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Afganistán: Fallos de inteligencia, mitos sobre el campo de batalla y prisiones inexplicables

26/12/2007 - Autor: Andy Worthington - Fuente: Counterpunch - Rebelión
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Durante la pasada semana, mientras la atención de los medios se centraba en la liberación en Guantánamo de dos trabajadores de ayuda humanitaria sudaneses, los 13 afganos que al mismo tiempo habían volado a Kabul apenas merecieron mención alguna. Las razones de este descuido son claras: en primer lugar, porque uno de los ex detenidos sudaneses, Adel Hamad, administrador de un hospital, se había convertido en algo parecido a una celebridad después de que sus emprendedores abogados publicaran un vídeo sobre su caso en YouTube, que provocó que un grupo de defensores estableciera una página en Interned dedicada a su causa; y, en segundo lugar, porque Hamad y su compatriota, Salim Adem, fueron liberados a su regreso y varios informadores pudieron reunirse con ellos.

En cambio, ninguno de los afganos pudo disfrutar de tales lujos. Se conocen muy pocas historias sobre ellos y, al llegar a Afganistán, fueron rápidamente encarcelados en una de las alas de Pol-i-Charki, la prisión principal de Kabul, que ha sido reequipada de nuevo por las autoridades estadounidenses. El olvido es inquietante porque la mayoría de las historias de los afganos demuestran una colosal ineptitud por parte del ejército y las Fuerzas Especiales estadounidenses en Afganistán, equivalente al menos a los fallos de inteligencia que llevaron a la captura de Adel Hamad y Salim Adem. Además, el encarcelamiento de esos hombres en un ala de la prisión reequipada por las autoridades estadounidenses plantea cuestiones incómodas sobre el papel del ejército estadounidense en Afganistán, seis años después de la invasión del país en octubre de 2001.

Inexplicables prisiones estadounidenses en Afganistán

A pesar del nombramiento oficial de Hamid Karzai como Presidente del Afganistán post-talibán (y el primer dirigente democráticamente elegido en el país) el 7 de diciembre de 2004, el ejército estadounidense ha continuado actuando como potencia ocupante, reteniendo a cientos de prisioneros en la base aérea de Bagram (anteriormente utilizada para despachar a los detenidos hacia Guantánamo), incluyendo tanto a afganos como extranjeros, más una cifra desconocida de prisioneros en una serie de prisiones secretas y bases operativas adelantadas. Aislados de cualquier escrutinio exterior (excepto de los representantes de la Cruz Roja Internacional), esos prisioneros ni siquiera tienen la limitada representación legal de que disponen los detenidos en Guantánamo.

En marzo de 2005, cuando los periodistas Adrian Levy y Cathy Scott-Clark visitaron Afganistán, se encontraron con el Dr. Rafiullah Bidar, director regional de la Comisión Independiente Afgana por los Derechos Humanos, que acababa de formarse con financiación del Congreso estadounidense “para investigar los abusos cometidos por los señores de la guerra locales y asegurar que los derechos de las mujeres y los niños estuvieran protegidos”. Irónicamente, Bidar dijo a los informadores que a lo que habían tenido que dedicarse en esos momentos era a registrar las quejas contra el ejército estadounidense. “Se han dedicado a detener y acosar a miles de personas”, dijo. “Los que han sido liberados dicen que fueron retenidos junto a detenidos extranjeros que fueron traídos a este país para ser procesados. Ninguno está acusado. Ninguno está identificado. No se ha permitido que ningún observador internacional entre en las cárceles estadounidenses. Los arrestados declararon que habían sido tratados de forma brutal con tácticas casi imposibles de creer”. Hablando bajo anonimato, un ministro del gobierno se quejó también: “Washington presenta al mundo a Afganistán como una democracia naciente pero el ejército estadounidense no nos deja, deliberadamente, levantar cabeza, utilizando nuestro país para mantener un sistema carcelario que es ejercido arbitraria e indiscriminadamente y sin posibilidad alguna de control”.

Casi tres años después, esta situación no ha cambiado. Los abogados de la International Justice Network, con sede en EEUU, han cursado una demanda de habeas corpus potencialmente rompedora en nombre de un detenido en Bagram, pero el sistema por entero –al igual que en Iraq, donde al menos se mantienen 15.000 prisioneros sin acusación ni juicio- permanece impenetrable al control exterior.

