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El cerebro femenino

La autora es fundadora de la Womens and Teen Girls Mood and Hormone Clinic, Neuropsiquiatra de la Universidad de California, San Francisco.

27/09/2007 - Autor: Louann Brizendine - Fuente: www.clarin.com
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Una nueva publicación argentina. c El Clarin Digital
Una nueva publicación argentina. c El Clarin Digital

El nacimiento del cerebro femenino

Leila era como una abejita laboriosa que revoloteara por el patio de recreo, se comunicaba con los demás niños los conociera o no. Al decir frases de dos o tres palabras, acostumbraba utilizar su sonrisa contagiosa y los movimientos significativos de cabeza para comunicarse y, efectivamente, lo lograba. Lo mismo hacían las demás niñas pequeñas. La una decía «Dolly». La otra decía «ir de compras». Se estaba formando una pequeña comunidad, bullanguera a fuerza de parloteo, juegos y familias imaginarias.

Leila se complacía siempre en ver a su primo Joseph cuando éste se le acercaba en el patio, pero su alegría nunca duraba mucho. Joseph se apoderaba de las piezas que sus amigas y ella empleaban para hacer una casa. Las quería para hacer un cohete que construía él mismo. Sus compañeros destruían todo lo que Leila y sus amigas habían hecho. Los chicos les daban empujones, se negaban a respetar turnos y desdeñaban la demanda de una chica de detenerse o de devolver un juguete. Cuando la mañana acababa, Leila ya se había retirado junto con las chicas al otro extremo del patio. Querían jugar tranquilamente a «las casitas».

El sentido común nos indica que los muchachos y las chicas se por-tan de modo diferente. Lo vemos cada día en casa, en los juegos y en las clases. Pero lo que la cultura no nos ha dicho es que, en realidad, es el cerebro el que dicta la diferencia de dichas conductas. Los impulsos de los niños son tan innatos, que rebotan si nosotros, los adultos, intentamos volverles hacia otra dirección. Una de mis pacientes regaló a su hija de tres años y medio muchos juguetes unisex, entre ellos un vistoso coche rojo de bomberos en vez de una muñeca. La madre irrumpió en la habitación de su hija una tarde y la encontró acunando al vehículo en una manta de niño, meciéndolo y diciendo: «No te preocupes, camioncito, todo irá bien».

Esto no es producto de la socialización. Aquella niña pequeña no acunaba a su «camioncito» porque su entorno hubiera moldeado así su cerebro unisex. No existe un cerebro unisex. La niña nació con un cerebro femenino, que llegó completo con sus propios impulsos. Las chicas nacen dotadas de circuitos de chicas y los chicos nacen dotados de circuitos de chicos. Cuando nacen, sus cerebros son diferentes y son los cerebros los que dirigen sus impulsos, sus valores y su misma realidad.

El cerebro configura la manera en que vemos, oímos, olemos y gustamos. Los nervios van desde nuestros órganos sensores directamente hasta el cerebro, que efectúa toda la interpretación. Un golpe grave en la cabeza en el sitio correspondiente puede implicar que se pierda la capacidad de oler o de gustar. De todos modos, el cerebro hace más que eso. Afecta profundamente a cómo conceptualizamos el mundo; por ejemplo, para pensar si una persona es buena o mala; si nos gusta el tiempo que hace o nos hace sentir infelices; si estamos o no inclinados a ocuparnos de las tareas del día. No hace falta ser neurólogo para saberlo. Si alguien se siente abatido y toma un buen vaso de vino o un rico trozo de chocolate, su actitud puede cambiar. Un día gris y nublado se puede volver radiante o el enfado con una persona amada puede disiparse según el modo en que los ingredientes químicos de ese vino o de ese chocolate afecten al cerebro. Tu realidad inmediata puede cambiar en un instante.
Si las sustancias químicas que actúan sobre el cerebro pueden crear realidades diferentes, ¿qué ocurre cuando dos cerebros tienen diferentes estructuras? No cabe duda de que sus realidades serán diferentes. Los daños cerebrales, los derrames cerebrales, las lobotomías prefrontales y las heridas en la cabeza, pueden cambiar lo que importa a una persona. Pueden incluso cambiar la personalidad de agresiva a mansa o de amable a arisca.

