferma durante mucho tiempo. En el siglo xix, el pensador árabe sic Jamal al-Afghani escribió: “Todos los musulmanes están enfermos, y su único remedio es el Corán”. Por desgracia, la enfermedad empeora cuanto más remedio se toma».

Pero no todos los críticos adoptan esta visión, propia de una cruzada. Muchos estudiosos del siglo xx han intentado ampliar el conocimiento occidental del islam: Louis Massignon, H.A.R. Gibb, Henri Corbin, Annemarie Schimmel, G.S. Hodgson y Wilfred Cantwell Smith han seguido los pasos de hombres como Pedro el Venerable y Juan de Segovia y se han valido de la erudición para desafiar los prejuicios de su época.

Durante siglos la religión ha permitido a los miembros de una sociedad determinada cultivar un entendimiento más profundo. Puede que la gente no siempre consiga expresar sus ideales religiosos como debiera, pero éstos han contribuido a que ideas basadas en la justicia, la benevolencia, el respeto y la compasión hacia los demás nos proporcionen un patrón de conducta. Un estudio riguroso del islam indica que durante mil cuatrocientos años los ideales del Corán han contribuido en gran medida al bienestar espiritual de los musulmanes.

Algunos estudiosos, como el destacado historiador canadiense Wilfred Cantwell Smith, llegan incluso a afirmar que «el segmento musulmán de la sociedad humana sólo puede florecer si el islam es fuerte y vital, puro, creativo y sólido».40 Parte del problema occidental radica en que durante siglos Mahoma ha sido visto como la antítesis del espíritu religioso y como el enemigo de una civilización decente. Quizá deberíamos intentar verlo como un hombre espiritual, que consiguió llevar la paz y la civilización a su pueblo.

Prólogo del libro de Karen Armstrong sobre el profeta Muhammad (Ed. Tusquets)
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