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¿Es el islam una amenaza para el cristianismo?

El islam contemporáneo es más un desafío que una amenaza

02/12/2007 - Autor: John Esposito - Fuente: Revista Concilium
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John Esposito
John Esposito

Si la década de los ochenta estuvo dominada por el temor a que Irán exportara su revolución, la década de los noventa ha intensificado el miedo al espectro de una amenaza islámica global. Los múltiples y variados aspectos del islam contemporáneo se suelen compendiar sumariamente bajo la monolítica idea de un fundamentalismo islámico, al que supuestamente se identifica con la violencia y el terrorismo. El recuerdo de la denuncia lanzada contra América por el ayatolá Jomeini, quien consideraba a este país como el "Gran Satán", la condena de que fue objeto Salman Rushdie, autor de Los Versos Satánicos, las personas retenidas como rehenes en el Líbano, el llamamiento de Saddam Hussein a una yihad en la Guerra del Golfo en 1991, las bombas que estallaron en Nueva York (en el World Trade Center), en El Cairo y en la región meridional del Líbano, los temores a un esfuerzo organizado y coordinado por Irán y Sudán para promover y difundir el radicalismo islámico: todo ello ha venido a reforzar las imágenes que la gente tiene del islam como religión militante y expansionista, rabiosamente antiamericana y que se propone hacer la guerra a Occidente. Al mismo tiempo, los ataques de extremistas egipcios contra cristianos coptos de Egipto, la profunda impresión causada por los gobiernos islámicos de Sudán y Paquistán, y las hostilidades entre musulmanes y cristianos en el Líbano, son fuente de grave preocupación para las comunidades cristianas.

l. Raíces de la preocupación y de los malentendidos

Las rivalidades antiguas y los conflictos de tiempos modernos han llegado a acentuar de tal manera las diferencias, que éstas oscurecen por completo las raíces monoteístas comunes y la visión de la tradición compartida por judíos, cristianos y musulmanes. A pesar de que existen muchas creencias y valores comunes a lo largo de la historia, las relaciones entre musulmanes y cristianos se han visto ensombrecidas a menudo por los conflictos, cuando los ejércitos y los misioneros del islam y del cristianismo estaban envueltos en una lucha por el poder y por las almas. Esta confrontación se extiende desde la caída del Imperio bizantino (el antiguo Imperio romano de Oriente) ante el embate de los ejércitos del islam en el siglo VII hasta las feroces batallas y polémicas de las Cruzadas, la expulsión de los moros de España y la Inquisición, la amenaza del Imperio otomana de invadir Europa, la expansión y el dominio colonial de los países europeos (cristianos) durante los siglos XVIII y XIX, el desafío político y cultural de las superpotencias (Estados Unidos y la Unión Soviética) durante la segunda mitad del siglo XX, la creación del Estado de Israel, la actual competencia entre misioneros cristianos y musulmanes por lograr conversiones en Africa, y el desafío que supone la reafirmación contemporánea del islam o "fundamentalismo islámico". A consecuencia de ello, las relaciones del islam con Occidente han estado marcadas a menudo no tanto por la comprensión cuanto por la mutua ignorancia y los estereotipos, la confrontación y los conflictos.

1. El desafío del resurgimiento islámico contemporáneo

Durante las décadas de los años setenta y de los años ochenta, el islam ha reaparecido como una fuerza global poderosa. El poder y la vitalidad del avivamiento islámico contemporáneo tiene sus raíces en un fenómeno de amplia base: la reafirmación del islam entre los musulmanes y en sus actuaciones en la vida política. Aunque el islam siguió manteniendo siempre una presencia intensa en las sociedades musulmanas, vemos que en estos últimos años ha demostrado poseer una fuerza sociopolítica dinámica y vital en tales sociedades. Muchos musulmanes han llegado a ser personalmente más observantes de su religión en lo que respecta a la oración, el ayuno, la manera de vestir y la manera de comportarse. Asimismo, el islam se ha manifestado como importante fuerza ideológica y como alternativa a tener en cuenta en la vida política y social. Los gobiernos musulmanes y los movimientos de oposición tienden a conceder un papel más importante a la religión en la vida pública, o tienen que enfrentarse con esa función más destacada de la religión. El simbolismo islámico y las comunicaciones procedentes del mundo islámico se han convertido en fuente primaria de legitimación jurídica y de movilización popular. Las organizaciones islámicas proliferan y se desarrollan como importantes factores políticos y sociales.