Sin embargo, hasta abril de 2007, los detenidos liberados de Guantánamo -152 de los 220 encarcelados desde que se abrió la prisión en enero de 2002- esquivaron este inexplicable sistema de prisiones y fueron liberados a su vuelta a Afganistán, pero eso cambió con el reequipamiento de Pol-i-Charki con fondos estadounidenses, y ya no está claro si los 32 detenidos devueltos desde abril de 2007 han cambiado sencillamente Guantánamo por una forma aún más incontrolable de detención indefinida sin posibilidad de acusación ni juicio.

Mitos y mentiras: Detenidos que volvían al campo de batalla

Es probable que la excusa para encarcelar a los afganos que han vuelto en los últimos ocho meses sea la proclama, a menudo repetida por el ejército estadounidense, de que docenas de detenidos liberados habían vuelto al campo de batalla. Si así fuera, esto sería una falsedad extremada. No sólo las cifras son controvertidas, con sólo seis comprobados por quienes han estudiado las historias con algún detalle, sino que la administración estadounidense se ha negado también a reconocer la espantosa verdad sobre la responsabilidad de su pasada actuación al liberar a esos hombres.

Los talibanes liberados de Guantánamo incluyen a Abdullah Mehsud, un comandante talibán pakistaní, liberado en marzo de 2004, que se mató con una granada de mano al ser acorralado por fuerzas de seguridad en Pakistán en julio de 2007. Mehsud adquirió mayor notabilidad en octubre de 2004, después de que sus hombres raptaran a dos ingenieros chinos que trabajaban en un proyecto de una presa en Waziristan, cuando explicó que, en la época de su captura en noviembre de 2001, llevaba una tarjeta afgana de identidad falsa y que había conseguido mantener todo el tiempo que estuvo detenido que era un inocente miembro de una tribu afgana.

Otro fue Mullah Shahzada, liberado en mayo de 2003, que dio un nombre falso a los estadounidenses y proclamó que era un inocente comerciante de alfombras. “Se agarró a esa historia y estuvo bastante calmado durante todo el tiempo”, dijo al New York Times un oficial de inteligencia del ejército. “Mantuvo durante todo el período de tiempo que no era sino un inocente comerciante de alfombras que había sido secuestrado”. Después de su liberación, Shahzada se hizo con el control de las operaciones talibanes en el sur de Afganistán, reclutando combatientes al “contar historias horrendas sobre los malos tratos en las jaulas de Guantánamo”, y planeó una fuga en Kandahar en octubre de 2003, en la que sobornó a los guardias para que permitieran que 41 combatientes talibanes escaparan a través de un túnel. Su notoriedad post-Guantánamo terminó en mayo de 2004, al morir en una emboscada de las Fuerzas Especiales estadounidenses.

Mientras los comentaristas de derechas se aprovechaban de la liberación de Mehsud y Shahzada como prueba de que no debería liberarse a nadie de Guantánamo, Gul Agha Sherza, el gobernador post-talibán de Kandahar, ofreció una interpretación muy distinta, indicando que nunca habrían sido liberados si a los oficiales afganos se les hubiera permitido investigar en Guantánamo. “Conocemos todas las caras talibanes”, dijo, añadiendo que se habían rechazado todas las repetidas peticiones para acceder a los prisioneros afganos. La opinión de Sherzai fue reforzada por oficiales de seguridad del gobierno de Karzai, quienes, off the record, culparon a EEUU por la vuelta de los comandantes talibanes al campo de batalla, explicando que “ni los oficiales del ejército estadounidense, ni la policía de Kabul, que procesa brevemente a los detenidos cuando se les envía a casa, les consulta sobre los detenidos que liberan”.

De los 13 afganos liberados de Guantánamo la pasada semana, nueve han sido identificados. El resto, como las docenas de liberados en los últimos 18 meses, no tenían abogados (a los que avisar cuando sus clientes son liberados) y como consecuencia se desconocen hasta sus identidades. El Pentágono nunca revela los nombres de los detenidos que libera, y sin representantes de los medios de comunicación sobre el terreno en Kabul, al igual que ocurrió con las primeras tandas de detenidos liberados en 2002 y 2003, esos hombres permanecen tan perdidos para el mundo como lo estaban en Guantánamo.

