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Diario de una conversa (1)

03/10/2007 - Autor: Ndeye Andújar
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Al finalizar la salat en Dar as Salam.
Al finalizar la salat en Dar as Salam.

París, 20 de Ramadán de 1428

Querido diario:

Aunque no tengo el síndrome de la hoja en blanco, hablar de una misma siempre significa desnudarse un poco, mostrarse vulnerable. Lo detesto profundamente. Pero la dificultad de esta tarea supone un reto para el nafs. Puede más el afán de superación interior que el pudor y el miedo a tu mirada. Sobre todo supone rendirle cuentas a una misma y quizá asomarse al espejo trucado de nuestra propia imagen; fragmentos de una identidad compuesta de retazos inacabados. Se trata de una historia que nadie puede escribir por nosotros porque en realidad se va escribiendo a sí misma conforme la vamos viviendo.

Como sabes, hace ahora casi 9 años que abracé el Islam. Aunque todavía sigo recordando con emoción ese momento, al revés de lo que les suele ocurrir a otros “conversos”, no supuso el inicio de nada milagrosamente nuevo, ni siquiera una ruptura con mi vida anterior, sino más bien se trataba de un capítulo sin fracturas, una transición perfecta. Lo paradójico es que a pesar de esa linealidad ininterrumpida, incluso difusa, que supuso mi vuelta al Islam, desde entonces el tiempo ha ido marcando inexorablemente mi vida, acompasada por un reloj caleidoscópico: un 20 de diciembre de 1998 pronuncié mi shahada, la profesión de fe. El mismo día tuvo lugar otro nacimiento, el de mi sobrina, con la que además comparto el mismo nombre. Por cierto, a mi cuñada (su mamá) y a mí nos llaman hermanas gemelas porque nacimos a la misma hora y en la misma fecha. Y como era de esperar, mi hija mayor se llama como ella. Entre tanta coincidencia abrumadora aparecen dos elementos indisociables: el nacimiento y el nombre.

Muhammad (s.a.s.) dijo en cierta ocasión: "Todo recién nacido aún conserva el sentido y la naturaleza de todas las cosas, la Fitra con la que Allah lo ha creado todo; son sus padres quienes lo hacen cristiano, judío o zoroastriano". Sus compañeros replicaron: "...o musulmán". Y Muhammad (s.a.s.) les respondió: "No, el recién nacido siempre es musulmán; el Islam es la Fitra".

Algunos piensan que éste y otros ahadiz son una muestra evidente de la intransigencia del Islam. En verdad, los lectores perezosos son ignorantes y arrogantes. "Musulmán" significa "aquel que se somete a Dios" e "Islam", "sometimiento inmanente". No se han enterado de que el Islam es más que una simple religión en su dimensión histórica.

Así pues, la historia de mi conversión es la historia de un nacimiento, a la vez principio y fin, instante en el que el tiempo desaparece, en el que se funde en el Yo. La shahada es nacimiento y parto espiritual de uno mismo. Al igual que un recién nacido, oímos nuestro propio susurro al pronunciar La ilaha illa Allah, Muhammadan Rasulullah.

Durante mi infancia, como la de muchos otros españoles nacidos durante la transición española, no se hablaba de religión. Era una especie de tabú o de pesadilla que se quería olvidar lo más rápidamente posible.

Por parte paterna, me marcarían para siempre las historias que me contaba mi abuela sobre el sufrimiento que supuso la guerra civil, la dictadura de Franco y la emigración andaluza en Cataluña. Esos relatos eran testimonios trágico-cómicos sobre la separación forzada, la integración en otras tierras y la identidad perdida. Temas que por desgracia hoy en día son de rabiosa actualidad. La miseria y el sufrimiento no sabe de nacionalidades.

Al mismo tiempo, por parte materna me acunaron con las historias sobre el parisino mayo del 68, su energía y radicalismo juvenil, sus ansias de libertad y la subversión ante el orden establecido. Así es que crecí en el seno de una familia típica del socialismo de transición, cuya relación con el pasado todavía era tensa, pero que tenía muchas esperanzas depositadas en el futuro democrático de nuestro país...

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