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La despedida

Capítulo 9º de Ibn Arabi o la búsqueda del azufre rojo

29/01/2008 - Autor: Claude Addas - Fuente: Ibn Arabi o la búsqueda del azufre rojo
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Cuando vuelve a al‑Andalus, acompañado de su fiel compañero etíope, creemos que el Shayj al‑Akbar ya ha tomado su decisión: abandonar el Magreb para dirigirse al Mashriq, al Oriente islámico. Es lo que nos sugiere una carta que figura en el Kitab al‑kutub, es decir, en la “Correspondencia”de Ibn Arabî. Gracias a las indicaciones contenidas en ese texto, corroboradas además por determinados pasajes del Rûh al‑quds, estamos en disposición, por una parte, de describir con precisión el itinerario de las numerosas peregrinaciones de Ibn ‘Arabî por al­-Andalus en el año 595/1198 y, por otra, de afirmar que se trataba para él de efectuar una última visita al país natal y despedirse de sus maestros. Ignoramos la identidad exacta del destinatario de esa risala, pero leyéndola se ve claramente que está dirigida a un Shayj con quien el autor se ha relacionado mucho en su reciente viaje al Magreb. Podría tratarse de Abû Yahyà b. Abî Bakr as‑Sanhâyî, para quien redacta en ese mismo año (595) el ‘Anqâ’ mugrib (“Ave Fénix”), y con el cual tuvo, nos dice en el Rûh, numerosas conversaciones sobre las “verdades esenciales” (haqâ’iq). En todo caso, lo cierto es que esta epístola fue escrita en el año 595 de la Hégira, a su regreso de Fez. En efecto, habiendo enumerado a su corresponsal los numerosos Shuyûh (maestros) a quienes ha visitado en al‑Andalus, después de haberse separado de él en el Magreb, Ibn ‘Arabî acaba su carta declarando: “Aquí acaba la lista de todos aquellos que he visitado y ya no visitaré a nadie más mientras permanezca aquí (lâ azûru ahadan ba’da‑hâ mâ baqîtu). Pues bien, si se compulsan los diversos escritos del Shayj al‑Akbar, se constata que todas las menciones de sus encuentros en al‑Andalus se detienen efectivamente en el año 595; y no reanudará sus encuentros hasta dos años más tarde, pero esta vez en el Magreb.

Después de haberse despedido del anónimo destinatario de esta carta, Ibn ‘Arabî prosiguió, pues, su camino, según nos cuenta, hasta Qasr Kutâma (Alcazarquivir), fortaleza situada a noventa kilómetros al sur de Tánger, donde se encontró con el Shayj ‘Abdalyalîl b. Mûsá, discípulo, como hemos visto, de ibn Gâlib. A continuación atravesó el Estrecho —embarcándose en Ceuta o en Ksar, eso no lo precisa— y se dirigió a Algeciras, donde acudió de nuevo a ver al Shayj Ibn Tarîf. Luego, continuó su ruta hasta Ronda y allí visitó a cierto Abû l-Hasan al-Qanawî (o al-Hûnî), que seguía, según nos precisa en el Rûh, el camino de la futuwwa. Aquí, Ibn ‘Arabî omite aparentemente decir a su corresponsal que se encontró igualmente en Ronda con su amigo y maestro Abû ‘Abdal-lâh Muhammad b. Ashraf ar‑Rundî —con quien había entablado amistad, recordémoslo, en el año 589/1193— y a quien tenía muchos deseos de presentar a Habashî: «Yo deseaba hacía mucho tiempo presentarlo a mi compañero ‘Abdal-lâh Badr al‑Habashî. Así pues, en cuanto llegamos a al‑Andalus, nos encaminamos a Ronda, donde asistimos a un entierro; durante la oración, constaté la presencia de Abû ‘Abdal-lâh ar‑Rundî y se lo presenté a mi compañero ‘Abdal-lâh al­-Habashî; tras lo cual, regresé al lugar donde yo residía. Al‑Habashî expresó el deseo de ver unos de los milagros de ese Shayk. Cuando llegó la hora de la puesta de sol, hicimos la oración, y luego, como la persona en cuya casa estábamos alojados tardaba en encender la lámpara, mi compañero, ‘Abdal-lâh al­-Habashî, pidió luz. “De acuerdo”, dijo Abû ‘Abdal-lâh ar‑Rundî, el cual tomó un puñado de hierba en la casa y, mientras nosotros lo mirábamos, golpeó la hierba con su dedo, diciendo: “¡Aquí tenéis fuego!” La hierba prendió y pudimos encender la lámpara.»