¿Recluta talibán o comandante talibán?

El primero de los nueve capturados, Abdul Rauf Aliza, sigue siendo un enigma hasta este mismo momento. Detenido en noviembre de 2001 durante la caída de Kunduz, el último baluarte en el norte de Afganistán, fue retenido junto a miles de hombres en una mugrienta y atestada prisión de Sheberghan, controlada por el General Rashid Dostum, uno de los líderes de la Alianza del Norte contra los talibanes, siendo transferido después a la prisión estadounidense en la base aérea de Kandahar con otros nueve prisioneros afganos.

Uno de los nueve, Jan Mohammad, un panadero de la provincia de Helmand que había sido reclutado a la fuerza por los talibanes, fue uno de los primeros detenidos en ser liberado de Guantánamo en octubre de 2002. Después de ser liberado, explicó que la decisión de transferirle a Kandahar se produjo cuando algunos de los hombres de Dostum “dijeron a los soldados estadounidenses que él y otros nueve eran antiguos oficiales talibanes”. “Vinieron y cogieron a diez personas de aspecto fuerte”, dijo al periodista David Rohde. “Sólo uno de esos diez hombres era talibán”.

Es probable que el único miembro talibán transferido a Kandahar con Jan Mohammed fuera Abdul Rauf Aliza, que fue identificado por las autoridades estadounidenses como Mullah Abdul Rauf, un comandante talibán. Aunque Aliza defendió que había sido reclutado por el talibán, que le dijo que le quitarían su tierra si no lo hacía así e insistió en que sólo trabajó para ellos como cocinero, varios afganos liberados explicaron al periodista Ashwin Raman que Mullah Abdul Rauf, detenido en Guantánamo, era uno de los tres comandantes talibanes del norte de Afganistán. Dijeron a Raman que no había sido tan cauto con su identidad durante el tiempo que estuvo detenido en el Campo X-Ray, cuando “repetidamente suplicó a los estadounidenses que dejaran libres a muchos de los detenidos”, diciendo: “Esos no son talibanes, yo sí soy un talibán auténtico”.

Aunque esto sugiere que Abdul Rauf Aliza y Mullah Abdul Rauf eran la misma persona, es posible que el comandante talibán escondiera su auténtica identidad tras un nombre falso, como fue el caso de Abdullah Mehsud y Mullah Shahzada. Según los archivos del Pentágono, Aliza tenía sólo 20 años cuando fue capturado, por lo que sería demasiado joven para ser comandante de tropa, pero puede ser que la verdad, como ocurre con la mayoría de las historias de Guantánamo, no se descubra nunca.

“El número tres en la inteligencia talibán”

Dos de los otros detenidos liberados fueron capturados en diciembre de 2001. Gholam Ruhani, de 26 años, fue detenido con Abdul-Hag Wasiq, el viceministro de inteligencia talibán, y uno de los pocos antiguos dirigentes talibanes capturados por los estadounidenses, en una operación potencialmente peligrosa de las Fuerzas Especiales en Ghazni, al sur de Kabul. En aquel tiempo, Ghazni era un bastión talibán, pero cuando las Fuerzas Especiales recibieron un chivatazo de que un señor de la guerra local había arreglado un encuentro con Qari Amadullah, ministro talibán de inteligencia, sugiriendo que durante el mismo Amadullah podía proporcionar información que podría llevar a la captura de Osama bin Laden, su comandante, Gary Berntsen, aprobó la misión.

Al final, Amadullah no reveló nada y, desde luego, no tenía intención alguna de hacerlo. Oculto y a salvo en Pakistán, tras escapar de Afganistán, habló con un periodista a finales de diciembre, interrumpiendo la entrevista para contestar a una llamada telefónica, y declarando después: “El Mullah Omar y el Sheij Osama me piden personalmente que vaya a Uruzgan y tome el mando de los nuevos preparativos de la guerra de guerrillas, que empezará tan pronto como sea posible, y Vd. verá la noticia en los periódicos y en la BBC”. Como es lógico, al haber dado, de hecho, su itinerario a las fuerzas estadounidenses como consecuencia de esa conversación telefónica, murió días después en un ataque aéreo estadounidense. Sin embargo, en la misma entrevista, habló también sobre Abdul-Hag Wasiq. Dijo que el Mullah Omar, quien, según afirmó, estaba viviendo en un lugar seguro en las montañas del norte de Kandahar, le había pedido que le visitara, pero que no había podido hacerlo así, “porque mucha gente me conoce, y me aterra que me capturen en algún lugar de la carretera. Por eso envié a Kandahar a mi ayudante el Mullah Abdul-Haq Wasiq. Desafortunadamente, fue capturado por agentes estadounidenses en Ghazni”.

