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Dios no ciega a nadie

Extracto de la obra Aurora (1612) de Jacob Böhme

29/12/2007 - Autor: Jacob Böhme - Fuente: Webislam
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Aurora
Aurora

Ya ves, judío, turco musulmán o gentil ciego… Si has vivido santa y buenamente en este mundo en la ley de la Naturaleza y no has extinguido el santo relámpago que en ella es el Hijo de Dios que te enseña la ley de la Naturaleza, si no lo has extinguido en tus siete espíritus manantiales por la sublevación colérica que circula contra la ciencia de la Naturaleza, vivirás con todos los cristianos en eterna alegría.

La ley de la Naturaleza es el orden divino que procede del Centro naturae. Quien es capaz de vivir allí no necesita otra ley pues cumple la voluntad de Dios.

Porque nada importa tu infidelidad; tu infidelidad no suprime la verdad de Dios. Sin embargo, la fe alienta el espíritu de la esperanza y atestigua que somos hijos de Dios. La fe nace en el relámpago y lucha con Dios hasta que supera y vence. Nos juzgas y te juzgas en cuanto alientas en la ira a tu espíritu de celos, que apaga tu luz.

Y eres ciego: ¿quién te separará del amor de Dios en que naciste y en el que vives? Además, como todo vive en Dios y es en Dios, ¿crees que Dios es un hipócrita y tiene acepción de la persona de alguien o de su nombre? ¿Quién fue nuestro padre común? ¿No fue Adán?

Y tú lo mismo: dástelas de cristiano y conoces la luz. ¿Por qué no entras dentro? ¿Crees que el nombre te hace santo? Espera un poco todavía y te enterarás. Mira: muchos judíos, turcos y paganos que han preparado sus lámparas van a entrar en el reino de los cielos delante de ti.

No toma Dios en cuenta el nombre o nacimiento de alguien, mas quien se mueve en el amor de Dios, ese campa en la luz, y la luz es el corazón de Dios. Y a quien aposenta Dios en su corazón, ¿quién lo va a hacer vomitar? Nadie, porque ese nació en Dios. ¡Oh mundo ciego y medio muerto! Desiste de juzgar. En verdad no hay más que un Dios. Si se quita el velo de tus ojos de modo que lo veas y conozcas, verás también y conocerás a todos tus hermanos, igual da que sean cristianos, judíos, turcos o paganos.

Mira hombre ciego, lo que te quiero enseñar. Mira un prado; ves en el mucha clase de hierba y flores. Las ves amargas, las ves saladas, dulces, agrias, blancas, amarillas, rojas, azules, verdes y de muchas clases. ¿No crecen todas en la tierra? ¿No están unas junto a otras? ¿Le envidia la una a la otra su bella forma?

Lo mismo pasa con los hombres. Hay diversas clases de dones y mañas; el uno es más alumbrado de Dios que el otro, pero como no se secan en el espíritu no hay porque tirarlos. Tú naciste en el calor donde la luz sale del dulce agua del manantial, mira que no te queme el calor: puedes extinguirte. Ahora dices tú: ¿cegó Dios a los turcos, judíos y gentiles? No, sino que cuando Dios les encendió la luz vivieron en el gusto de su corazón y no se dejaron enseñar el espíritu y se apagó la luz exterior. Mas no por eso se apagó del todo, de suerte que ya no pudiera nacer en el hombre, puesto que el hombre viene de Dios y vive en Dios sea en amor o en ira.

Y si el hombre anhela, ¿no tendría que quedarse encinto de su anhelo? Y si está encinto puede alumbrar.

Mira, te digo un misterio: Ya es tiempo de que el novio corone a su novia. Piensa un poco: ¿dónde está la corona? Hacia el norte, pues la luz vuélvese clara en medio de la cualidad salada. Y ¿qué hacen en el sur? Durmiéronse con el calor y va a despertarlos una tormenta; muchos de ellos se aterrorizarán de muerte ante la tormenta.

Y ¿qué hacen por Occidente? Su cualidad amarga quiere frotarse con las otras, pero si prueban el agua dulce tórnase suave su espíritu. Y ¿qué hacen, pues, al Oriente? Desde el principio fuiste una novia orgullosa; siempre desde el principio te ofrecieron la corona; te creíste un día demasiado bella para vivir con los demás.

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