Desde Ronda, Ibn ‘Arabî y Habashî se trasladan a Sevilla donde acuden a saludar a lbn Qassúm, ‘Abdal-lâh al‑Mawrûrî y Abû ‘Imrân al-­MirtuIî; las palabras que les dirige este último confirman que se trata de un adiós: «Me dice, cuenta lbn ‘Arabî en el Ruh, en presencia de mi compañero ‘Abdal-lâh Badr al‑Habashî: “Temía por ti a causa de tu joven edad, de la ausencia de ayuda debido a la corrupción reinante en nuestra época y de la degradación que he constatado en los seguidores de la Vía; a causa de ellos prefiero vivir recluido. Pero ¡alabado sea Al-lâh que me ha consolado contigo!”»

La etapa siguiente del itinerario descrito por Ibn ‘Arabî en su Risâla es más o menos incierta: el editor del Kitab al‑kutub (p. 9) no está, en efecto, seguro de la ortografía de la ciudad mencionada, pero supone que se trata de Córdoba; la manera como la designa Ibn ‘Arabî, que la califica de “ciudad venerada”, lugar de “sublimes contemplaciones” -alusión probable a los episodios que allí conoció- parece confirmar dicha hipótesis. Allí se entrevista con cierto Abû ‘Abdal-lâh al‑Astanî, personaje que no hemos podido lamentablemente identificar. En cambio, sabemos, gracias a un texto de las Futûhât (I, p. 154), que la llegada de Ibn ‘Arabî coincide con el entierro de Averroes, muerto algún tiempo antes, el 9 del mes de Safar del año 595 (11 de diciembre de 1198) en Marrakech y cuyos restos mortales habían sido trasladados a su ciudad natal. En compañía del escritor Ibn Yubayr (ob. 614/1217) y de su discípulo Ibn as‑Sarrây, Ibn ‘Arabî asiste a la inhumación del filósofo.

Desde Córdoba, nuestros dos viajeros parten a Granada, situada, según Idrîsî, a cuatro días de marcha a pie. Se instalan en casa del Shayj Abû Muhammas ash-Shakkâz y se les une ‘Addal-lâh al‑Mawrûrî que les cuenta un detalle del milagro que él mismo ha efectuado en esa ciudad algún tiempo antes. De su entrevista con el Shayj ash-Shakkâz, a quien él compara por su celo y mortificaciones con su propio tío Abû Muslim al-Hawlânî, lbn ‘Arabî retendrá sobre todo su definición -por referencia a los cuatro aspectos o sentidos del Corán enunciados en un celebre hadiz- de las cuatro categorías de hombres espirituales: «Están, dice ash-Shakkâz, “Ios que han sido fieles al pacto que concluyeron con Al-lâh” (Corán 33:23): son los hombres de lo aparente” (riyâl az‑zâhir); están aquellos a quienes “ni el negocio ni el comercio apartan de la invocación de Al-lâh” (Corán 24:37): son los “hombres de lo interior” (riyâl al‑bâtin); están los “A’râf” (Corán 7:46): son los hombres del límite (riyâl al-hadd) ... ; finalmente, están los que, cuando Al-lâh los llama, acuden a Él a pie (Corán 22:27): son los hombres del punto elevado (riyâl al‑matla’ o al‑muttala’).»