Esto sugiere que Wasiq o llevó a cabo sus propias negociaciones con los estadounidenses en Ghazni, o fue invitado y después traicionado por el señor de la guerra local, porque fue arrestado tras el encuentro, junto con Gholam Ruhani, por los operativos de las Fuerzas Especiales, que declararon que eran “el número dos y tres de la inteligencia talibán”.

En Guantánamo, Wasiq, que está aún encarcelado, ha sido esquivo sobre su papel en esa historia, afirmando que fue forzado a unirse a los talibanes, y que algunas veces actuó como viceministro de inteligencia, pero sólo para combatir el “robo y el soborno”. Eso no convenció a su tribunal, que le recibió con estas palabras: “Buenas tardes, Sr. Ministro. Rara vez hemos tenido antes a alguien de tanto prestigio y responsabilidad”. Sin embargo, Ruhani se mantuvo firme en que él no era el “número tres de la inteligencia talibán”. Dijo que era un recluta talibán, que cumplió con sus deberes en un puesto clerical para evitar ser enviado a la línea del frente, y explicó que se le había pedido que asistiera al encuentro entre el talibán y los estadounidenses porque había aprendido algo de inglés mientras estudiaba manuales de electrónica en un almacén que regentaba su anciano padre. “Entregué mi pistola y munición a los estadounidenses, como un acto de confianza, porque era un encuentro amistoso”, dijo. “Confiaba en salir de la reunión y regresar a mi vida, a mi tienda y a mi familia. En vez de eso, fui arrestado”.

El soldado de a pie

El segundo hombre, Omar al-Kunduzi, de 22 años, fue uno de los alrededor de 250 detenidos capturados por las fuerzas pakistaníes tras cruzar la frontera de Afganistán a Pakistán en diciembre de 2001. Nacido en Afganistán, había estado viviendo desde la invasión soviética en Arabia Saudí, donde llegó cuando tenía tan sólo un año de edad, pero volvió a Afganistán en septiembre de 2001. Dijo a su abogado que quería luchar en Chechenia (como hicieron otros diversos detenidos de los países del Golfo) y añadió que los representantes chechenos le habían aconsejado que se entrenara militarmente en Afganistán. Explicó que se había entrenado en el campo al-Faruq (un campo para árabes, establecido por el señor de la guerra afgano Abdul Rasul Sayyaf, pero asociado con al-Qaeda en los años anteriores al 11/S), pero que sintió asco, por motivos religiosos, de los hechos de los talibanes y al-Qaeda, insistiendo en que ambos grupos eran responsables de la muerte de musulmanes y eso, en su opinión, era un error. Esta, también, fue la explicación proferida por numerosos detenidos.

En su tribunal en Guantánamo, dijo que estaba en una casa en la ciudad oriental de Jalalabad cuando la ciudad cayó en noviembre de 2001, explicando que todos los que estaban en la casa se metieron en un camión y condujeron hasta las montañas de Tora Bora, donde permanecieron en una cueva durante un mes. No hizo mención alguna de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahiri o cualquier otro personaje de al-Qaeda o los talibanes, que también estaban en Tora Bora en aquella época, y que todos habían escapado a salvo hasta Pakistán. En lugar de eso, al-Kunduzi explicó que salió para Pakistán con un grupo de árabes, pakistaníes y otros afganos y fue arrestado en la frontera, lo que le sorprendió. “No esperaba que me entregaran a los estadounidenses”, dijo, “creí que me tratarían como a un afgano”.

