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Divina caligrafía

09/12/2007 - Autor: Julia Luzán - Fuente: El País
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Las grandes alas del arcángel Gabriel despliegan sabiduría en su vuelo desde las bóvedas de Santa Sofía, la iglesia, mezquita y ahora museo que ha marcado durante siglos la vida de Estambul. Esa inspiración angélica bajó también a la escritura –“una geometría espiritual hecha con un instrumento material”– que los calígrafos otomanos divulgaron tras su conversión al islam en el siglo X y que durante cerca de 500 años dictaron los fundamentos de su arte a una ininterrumpida cadena de estudiantes y maestros.

Equilibrio, elegancia y armonía, las tres reglas para escribir el alfabeto islámico, fueron modificadas por los otomanos a partir de 1453, tras la caída de Constantinopla. Los turcos alteraron las formas de las letras, su colocación, modificaron los trazos del alfabeto y dieron suma importancia a que fuera legible porque, como dijera el gran Mustafá Izzet Efendi, maestro entre los maestros, “leer una bella caligrafía es como oler el aroma de un tulipán”.

Sakip Sabanci (1933-2004), uno de los grandes empresarios de Turquía, fundador del holding Sabanci, consiguió reunir una impresionante muestra de caligrafía otomana que se exhibe actualmente en el museo que lleva su nombre, antigua residencia de verano de la familia, un bello palacete en el barrio de Emirgan, en Estambul, a orillas del Bósforo. Parte de estas obras se exhibieron hace unos años en el Metropolitan de Nueva York, el Louvre de París y el Guggenheim de Berlín. “Una especial selección” de esta colección, en palabras de Güler Sabanci, presidenta del grupo, podrá verse ahora en Madrid y posteriormente en Sevilla.

La caligrafía forma parte de la religión islámica. Los musulmanes, igual que hicieron los monjes en el Medievo, buscaron la forma más directa de hacer llegar a su pueblo los versículos del Corán. La encontraron al transformar las letras del alfabeto en un arte maravilloso que invitaba a la espiritualidad. Tan sólo era necesario dejar guiar su mano por el corazón, desplazar las letras y romper las líneas. “Dios los utiliza para revelar sus palabras. Los calígrafos lo escriben”.

Cada artesano guardaba como oro en paño sus útiles de escritura, un cálamo y el tintero, en el divit o funda de plata repujada. La caña se tallaba sobre la makta (escribanía) hasta conseguir una punta fina y afilada que se utilizaba como pincel. Cuando mojaban su cálamo en la tinta para dibujar los trazos negros y espesos de un hadith (el relato de las palabras del profeta), ningún calígrafo osaba soplar con su aliento, porque acelerar así el secado era como expulsar la presencia divina, algo que los antiguos maestros anhelaban poseer con todas sus fuerzas.

La preparación del papel donde los calígrafos dibujaban era algo laborioso. Teñían primero la hoja y la cubrían con una preparación de goma arábiga, la empapaban después con una infusión de té, para finalmente recubrirla con una capa protectora que impedía a la tinta penetrar en las fibras. Por último, una vez seco, lo pulían con una gruesa bola de vidrio.

La tinta se obtenía con hollín machacado según una receta milenaria: “Un peso igual de hollín y de alambre tomarás... y de la fuerza de tus brazos te servirás”. Otras veces empleaban algo más alambicado, hojas de oro pulverizadas y diluidas en una solución a base de miel. Con ésta se iluminaban los coranes, se adornan de rosas y de hilos dorados (cedvel) que enmarcan las preciosas caligrafías, alguna de ellas tan diminuta como un Corán de tres centímetros pintado con diminutas agujas.

Ahmed Karahisani, el maestro calígrafo que engrandeció el reinado de Solimán el Magnífico, bordaba con su estilo impecable las azoras, los versos del Corán. Sus trazos se extienden al infinito. Desarrolla zigzags, volutas, curvas, meandros, miles de formas que entran por los ojos.

Los calígrafos no sólo copiaban los textos sagrados, también pintaban hilyes, textos que describían a Mahoma. La composición de estas páginas guardaba un orden geométrico. Arriba debían aparecer las palabras “en el nombre de Dios”; en el centro, los textos del hilye; a los lados, los distintos nombres que recibe el profeta, y en horizontal, un azora del Corán.

La colección Sabanci cuenta también con variadas tugras, los monogramas imperiales de los sultanes que autentificaban edictos y documentos. Implantados en la época de Mehmed el Conquistador, adquirieron su mayor esplendor con Solimán. Al principio eran sólo finas líneas entrelazadas y pintadas en negro, pero poco a poco introducen colorido. Los mejores monogramas fueron realizados durante el reinado del sultán Abdülaziz, a finales del siglo XVIII.

Los calígrafos estaban al servicio de los sultanes, recibían un salario y daban clases en las meskânes. Los estudiantes trabajaban en miles de ejercicios hasta conseguir algo parecido a la pericia de sus maestros. Ellos también ejercitaban sus dedos todos los días con el cálamo como un pianista que debe mantenerlos ágiles y entrenados.

En 1923, Atatürk, el fundador de la República turca, prohíbe la lengua y la escritura árabes e impone la imprenta y el alfabeto latino. Los calígrafos, servidores de Alá y del sultán, desaparecen. En 1936, los locales donde se enseñaba el arte de la caligrafía se desplazan a la recién creada Academia de Bellas Artes de Estambul. “Atatürk ha echado a Dios del país”, cantan a los cuatro vientos los desplazados, pero ellos nunca morirán: “Su alma vagabundea por las fronteras del mundo habitado intentando recuperar sus instrumentos. Dios los utiliza para revelar sus palabras. Los calígrafos lo escriben”.


La exposición ‘Letras en oro’ puede verse desde mañana, lunes, hasta el 2 de marzo de 2008 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y posteriormente, en los Reales Alcázares de Sevilla.
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