Ibn ‘Arabî abandona a continuación Granada para dirigirse a su ciudad natal, Murcia, donde se entrevista con Ibn Saydabûn, famoso discípulo de Abu Madyan; manifiestamente, Ibn Saydabûn atraviesa, en la época de su encuentro, un período de fatra “Ianguidez”: “Su Amado lo ha abandonado, su Amigo lo ha aborrecido... por razones que no se pueden comunicar nada más que oralmente y cara a cara; sin embargo, los objetivos del Shayj son loables y sus esfuerzos, justos; pero, el poder que le había sido conferido sobre el mundo se le ha escapado ... Cuando me despedí de él, lloró, tan afligido estaba de verme partir, y me acompañó un trecho del camino para decirme adiós.” También aquí, el comportamiento de Ibn Saydabûn indica con claridad que es consciente de que esa partida es definitiva y de que no podrá jamás volver a ver a Ibn ‘Arabî.

Con esta última visita se acaba, pues, la carta del Shayj al‑Akbar, que precisa que de ahí en adelante no visitará a nadie más. Pero, el hecho de que renuncia a la ziyâra, a las visitas, no significa que renuncie a las siyâha, las peregrinaciones. Apenas acababa de llegar a Murcia y ya está de nuevo en camino, esta vez en dirección a Almería, situada a cuatro días de marcha, donde su llegada coincide con el comienzo del mes de ramadán del año 595 (27 junio 1199). Como resultado de una inspiración divina, confirmada por un sueño de su discípulo Habashî, redacta en esta ciudad, en el espacio de once días, el Kitâb mawâqi’ an‑nuyûm. Ibn ‘Arabî concede a esta obra una importancia considerable. Trata en ella de las ocho partes del cuerpo (ojos, orejas, lengua, manos, vientre, genitales, pies y corazón) sometidas al taklîf, a la obligación legal, y de los tipos de milagros y de desvelamientos que les corresponden: “En este libro, declara en las Futûhât, dispensa de tener que recurrir a un maestro; diré incluso más: es indispensable al maestro, ya que, entre los maestros, los hay pequeños y grandes, pues bien, esta obra procede de la estación más elevada que pueda alcanzar un maestro.” Un pasaje de los Mawâqi’ an‑nuyûm (p. 34) explica, creemos, en qué puede este tratado sustituido el maestro: “La ciencia de las obligaciones que incumben a dichos miembros es la ciencia de los actos que llevan a la felicidad.”

Por lo que respecta a la redacción de los Mawâqi’, hay que añadir que inicialmente el capítulo sobre el corazón cuyo carácter esencial es evidente, no figuraba allí; no será hasta dos años más tarde, en Bujía, cuando Ibn ‘Arabî inserte ese pasaje: “Lo añadí, revela en el Kitab hilyat al‑abdâl, en Bujía, en el año 597; pero, numerosas copias ya habían circulado en el país en las cuales esta sección no figuraba.” Este testimonio es importante; en primer lugar, revela que las obras de Ibn ‘Arabî eran ya ampliamente difundidas en vida suya en el Occidente islámico; en segundo lugar, confirma que en algunos casos el Shayj al‑Akbar se ha visto obligado a completar o a modificar obras escritas varios años antes; conviene, como hemos señalado anteriormente, tenerlo en cuenta si se quiere establecer con la prudencia requerida la datación de sus obras y resolver algunas contradicciones aparentes entre las diversas indicaciones cronológicas relativas a un mismo texto.

A partir del mes de ramadán del año 595, perdemos la pista de Ibn ‘Arabî; no la volvemos a encontrar más que a principios del 597 en el Magreb. ¿Qué hizo durante ese largo período? ¿Prosiguió sus viajes? Si ése hubiera sido el caso, sin más remedio se habría entrevistado con sufíes en un momento u otro. Ahora bien, tal como lo hemos hecho notar antes, no encontramos en ninguna parte de su obra la menor alusión a un encuentro o incluso a un suceso cualquiera ocurrido en el 596. Es más: la fecha del 596 nunca es mencionada, que nosotros sepamos, en ninguno de sus escritos. Es como si, durante todo un año, el Shayj al­-Akbar se hubiera retirado completamente del mundo. Ante una ausencia tal de informaciones, todo lo más que se puede hacer es suponer que lbn ‘Arabî vivió ese año muy retirado, consagrándose quizá a sus escritos, retiros y preparativos para el gran viaje.