Los otros seis hombres liberados de Guantánamo la pasada semana y enviados a la prisión de Pol-i-Charki en Kabul estaban entre los cien o más detenidos –casi todos afganos- que fueron capturados entre diciembre de 2002 y agosto de 2003 cuando, con excepción de 29 detenidos, en su mayoría de “gran valor”, transferidos a Guantánamo en septiembre de 2004, septiembre de 2006 y a lo largo de todo 2007, fueron los últimos en ser procesados de los prisioneros de Guantánamo. Aunque muchos más afganos capturados durante ese período fueron liberados sin ser enviados a Guantánamo, y otros continúan detenidos en Afganistán, los que fueron enviados a Cuba eran en su mayoría hombres inocentes. Alrededor del 60% -incluyendo al menos 17 hombres que trabajaban para el gobierno Karzai- fueron traicionados por rivales oportunistas, que eran todos ellos demasiado conscientes de que los estadounidenses eran a la vez crédulos y perezosos y no harían intento alguno por investigar las historias de los hombres, y el otro 30% eran transeúntes detenidos arbitrariamente tras algunos ataques contra las fuerzas estadounidenses.

Los profesores

Dos de esos hombres eran profesores. Abdul Ghafour, de 40 años, llevaba una pequeña escuela en su pueblo en la provincia de Paktia, y apenas salía de la zona porque su madre estaba enferma. Cuando las fuerzas afganas y estadounidenses fueron a llamar a su puerta en medio de la noche del 7 de febrero de 2003, pensó que eran ladrones, y se subió al tejado y disparó unos cuantos tiros intimidatorios. Cuando los estadounidenses abrieron fuego en respuesta y pidieron ayuda a aviones de combate, se dio cuenta del error cometido, dejándoles entonces entrar y siendo arrestado, pero nadie le explicó por qué querían registrar su casa. Abdul Matin, de 37 años, profesor de ciencias, había estado viviendo en Pakistán durante los años de los talibanes, pero volvió a Afganistán en febrero de 2002 cuando el gobierno de Karzai pidió al pueblo que ayudara a reconstruir el país. Dijo que fue traicionado por enemigos locales, que sabían que su padre era rico, cuando rechazó pagar un soborno de 30.000 dólares.

El tendero

La historia de Abdullah Wazir, que tenía 24 años cuando fue detenido, parece ser un caso de oportunismo por parte de la policía pakistaní. Era tendero en un pueblo cercano a Khost, explicó que iba en autobús, haciendo uno de sus viajes habituales a través de la frontera con Pakistán para comprar baterías y neumáticos para su tienda y para reparar el cristal roto de su teléfono por satélite, cuando la policía pakistaní detuvo y registró el autobús. Temiendo que la policía, al ver su teléfono, pudiera intentar quitarle el dinero porque eran unos “corruptos”, explicó que dio su teléfono a Bostan Karim, un conocido de su pueblo, con quien había pasado tres días rezando cinco años antes, y le pidió que se “lo guardara durante dos minutos”. Desgraciadamente, añadió, “un soldado desde lo alto del autobús me vio darle el teléfono a Karim”. Entonces “le dijo a otro soldado que yo le había pasado algo a otra persona”, y ambos hombres fueron arrestados, conducidos a la cárcel e interrogados. Aunque Wazir informó que “el jefe de la cárcel me dijo que me liberarían al día siguiente, por la tarde nos esposaron las manos y nos llevaron a otro lugar presumiblemente, Bagram. Pasamos de seis a siete meses en aquel lugar. Desde allí, me trajeron aquí”.

Aunque Wazir fue acusado de ser miembro de los talibanes (una acusación que negó), lo que pesó especialmente contra él fue su supuesta asociación con Karim, que sigue aún en Guantánamo. Predicador y también tendero, Karim, que tenía 33 años cuando fue capturado, fue supuestamente “aprehendido porque encajaba con la descripción de un dirigente de una célula dedicada a poner bombas de al-Qaeda y porque llevaba teléfono de satélite”. En una demostración de la condición tenue de tantas de las acusaciones con las que se construían “pruebas” en Guantánamo, también se pretendió que estaba “posiblemente identificado como asociado de al-Qaeda, dedicado planificar ataques con minas terrestres en Khost”, y que estaba “posiblemente identificado como persona que podía estar en comunicación con los miembros árabes de al-Qaeda que operaban en Peshawar, Afganistán sic, y que trabajaba directamente para la rama árabe de al-Qaeda en la provincia de Khost”.

