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Arabia Saudí: el oro del petróleo

16/11/2007 - Autor: Javier Serrano Copete - Fuente: www.nubiru.blogspot.com
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oasis en Arabia
oasis en Arabia

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces...”

La crítica de lo otro, la difamación de lo diferente, ha sido durante mucho tiempo un mecanismo ejemplar de describir lo propio, de autoidentificarse. Arabia Saudí es un claro ejemplo de esta circunstancia. “Culturalmente, los saudíes son percibidos como beduinos; religiosamente, como musulmanes integristas, y económica y socialmente como nuevos ricos (Pascal Ménoret)”. Poca duda cabe de que Arabia es una contradicción en sí misma, no sólo en cuanto a hogar de civilizaciones sedentarias y beduinos, ulemas frente a terroristas, saqueadores o carabanas, el oasis y el desierto...

El país saudí es visto por Occidente como la cuna del fanatismo islámico (el wahabbismo), mientras que por el resto de sus hermanos islámicos se tiene la percepción de que se trata de una, descomunalmente, potente mascota al servicio de los EEUU. Pocos son quienes recuerda a Lawrence de Arabia o la "autodeterminación" de los “pueblos árabes” contra el caduco Imperio Otomano... Un personaje de total actualidad, Benazir Butto (opositora principal al régimen, en Pakistán, del general Pervez Musharraf) afirmó que: “des talibans était anglaise, la gestion américaine, largent saoudien et la mise en place pakistanaise!”. Y es que como afirmó Abolhassan Bani Sadr (antiguo presidente de Irán, 1980-81): “¡La función del discurso integrista en cuanto parte integrante del poder es la de permitir a éste afirmar que la violencia es exportada desde el mundo no occidental hacia Occidente! Cuando en realidad Occidente está en el origen de esa violencia que se vuelve contra él”. El régimen saudí tiene una estructura medieval, mejor dicho, de tiempos romanos; se limita a ser un país títere de los Estados Unidos. ¿Cómo se entiende que los diablos del turbante se paseen por el Vaticano mientras otros líderes islámicos, electos, son tachados de terroristas?

Quizás hayamos sido demasiado severos con este juicio. En el Imperio de la Globalización (o lo que es lo mismo, de la elite económica dirigente, en su mayoría residente en los EEUU) se imponen sus designios a fuerza de guerras y dólares, la prosperidad de algunos países se ve, sin mayor remedio, a través del prisma del despilfarro y el anarquismo, el capricho y el despotismo de líderes esquizofrénicos. Según afirmara un periodista de reconocido prestigio (Stéphane Marchand): “el dinero fácil ha transformado a una tribu beduina en una multinacional del despilfarro (...) Nada es más difícil que economizar dinero que se tiene pero no se ha generado”. ¡Genial! Una vez más la genial obra de Pascal Ménorte: Arabia Saudí. El reino de las ficciones (edicions bellaterra), nos ilumina al criticar la anterior afirmación mostrándonos ¡cuán caprichosa e injusta es la madre Naturaleza al haber querido situar los pozos de petróleo bajo las arenas del desierto saudí!

El enriquecimiento, progresivo, de la elite de Arabia no encuentra fuente de legitimidad en nuestro paradigma. Petrodólares en manos de embajadores terroristas, jeques con palacios de varias millas y rascacielos que, usando mano de obra esclava, amagan con querer alcanzar el kilómetro de altura (en este caso en Dubai). Occidente aparece como un mal padre, el hijo nos ha salido rebelde, respondón, chuleta y megalómano. Tal vez la visión deba ser diferente, negar la falta de tutela del fenómeno por el Imperio Inglés, entender la soberanía legitima saudí, basada en un egoísmo que es innato a los de nuestra especie y que se manifiesta en la política de todos los países del orbe.

Todo el mundo ve al beduino vestido de seda, en tanto que bandido de los desiertos. Nadie piensa en Mahoma como rico comerciante, y en las ciudades antiguas del litoral arábigo. Todo es metáfora y lección acerca de nuestra ceguera, invidencia que no nos deja tomar juicio neutral en un conflicto (el terrorismo islamista internacional) del que somos causa a la vez que víctimas. A dónde se dirige nuestro futuro tal vez lo sepa Dios o Alá, yo me inclino a pensar que es inabordable, y que nuestro cerebro no alcanza a entender un porvenir sin enemigos ni una civilización que no se base en el éxito sobre la otra, en su superación y subyugación, su agravio y derrota. Y es que un juez jamás estuvo tan visiblemente difuminado entre las partes, como lo está ahora en Oriente...

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