¿En qué año Ibn ‘Arabî abandona definitivamente al‑Andalus? Sin duda hacia finales del año 596, o a comienzos del 597/1200. Es en todo caso en esa fecha cuando lo encontramos en el Magreb, en Salé concretamente. En la reseña del Rûh al‑quds que consagra a su “maestro­-discípulo” Abu Ya’qûb Yûsuf al‑Kûmî, Ibn ‘Arabî indica que se separa de ese Shayj en Salé para dirigirse a Marrakech y compone para la ocasión un poema de adiós. Y sabemos además que Ibn ‘Arabî llega a la capital almohade en el 597, donde nuevas peripecias lo esperan. Hay, según al-Idrîsî, nueve días de marcha entre Salé y Marrakech; a medio camino entre las dos ciudades, el viajero atraviesa el valle de Umm Rabî’ donde se sitúan dos pueblos de nombre beréber cuya ortografía varía según los autoreS: Iyîsal, Yîsîl, para el primero; Anyâl o Anqâl, para el segundo”. La primera de esas dos ciudades -donde según Ibn Sâhib as­-Salâ, autor del Mann, el segundo sultán mu’miní, Abû Ya’qûb Yûsuf, poseía una casa- subsiste todavía en nuestros días con el nombre de

Guisser; en cuanto a la segunda, sabemos por al‑ldrîsî, que se encontraba cerca de la anterior. Ibn ‘Arabî hizo un alto en Iyîsâl; el nombre de esta pequeña población beréber, donde se detuvo un día del mes de muharram del año 597 (octubre/noviembre de 1200), va a quedar para siempre jamás grabado en su memoria. Para él, ese nombre evoca en efecto uno de los episodios más notables de su destino espiritual, aquel en que llegó al maqâm al‑qurba, la estación de la Proximidad:

«Llegué a ese maqâm de la Proximidad, en el mes de muharram del año 597, estando yo de viaje, en un lugar llamado Iyîsâl, en el Magreb. Loco de alegría, me puse a errar por esa estación, pero no vi a nadie más y esa soledad me dio miedo. ... Cuando penetré en ese maqâm en que me encontré solo y donde yo sabía que si alguien se me aparecía, no me reconocería, me puse a explorar todos sus rincones y recovecos. Aunque estaba realizando esa estación y lo que Al-lâh da a quienes llegan allí, ignoraba su nombre. Vi a las órdenes de Al-lâh mostrárseme y a Sus embajadores descender hacia mi, buscando mi compañía y mi amistad. En el estado de temor causado por mi aislamiento -pues no hay verdaderamente amistad nada más que entre seres de la misma especie- ­me volví a poner en camino.

«Encontré uno de los hombres de la Vía en un lugar llamado Anyâl, en cuya mezquita hice la oración de la tarde. El emir Abû Yahyá b. Waytân, que era amigo mío, llegó; se puso contento de verme y me invitó a pasar la noche en su casa. Pero, rechacé la invitación y preferí alojarme en casa de su secretario Con quien yo tenía gran amistad. Me quejé a este hombre de mi aislamiento en un maqâm que, por otra parte, me llenaba de gozo. Mientras él me consolaba, vislumbré la sombra de alguien; me levanté de mi lecho para ir hacia él, esperando que me proporcionara algún alivio. Me abrazó, lo examiné y vi que era Abû ‘Abdarrahmân as­-Sulamî, cuyo espíritu había tomado forma corporal para mí. Al-lâh lo había enviado por misericordia hacia mí. Le dije: “¡Veo que tú estás también en este maqâm! “ Me respondió: “Es en este maqâm donde la muerte me sorprendió y nunca cesaré de estar aquí! Le di a conocer mi aislamiento y me quejé de la falta de compañero. Me dijo: “¡El exiliado se siente siempre solo! Después de que la providencia te ha hecho acceder a esta estación, alaba a Al-lâh por ello ¿pues a quién se le concede ese privilegio? ¿No estás satisfecho de que Jadir sea tu compañero en este maqâm? ... Le dije: “Oh Abû ‘Abderrahmân, no conozco ningún nombre con el que pueda designar esta estación”. Me respondió: “llama la estación de la Proximidad (maqâm al‑qurba). ¡Realízala plenamente!”».