El examen de la política islámica contemporánea pone en entredicho la idea de un "fundamentalismo islámico" monolítico o de una amenaza panislámica. La aplicación práctica del islam a nivel estatal varía notablemente en función de las formas de gobierno, los programas nacionales y la política exterior. Monarcas, jefes militares, presidentes y miembros del clero vienen presidiendo gobiernos tan diversos como la monarquía conservadora de Arabia Saudí, el Estado socialista y populista de Libia, la república clerical de Irán, y los regímenes militares de Sudán y de Paquistán. Análogamente, aunque algunos países musulmanes mantienen estrechos lazos con Occidente, otros vienen siendo considerados como una amenaza para los intereses occidentales. Dentro de algunos países, se escuchan voces y grupos rivales que pretenden llegar al poder en el nombre del islam.

Las organizaciones y los movimientos islámicos modernos son la fuerza motora que impulsa la dinámica difusión del resurgimiento islámico. Son también el supuesto foco o la encarnación de la amenaza islámica, a los ojos de los gobiernos occidentales. Para algunos, los movimientos islámicos representan una auténtica alternativa a los regímenes corruptos que se hallan agotados y son ineficaces. Para muchos otros, son una fuerza desestabilizadora: son demagogos que están dispuestos a emplear cualquier táctica con tal de alcanzar el poder. La violencia y el terrorismo perpetrados por grupos en Líbano y en Egipto y que ostentan nombres como el Partido de Dios, la Guerra Santa, el Ejército de Dios, la Salvación de las garras del infierno, y la Gamaa Islamiyya (Grupo Islámico), encarnan una "Furia Sagrada" que ha llegado a ser harto conocida (Robin Wright, Sacred Rage, New York 1985). Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y diversa de lo que pretende esa imagen popular. Aunque una minoría son revolucionarios violentos y vociferantes, la mayoría (como las Hermandades Musulmanas de Egipto y de Jordania, el Frente Islámico de Salvación de Argelia, el Partido del Renacimiento de Túnez, la organización Jamaat-i-lslami de Paquistán, la organización Nahdatul Ulama y Muhamadiyya de Indonesia, y ABIM y PAS en Malasia) actúan dentro del sistema político y aspiran a un cambio que surja de las mismas bases mediante un proceso gradual de reforma. Muchos se hallan sumamente interesados en fa liberalización política y la democratización del país.

2. De la periferia al centro: la corriente principal de avivamiento

Si durante gran parte de las décadas de los años setenta y de los años ochenta el avivamiento islámico o fundamentalismo se igualó con grupos extremistas radicales de los márgenes de la sociedad, vemos claramente en la década de los años noventa que el resurgimiento del islam es mucho más complejo. El avivamiento islámico es un movimiento religioso-social de base amplia, y que forma parte de la sociedad islámica en su corriente principal. La presencia de y el llamamiento hacia una orientación islámica más pronunciada se halla entre las clases medias y las clases humildes, entre los hombres y las mujeres, entre las personas instruidas y las no instruidas, entre los profesionales y los trabajadores. Aunque siguen existiendo pequeños grupos radicales que se dedican a actos de violencia y terrorismo, sin embargo en muchos países musulmanes el activismo ha llegado a estar institucionalizado, y trabaja y prospera dentro del sistema. Ha hecho su aparición una nueva clase de minorías selectas modernas y cultas, pero orientadas islámicamente, que trabajan juntamente con, y en algunas partes en oposición a, las correspondientes minorías secularizadas. Su finalidad es la transformación de la sociedad mediante la formación islámica de los individuos y por medio de la acción social y política. Las sociedades dawah (llamamiento) trabajan en servicios sociales (hospitales, clínicas, sociedades de asistencia jurídica), en la educación y la enseñanza (escuelas, centros de atención a la infancia, campamentos de jóvenes), en la edición de publicaciones religiosas y en actividades de radiodifusión y televisión. Los activistas islámicos se han convertido en parte integrante del proceso político. Vienen participando en elecciones nacionales y locales, logrando una impresionante victoria en las elecciones municipales y nacionales de Argelia y manifestándose como la principal fuerza de la oposición en Egipto,. Túnez y Jordania. Los activistas desempeñan puestos de alto nivel en Sudán, Jordania, Paquistán, Irán y Malasia.