Karim mantuvo que las acusaciones las había hecho otro detenido, Obaidullah (que sigue aún en Guantánamo), que había sido socio suyo en la tienda, pero que había roto con él por una disputa sobre dinero. De las declaraciones de Obaidullah en su propia vista, está claro que mientras las fuerzas estadounidenses le interrogaron en Bagram, había admitido haber hecho acusaciones contra Karim. En una revisión militar de 2005, respondió a una alegación de que “se pensaba que Karim era un comandante talibán que estaba consiguiendo fondos de los talibanes o de los árabes”, diciendo: “Acepté eso en Bagram a la fuerza. Me dijeron en Bagram que Karim era uno de los comandantes talibanes y me obligaron a decir que sí. No sé realmente si es un comandante talibán”.

Cuando le preguntaron quién le obligó a “decir esas cosas”, Obaidullah dijo: “La primera vez fue cuando me capturaron las fuerzas estadounidenses y me llevaron a Khost y me pusieron un cuchillo en la garganta y me dijeron si no nos dices la verdad y nos mientes, te vamos a rajar. Me ataron las manos y pusieron una bolsa pesada de arena sobre ellas y me hicieron caminar toda la noche por el aeropuerto de Khost. En Bagram, me siguieron acosando y no me dejaban dormir. Me tenían en lo alto del muro con las manos colgadas por encima de mi cabeza. Hubo muchas cosas que me hicieron decir”.

El “Comandante”

También fue transferido Gul Chaman (también conocido como Comandante Chaman), que tenía 40 años en el momento de su captura. Antiguo combatiente muyajedin contra la Unión Soviética, Cham tenía una historia llamativa. En el torbellino de la brutal guerra civil que siguió al colapso del gobierno soviético en los primeros años de la década de 1990, combatió durante seis meses contra las fuerzas de Ahmed Shah Massud, el carismático tayik que dirigía la Alianza del Norte (y que fue asesinado por operativos de al-Qaeda dos días antes del 11-S), como miembro de Hezb-e-Islami Gulduddin (HIG, en sus siglas en inglés), una facción del ejército dirigida por Gulbuddin Hekmatyar. Virulento señor de la guerra anti-estadounidense, Hekmatyar, había sido, sin embargo, el principal receptor de miles de millones de dólares de ayuda estadounidense en los ochenta, porque era el favorecido señor de la guerra del ISI (los servicios de inteligencia pakistaníes), que era el que canalizaba la ayuda estadounidense hacia los muyajedines.

Chaman explicó ante su tribunal que después cambió de bando, uniéndose a Masoud, e insistió en que no se unió a los talibanes tras su ascenso al poder en 1994. “Cuando el movimiento talibán empezó”, dijo “ellos capturaron Logar y después empezaron a venir a Azrah, que es mi distrito. Los talibanes reunieron a diez tipos en nombre de la gente de Cham y los mataron y ejecutaron en el acto. Yo estaba allí y no me capturaron”. Explicó que eran “mis primos y mis jornaleros”, y que los talibanes no le permitieron darles un entierro digno. “Después de eso”, continuó, “me puse en contra de los talibanes. No combatí pero traté de hacer cuanto pude mediante propaganda”.

Acusado de estar “muy implicado en el tráfico de drogas y otras actividades ilegales en Kabul”, Chaman negó las acusaciones, afirmando que, después de que Karzai llegara al poder, hizo unas cuantas visitas a Pakistán con una delegación conectada con el jefe de inteligencia, y proporcionó alguna información al HIG. Añadió: “Yo trabajaba contra los talibanes”.

Al parecer, las circunstancias de su captura no tuvieron nada que ver con su historia anterior. Al contrario, parece ser que fue detenido y enviado a Guantánamo porque un joven llamado Mohammed Mustafa Sohail, que estaba trabajando para un contratista estadounidense y que todavía sigue en Guantánamo, le acusó de robar un ordenador a los estadounidenses que había robado él mismo. Sohail explicó que el acusado Chaman, tras ser interrogado durante 68 horas en Kabul, donde un interrogador “me torturó y me amenazó metiéndome un revolver por la boca, para intentar hacerme decir algo”, pero si había o no algo de verdad en esta historia fue demasiado tarde para Chaman, que había sido ya transferido a los estadounidenses en Bagram por el jefe de la inteligencia local.