No se trata de que todos empezamos con la misma estructura cerebral. Los cerebros de los machos y las hembras son diferentes por naturaleza. Pensad en esto. ¿Qué ocurre si el centro de comunicaciones es mayor en un cerebro que en otro? ¿Qué ocurre si el centro de la memoria emocional es mayor en uno que en otro? ¿Qué ocurre si un cerebro desarrolla mayor aptitud para captar indicios en los demás que la que poseen otras personas? En este caso, nos encontraremos ante una persona cuya realidad dictaría que sus valores primarios fueran la comunicación, la conexión, la sensibilidad emocional y la reactividad. Esa persona estimaría tales cualidades por encima de todas y se sentiría desconcertada por otra, cuyo cerebro no captara la importancia de aquéllas. En síntesis, tendríamos a alguien dotado de un cerebro femenino.

Nosotros, queriendo designar a los médicos y a los científicos, solíamos opinar que el género fue creado culturalmente para los humanos, pero no para los animales. Cuando estuve en la facultad de Medicina, en las décadas de los setenta y los ochenta, ya se había descubierto que los cerebros animales macho y hembra empezaban desarrollándose de modo diferente en el útero, sugiriendo que impulsos tales como el emparejamiento, el embarazo, la crianza de la prole, están plasmados en circuitos del cerebro animal. Sin embargo, se nos enseñó que para los humanos las diferencias sexuales provienen principalmente de que los padres lo eduquen como muchacho o muchacha. Ahora sabemos que esto no es verdad del todo y, si retrocedemos al punto en que el asunto empezó, el cuadro resulta más claro.

Imagínate por un momento que estás en una microcápsula que circula velozmente por el canal vaginal, marcándose un viraje cerrado en el cursoix, en vanguardia del tsunami que forma el esperma. Una vez que estés dentro del útero verás un huevo gigantesco, ondulante, a la espera de aquel afortunado renacuajo que ha tenido agallas suficientes para penetrar por la superficie. Supongamos que el esperma que desarrolló esa galopada lleva un cromosoma X y no Y. Voilà, el huevo fertilizado formará una niña.

En el término de sólo treinta y ocho semanas veríamos que esta niña crece y pasa de ser un grupo de células que cabrían en la cabeza de una aguja, a constituir un bebé que pesa un promedio de tres kilos y medio, además de poseer la maquinaria que necesita para sobrevivir fuera del cuerpo de su madre. Pero la mayor parte del desarrollo cerebral que determina los circuitos específicos de su sexo acontece durante las primeras dieciocho semanas del embarazo.

Hasta que tiene ocho semanas, todo cerebro fetal parece femenino; la naturaleza efectúa la determinación del género femenino por defecto. Si contando con fotografías periódicas, uno se pusiera a observar un cerebro femenino y otro masculino mientras se desarrollan, podría ver que sus diagramas de circuitos se establecen conforme al proyecto diseñado tanto por los genes como por las hormonas sexuales. En la octava semana se registrará un enorme aflujo de testosterona que convertirá este cerebro unisex en masculino, matando algunas células en los centros de comunicación y haciendo crecer otras más en los centros sexuales y de agresión. Si no se produce la llegada de la testosterona, el cerebro femenino continúa creciendo sin perturbaciones. Las células del cerebro del feto de la niña desarrollarán más conexiones en los centros de comunicación y las áreas que procesan la emoción. ¿Cómo nos afecta esta bifurcación fetal en el camino? Ante todo, porque esta muchacha, por efecto de su centro de comunicación de mayor tamaño, crecerá más habladora que su hermano. En muchos contextos sociales, usará más formas de comunicación que él. Por otro lado, el proceso define nuestro destino biológico congénito, dando color al cristal a través del cual miramos el mundo y nos comprometemos con él.