Por una ironía del destino, la amplitud con que el resurgimiento del islam se convierte en parte de la corriente principal de la vida y de la sociedad musulmana ha inducido a muchos a considerar ese resurgimiento como una amenaza aún mayor. En muchos países islámicos, las instituciones del Estado se ven complementadas actualmente o hallan la competencia de escuelas, clínicas, hospitales, bancos y servicios sociales de orientación islámica. El éxito de esas instituciones, que proporcionan servicios tan necesarios, lo entienden a menudo los regímenes como una crítica o una amenaza implícita, si no explícita, que pone de relieve la limitaciones y los fallos de esos regímenes. Análogamente, la aparición de una minoría selecta alternativa, que es moderna y culta, pero que se halla más orientada islámicamente, ofrece una visión alternativa de la política y de la sociedad que constituye un desafío para los criterios occidentales y secularizados y para los estilos de vida, el poder y los privilegios de las minorías bien asentadas en sus puestos.

II. El islam y Occidente: ¿desafío o amenaza?

Buena parte de los observadores occidentales del pasado se refugiaban en la polémica y en las maneras estereotipadas de considerar a los árabes, a los turcos o a los musulmanes, y proclamaban el peligro que suponía el panarabismo y el pan islamismo. Pero hoy día estamos presenciando la perpetuación o la creación de un nuevo mito. Ha llegado a considerarse al islam como una triple amenaza de carácter político, demográfico y religioso-social. Se presenta la inminente confrontación entre el islam y Occidente como parte de un modelo histórico de beligerancia y agresión musulmanas. Se evocan imágenes pasadas de un Occidente cristiano que repelía la amenaza de los ejércitos musulmanes que querían invadir los países de Europa occidental, y se vinculan esas imágenes con las realidades actuales, poniendo en guardia contra los "estalinistas religiosos" empeñados en una "cruzada" islámica contra Occidente y que están inspirados y apoyados por Irán, "el nuevo commintern" (Charles Krauthammer, Iran: Orchestrator of Disaster, "Washington Post", 1 de enero de 1993; Morton Zuckerman, Beware of religious Stalinists, "U.S. News and World Report", 22 de marzo de 1993, p. 80; Bernard Lewis, Roots of Muslim Rage, "Atlantic Monthly" 226:3, septiembre de 1990). Algunos hablan de un alzamiento islámico global, de musulmanes del corazón y de la periferia del mundo musulmán que se alzan en rebelión: un "nuevo arco de crisis... otro gran movimiento se está produciendo, que pasa más inadvertido pero que es igual de funesto: una intifada global" (Charles Krauthammer, The New Crescent of Crisis: Global lntifada, "The Washington Post", 16 de febrero de 1990).

1. ¿Una amenaza demográfica?

La naturaleza de la amenaza islámica se halla intensificada por la vinculación entre lo político y lo demográfico. Y, así, Patrick Buchanan escribió en su obra Rising Islam May Overwhelm the West ("La ascensión del Islam es capaz de hundir a Occidente") que, mientras que Occidente está "negociando la liberación de los rehenes con los chiítas radicales que nos odian y nos detestan", sus "correligionarios musulmanes se dedican a llenar los países de Occidente". La amenaza de los musulmanes es, por su misma naturaleza, una amenaza global -afirma Buchanan-, porque los musulmanes "proliferan y prosperan" en Europa, en la antigua Unión Soviética y en América.

