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Diario de una conversa (2)

24/10/2007 - Autor: Ndeye Andújar
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Ndeye Andújar
Ndeye Andújar

París, 21 de Ramadán

Ayer volví a ver las fotos de mis viajes. Hacía mucho tiempo que no las miraba. Los álbumes estaban cubiertos de polvo, algunos estaban incompletos, otros amarillentos. Me pregunté si me acordaría de cómo era en aquella época. La verdad es que no estaba segura.

Diría que fui una adolescente sin problemas, estudiosa y solidaria, aunque con mucho carácter e incluso mal genio. Mis ansias juveniles por cambiar el mundo me llevaron a Senegal. Ya queda lejos ese 1993 que cambiaría mi vida. Me fui a construir letrinas a un poblado en el que había una epidemia de cólera.

Después de ese viaje iniciático, se sucederían muchos más. Idas y vueltas entre dos mundos, dos realidades. Pronto me convertí en una senegalesa de adopción. Me llamaban Ndeye, la madre, una marca de respeto ya que para los musulmanes el paraíso está a los pies de la madre.

En 1999 decidí irme a vivir a ese país que me había transformado, que me había permitido conocer la universalidad del ser humano. Estuve un año en la Universidad Cheikh Anta Diop, aprendiendo de mis alumnos, compartiendo sus esperanzas y sus frustaciones, hasta que llegaron las huelgas generales durante las elecciones presidenciales.

Allí aprendí el Islam de la experiencia, el Islam telúrico, colectivo, alejado de los estereotipos transmitidos por los medios de comunicación. Me impresionó la fuerza de la tradición oral, heredada de los griots. Me pasaba las tardes escuchando leyendas e historias familiares. Tenía la sensación de volver al mundo mágico de la infancia.

Me contaron la leyenda del baobab, uno de los árboles más bellos del continente, admirado por todos por su follaje y flores. Su vanidad creció tanto que los dioses lo castigaron, enterrando sus ramas y dejando a la vista sus raíces. En efecto, parece un árbol invertido que, con sus ramas extendidas en orden anárquico, pretende implorar el perdón de los dioses.

Conocí los cantos nocturnos de las turuq y descubrí el sonido familiar del muezzin, los sacrificos de los corderos, el respeto por los mayores, los pobres y los necesitados y ¡como no!, la teranga senegalesa, la hospitalidad.

Mi retiro senegalés me permitió estudiar el Qur’an a diario. Las primeras lecturas fueron muy difíciles, duras, incluso diría que insoportables. Pero al igual que la arcilla, todavía era impermeable a la lluvia divina de la Revelación, hasta que poco a poco me pude diluir en ella.

Sin embargo, no me conformé con vivir en una burbuja espiritual, que a la larga deshumaniza, sino que también oí las voces de muchas mujeres, musulmanas y feministas, no conformes con el estatuto que les había asignado la tradición. En mis tertulias diarias con otras mujeres surgía una y otra vez la misma reivindicación: ¡querían trabajar para ser independientes económicamente!

Descubrí la literatura feminista africana a través de Une si longue lettre, de Mariama Ba o Parole aux Négresses, de Awa Thiam o aún La grève des bâttu, de Aminata Sow Fall. Esta literatura, considerada hasta ahora como marginal, es una literatura emergente que habla de las minorías: mujer y negra y defiende un "feminismo africano".

Gracias a mi estatuto de “tubab” (blanca) me salté muchas normas impuestas a las mujeres, pero no me interesaba que me trataran de manera especial. No acababa de entender el reparto injusto del espacio público/privado o la hipocresía de una poligamia al servicio del ego masculino. A pesar de las apariencias, yo no venía de una cultura tan diferente.

Recuerdo que en una ocasión, una de mis maestras en el Islam me dijo de manera un tanto cínica pero muy cierta que si me hubiera enterado de cómo se comportaban los musulmanes antes de pronunciar la shahada, seguramente nunca me hubiera hecho musulmana.

La lista de injusticias que sufrimos las mujeres es larga y mi visión del Islam siempre ha sido crítica, abierta y a la vez regeneradora. Pero es muy difícil hacer una autocrítica sin caer en un ajuste de cuentas o en el simplismo más desalentador. No se trata de hacerles el trabajo sucio a los islamófobos.

De lo que estoy hablando es de la apropiación de la visión del Islam por parte de los fanáticos e intransigentes de toda índole, del abismo entre lo que el Islam predica y la actitud de muchos musulmanes. Muhammad dijo que “el din (la religión) es la manera de comportarse de los musulmanes”. El Islam no tiene dogmas y no puede reducirse a un legalismo anquilosado.

No podemos hablar de piedad y maltratar a las mujeres, no podemos hablar de que el Islam significa paz y recurrir a la violencia, no podemos decir que en el Islam todos somos iguales y en cambio ser misóginos. No podemos porque es una contradicción total. Así que una se pregunta, ¿por qué después de ver tantas injusticias apabullantes una sigue siendo musulmana?

Debo reconocer que cuando nacieron mis hijas, atravesé una época de crisis, las dudas me asaltaron, había demasiadas cosas que no me cuadraban. Hasta que por fin encontré lo que había intuido desde hacía muchos años: que una podía trabajar, decidir cómo debía vestirse, tener espíritu crítico, acceder a la interpretación de los Textos Sagrados y seguir siendo musulmana. En definitiva, que existía un feminismo islámico.

Por aquel entonces, ya me encontraba aquí, en Francia. El impacto de este descubrimiento fue muy grande y me permitió conciliar mi fe con mi trayectoria personal. Descubrí el inmenso legado de nuestras antepasadas defensoras de los derechos de las mujeres: Jadiya, Aisha, Umm Salama, Sakina. Y leía con avidez los trabajos de intelectuales musulmanas que luchan actualmente por la igualdad de género dentro del Islam: Amina Wadud, Asma Barlas, Riffat Hassan, Ziba Mir Husseini, Kecia Ali, Asma Lamrabet y tantas otras…

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