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Injerencia humanitaria

29/09/2007 - Autor: Carlos Miguélez - Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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Las “fronteras extraterritoriales” amenazan con deformar el mapa del mundo. Los políticos de algunos países desarrollados defienden desde hace unos años este concepto como reacción frente a retos que requieren reflexiones profundas y diálogo internacional en este nuevo siglo.

Apoyados en una lógica similar a la que llevó a los halcones de la Casa Blanca a invadir Iraq en nombre de una guerra preventiva, políticos como el Ministro de Exteriores francés Bernard Kouchner defienden el derecho de enviar tropas a las fronteras de otros países cuando se vea amenazada su seguridad nacional.

¿Qué se entiende por “seguridad nacional”? Para la Casa Blanca, Saddam Hussein amenazaba esa seguridad. Pocos meses después de la invasión, quedó demostrado que Iraq no tenía capacidad para poner en peligro la seguridad de los ciudadanos norteamericanos en su territorio. Algunos insistieron en que “podría llegar a ser una amenaza en el futuro”. Así, todos los países se han convertido en sospechosos dentro de esa nueva “lógica” de Estado.

Los expertos y analistas internacionales no han sido tan ingenuos como para creer que la Inteligencia de EEUU se equivocó en Iraq. En realidad, esa “seguridad nacional” engloba los intereses geopolíticos y económicos de los países que defienden la intervención fuera de su territorio.

No es nada nuevo que Irán se encuentre en el punto de mira. La revolución islámica de 1979 y la toma de rehenes en la embajada hicieron de Irán un nuevo enemigo para EEUU. Irán no ha cedido a la presión internacional desde que entró en el Eje del mal y ha mantenido su discurso sobre el derecho que tiene a desarrollar su capacidad nuclear para fines civiles. También ha manifestado la intención de destruir Israel, un aliado estratégico de EEUU en la región.

La invasión de la isla de Granada, el apoyo encubierto a las guerras sucias en el continente americano, el apoyo simultáneo a Iraq, con fondos directos, y a Irán, con venta de armamento, mientras ambos países se enfrentaban en una sangrienta guerra de ocho años, el apoyo a los talibanes que luchaban contra la URSS o la creación de un cordón sanitario en los Balcanes para impedir la expansión del comunismo después de la II Guerra Mundial fueron señales de estas nuevas tendencias de intervención para salvaguardar la “seguridad nacional”.

Fue el mismo Kouchner quien, en los años setenta, comenzó a apoyar el concepto de “deber de intervención o injerencia humanitaria”, que legitimaba la ocupación por parte de fuerzas extranjeras de territorios donde se violaran los Derechos Humanos.

Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional, respondería que la conquista de otros países era difícil de justificar, pero que está permitida si se llevaba a cabo para proteger del canibalismo y de los sacrificios humanos a los civiles inocentes.

Desafortunadamente, varias poblaciones civiles ocupadas han sido víctimas de violaciones, de torturas y de asesinatos por parte de los Cascos Azules de la ONU en los Balcanes y de los paramilitares colombianos financiados y armados con dinero estadounidense, por poner dos ejemplos. Además, los cinco miembros permanentes en el Consejo de Seguridad, con intereses geolopíticos y económicos particulares, determinan esas intervenciones.

Francisco de Vitoria también decía que la guerra se justificaba si se libraba para difundir la fe. Hoy no son las creencias ni los dioses quienes rigen el funcionamiento político de los países que defienden esa forma de intervención, sino el Estado de Derecho que protege el respeto de las leyes que los Parlamentos han aprobado.

Los países que se hacen llamar desarrollados tienden más al diálogo y a la formulación de propuestas alternativas que a la intervención, en un mundo injusto en el que cada vez más personas se ven arrojadas a una vida de hambre y miseria.

Si la intervención tuviera como fin la liberación de los pueblos, las intervenciones no se producirían con tanta frecuencia en lugares con grandes reservas de agua, yacimientos de petróleo y Coltan. Las “intervenciones humanitarias” serían menos necesarias en un mundo que ya hubiera descubierto las verdaderas causas del hambre y de la guerra.

En cuanto a la “seguridad nacional”, la inmigración descontrolada como la que vive Europa supone para muchos una amenaza. Así, los países de donde proviene tanta gente tendrán que pensar si su propia “seguridad nacional” se encuentra en peligro para actuar en consecuencia.

Carlos Miguélez es Periodista
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