Los sucesos que se producen en Occidente refuerzan la perspectiva de una inminente amenaza demográfica. La presencia de importantes minorías de población musulmana, procedentes del Oriente Medio, de Asia y de Africa, somete a fuertes tensiones el edificio social de las sociedades europeas de Gran Bretaña, Alemania y Francia, entre otras. Los sentimientos antiárabes y antimusulmanes en la Europa occidental son parte de una creciente xenofobia. Análogamente, las bombas que se hicieron estallar en el World Trade Center y las subsiguientes invitaciones del jeque Omar Abdur Rahman y de otros que solicitaban la complicidad en actividades de terrorismo urbano han centrado la atención mundial sobre la gran población musulmana de América y han vuelto a plantear problemas relativos a la inmigración.

2. ¿Son compatibles el islam y la democracia?

La participación de las organizaciones islámicas en la política electoral mediante las urnas, no mediante las armas, las ha convertido por una ironía del destino en una amenaza aún más temible para algunos gobiernos de países musulmanes y también para algunos gobiernos de países occidentales. La justificación que se ha encontrado para condenar y suprimir ciertos movimientos islámicos era la de estar integrados por extremistas violentos, la de constituir grupos pequeños y no representativos que vivían al margen de la sociedad y rehusaban integrarse en el sistema, y la de ser, por tanto, un peligro para la sociedad y para la estabilidad de la región. Los que antes desoían las demandas de esas organizaciones por considerarlas no representativas del mundo islámico y denunciaban su radicalismo por creerlo una amenaza para el sistema, ahora las acusan de intentar "secuestrar la democracia". Esos temores están siendo expresados por comentaristas y líderes políticos de Occidente y son explotados por los gobernantes autoritarios de Túnez y de Argelia. Esta mentalidad ha hecho que muchas personas en Occidente callaran cuando los militares argelinos intervinieron, anulando los resultados de unas elecciones celebradas legítimamente, y reprimiendo y encarcelando al Frente Islámico de Salvación.

Los movimientos incipientes de democratización que se desarrollan en el Oriente Medio y en el mundo musulmán más amplio y la participación de los movimientos islámicos en el proceso electoral plantean la siguiente pregunta: ¿Son compatibles el islam y la democracia? Como el judaísmo y el cristianismo, el islam admite también múltiples interpretaciones. Se ha utilizado al islam para apoyar la democracia y para apoyar la dictadura. El siglo XX ha sido testigo de ambas tendencias. Aunque algunos dirigentes de movimientos islámicos han hecho declaraciones en contra de la democracia y de un sistema parlamentario de gobierno, sin embargo, su reacción negativa se explica frecuentemente como una repulsa general de la influencia colonial europea y como una defensa del islam contra la ulterior penetración de Occidente y contra la injerencia de la política occidental, más bien que como un rechazo total de la democracia.

3. Diferentes puntos de vista musulmanes


Hay diferentes puntos de vista musulmanes con respecto al significado de lo que es la democracia. Pero, históricamente, se han dado también diferentes interpretaciones o modelos de democracia. Ahora bien, la islamización de la democracia, que es la base para la aceptación de las instituciones y de los valores democráticos, se asienta en un moderno proceso de reinterpretación (iytihad) de los conceptos islámicos tradicionales de la deliberación o consulta política (shura), del consenso de la comunidad (iyma) y de la personal interpretación (iytihad) o reinterpretación en apoyo de los conceptos de democracia parlamentaria, elecciones representativas y reforma religiosa. Los movimientos islámicos han utilizado la democracia y los derechos humanos para criticar como "anti-islámicos" a los gobernantes autocráticos, para reclamar elecciones democráticas y para exigir una mayor participación política en Túnez, Argelia, Egipto, Kuwait, Marruecos, Paquistán, Cachemira, Indonesia y Bangla Desh.

