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George Bush frente a su destino

08/01/2008 - Autor: René Naba - Fuente: Rebelión
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El día 8 de enero de 2008 George Bush regresa a Oriente Próximo -para negociar su lugar en la historia-, con la intención impulsar una nueva dinámica de paz entre israelíes y palestinos, mientras ya ha comenzado la cuenta atrás de su salida del poder con las elecciones primarias de Iowa el pasado 3 de enero.

En el escenario de sus crímenes, al que no había vuelto desde el lanzamiento de la hoja de ruta hace cinco años, el presidente estadounidense va a tomar conciencia de sus fracasos y sus frustraciones. Conjurar a la suerte, en resumen, para que este desastre no le sitúe en la historia como presidente más nefasto de Estados Unidos.

Cinco años después del lanzamiento de la hoja de ruta, a raíz de la invasión estadounidense de Afganistán en 2001 y de los preparativos de la invasión estadounidense de Iraq en 2003, el «Gran Oriente Medio», el proyecto estrella de la administración neoconservadora es un campo de ruinas:

- Iraq se convirtió en un cementerio de la potencia estadounidense e Irán, de rebote, en potencia regional de hecho, ganándose de repente el título de «nuevo enemigo público número 1» de la diplomacia estadounidense y susceptible, por lo tanto, de una ofensiva militar.

- Su sustituto kurdo pasó a ser el objetivo de la aviación de su principal aliado musulmán, Turquía.

- Líbano aparece como la abolición traumática del mito de la imbatibilidad militar israelí y escenario de la carbonización de la punta de lanza del eje estadounidense-saudí, el ex Primer Ministro suní Rafic Hariri

- El Estado palestino, píldora dorada mágica de la diplomacia occidental, se ha reducido a su mínima expresión en Cisjordania.

- Gaza se ha convertido en «Hamasland», feudo del nuevo radicalismo palestino,

- Así, sus socios de la zona, Noury Al-Malki (Iraq), Mahmoud Abbas (Palestina), Fouad Siniora (Líbano) y Ehud Olmert (Israel) se mantienen por respiración asistida y los autócratas árabes, el Rey Abdalá de Arabia Saudí, el presidente egipcio Hosni Moubarak, el coronel Muammar Gadafi de Libia, y el presidente tunecino Zineddine Ben Ali, están perfectamente consolidados en sus puestos.

Más aspectos de la política estadounidense en el otro extremo del arco de la crisis: En Afganistán, «la guerra contra el terrorismo» sigue aleteando con la persistencia de la guerrilla talibán contra el presidente Hamid Karzai –a quien se denomina irónicamente «el alcalde de Kabul», como mofa de su ridícula zona de competencia- y sobre todo el asesinato de Benazir Bhutto, el suspenso más amargo para la política estadounidense con respecto al Islam asiático desde los atentados contra EEUU del 11 de septiembre de 2001.

Al final de la conclusión de un acuerdo entre el presidente paquistaní Pervez Musharraf y Estados Unidos, Benazir Bhutto, heredera de la dinastía política paquistaní más poderosa, debía servir de fianza democrática a la junta militar que asesinó a su padre, Zulficar Ali Bhutto, ejecutado en la horca.

El asesinato de la niña bonita de los estadounidenses seis semanas después de su regreso del exilio a Rawalpindi, sede del Estado Mayor paquistaní y de los servicios de inteligencia -entre ellos el temible ISI (Inter Services Intelligence)-, que además era la capital de Pakistán en la época en que Zulficar Ali Bhutto ejercía sus responsabilidades de jefe del gobierno, ha conferido una mayor resonancia al enorme desastre de la diplomacia estadounidense, de una amplitud comparable al asesinato del presidente egipcio Anuar El Sadat en 1981; al del jefe afgano, el comandante Massud Sha, unos días antes de los atentados de septiembre de 2001; al del presidente provisional de Líbano Bachir Gemayel en 1982 a raíz de la toma de Beirut por el ejército israelí o al del Primer Ministro libanés Rafic Hariri en 2005.

En Israel y Palestina, más allá de los interlocutores designados, Ehud Olmert y Mahmoud Abbas, y a contracorriente de sus aliados electorales y consejeros en la sombra, especialmente el vicepresidente Dick Cheney y la cohorte del cristianismo sionista, George Bush va a conjurar a sus fantasmas, metáforas del callejón sin salida estadounidense: Ariel Sharon y Yasser Arafat, el ex Primer Ministro israelí, su socio activo en la brutal política unilateral a quien el coma biológico hundió simbólicamente en el coma político, y el representante del movimiento nacionalista palestino al que un indignante confinamiento magnificó a su muerte.

Ariel Sharon, punto de partida del cambio de orientación de la política israelí a quien ningún dirigente occidental ha vuelto a mencionar públicamente en los discursos oficiales dos años después de su caída en el coma, y Yasser Arafat, punto de fusión de la memoria palestina.