Leer la emoción equivale a leer la realidad

La primera cosa que el cerebro femenino induce a hacer a un bebé es precisamente estudiar los rostros. Un antigua alumna mía, Cara, me trajo a su niña, Leila, para vernos en el curso de sus visitas regulares. Nos encantaba observar cómo cambiaba Leila a medida que crecía; y la vimos bastante en la etapa posterior al nacimiento y durante el jardín de infancia. Cuando tenía unas pocas semanas, Leila ya estaba estudiando cualquier cara que se le pusiera por delante. Mi equipo y yo tu-vimos mucho contacto isual con ella y no tardó en devolvernos las sonrisas. Replicábamos las caras y sonidos del otro y era divertido relacionarse con ella. Deseé llevármela a casa, sobre todo porque no había tenido semejante experiencia con mi hijo.

Me encantaba que esa niña pequeña quisiera mirarme y me habría gustado que mi hijo hubiera tenido igual interés en mi cara; él hacía todo lo contrario. Quería mirar cualquier otra cosa —móviles, luces y pomos de puerta— pero no a mí. Establecer contacto visual figuraba al final de su lista de cosas interesantes por hacer. En la facultad me enseñaron que todos los niños nacen con la necesidad de mirarse mutua-mente, porque ésta es la clave para desarrollar el vínculo madre-hijo y, durante meses, pensé que algo funcionaba muy mal con mi hijo. No se conocían en aquella época las muchas diferencias que son específicas del sexo en el cerebro. Se creía que todos los niños tenían circuitos adecuados para escrutar las caras, pero ha resultado que las teorías sobre las primeras etapas del desarrollo infantil estaban sesgadas hacia lo fe-menino. Son las muchachas, no los chicos, las que tienen circuitos dispuestos para la observación mutua. Las chicas no experimentan la irrupción de testosterona en el útero, que reduce los centros de comunicación, observación y procesado de la emoción, de modo que su potencial para desarrollar aptitudes en tales terrenos es mejor al nacer que el de los chicos. Durante los primeros tres meses de vida las facultades de una niña en contacto visual y observación facial mutua irán creciendo en un 400 %, mientras que en un niño la aptitud para examinar rostros no se desarrolla durante ese tiempo.

Las niñas nacen interesadas en la expresión emocional. Se interpretan a sí mismas basándose en la mirada, el contacto y cualquier otra reacción de la gente con quien se relacionan. Fundándose en estas pistas las niñas descubren si son valiosas, acreedoras a ser amadas o fastidiosas. Pero suprime las indicaciones que proporciona una cara expresiva y habrás eliminado la principal piedra de toque con que un cerebro fe-menino contrasta la realidad. Observa a una niña pequeña cuando se aproxima a una figura que carezca de expresión. Lo intentará todo para conseguir un gesto expresivo. Las niñas pequeñas no toleran las caras insulsas. Interpretan que si se vuelve a ellas una cara desprovista de emoción, es señal de que ellas están haciendo algo malo. Tal como los perros que persiguen Frisbees, las niñas no soltarán una cara hasta no hacerla reaccionar. Pensarán que si hacen lo que corresponde, obtendrán la re-acción que esperan. Es la misma especie de instinto que hace que una mujer adulta persiga a un hombre narcisista o emocionalmente inasequible por otra razón: «Si hago exactamente lo que corresponde, me amará». Ya se puede imaginar, por tanto, el impacto negativo que ejerce en el aprecio por sí misma en pleno desarrollo la cara inexpresiva y plana de una madre deprimida; incluso la de una que haya recibido demasiadas inyecciones de bótox. La falta de expresión facial causa mucha confusión en una niña y puede llegar a creer que no le gusta a su madre, porque no es capaz de obtener la reacción esperada a su demanda de atención o a su gesto de afecto. A la postre dedicará sus esfuerzos hacia caras que respondan mejor.