El “maqâm al‑qurba”, al cual únicamente los afrâd tienen acceso es, no lo olvidemos, la estación suprema de la walâya, el grado espiritual más elevado que pueda alcanzar, según el Shayj al‑Akbar, un santo (walî); situada inmediatamente por debajo de la estación de la profecía legisladora, recibe también en la obra de lbn ‘Arabî el nombre de estación de la profecía general, como hemos visto.

Reconfortado por las palabras de Sulamî, lbn ‘Arabî reemprende el camino hacia Marrakech. Fundada por el sultán almorávide Yûsuf b. Tashfîn a comienzos del siglo XI, demolida en parte y luego reedificada por el sultán ‘Abdelmu’mîn que ordenó la construcción de la famosa mezquita Kutubiyya, Marrakech había sido escogida como capital del Imperio almohade. Es allí donde reside, en 597/1200, el sultán an‑Nasir Abu ‘Abdal-lâh Muhammad b. Ya’qub, que ha sucedido a su padre Mansûr. Fallecido en 595/1199, poco tiempo después de que muriera el filósofo Averroes, a quien había vuelto a llamar a la corte después de haberle retirado su confianza en el 592, Mansûr lega a su hijo, después de 35 años de reinado, un imperio vasto pero frágil. Con la victoria de Alarcos y la tregua firmada en el 593, alejó, es verdad, la amenaza castellana; pero, la conquista cristiana no está contenida más que provisionalmente: menos de quince años después de su muerte, los cristianos aplastarán a los almohades en las Navas de Tolosa. Además, Mansur no supo acabar con la revuelta almorávide de los Banu Ganiya, quienes continúan, bajo el reinado de su sucesor, asolando Ifriqîya, llegando a apoderarse incluso de Túnez en 600/1203.

En el interior del reino almohade, el padre de an‑Nasir puso en pie una importante estructura administrativa dirigida por hombres de confianza que recomienda a su sucesor que mantenga en su puesto. En el campo de la arquitectura, el nombre de Mansûr ha quedado vinculado, como el de su padre, a numerosas realizaciones: acaba en Sevilla la célebre Giralda y, en Marrakech, la Kutubiyya y procede al mismo tiempo a obras de agrandamiento de la capital; por último, transforma totalmente Rabat, dotándola de dos largas murallas y de la famosa mezquita Hasan —hermana gemela, según es comúnmente admitido, de la Giralda y de la Kutubiyya. Mezquita jamás acabada, pero cuyo minarete, que todavía podemos contemplar hoy día, es el testimonio imperecedero de su pasado esplendor. De todas esa obras públicas, el autor del Mu’yib (p. 209) retiene sobre todo el magnífico hospital que el sultán hizo construir en Marrakech, adonde se desplazaba cada viernes para visitar a los enfermos, gratuitamente cuidados, alojados y alimentados.

Ibn ‘Idârî, por su parte, elogia al sultán por haber instruido, el mismo año de su muerte, el porte obligatorio de una vestimenta distintiva para los judíos; el autor del Bayân (III, p. 205) no oculta su aprobación ante tal iniciativa: “Entre sus méritos más conocidos, dice de al‑Mansur, está el hecho de que ordenó a los judíos llevar un atuendo distintivo obligatorio. Pues, en efecto, estos últimos habían tenido la audacia de llevar la misma vestimenta que los musulmanes y tomaban la apariencia de nobles por su ropa. Exteriormente, se parecían en su comportamiento a las demás gentes y no se les podía distinguir de los siervos de Al-lâh, de los creyentes. Mansur les impuso, pues, un atuendo característico, como el vestido de duelo que llevan las viudas, agrandando su túnica un palmo en largo y en ancho, de color azul, con un albornoz y un gorro igualmente azules.”