III. Tensiones entre una visión occidental y una visión islámica


A pesar de todo, existen diferencias entre algunas concepciones occidentales de la democracia y la tradición islámica. En las formas islamizadas de democracia, la soberanía popular está subordinada en teoría a la soberanía divina. La ley divina inmutable no puede ser alterada por un deseo o capricho humano. Lo que esto significa en la práctica varía enormemente, desde los que exigen la aplicación directa del derecho islámico tradicional hasta los que exigen la reformulación del derecho islámico o hasta los que creen finalmente que es suficiente que no se promulgue ninguna ley que sea contraria al Corán.

1. El problema de la tolerancia


El testimonio de los experimentos islámicos en Paquistán, Irán o Sudán suscita graves preguntas acerca de la disposición de los gobiernos de orientación islámica para tolerar a los disidentes y para respetar la condición y los derechos de las mujeres y de las minorías no musulmanas, la naturaleza de su ciudadanía y el alcance de su participación en el gobierno y en la sociedad. Cuestiones parecidas tuvo que afrontarlas en el pasado el mundo cristiano. No cabe duda de que, hasta el concilio Vaticano II, algunos especialistas en desarrollo político creían que la democracia o el pluralismo moderno y el catolicismo romano eran incompatibles.

Las tensiones y los choques entre comunidades musulmanas y comunidades no musulmanas han venido incrementándose durante estos últimos años. Testigos de ello son los coptas de Egipto, los baha’is de Irán, los chinos de Malasia y los cristianos de Sudán y de Paquistán. A menudo se piensa que las minorías no musulmanas, como los cristianos de Egipto, de Sudán o de Paquistán, o el movimiento Ahmadiya de Paquistán, cooperaron en tiempos pasados con el poder colonial europeo o se beneficiaron de él. Análogamente, los coptos de Egipto, los chinos de Malasia, los baha’is de Irán y los ahmadiyas de Paquistán, que suelen contemplarse como minorías más avanzadas en cuanto a instrucción y economía, vienen encontrando resentimiento y discriminación. A los dirigentes religiosos reaccionarios les resultó fácil movilizar o incitar a sus seguidores contra esas minorías, consideradas como demasiado afortunadas, y que se convirtieron en objetivos para desahogar frustraciones socioeconómicas.

2. La condición de los "infieles"


Según el derecho islámico, los no musulmanes pertenecen a una clase de ciudadanos, los dhimmi ("protegidos"), que integran una propia comunidad. A cambio de su adhesión al Estado y del pago de un tributo de capitación, gozan de libertad para practicar su fe y son regidos por sus propios líderes religiosos y sus propias leyes en materia de culto, vida privada, educación y derecho de familia. Ahora bien, aunque esta postura aparecía como muy positiva en tiempos pasados en comparación con la opinión y el trato que se daba en el mundo cristiano a los "infieles", sin embargo, al ser comparada con las normas modernas, aparece claramente como un trato aplicado a ciudadanos de segunda categoría. La mayoría de los Estados musulmanes modernos han concedido igualdad de derechos de ciudadanía a todos, cualquiera que sea su credo religioso. Pero el resurgimiento contemporáneo ha resucitado presiones para que se reafirme jurídicamente la actitud tradicional, muy difundida, hacia los no musulmanes, actitud que, aunque modificada por la legislación moderna, sigue determinando la mente y las ideas de muchos musulmanes.

Un moderno enfoque liberal y secularmente pluralista es contestado actualmente en muchos sectores, que argumentan que la ideología de un Estado islámico exige que uno se adhiera al islam. Esto impediría a los no musulmanes ocupar puestos clave en el gobierno, el parlamento, la magistratura y el ejército, que son los que formulan y aplican la ideología del Estado. A pesar de las modernas reformas constitucionales, hay organizaciones islámicas como la Hermandad Musulmana y el movimiento Jamaat-i-Islami y numerosos dirigentes religiosos que siguen enseñando y predicando que los no musulmanes deben encontrar restricciones para el ejercicio de ciertas funciones.

Sin una reinterpretación de las doctrinas jurídicas clásicas del islam sobre los ciudadanos no musulmanes, considerados como "personas protegidas" (dhimmi), un Estado de orientación ideológica islámica será en el mejor de los casos un Estado democrático limitado con débil perfil pluralista. Su orientación ideológica podría restringir la participación de los no musulmanes en los puestos clave de gobierno y también la existencia de partidos políticos que representaran ideologías u orientaciones competitivas, tanto de naturaleza secular como religiosa.

