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Peregrinos en la Mecca

24/01/2008 - Autor: Hajj Wilfredo Amr Ruiz
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Hajj WIlfredo Amr Ruiz entrega copia del Quran al Gobernador de Puerto Rico: Aníbal Acevedo Vilá
Hajj WIlfredo Amr Ruiz entrega copia del Quran al Gobernador de Puerto Rico: Aníbal Acevedo Vilá

En el nombre del Más Grande, el Creador.

Seguramente todos nuestros lectores han escuchado sobre Meca aún sin ser musulmanes o conociendo poco del Islam. Esto obedece a que en esa ciudad, han peregrinado y seguirán peregrinando cientos de millones de creyentes, por voluntad de Dios. Allí llegamos sobre dos millones de musulmanes de todos los continentes del mundo que, uniéndose a otros tantos de la misma Península Arábiga, sumaron más de cuatro millones de peregrinos que asistimos al “Hajj” o Peregrinación Mayor; uno de los pilares del Islam.

Esta peregrinación no consiste en una excursión a lugares sagrados del Islam; sino más bien se fundamenta en la práctica de rituales de adoración en los que cada peregrino fervorosamente participa. Por limitaciones de espacio no podré narrarles la mayoría de mis vivencias; pero aquí les comparto algunas.
Ya dentro del el avión comienza la recitación de los peregrinos: “Labaik Allahuma Labaik”: “Aquí estoy, Oh Señor”. Al llegar al aeropuerto de Yeddah pasamos procesos fluidos y organizados. De allí tomamos un autobús a un hotel en Meca, ciudad de abundantes lomas, donde caminamos a la Mezquita Al Haram. Admito que nunca había atestiguado semejante multitud de seres humanos congregados. Igual conmovió mi más íntima fibra espíritual estar dentro de esa misma masa humana postrándose en oración. En el patio interior de Al Haram ubica el Kabbah: la mezquita sagrada hacia donde nos tornamos en oración diariamente. Fue reconstruida por el profeta Abraham y su hijo el profeta Ismael como lugar de adoración al Dios Único: “Y cuando Ibrahim e Ismail erigieron los fundamentos de la Casa, (rezaron): ¡Señor nuestro haz que estemos sometidos a Ti y haz de nuestra descendencia una comunidad sometida a Ti.” (Qur’an 2: 126-127)

Para visualizarlo imagínense un estadio, pero con capacidad de un millón quinientas mil personas. Figúrense que se llena a capacidad y el estacionamiento también, pero de gente que se desparraman hasta todas las calles y aceras que le rodean. Alineados colocan sus alfombras frente a ellos, algunos horizontalmente para compartirla con el vecino y otros simplemente se preparan a postrarse directamente en la tierra o brea. La actividad comercial se paraliza así como el tránsito vehicular cuadras atrás. El silencio, a pesar de la multitud, abarca todo. De repente se escuchan los altavoces que alcanzan la región proclamando: “Allahu Akbar”: Dios es el Más Grande. Levantamos las manos e inclinamos los rostros. Escuchamos la recitación del Qur’an cual melodía espiritual significando: “Las alabanzas a Dios, Señor de los mundos…; Soberano del día del Juicio Final, sólo a Ti te adoramos, sólo en Ti buscamos ayuda.” (Qur’an 1: 1,3-4). Al unísono postramos nuestros rostros sometiéndose al mandato divino.

Otro día nos desplazamos al monte Arafat. El monte y valles circundantes quedaron cubiertos de millones formando una alfombra humana. En este evento cúspide del peregrinaje pasamos una tarde en constante oración. Luego pasamos la noche en Muzdalifah y recogimos unas piedritas para al próximo día lanzarlas en Mina, donde ubican tres pilares (Jamarat) que simbolizan a Satanás. Este acto evoca la ocasión en que el profeta Abraham apedreó a Satanás cuando le tentaba persuadiéndole de no someterse a la orden de Dios de sacrificar a su hijo.

De regreso en Meca circunvalamos el Kabbah. Ver la multitud de gente en constante movimiento desde el nivel más alto de la mezquita es portentoso. Evoca las gráficas satelitales que vemos en los noticiarios de huracanes en movimiento sobre la tierra, algo único. También caminamos entre las lomas llamadas Safa y Marwa; como hizo Hagar, madre del profeta Ismael, hijo de Abraham. Ella ansiosa, junto a su hijo, corrió ese mismo tramo en busca de agua rogando la misericordia de Dios. El profeta Ismael, niño aún, golpeó la tierra con sus pies provocando, por voluntad de Dios, que surgiera el manantial del Zam Zam, del que aún hoy día emana agua con la que los peregrinos sacian su sed.

Allí donde nos congregamos tantos millones de musulmanes no presencié ninguna muestra ni llamado al odio, intolerancia o violencia. Sólo respirábamos paz, devoción y oración.

Hajj Wilfredo Amr Ruiz es Capellán Musulmán
wruizlaw@herenciaandalusi.com
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