El reinado de su hijo Nasir marca el principio de la decadencia: es el de la gran derrota, la que va a sufrir el ejército almohade frente a las tropas de los reinos cristianos del norte en 609/1213 en Las Navas de Tolosa. Mas, por el momento, en ese año de 597/1200 cuando Ibn ‘Arabî llega a Marrakech, la ciudad resplandece, y nadie se percata de que el Imperio se acerca a su fin.

Para quienes tienen alguna familiaridad con la hagiografía musulmana, el nombre de Marrakech —ciudad que también recibe a veces el sobrenombre de “Tumba de los Santos”— es casi indisociable del de su “patrón” Abu l‑‘Abbâs as‑Sabtî (ob. 601/1205), al que Ibn ‘Arabî se apresura a visitar a su paso por la capital. Natural de Ceuta, Abu l­-‘Abbâs se instaló primeramente en las afueras de Marrakech, y luego, a petición del sultán Mansûr -decididamente preocupado por aliarse con los medios sufíes- acaba por fijar su residencia en la capital. Sus llamamientos repetidos a la caridad, sus virtudes, su abnegación y su generosidad suscitan la admiración en algunos y la exasperación en muchos otros. Irritados, los alfaquíes, según se dice, redactan un acta de acusación con la finalidad de someterla al sultán Ya’qûb. Pero, cuando este lee el documento, las acusaciones se tornan elogios...

Todos cuantos conocieron a Abu l‑‘Abbâs son unánimes sobre un punto: su apego casi obsesivo a la sadaqa, a la limosna. “Su doctrina (afirma Tâdilî, que le trató durante mucho tiempo) giraba en torno a la sadaqa.” Averroes expresa lo mismo cuando declara que, para Abu l‑‘Abbâs, “la Existencia procede de la generosidad”. Por lo tanto, no nos sorprende ver que Ibn ‘Arabî designa a este personaje con el apelativo de “sâhib as‑sadaqât”, el “dador de limosnas”. Ofrece además con respecto a él precisiones que no figuran, que nosotros sepamos, en ninguno de los biógrafos de Sabtî: “Me refirió Abu l‑‘Abbâs sobre él mismo que le había pedido a Al-lâh que le diese anticipadamente en esta vida todo cuanto tenía reservado para él en la Vida Futura, cosa que Al-lâh hizo. Así, infligía la enfermedad y conseguía la curación, hacía vivir y hacía perecer, daba el poder a ciertos hombres o se lo retiraba, gracias a la práctica de la limosna ... Me informó de que, no obstante, había apartado, para que Él se los guardara, los méritos correspondientes a una limosna de un cuarto de dirham para su Vida Futura ... Practiqué eso también en mis comienzos y constaté cosas maravillosas, pero en mi caso o en otros similares, hemos obtenido eso de Al-lâh sin haberlo pedido”.

Ibn ‘Arabí entabla amistad igualmente con otro sufí de Marrakech, Muhammad al‑Marrâkushî, desconocido, según parece, para los hagiógrafos. La divisa iniciática (hiyyr) de este walî era el versículo “Soporta pacientemente la decisión de tu Señor, pues te vemos” (Corán 52‑48); de esa aleya había extraído una excepcional capacidad para soportar alegremente las desgracias: “Jamás, escribe a propósito de él Muhyiddîn, lo vi agobiado; aceptaba las calamidades con gozo y risa. ... Además, era de los más rigurosos en cuanto al respeto de los momentos prescritos para los actos de adoración; no he encontrado nunca a nadie que le igualara en esa estación” Por su parte, Muhammad al‑ Marrâkushî le profesaba a lbn ‘Arabî un profundo afecto, y no lo dejaba ni un instante, ni de día ni de noche. Cuando vino le momento inevitable de la separación, la tristeza, por una vez, le ganó la partida a la alegría: “Ningún hermano se desoló tanto como él de mi partida cuando lo dejé para trasladarme a este país.”

