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La expedición de Suez o el ocaso de la era colonial

13/11/2007 - Autor: René Naba - Fuente: Rebelión
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El 26 de julio de 1956, Nasser nacionalizó la compañía del canal de Suez para financiar la construcción de la presa de Asuán después de que los Estados Unidos se negaran a aportar fondos. Como represalia, se congelaron los activos egipcios y se suprimió la ayuda alimentaria. Los principales accionistas del canal eran entonces británicos y franceses. Además, Nasser denunció la presencia colonial del Reino Unido en Oriente Próximo y apoyó la lucha de los nacionalistas argelinos. Reino Unido, Francia e Israel se lanzaron a una operación militar bautizada como «Operación Mosquetero» el 29 de octubre de 1956.

La operación de Suez duró una semana. Por su parte, la ONU confirmó la legitimidad egipcia y condenó la expedición franco-israelo-británica mediante una resolución.

Hace 20 años escribíamos:

París, 26 de octubre de 1986 (AFP)

La expedición francobritánica de Suez de hace 30 años marcó el ocaso de la era colonial, poniendo fin a las ambiciones en la región de las grandes potencias de entonces, Francia y Gran Bretaña, auténticos tutores de Oriente Próximo durante medio siglo.

Para los historiadores, esta expedición, por sus repercusiones militares y diplomáticas, permitió que los Estados Unidos y la Unión Soviética accediesen por igual a la escena política de la región.

La expedición, concebida como respuesta a la nacionalización del Canal de Suez por parte de Nasser, fue obra de tres hombres, todos ellos jefes de estado, impulsados por distintos motivos: el socialista francés Guy Mollet, que se declaró «acosado por el espectro de Munich y el derrotismo europeo », aunque en realidad su pretensión era cortar el cordón umbilical que unía la rebelión argelina a su principal sustentáculo en el mundo árabe; el conservador británico Anthony Eden, presionado por su amigo el primer ministro de la monarquía iraquí Nuri Said para que se enfrentara a Nasser, nuevo jefe de filas del nacionalismo árabe militante; y el israelí David Ben Gurión, para frenar el poderío militar del mayor Estado árabe, Egipto.

La operación se inicia el 29 de octubre de 1956, mientras el mundo entero tiene la mirada puesta en los insurrectos de Budapest. El ejército israelí atraviesa el desierto del Sinaí y llega a orillas del Canal de Suez. Esta primera operación es parte de un plan secreto anglo-franco-israelí cuyo objetivo es hacerse de nuevo con el control de la vía acuática que, para los árabes, simboliza el colonialismo. Construido por el francés Ferdinand de Lesseps, el canal, que garantiza la conexión del viejo continente con el subcontinente indio, está en manos de un consorcio dominado por los británicos.

París y Londres, en aplicación del acuerdo de Sèvres, lanzan un ultimátum a egipcios e israelíes. Exigen un alto el fuego y «piden» a los egipcios que «permitan» a las tropas francobritánicas ocupar Port Said, Ismailia y Suez, los puentes clave del canal.

Nasser se niega. El 5 de noviembre, al día siguiente del regreso a Budapest de los tanques soviéticos, los franceses y británicos desembarcan. Ocupan Port Said y se disponen a descender por el canal cuando Moscú y Washington ordenan un alto el fuego, que se hace efectivo el 7 de noviembre.

Si la operación ha sido un éxito en el terreno militar, sus consecuencias diplomáticas han supuesto un desastre tanto para los franceses como para los ingleses, en la aurora de la descolonización y el fortalecimiento del tercer mundo.

Nasser hunde barcos en el canal para dificultar la navegación, obligando a los petroleros, que abastecen a Europa desde el Golfo, a dar un largo rodeo por el cabo de Buena Esperanza (Suráfrica). Es la primera vez que un país del tercer mundo usa el arma del petróleo, justo después de haberlo nacionalizado. Europa se enfrenta a su primera escasez de oro negro. Para afrontar el coste añadido del transporte del crudo, Francia crea un impuesto especial para automóviles.

Ante la reacción acalorada del ministro indio de defensa, Krishna Mennon, la Commonwealth está a punto de estallar, debatiéndose entre la solidaridad con Nasser del primer ministro indio Nehru y el «odio visceral» del primer ministro británico hacia el Rais egipcio, según la expresión de Robert Rhodes James, biógrafo de Eden.

El mundo árabe, a excepción del Líbano, rompe relaciones diplomáticas con Londres y París. La onda de choque de este asunto, que ha desencadenado un virulento sentimiento contra Occidente, repercutirá dos años más tarde en todo Oriente Próximo.

En febrero de 1958, Egipto y Siria se fusionarán en un único Estado, formando la República Árabe Unida. La monarquía iraquí caerá en picado cinco años después, en julio de 1958, lo que provocará la intervención de paracaidistas británicos en Jordania para salvar el trono vacilante del Rey Hussein, mientras que los marines usamericanos desembarcarán en Beirut para apoyar al presidente Camille Chamoun, en un país asolado por la primera guerra civil.

Treinta años después de esta expedición, varias preguntas siguen sin respuesta, sobre todo la incógnita de cuál fue el elemento determinante para que se declarase el alto el fuego del 7 de noviembre: ¿las amenazas soviéticas de lanzar la bomba atómica o las presiones usamericanas?

Para Robert Rhodes James no hay duda: fue la negativa usamericana a intervenir para sostener la libra esterlina, que casi siembra el pánico en la ciudad de Londres.

Para otros, la causa fue el enojo del presidente Dwight Eisenhower ante el dislate de sus aliados, que empañó su reelección triunfal. Para los árabes, la amenaza del Kremlin fue determinante.

La retirada francobritánica de Suez convirtió a Nasser en el campeón de la causa árabe y, en la conciencia de los pueblos colonizados, en un héroe de la talla de Mao Zedong, Nehru y Tito. Después de dar este palo de ciego, Israel aprendió a conocer su margen de autonomía con respecto a Estados Unidos.

Las poblaciones árabes, por su parte, experimentaron esta agresión tripartita como un ejemplo de la complicidad entre Israel y las potencias occidentales. Durante un decenio, el episodio de Suez estimuló las guerras de liberación nacional en el tercer mundo.

Epílogo

Cincuenta años después, en julio de 2006, ahora con el apoyo de Estados Unidos, la nueva potencia occidental que domina la región, Israel desata su guerra de destrucción contra el Líbano en represalia por la captura de dos de sus soldados por parte del movimiento chií libanés Hizbulá.

Suez fue concebida como una expedición punitiva contra Nasser, el nuevo «Hitler contemporáneo», según la expresión de los comentaristas de la época. La guerra del Líbano en 2006 pretendía imponer «medidas coercitivas» contra Hizbulá, en palabras del entonces presidente francés Jacques Chirac.

Cincuenta años después, persisten las reacciones coloniales en los países occidentales ante cualquier veleidad independentista de los países árabes y, lo que es peor, con el mismo tesón, ahora en la alianza entre Israel y la principal potencia occidental del momento, y con el mismo fracaso militar en cuanto a lograr los objetivos estratégicos de Occidente.

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