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Mujeres desencajadas

O cómo ser musulmana en el país de las cajas de identidades

07/01/2008 - Autor: Taliba Ferrero. Ponencia de la Jornada Problemas de la Mujer
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Fotografía de la autora
Fotografía de la autora

En el nombre de Dios, El Misericordioso, el más Generoso.

Me piden, y me siento honrada por ello, que represente a mis hermanas de la FEME y Junta Islámica hablando sobre “la mujer musulmana”, un tema preciso, concreto y del que apenas se ha hablado (y por personas con más conocimiento y experiencia).

Al contrario, yo tan sólo puedo aportar a este encuentro mi pequeña experiencia como musulmana desde hace poco más de un año. Soy, en este momento, una mujer cuya familia desconoce su condición de musulmana. Una mujer cuya vida, aparte de su incontrovertible fe en Dios, está llena de preguntas. Y reconocerme musulmana no ha hecho más que incrementar esas preguntas. Pero estas no coinciden con las preguntas genéricas que me hacen a diario.

El entregar tu cuerpo y mete a Dios, que es, en definitiva, lo que nos hace creyentes, y en este caso musulmanes, supone un cambio profundo en la vida, pero no siempre ese cambio se corresponde con una transformación exterior. Los cambios son sutiles, algunos te sumen en la contemplación del mundo de una forma que nunca habías soñado, pero no tienen por qué convertirte en un ser ajeno ni extraño, puesto que llegas al camino con el equipaje de la vida hecho.

Sin embargo, tras hacer pública mi pertenencia al Islam he vivido un proceso de desintegración entre la musulmana que soy y la que el mundo espera que sea. Mis amigos musulmanes me preguntan cómo puede apasionarme tanto la ciencia ficción, y por ende, el cine americano. No he viajado a África, y he aprendido antes gaélico que árabe. El hecho de vivir con un hombre no musulmán, y no buscar a diario excusas para convertirle, también desafía la ortodoxia social. Al mismo tiempo, los no musulmanes de mi entorno se extrañan que me haya atraído el “islamismo”, siendo yo tan “moderna”, me piden que condene constantemente el machismo y sus manifestaciones, como si fuera responsabilidad mía y no suya, o no de todos, un mundo de igualdad entre hombres y mujeres. Aunque en mi día a día no he sido molestada, esta misma mañana he sido acusada por escrito, a raíz de mi último artículo en Webislam, de fomentar la confusión cultural, traicionar a mi cultura y a mi país. Pareciera que, al igual que las primeras españolas que salieron a trabajar fuera de casa, las musulmanas que abrazamos el Islam por la sola fuerza de su mensaje, que no somos arabistas ni nos hemos enamorado de un creyente, hemos de desdoblarnos en dos ideales marcados por la agenda de otros: cuando esta mañana un hermano me sugería pensar en los ideales de mujer musulmana, no pude por menos que avergonzarme. Porque pensé rápidamente en Jadicha (Dios la bendiga), la mercader internacional que, cuando escuchó a su esposo Muhammad preocupado porque tenía visiones y sueños y creía estar volviéndose loco, se atrevió a decirle que a lo mejor había sido elegido como Profeta. Así pues, recordaba a la primera persona musulmana de la Historia, que no tuvo duda alguna en ir al Fondo del Mensaje aun antes de que este se hubiera revelado; y yo, una de las últimas, al ser invitada a participar en esta Jornada, pensé primeramente en cómo me iba a vestir. Mal anda el Islam cuando, entre nosotros, que somos hermanos y hermanas, nuestra primera preocupación es qué llevamos en la cabeza y no en qué hay dentro del corazón.

En la medida que el Islam ha enriquecido y transformado mi vida, echo de menos hablar más a menudo de esa dimensión profunda, transformadora e infinita. No creo que sea necesario confesarse musulmán para solidarizarse con los y las palestinas; ni creo que sea mayor el sufrimiento de una mujer afgana que el de un hombre afgano llevado a la guerra por la fuerza desde su primera pubertad. Y si alguien no es capaz de verlo, quizá el problema esté en el velo que cubre sus ojos. No es la musulmana, sino la persona, la que sufre con ellos.

Me gustaría que esta Jornada sirviera para lograr una reversión. Quisiera provocar pocos discursos y muchas preguntas, más extrañeza, pero sobre todo, menos dogmas sobre un Islam único y monolítico. Porque salvo Dios, el Único, ser musulmán es aceptar el reto de entender al diferente.

Salam Alaicum.

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