Desde Marrakech a Meka queda todavía un camino muy largo, sobre todo teniendo en cuenta que lbn ‘Arabî se empeña en hacer en el Magreb lo que ha hecho en al‑Andalus: visitar y saludar a todos cuantos, de una manera u otra, han participado en su aventura espiritual. De Marrakech se traslada, pues, a Fez para encontrarse sobre todo con un llamado Muhammad al‑Hassar, pues Al-lâh le ha ordenado, en el curso de una visión, que lo tome como compañero en su largo periplo hacia Oriente. Así nos cuenta Ibn ‘Arabî ese episodio:

«Has de saber que Al-lâh ha puesto pilares de luz para sostener el trono, ignoro su número, pero los he visto. Su luz semeja el destello del relámpago. Sin embargo, el trono proyecta una sombra donde reside una quietud inefable. Esa sombra es la de la concavidad del trono, y vela la luz de Quien está allí sentado, el Misericordioso. Vi igualmente el tesoro que se halla bajo el trono, que es de donde salieron las palabras no hay fuerza ni poderío si no es por Al-lâh el Sublime, el Magnífico”. Ese tesoro es Adán, que la paz sea sobre él. Vi debajo muchos otros tesoros que reconocí, y bellos pájaros que volaban alrededor. Vi uno que era más hermoso que las demás, que me saludó y me hizo saber que debía tomarlo como compañero para ir a Oriente. Yo estaba en Marrakech cuando todo esto me fue desvelado. Pregunté: “¿Quién es ese compañero?” Se me respondió: “Es Muhammad al-Hassâr, de Fez; él le ha pedido a Al-lâh partir hacia el Oriente, tómalo contigo.” Respondí: “Oigo y obedezco”. Tras lo cual le dije a quien era aquel pájaro: “¡Serás mi compañero, si Al-lâh quiere!” Cuando llegué a Fez, pregunté por ese hombre y él vino a visitarme. Le dije: “¿Has pedido algo a Al-lâh? — En efecto, respondió, Le he suplicado que me haga llegar a Oriente, y me fue dicho: ‘Fulano te llevará’; desde ese momento, te espero.” Lo tomé como compañero en el año 597 y lo llevé conmigo a Egipto, donde muríó.»

En conipañía de Muhammad al‑Hassâr y probablemente de Habashî, Ibn ‘Arabî se encamina ahora hacia Ifrîqiya. Sin duda se detiene en Tremecén, ciudad situada a ocho días de marcha de Fez, para decir adiós allí a algunos amigos. Es en todo caso bastante seguro en esa época, en 597/1201, que vaya en peregrinación a la tumba de Abu Madyan en ‘Ubbâd, no lejos de Tremecén”. Infatigable peregrino, Ibn ‘Arabî remonta a continuación hacia el norte y bordea la costa hasta Bujía. Es esta ciudad, todavía completamente impregnada de la presencia del santo magrebí, donde el Shayj al‑Akbar se ve unido en matrimonio a todas las estrellas del cielo y luego a todas las letras del alfabeto.

Intrigado, le pide a un amigo que someta su sueño a un interpretador de sueños, haciéndole prometer que no revelaría su nombre: «Cuando mi sueño le fue expuesto a ese hombre, quedó muy impresionado y declaró: “Eso es el mar sin fondo; quien ha tenido ese sueño recibirá una parte de las ciencias celestes, de las ciencias escondidas y de los misterios de los astros y de las letras, como ninguna otra persona ha obtenido en su época”. Se calló un instante y luego dijo: “Si quien ha tenido ese sueño se encuentra en esta ciudad, no puede ser más que ese joven andalusí que acaba de llegar” (y me mencionó). Mi compañero se quedó confundido y estupefacto. Seguidamente el hombre le repitió: “¡No puede ser más que él, es inútil ocultármelo! —Sí, es él, reconoció mi compañero.” “En esta época, continuó el hombre, tal cosa no podía serle dada nada más que a él. ¿Podrías traérmelo para que lo saludara? — No haré nada sin su autorización. “Me consultó y le dije que no volviera a aquella casa. Y yo continué mi viaje casi inmediatamente después.»

