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La condición humana en un mundo inhumano

Consideraciones sobre Occidente

28/01/2008 - Autor: Sergio Trallero Moreno - Fuente: Webislam
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El grito del hombre occidental desamparado, sin rumbo.
El grito del hombre occidental desamparado, sin rumbo.

El actual estado de cosas obligará a más de uno, en momentos, a una profunda reflexión en soledad sobre el rumbo de esta humanidad que, aunque no paremos de criticar con desaliento, no por eso es más extraña y menos próxima a lo más íntimo de nuestro ser. El hecho es que, para bien o para mal, “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” decía proverbialmente Terencio.

Los avatares que nos han tocado vivenciar a los hombres del siglo XX exigen apercibir lo humano desde nuevos horizontes, más allá de la historia (y no hace falta que Fukuyama nos hable de su “fin de la historia” neoliberal), o aun diría más, más allá de toda categoría de las llamadas “ciencias humanas”: sociologías, psicologías, antropologías, políticas, etc. Y es que la concepción moderna de la naturaleza humana que las sustenta se ha derrumbado porque reposaba sobre principios erróneos: el optimismo ilustrado de la Modernidad, la fe ciega en la razón como único elemento emancipador del género humano, ha forjado una serie de ideas como las de progreso casi lineal, la libertad (o liberalismos) a través de un individualismo patológico, la ciencia como tecnocracia sobre la Naturaleza, etc.; entramado de ideas que han conformado una cultura en la que el hombre (con minúsculas), se ha puesto en el centro del universo, como medida y ombligo de todas las cosas, pero incapaz de concebir algo mayor que él que dé sentido a su existencia. Todo intento de comprensión de una realidad mayor no pasa de ser una proyección de los propios velos que le limitan. Y es que como reacción a un teocentrismo ya caduco y deformado, se erigió un homocentrismo ingenuo como principio absoluto.

Inevitablemente era un destino que un hombre que se concibe a sí mismo como sola razón en un universo mecanicista acabara volcado a una razón instrumental muy sofisticada en los medios pero cada vez más ciega en los fines, en el sentido último de las cosas. Si la Modernidad ha fracasado es así porque ha sido la única corriente de pensamiento del ser humano que para afianzarse ha necesitado romper con la tradición; y es que toda civilización se sustenta y obtiene sus principios y valores de la herencia cultural de sus ancestros. Renunciar al pasado, a la sabiduría del origen, es renunciar a la esencia, a la raíz que sustenta y nutre toda cultura. El hombre moderno se afirma como nuevo y, confrontado a toda tradición, rechaza la madre que le ha dado a luz, completamente independiente y librepensador, como queda claramente ejemplificado en Descartes, al intentar pensarse a sí mismo, al mundo y a Dios desde cero, desde el “pienso, luego existo”.

Un sujeto que piensa en primera persona no es la condición de su existencia, sino que ésta es mucho más amplia y profunda como para agotarse y capturarse en la mente de un individuo atomizado. Si el “yo” omitido por Descartes se identifica a la razón pensante quedan castradas todas las posibilidades creativas del espíritu humano, toda la riqueza de significados que apuntan a lo metafísico desde facultades superiores. La única Autoridad capaz de fundamentar una cosmovisión es la del Espíritu que se despliega en la tradición desde el origen mismo, y no la de un subjetivismo coloreado de preferencias y gustos limitados por la individualidad.

Toda cultura es sana mientras se edifica en los pilares de la Tradición (que en su esencia profunda es siempre la misma), ya que los valores que ésta aporta unifican y dotan de coherencia a una comunidad social que sin ellos permanecería fragmentaria y dispersa. Un proceder que va del Todo a la parte, que fundamenta a esta última desde el primero, es el único orden que se da en la naturaleza para que sea un Cosmos, no sólo ya humanamente sino existencialmente. La esencia de las cosas se manifiesta a través del Símbolo, significado sintético que determina una serie de accidentes individuales y no viceversa. Los símbolos, como arquetipos, configuran la mentalidad humana y originan dinámicas y estructuras que rigen todas las pautas de interacción: intersubjetiva, en relación con el mundo, en relación con Dios (con el Origen o lo Absoluto), etc., conformando así mitologías, religiones, ciencias, artes, todas ellas expresiones de una misma realidad y subordinadas a unos principios superiores de orden metafísico.

El símbolo responde siempre a un legado generacional en el que resulta imposible discriminar su origen, sin por ello renunciar a su legitimidad. En el extremo opuesto la Postmodernidad, en su vacío laico, ha llegado a “inventarse” nuevas mitologías (o antimitologías) subordinadas a principios puramente individualistas, consumistas o de mercado: la industria del cine y de la música como fenómeno de masas, los fetiches más inverosímiles, idolatrías variopintas y de estampita, esoterismos de bazar, el fútbol, o el carné político son los máximos símbolos rectores en la vida del hombre postmoderno.