Tan sólo el tiempo dirá si el apoyo de la democracia por parte de numerosos movimientos islámicos contemporáneos y la participación de los mismos en el proceso electoral son simplemente un medio para conseguir el poder o una meta final a la que de veras se aspira. Basándonos en lo que hemos visto hasta ahora, cabe esperar que allá donde los movimientos islámicos llegan al poder, como en el caso de muchos gobiernos del Oriente Medio, tanto seculares como "islámicos", las cuestiones del pluralismo político y de los derechos humanos seguirán siendo fuente de considerable tensión y conflicto, hasta que el tiempo y la experiencia permitan el desarrollo de nuevas tradiciones e instituciones políticas.

3. Más un desafío que una amenaza


El islam contemporáneo es más un desafío que una amenaza. Lanza un desafío a Occidente para que no se empeñe en reducir la riqueza y la diversidad del islam y de la experiencia musulmana y deje de considerarlas como una amenaza monolítica. Se desafía a los seguidores del judaísmo y del cristianismo a que se hagan conscientes de la fe del islam, a que reconozcan a sus hermanos musulmanes como hijos de Abrahán, y a que sepan distinguir entre el islam y su explotación por parte de los extremistas, exactamente igual que se pide a los demás que sepan distinguir, cuando tengan que enfrentarse con el fanatismo de grupos extremistas cristianos y judíos. El islam político es un reto lanzado a la secular concepción del mundo y de la vida que es tradicional de Occidente. Puesto que los activistas islámicos rechazan el orden político e intelectual establecido, la aceptación a ciegas de estas normas occidentales como verdades evidentes por sí mismas raya a menudo en un "fundamentalismo secular", y se menosprecia a priori a los activistas islámicos tachándolos de extremistas "anormales", aberrantes e irracionales. Así resulta cómodo convertir el desafío del avivamiento islámico contemporáneo en una amenaza para el orden político e intelectual establecido.

Se desafía a los gobiernos musulmanes a que sean más sensibles a las demandas populares de liberalización política y de mayor participación popular, a que toleren en vez de reprimir los movimientos de oposición (incluidos los partidos y las organizaciones islámicas) y a que establezcan instituciones democráticas viables.

Se desafía al mismo islam político, y lo desafía su propia retórica y su propio mensaje, para que sea autocrítico, para que viva más de acuerdo con las normas y principios apoyados por él, y para que responda a las exigencias de los demás; para que evite y denuncie los excesos cometidos por los gobiernos o movimientos que se identifican a sí mismos como islámicos; y, finalmente, para que asuma o comparta la responsabilidad, y no se limite a criticar a Occidente, por los fracasos de las sociedades musulmanas. Al mismo tiempo se desafía a las potencias occidentales a que permanezcan firmes en los valores democráticos que ellas pretenden encarnar, y reconozcan los auténticos movimientos populares y el derecho de los pueblos a determinar la naturaleza de sus propios gobiernos y la índole de sus propios dirigentes, ya se orienten por la vía secular o sigan más bien la senda de una orientación islámica. El siglo XXI pondrá a prueba nuestra capacidad para distinguir entre los movimientos islámicos que son una amenaza y los que representan legítimos intentos autóctonos por reformar e imprimir una dirección nueva a sus sociedades.

Extraído de John Esposito, La amenaza islámica: ¿mito o realidad?, Concilium n.253 (1994), pp. 57-68.

John Esposito: Profesor de religión y dé asuntos internacionales y director del Center for Muslim-Christian Understanding: History and International Affairs, en la School of Foreign Service, de la Georgetown University. Es el editor principal de la Encyclopedia of the Modern Islamic World, publicada por Oxford University Press. Entre sus publicaciones recientes figuran: The Islamic Threat: Myth or Reality?; Islam and Politics; Islam: The Straight Path, y The Iranian Revolution: Its Global lmpact.

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