Los rivales pro-estadounidenses

Otros dos, cuyas historia de algún modo son las más terribles de los nueve, estaban entre los seis hombres capturados en Gardez en julio de 2003, que se oponían totalmente a los talibanes y al-Qaeda. Abdullah Muyahid, de 32 años, era el jefe de policía en Gardez y el jefe de seguridad para la provincia de Paktia tras la caída de los talibanes, y acababa de ser ascendido a un puesto para la protección de las autopistas de Kabul en el ministerio del interior. Al comienzo de la invasión estadounidense, se encontró con las Fuerzas Especiales en Logar y les invitó a Gardez, donde negoció el alquiler del campo que utilizaban como base, y también luchó junto a ellos en la Operación Anaconda, una misión para expulsar los vestigios de al-Qaeda del valle Shah-i-Kot en la provincia de Paktia en marzo de 2002.

Según los abogados de Muyahid, era tan respetado que los habitantes de Gardez y Paktia enviaron varias peticiones a la administración estadounidense, señalando que su actuación fue “decisiva a la hora de ayudar a establecer colegios, incluyendo colegios para niñas” en la región. Al explicar las circunstancias de su arresto, dijo que le habían detenido dos estadounidenses y le habían preguntado sobre dos comandantes del ejército que él conocía, que habían sido acusados de robo. Al negar la historia, explicó, uno de los hombres me dijo que yo no estaba contando la verdad sobre esas personas, y por eso te vas a Cuba”, y añadió: “Parece que la decisión de enviarme a Cuba ya había sido tomada”.

En Guantánamo, se pretendió también que Muyahid fue “despedido de su puesto debido a sospechas de colusión con fuerzas antigubernamentales”, y que había después atacado a las tropas estadounidenses en venganza, pero Farah Stockman, del Boston Globe, que visitó a Gardez para averiguar algo más de su historia, señaló que había perdido el favor de las fuerzas estadounidenses que operaban en la zona, que querían reemplazarle con un jefe de policía formado profesionalmente, y una vez que llegó a su nuevo trabajo en Kabul, el comandante de las Fuerzas Especiales le aconsejó que dejara Gardez, advirtiéndole de que corría el riesgo de ser enviado a Guantánamo si seguía allí. Tras la muerte de Nasser, el ejército estadounidense insistió en entregar a sus siete colegas supervivientes, que habían sido todos torturados y golpeados salvajemente, a la custodia de Muyahid. Según el Crimes of War Project, un grupo de derechos humanos de Washington que investigó los abusos, el comandante de las Fuerzas Especiales “amenazó con matar a Muyahid si liberaba a los prisioneros”, y pueden haber sido sus acciones posteriores las que convencieron a los estadounidenses de trasladarle de oficina, pero lo hicieron enviándole también a Guantánamo. Farah Stockman informó que Muyahid “ordenó que los hombres heridos recibieran tratamiento médico y colchones”, y después “describió las heridas sufridas por los prisioneros a los fiscales militares afganos, que más tarde escribieron un informe recomendando que se castigara a los soldados estadounidenses autores de las torturas”.

Además, acerca del robo supuestamente responsable de enviar a Abdullah Muyahid a Guantánamo, parece ser que también informó otro de los detenidos liberados la pasada semana, el Dr. Hafizullah Shaba Jail, farmacéutico de 56 años de Zormat, al sur de Gadez, quien a su vez culpó a Muyahid de su encarcelamiento. Propuesto por los ancianos tras la llegada al poder de Hamid Karzai como jefe del gobierno interino post-talibán, Jail sirvió como alcalde durante seis meses hasta que tuvo lugar un nombramiento oficial, y después continuó ayudando en temas de seguridad. “Mientras fui alcalde en Zormat”, dijo, “no hubo problemas con los estadounidenses. Me encontré varias veces con los comandantes estadounidenses… Incluso nos hicimos fotos juntos.”

Arrestado tras capturar a algunos ladrones que trabajaban para Taj Mohammed, el jefe de la seguridad en Zormat, sugirió que Muyahid, que era el jefe de Mohammed, llegó entonces a un acuerdo con los estadounidenses para que le arrestaran. Si así fue –y los abogados de los dos hombres sugirieron que eran enemigos acérrimos- entonces al menos parte de las razones por las que ambos hombres estaban en Guantánamo fue por las acusaciones que se lanzaron el uno contra el otro. El hecho de que las autoridades estadounidenses no se dieran cuenta de todo esto indica que no tenían interés en cruzar las referencias de las situaciones ni en investigar la verdad de las acusaciones que se hacían contra los que se encontraban bajo su vigilancia. Al contrario de Muyahid, que fue absuelto y liberado hace dos años, Jail no fue absuelto hasta los últimos meses, cuando, al igual que hicieron con su rival, varias tribus locales enviaron una petición a las autoridades estadounidenses confirmando las muchas contribuciones hechas a su comunidad.