En un gesto que parece el despertar brutal de un sueño dogmático, George Bush reactivó las negociaciones de paz en Annapolis (Maryland), en la sede de la Academia naval estadounidense, el 27 de noviembre de 2007, exhortando a sus amigos -los generosos donantes árabes desacreditados y los aliados occidentales desautorizados en la debacle iraquí-, a entregar 7.500 millones de dólares (siete mil quinientos millones de dólares) a Palestina. Esta suma excede en dos mil millones de dólares la petición palestina inicial.

Pero esta insólita generosidad nunca vista en los anales diplomáticos internacionales tratándose de una petición árabe, está destinada prioritariamente a mantener a flote a una autoridad palestina agotada y por lo tanto abocada a suscribir el nuevo acuerdo que prepara Estados Unidos, pero que le expone a una seria confrontación con su rival ideológico Hamás, a quien los occidentales y sus aliados en la región pretenden vencer no por las armas, sino con el señuelo de la abundancia, una forma hipócrita de prevaricación por el apoyo.

Que nadie se llame a engaño. Que nadie se deje embaucar por ese arrebato de generosidad del que el principal beneficiario será Israel, la potencia ocupante cuyo ejército controla el espacio aéreo, terrestre y marítimo del bantustán palestino, así como su espacio aduanero y comercial, el desplazamiento de la población y sus dirigentes políticos, su mano de obra, exportaciones y el suministro de agua, electricidad y alimentos, en resumen, todo el espacio vital de Palestina (1) con la complicidad de los occidentales y la pasividad de los regímenes árabes aliados de Estados Unidos.

Una semana después de la conferencia de los países donantes de París, el 24 de diciembre, víspera de la Navidad, el gobierno israelí licitó la construcción de 750 viviendas complementarias en los territorios palestinos ocupados. Una medida manifiestamente ilegal que además corroe un poco más el futuro mísero Estado palestino que los occidentales quieren construir, como pago de todas las deudas, en una superficie que representa el 20% del total del territorio de la antigua Palestina del Mandato británico.

Las autoridades de ocupación israelíes han establecido ilegalmente cuatrocientos cincuenta (450) puestos militares de control y ciento treinta y cinco (135) colonias salvajes en los territorios ocupados gangrenando el espacio vital palestino, estrangulando su economía, asfixiando a su población y rompiendo su continuidad territorial, por no hablar del nuevo «Muro de Brandenburgo» construido alrededor de Jerusalén y declarado totalmente ilegal por el Tribunal de Justicia Internacional.

Pero nadie en la comunidad de los países occidentales se aventuró -o se atrevió- si no a condenar, al menos a señalar esa medida que firma descaradamente la sentencia de muerte de la conferencia de Annapolis.

Nadie, ni George Bush ni Nicolas Sarkozy, el sucesor de Tony Blair en el puesto de compañero de fatigas del presidente estadounidense, el nuevo pequeño genio de la diplomacia internacional, veraneante de lujo de crucero por el Nilo, demasiado adormecido por los susurros de la nueva dueña de su corazón para denunciar este atentado manifiesto al Derecho Internacional contrario al proceso de paz y al espíritu de Annapolis (2).

(1) Para más información, los dos últimos libros aparecidos sobre esta cuestión (en francés): Israël confronté à son passé, de Sébastien Boussois, L’Harmattan, diciembre 2007 y Comment Israël expulsa les Palestiniens (1947-1949), les révélations des Nouveaux Historiens, l’Atelier, noviembre 2007, de Dominique Vidal, historiador y periodista de Le Monde diplomatique y Sebastien Boussois, politólogo y director de la colección «Reportages».

(2) A propósito de Sarkozy, el presidente francés mencionó la cuestión de las colonias salvajes israelíes de manera accidental durante una rueda de prensa que dio al final de su suntuosa estancia privada en Egipto el 30 de diciembre de 2007, una semana después de la decisión israelí.

En respuesta a la pregunta de una periodista que cuestionó la fiabilidad de la diplomacia francesa en los países árabes por su parcialidad pro israelí, Nicolas Sarkozy empezó pronunciando los primeros sonidos de la palabra «colonia» antes de retractarse para mencionar las «implantaciones como un obstáculo para la paz». El matiz es revelador: colonia evoca el colonialismo y el hecho de que Israel es una «potencia ocupante» lo que es exacto según el Derecho Internacional, pero Sarkozy no quiere admitirlo y así menciona una «implantación», que sugiere más bien una operación de cirugía estética, como una implantación mamaria, para minimizar el repugnante carácter de la colonización rastrera del sector árabe de Jerusalén y Cisjordania, una operación cuya amplitud la convierte en un auténtico expolio.

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