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Ramadán, mes del Corán (2)

28/09/2007 - Autor: Asociación Islámica BADR - Fuente: melillahoy.es
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El Corán fue revelado como respuesta a la absoluta entrega del Profeta Muhammad –la paz y las bendiciones de Allah sean con él– periódicamente, Muhammad lo abandonaba todo para simplemente ponerse ante Allah y dedicarse a Él, hasta que llegó al fondo... El Corán también nos enseña que el ayuno nos es prescrito –a nosotros los musulmanes– “tal como fue prescrito a las naciones que os han precedido yâ ayyuhâ l-ladzîna â:manû kútiba ‘aláikumu s-siyâmu kamâ kútiba ‘alà l-ladzîna min qáblikum la‘állakum tattaqûn”. Es decir, el ayuno, el Siyâm, no es un invento nuestro, sino una práctica común de la humanidad. Sabemos que cuando Profeta se retiraba para ayunar en la cueva de Hirâ con ello seguía una tradición antigua, la de los hanífes, los ascetas árabes que renunciaban a la idolatría de su pueblo y buscaban al Uno-Único. El Islam es continuidad, es la permanencia del sentido de la espiritualidad de la humanidad. Curiosamente, es mencionando el ayuno de Ramadán cuando el Corán anuncia el carácter del Islam como continuación de tradiciones anteriores. Es muy importante tener esto en cuenta. Los musulmanes no pretendemos poseer una ‘religión original, novedosa y exclusiva, como si fuera una moda’, sino que practicamos una espiritualidad que hunde sus raíces en los ‘orígenes’. Y el ayuno simboliza lo más simple: la actitud del ser humano que lo abandona todo para ‘proponerse’ únicamente a Allah, para ‘exponerse’ al Uno-Único.

Y efectivamente, en un hadîz qudsi, Sidnâ Muhammad –la paz y las bendiciones de Allah sean con él– dice que Allah ha dicho: “El ayuno me pertenece,... as-siyâmu lî”. Es decir, existe una estrecha vinculación entre Allah y el Siyâm, y es la simplicidad, la sencillez, la unicidad... El ayuno no consiste en hacer cosas sino en dejar de hacerlas: es abandonar las muftirât, es decir, dejar de comer, de beber y de mantener actividades sexuales durante el día, desde que sale el sol hasta que se pone. El ayuno consiste en dejar de hacer cosas, y, por tanto, no puede ser fingido, no puede ser imitado. Es algo entre la criatura y su Señor. Es esencialmente íntimo, un puente entre el corazón y Allah que nadie ve, puesto que no tiene forma alguna. Este aspecto profundo del ayuno es esencial. El ayunante, el sâim, sin saberlo, está ‘practicando la sinceridad’. Y por ello el ayuno lo vincula inmediatamente con Allah, lo pone ante Él, sin que el ayunante se de cuenta. Y, así, en el mismo hadiz qudsi Allah dice: “Y Yo recompenso por él”, es decir, Allah mismo se hace cargo de compensar al ayunante, es decir, Allah se le entrega... debido a la estrecha vinculación que se establece durante el Siyâm.

Las prácticas islámicas, las ‘Ibâdât, son una disciplina en la que el musulmán, a la vez que se acerca a Allah, lo va conociendo íntimamente. En realidad, acercarse a Allah es sinónimo de irlo conociendo. La expresión ‘acercarse a Allah’ no significa otra cosa: es conocer a Allah y disfrutar de lo que se deriva de ese conocimiento, es decir, de la Báraka –la Bendición, la Fecundidad– y de la Rahma –la Misericordia, la Abundancia–, pues Allah es Karîm, es Generoso, Desbordante. Acercarse a Allah es ir penetrando en su Inmensidad, es rozar la eternidad. Conocer a Allah es despertar a Él, es irnos dando cuenta de que jamás hemos estado lejos de Él porque Él está más cerca que nosotros de nosotros mismos: Él lo sostiene todo. Vivir esto es conocer Allah, y el ayuno es sumergirse plenamente en Allah. Esto es lo que hace del Siyâm uno de los pilares del Islam. El ayuno consiste en abandonar la comida y la bebida por Allah porque resulta que Él es tan grande que absorbe toda la atención del hombre que se le va acercando y lo va conociendo. En realidad, abandonamos la comida y la bebida –lo que creemos que nos sostiene– para darnos cuenta de que en realidad es Él el que nos sostiene, y cada atardecer comemos y bebemos lo que Él nos da, su alimento vivificante. Y al final, al cabo de ese proceso, está el desbordamiento de la Rahma, que abarca al buscador. Ese desbordamiento de la Rahma, en el caso de Sidnâ Muhammad, –la paz y las bendiciones de Allah sean con él– fue la revelación del Corán
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