Supresión de testigos en Guantánamo

La historia de Muyahid se hizo notable también porque fue utilizada por el periodista Declan Walsh para demostrar uno de los muchos fallos del proceso de los tribunales de Guantánamo. Estos tribunales –los Combatant Status Review Tribunals (CSRTs en sus siglas en inglés)- se crearon en junio de 2004 como una respuesta deliberadamente inadecuada ante sentencias decisivas del Tribunal Supremo acerca de que los detenidos de Guantánamo tenían derecho de habeas corpus; es decir, que tenían derecho a desafiar las bases de su detención. Criticados inicialmente por abogados y activistas de derechos humanos porque se les negaba a los detenidos la representación legal, y se les impedía ver o escuchar pruebas secretas contra ellos, que podrían por tanto haber sido obtenidas mediante torturas, coerción o sobornos, los tribunales fueron recientemente atacados ferozmente por oficiales militares que habían tomado parte en ellos, que les condenaron por confiar en evidencias generalizadas y a menudo genéricas que no tenían nada que ver con los detenidos en cuestión, y que indicaban, además, que simplemente habían diseñado de forma rutinaria su anterior calificación de “combatientes enemigos” sin derechos para que pudieran ser retenidos indefinidamente sin acusación ni juicio.

La contribución de Declan Walsh sirvió para demoler la afirmación del ejército estadounidense de que a los detenidos deberían permitírseles llamar a testigos, si se podía disponer “razonablemente de ellos”. “Vistas sin vista”, un informe de los investigadores del Escuela de Derecho de Seton Hall, que analizó los documentos liberados por el Pentágono en 2006, estableció que, aunque el proceso del CSRT “preveía que los detenidos podían llamar a testigos, ningún testigo de fuera de Guantánamo apareció nunca”, a menudo porque el tribunal afirmaba que la petición se habían enviado al Departamento de Estado, pero que no se había recibido respuesta alguna.

En junio de 2006, después de decidir comprobar lo difícil que era localizar testigos, Walsh se centró en el caso de Abdullah Muyahid, justo uno de los muchos afganos que pidió a su tribunal que hiciera unas cuantas llamadas telefónicas para verificar su historia. Walsh hizo justo eso y en tres días había encontrado tres testigos a los que el Pentágono había sido, al parecer, incapaz de contactar. Uno estaba trabajando en Washington DC, enseñando en la Universidad de Defensa Nacional, y los otros dos estaban en Afganistán.

Una llamada a la oficina del Presidente Karzai sirvió para localizar a Shahzada Masud, asesor sobre asuntos tribales, que confirmó que Muyahid había aceptado un trabajo para proteger las autopistas en Kabul y que “se había celebrado una espléndida ceremonia de traspaso de poderes a la que asistieron dignatarios gubernamentales”, y Walsh obtuvo el número de teléfono de Gul Haider, representante del ministerio de defensa y anterior comandante de la Alianza del Norte, de un oficial del gobierno en Gardez. Haider confirmó que Muyahid había enviado a 30 de sus hombres para que ayudaran a los estadounidenses durante la Operación Anaconda, y dijo que no había nada que apoyara las afirmaciones de los estadounidenses de que se había vuelto contra ellos. Indicando que las rivalidades políticas habían sido las culpables del arresto y que alguien había hecho falsas acusaciones, Haider dijo: “Afganistán tiene muchos problemas –entre tribus, comunistas, talibanes-. Y así es como gente como Abdullah, que son totalmente inocentes, terminan en la cárcel”.

Mientras confío en poder averiguar si alguno de esos hombres será liberado de Pol-i-Charki –y si otros, como Bostan Karim, Obaidullah y Mohammed Sohail, serán liberados de Guantánamo-, tengo que concluir que el comentario de Gul Haider podría servir de epitafio de la mayoría de los afganos en Guantánamo.

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