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Casi todos somos buenos

17/01/2008 - Autor: María José Atiénzar - Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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Es difícil cambiar el temperamento definido por la biología básica, pero hay numerosas formas de domarlo y mitigarlo.
Es difícil cambiar el temperamento definido por la biología básica, pero hay numerosas formas de domarlo y mitigarlo.

Tenemos un cerebro “social” que nos permite relacionarnos con el entorno. Pero también un cerebro “ético”, asociado con el libre albedrío, la responsabilidad personal y el derecho. Así lo afirma Michael Gazzaniga, director del Centro para el Estudio de la Mente en Estados Unidos y profesor de la Universidad de California.

Aunque la psicología social ha avanzado mucho, es reciente el estudio de los mecanismos biológicos implicados en la socialización

Aunque la psicología social ha avanzado mucho, es reciente el estudio de los mecanismos biológicos implicados en la socialización. Se trata de conocer el cerebro social desde la neurociencia. Gracias a los avances en las tecnologías de imagen cerebral, se está analizando lo que esto supone: nuestras actividades cotidianas, la toma de decisiones que afectan a los otros, dónde estamos, cómo nos influye nuestra pareja, lo que piensan quienes nos rodean, qué hacen los hijos, o qué pensamos sobre nosotros mismos. Toda esta información se puede estudiar ahora.

Es difícil cambiar el temperamento definido por la biología básica, pero hay numerosas formas de domarlo y mitigarlo. Nacemos con un único cerebro, y las interacciones sociales se producen precisamente por las características específicas del cerebro humano. Pero también hay mucho que aprender social y culturalmente.

Era habitual pensar que con el simple hecho de crecer en una familia uno sabía muy bien qué era lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. Era una ética esencial aprendida en casa. Pero en las sociedades actuales, donde las relaciones son complejas y los modelos cambiantes o ausentes, se dan casos de familias disfuncionales. Hay hogares donde los niños no reciben ningún tipo de formación ni encuentran referentes. Sus modelos pueden ser los amigos, la televisión o cualquier héroe o villano encontrado en Internet.

Se dan casos en los que, aún recibiendo la misma educación, los hijos de una familia tienen un cerebro ético y social distinto. Según la neurociencia, el cerebro humano está preparado para responder a los estímulos sociales y juicios morales. “Con frecuencia nos olvidamos de que la mayoría de las personas se comportan bien. Sólo el 1% de la población se comporta mal, de manera que son muchas más las personas buenas que las malas. Pero las malas también existen”. Expresa Gazzaniga. La responsabilidad es una regla, una norma y existe en un grupo social. La responsabilidad no está en el cerebro, sino que forma parte de las normas sociales, está en la cultura. Si una persona viviera sola, no tendría que ser responsable, pero sí tiene que serlo si vive en sociedad. Con la interacción necesitamos un acuerdo social y todos podemos seguir las normas.

Dentro de este campo científico apasionante existe un debate sobre en qué momento el ser humano tiene un cerebro funcional. Las posturas difieren de formas agresivas porque entran grandes en cuestión temas éticos como el aborto o la eutanasia. ¿Cuándo nace el cerebro?, ¿cuándo se produce la muerte cerebral?

Para los científicos, a las 26 semanas de gestación, el cerebro ya está empezando a desarrollarse y puede sentir dolor psicológico. “Lo único que se puede decir con certeza es que a los 14 días en el embrión no hay cerebro, y éste es un dato importante, porque los científicos que investigan con células madre en medicina regenerativa utilizan células embrionarias de menos de 14 días”. Eso podría arrojar luz y límites a este debate.

Se admite la muerte cerebral cuando no hay actividad en el cerebro y se acepta la muerte cerebral para poder extraer los órganos de un cuerpo humano. Del mismo modo ¿se podrían utilizar o donar a la medicina organismos que no tienen cerebro? En esta cuestión, algunos apelan a la potencialidad, es decir, a que ese embrión podría llegar a tener un cerebro. No es sencillo llegar a acuerdos.

La muerte cerebral se inicia en la corteza, rápidamente afecta a todo el cerebro y termina siendo una muerte de todo el cuerpo. Son los neurólogos quienes determinan el momento en el que el cerebro ya no funciona y es un estado irreversible, final. En un estado vegetativo, sin embargo, los neurólogos no saben si dicho proceso es irreversible, pues se han dado casos de enfermos que despiertan de ese estado. El debate está en que algunos rechazan declarar la muerte mientras siga latiendo el corazón y pretenden revisar el concepto de muerte cerebral.

Para el catedrático californiano “sería un error tratar de distinguir entre muerte y muerte cerebral, porque todo lo que nos preocupa de la muerte humana está relacionado con el cerebro”.

María José Atiénzar es Periodista.
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