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El fin de la Edad de la Inocencia

La paz comienza por las madres que aman a todos los muertos

13/12/2007 - Fuente: Webislam
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Virgen de Guadalupe
Virgen de Guadalupe

A la Santísima Virgen de Guadalupe, a Hazreti Fátima, a la benditas madres del pueblo judío: Sara, Judith, Esther, con todo mi corazón. A Porfi, mi mamá. A Amina Teslima. A Raquel. A Sabora. A Ikram.

Este 12 de diciembre miro y soy uno más de los creyentes, que en más de 6 millones, caminan cientos de kilómetros para ser bendecidos por la madre espiritual que Dios eligió para el pueblo mexicano: la Virgen de Guadalupe.

De la Villa tengo el honor de viajar a Oaxaca y entrar a su templo indígena en pleno centro de esta ciudad de origen zapoteco, y soy rociado de flores junto a los cientos de niños que reciben el agua de vida en este pueblo.

El agua rocía mi ser por completo, incluyendo el tema que mi alma ha vivido desde que recuerdo: la reconciliación de los pueblos.

Y no me presento aquí como puro o como persona, porque ese tema viene de mi historia familiar, de mis muertos, de mis mujeres fuertes y débiles, de mis hombres constructores y destructores, de la historia de mi país y de la época de la humanidad que Dios me concedió concebir y ser un átomo de ella.

Con la timidez hasta los huesos para presentarme desnudo en esta reflexión me apoyo en mi padre y en mi madre y en la Luz que se transmite por su corazón, me apoyo en los maestros de mi alma y de mi conciencia y sobre todo en la Sagrada Revelación de lo Uno, en el Amor, porque sé que este cobija y hace vivir, al igual que a mi, a cada ser humano más allá de cualquier concepción.

Y, así desnudo hasta donde lo puedo sin esconderme en ellos, creo sin embargo que hablar de la reconciliación de los pueblos, de la paz que inicia en el alma, requiere un situarse aquí y ahora y responsabilizarse de lo que mi conciencia limitada puede expresar.

Porque en el objetivo no estoy yo, y no bastan palabras lindas. Está el futuro de mi hijo Nur Hamid y de los pequeños que se fueron. En la reflexión y acción activa está el futuro de nuestros hijos y de nuestro pasar la vida.

Y lo diré abiertamente: el presente está dolido socialmente: la guerra es un fantasma que toma demasiado cuerpo día a día, y el planeta ya no está dando para más.

Me duelen los cientos de muertos en medio oriente, los judíos y los árabes, los palestinos y los norteamericanos, los indígenas que mueren por desnutrición, los europeos que mueren de olvido y soledad, me duele mi propia alma muriendo de insensibilidad, buscando aspirinas y palabras hermosas para mitigar lo que mis ojos no miran.

Y me duele aún más que la vida, tal como es, la Revelación de la Verdad del alma en cada pueblo, se olvide en aspirinas colectivas, se olvide el momento de intimidad por el de escape. Que el otro sea el “malo” y el “extraño” en lugar del espacio de riqueza y crecimiento.

Y este dolor me inmovilizaría y me ha inmovilizado, y por ello he corrido a pedir ayuda a mis padres y a la madres de las madres de todos los seres humanos en su forma más clara, a quienes dediqué este artículo. Porque ellas no se inmovilizan.

Porque Hazreti Fatima, desde su elevada posición es la mano que da agua a los sedientos a los hambrientos en cualquier nivel en el Islam, la parte abiertamente femenina del enviado de Alláh, el amado Muhammad, el Véraz, la Paz y la Salvación sea con él.

Por que la Santísima Virgen de Guadalupe es el reposo siempre vivo para mi pueblo Latinoamérica, con su rostro moreno y lleno de gracia, con su dolor de madre inmaculada del bienamado Jesús, la paz y la salvación sea con ellos.

Porque las heroínas del pueblo judío, las benditas Esther y Judith dan todo por el pueblo de Dios en su forma más abierta, por la madre de Ismael y Jacob, hijos del padre de los pueblos judio, católico e islamico, Hazreti Abraham, que su desendencia sea bendecida por el amor de Dios a su fidelidad.

Y a ellas, hoy, les pido perdón por los muertos en las guerras actuales y en la historia, por el dolor en cada madre judía, palestina, norteamericana e Iraquí. Les suplico que abran los corazones de sus pueblos hacia la reconciliación, y se los pido en nombre de mi madre que me conserva vivo y me cuida día a día.

Se los pido a nombre de los muertos inocentes de mi pueblo, y del dolor de los victimarios cuyas almas viven en pena porque al final también ellos son hijos.

Y solo lo digo en primera persona, pero se que en la misericordia que Dios ha puesto en el corazón de cada madre, las judías velan a los muertos palestinos, y las norteamericanas a los palestinos, y las mexicanas a los muertos el 11 de sep.

Porque las madres de la humanidad son una sola madre y velan por la vida.

Y también están los que mataron, con su alma en pena. Llámenlos madrecitas por favor a ustedes, para que se inclinen y se sometan a su responsabilidad espiritual, social y moral. Regañenlos y llénenlos de pena por sus actos, y que miren a sus muertos como a sus hermanos, y luego abrancelos, porque ese infierno es muy difícil.

Se los imploro en el nombre de la Luz que Dios puso en sus corazones. Y que con su belleza, la belleza misma de la vida, se conmuevan todos nuestros corazones y se muestren los horizontes que ya están, porque Dios ha creado solo perfección, pero si ustedes nos enseñan a mirar lo podremos hacer.

Y si de mi se trata, reconozco mi responsabilidad, por el olvido del genocidio de hace apenas 60 años de mi hermanos judíos. Un olvido que me parte el alma, que la extravía. Reconozco mi rencor por lo muertos del 68 en México y mi arrogación y pongo a cada muerto en el regazo de sus padres donde está en paz. Reconozco mi rebeldía y mi coraje, mis voces terribles poniéndome juzgando a algún bando en las guerras y no juzgando la guerra en si. ¡madre, madre mía intercede por tu hijo! ¡Y que en honor a tu vida, a tus ojos cuando nací, a las cientos de veces que me rescataste del dolor, sirva a la vida y a la Fuente de la Vida!

Y le pido a los padres de la humanidad, en el nombre de Abraham, que trabajen por sus pueblos, como lo hacen en el amor, sin matar, sin olvidar o negar a los demás, a los otros que no parecen “nosotros”. Papá mío dame la fuerza para salir de la inocencia del grupo tribal y que la humanidad sea mi casa y el otro mi maestro, al costo que sea, papá te lo suplico.

Soy hijo de la historia de mi pueblo y de mi humanidad. Mis ancestros fueron víctimas y también guerreros, sufrimos hambre y también gozamos de riqueza, me hermana no solo ser un ser humano débil a cualquier ser humano, sino también una historia que está abierta. Y Dios es también la Historia.

Y este pequeño ser humano, con la dignidad que Dios da a cada ser, no tiene en sus manos sino decir “por mi, cada palabra, acto y persona que me ha lastimado la olvido”.

Olvidar el dolor personal, dejar que mis padres y ancestros tomen su vida sin querer ser una sombra, y tomar la vida de ellos. Es la única herencia que puedo dejar a mis hijos. Fluir la vida.

Madres de la humanidad, os suplicamos nos ayuden. Solos no podemos.

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