El gran fallo de la Modernidad ha sido que ha abocado todo al individuo y al potencial de su razón con una veneración religiosa, olvidándose de que la realidad no puede comprenderse únicamente dividiéndola, racionándola, o si se quiere “racionalizándola”, pues se requiere de principios supraindividuales que no son propiedad de un sujeto con mayor pericia o habilidad racional sino que son transmitidos por la Tradición misma y producen una síntesis unificadora hacia un conocimiento totalizante.

En efecto, en el siglo XX se ha llegado a testimoniar en distintas corrientes y signos de los tiempos que la cultura occidental se encuentra profundamente enferma: las sutiles visiones de Nietzsche ampliadas por Heidegger, los existencialismos en tiempos de guerra, la nefasta experiencia de los marxismos y fascismos, el holocausto judío e Hiroshima, la mecánica clásica destronada por la mecánica cuántica, el subconsciente de Freud, el materialismo y ateísmo generalizados, las críticas de Weber ante un “mundo desencantado”, las vanguardias en el arte, su banalidad y la postmodernidad, la debilidad demagógica de las democracias, una ciencia sometida peligrosamente a una tecnología contranatura, la globalización económica desbocada, la razón ilustrada convertida en nihilismo, el stress en la sociedad de la información instantánea, el conflicto irresoluble con Oriente, el cambio climático, no son más que los primeros síntomas de una cultura condenada a la dictadura del relativismo de unas masas autosatisfechas e inconscientes del mundo en el que realmente viven.

La sociedad de masas nace cuando la masa de la población se ha incorporado a la sociedad y también dispone de bastante tiempo libre para la cultura. Y es precisamente en esta desintegración cultural cuando la cultura se convirtió en lo que la gente empezó a llamar un valor, es decir, un bien social que podía ponerse en circulación y convertirse en dinero a cambio de todo tipo de valores, sociales e individuales: se puede ver en estas “rebajas de los valores” el fin melancólico de la gran tradición de Occidente. Y es que la sociedad de masas no quiere cultura sino entretenimiento, y la sociedad consume los objetos ofrecidos por la industria del entretenimiento como consume cualquier otro bien, pues son útiles para el proceso vital de la sociedad, que los fagocita y los destruye. El resultado no es la cultura de masas, que en términos estrictos no existe, sino más bien el entretenimiento de masas, que se alimenta de los objetos culturales del mundo. La cultura se prostituye así no ya conformando al hombre hacia directrices superiores, hacia valores universales, sino que el hombre, o mejor dicho el individuo como único valor, conforma la cultura a su gusto para consumirla.

El hombre actual es así un náufrago en un mundo sin sentido, pues el individuo a quedado aislado en un estado de solitud existencial extremo. La velocidad de los tiempos, el aceleramiento frenético que lleva esta bola de nieve, en gran parte por los avances en las tecnologías de la información, hace prácticamente imposible cualquier intento de asimilación intelectual de la realidad cambiante que nos envuelve, creando una especie de inconsciencia colectiva de la humanidad. Ya es imposible parar el tiempo (interior), pues el exceso y rapidez de estímulos visuales, textuales, sonoros, a modo de nubarrones nos impiden vislumbrar con claridad una orientación, una conformidad con nuestro ser más genuino, que nos haga sentir realizados como seres humanos, como fines en sí, y como habitantes de este planeta, y no como esclavos de un sinfín de inercias que nos enferman, física y emocionalmente.

Sobre lo que se entienda por tradición de la cultura occidental es un tema demasiado complejo y arduo para abarcarse objetivamente al encontrarnos inmersos en ella con nuestras propias categorías de pensamiento. Sin entrar en el legado esotérico que vivifica toda forma cultural mediante una transmisión oral, realidad desconocida o negada por las estrechas miradas de la historia académica, el hecho es que más allá de la evidente influencia del Cristianismo nos tendríamos que remontar a la Grecia clásica y sus primeros filósofos. Pero se considere a Sócrates o a Cristo como adalides habrá que aceptar que ambos vinieron de Oriente y que si fueron “occidentalizados” fue debido al proceso de romanización que se los asimiló a través del Imperio.

De hecho el sol surge de oriente y se pone en occidente, y que cada cual saque conclusiones de este claro simbolismo. También resulta significativo que en estas últimas décadas el vacío de sentido y la falta de valores trascendentes de Occidente haya permitido que entren como aire fresco doctrinas tradicionales orientales, como el budismo, el zen, el taoísmo, el sufismo, etc. Otra cosa es que estas formas culturales hayan sido pasadas por los filtros consumistas occidentales, prácticamente perdiendo toda su pureza original.

Parece como si el hombre occidental haya clausurado los intentos de una vana hermenéutica de sus orígenes y necesite dar el rodeo por Oriente para adquirir consciencia de su verdadera identidad humana, en busca de una trascendencia ya olvidada aquí. Tal vez porque los tiempos en que nos ha tocado vivir sean más “trascendentales” de lo que imaginamos y sea el momento en que la humanidad se identifique con el sol espiritual del mediodía, el sol que no produce sombra y que ilumina tanto Oriente como Occidente. 

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