Gubrînî (ob. 704/1304), que relata detalladamente tal episodio -apoyándose aparentemente sobre un testimonio oral (dzukira lî)- afirma por otra parte que Ibn ‘Arabî se entrevistó en Bujía con un tal Abu ‘Abdal-lâh al‑‘Arabî; cosa curiosa, en la reseña que consagra a este santo”, el autor del Unwân ad‑Dirâya se apoya esencialmente sobre el testimonio -forzosamente escrito- del Shayj al‑Akbar. Sin embargo, por nuestra parte, no hemos podido encontrar hasta ahora ninguna mención de este personaje en los escritos de lbn ‘Arabî. Sea lo que fuere, según el paisaje referido por Gubrînî, Ibn ‘Arabî parece considerar a ‘Abdal-lâh como un malâmî, o, por lo menos, un walî que ocultaba su verdadero estado espiritual haciéndose pasar por un retrasado mental.

“Ocultaba lo que era en realidad y lo disimulaba tomando la apariencia, durante toda su vida, de un chiflado. Partía cada año de Bujía en el mes de dû l‑hiyya para realizar la peregrinación, y volvía sin que nadie se percatara de ello, excepto quienes están informados de los misterios y los secretos.”

Desde Bujía, lbn ‘Arabî continúa bordeando la costa hasta Túnez, última etapa antes del gran viaje, una etapa larga, además, puesto que va a durar, según sus propias palabras, nueve meses, pasados en compañía del Shayj ‘Abdal‘azîz al‑Mahdawî, del sirviente de este último, lbn al­-Murâbit, y de su propio compañero Habashî. Reunidos en un mismo lugar, estos cuatro hombres son al universo lo que los cuatro “ángulos” son a la Ka’ba: “Éramos los cuatro pilares sobre los que descansa el ser del universo y el Hombre perfecto; nos separamos en ese estado, a causa de un cambio que había sobrevenido, pues yo había decidido realizar la Gran y la Pequeña Peregrinación para volver a continuación junto a tu =de al‑Mahdawî noble compañía. ¿Estará Ibn ‘Arabî diciéndonos que ignoraba, cuando abandonaba el Occidente islámico en 598/1201 para desplazarse a los lugares santos, que no volvería a ver jamás su país natal? Esta interpretación literal del texto citado no nos parece apenas convincente. La manera como se ha despedido metódicamente de los seres y los lugares que habían marcado su juventud, la certeza, tan a menudo expresada, de una vocación cuyo ámbito se extiende mucho más allá de los límites del Occidente, nos parece que excluyen que haya podido considerar su partida como una simple ruptura provisional con su pasado.

Él es muy probablemente consciente de que no volverá a ver —al menos en este mundo terrestre— ni a Mahdawî, ni a ninguno de los que ha dejado en al‑Andalus. Esta certeza la saca sin duda, sobre todo, de la visión que, según dijo, Al-lâh le otorgó en 589 en Algeciras, y durante la cual le fue dado contemplar todo su futuro. La veracidad de tal visión ha quedado confirmada cuando en Fez, en el año 594/1198, se ha visto designado para asumir la suprema función de hatm al‑awlîya’ “sello de los santos”; una función cuyo carácter de universalidad implica que, de la periferia del mundo islámico, se dirija hacia su centro y se establezca allí. Pero, la amistad conserva sus derechos. Expresión de una añoranza, formulación de un deseo sin esperanza o palabra consoladora destinada a quien él sabe haber dejado para siempre jamás, ese inciso no puede hacer fracasar un decreto divino del que Ibn ‘Arabî, mejor que nadie, conoce la imprescriptible autoridad.

*Capítulo IX de Ibn‘Arabî o la búsqueda del azufre rojo, de Claude Addas, traducción de Alfonso Carmona González. Editora regional de Murcia, 1996.
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