Cualquiera que haya educado chicos y chicas o les haya visto desarrollarse, habrá podido ver que evolucionan de modo distinto, especialmente porque las niñas se comunican emocionalmente de maneras que no practican los niños. Sin embargo, la teoría psicoanalítica interpretó mal esta diferencia entre los sexos y estableció que el más intenso escrutinio de los rostros que practican las niñas y su impulso para comunicarse significaba que estaban más «necesitadas» de simbiosis con sus madres. El examen más intenso de caras no indica una necesidad, sino una aptitud innata para la observación. Es una facultad que viene con un cerebro que, al nacer, es más maduro que el de un niño, y se desarrolla más deprisa a lo largo de uno a dos años.
la escucha, la aprobación y ser escuchada

Los círculos cerebrales bien desarrollados para captar significados de caras y tonos de voz impulsan también a las niñas a analizar muy pronto la aprobación social de los demás. Cara se sorprendía de poder llevar a su hija, Leila, a lugares públicos. «Es asombroso. Nos podemos sentar en un restaurante y Leila sabe, a los dieciocho meses, que si levanto la mano debe dejar de estirar la suya para coger el vaso de vino. Y he observado que si su papá y yo discutimos, come con los dedos hasta que uno de nosotros la mira. Entonces vuelve a esforzarse por manejar el tenedor.»

Estas breves interacciones muestran que Leila capta indicios partiendo de los rostros de los padres, cosa que su primo Joseph probablemente no habría hecho. Un estudio de la Universidad de Texas sobre niños y niñas de doce meses muestra diferencias en los deseos y aptitudes de observación. En uno de los casos presentados un bebé y su madre fueron llevados a una habitación, los dejaron solos y les pidieron que no tocaran un objeto determinado. La madre se puso a un lado. Se grabaron cada movimiento, mirada y expresión. Muy pocas de las niñas tocaron el objeto prohibido, aunque las madres no les dijeron nunca explícitamente que no lo hicieran. Las niñas miraban la cara de las madres diez o veinte veces más que los niños, esperando signos de aprobación o desaprobación. Los niños, en cambio, se movían por la habitación y raras veces observaban el rostro de las madres. Tocaban frecuentemente el objeto prohibido aunque las madres gritaran «¡no!». Los niños de un año, impulsados por su cerebro masculino formado con testosterona, se sentían impulsados a investigar el entorno, incluso aquellos elementos que tenían prohibido tocar.

Como quiera que sus cerebros no han sufrido una marginación de testosterona en el útero y han quedado intactos sus centros de comunicación y emoción, las chicas llegan al mundo con mejores aptitudes para leer caras y oír tonos vocales humanos. Igual que los murciélagos pueden percibir sonidos que ni los gatos ni los perros captan, las niñas pueden oír una gama más amplia de frecuencias y tonos de sonido de la voz humana que los niños. Todo lo que una de ellas necesita oír es una ligera firmeza de la voz de su madre para saber que no debe abrir el cajón que tiene el forro de papel de fantasía. En cambio, habrá que reprimir físicamente a un chico para privarle de destruir los paquetes de la próxima Navidad. No es que desatienda a su madre; es que físicamente no pue-de oír el mismo tono de advertencia.

Una niña muestra también listeza para leer a través de la expresión facial si se la está escuchando o no. A los dieciocho meses, Leila no podía mantenerse quieta. No podíamos comprender nada de lo que intentaba decirnos, pero le hacía gestos a todas las personas de la oficina y desataba una corriente de palabras que le parecían muy importantes, buscando la aquiescencia de cada uno de nosotros. Si nos mostrábamos desinteresados aunque fuera un instante o rompíamos el contacto visual durante un segundo, se ponía las manos en las caderas, estampaba los pies en el suelo y gruñía enfadada. «¡Escuchadme!», gritaba. La falta de contacto visual significaba para ella que no la atendíamos. Sus padres, Cara y Charles, estaban preocupados porque Leila parecía insistir en meterse en todas las conversaciones de la casa. La niña era tan exigente que ellos pensaban que la habían mimado en demasía, pero no era así. Se trataba sólo de la investigación que desarrollaba el cerebro de su hija en busca de una revalidación de la noción de sí misma.

Ser o no escuchada le indicará a una joven si los demás la toman en serio cosa que, a su vez, la llevará a aumentar la sensación de ser o no exitosa. Aunque no estén desarrolladas sus aptitudes de lenguaje, comprende más de lo que expresa y sabe antes que tú si tu mente ha divagado por un instante. La niña puede decir si el adulto la comprende. Si éste se mueve en la misma longitud de onda, consigue efectivamente que se sienta dotada de éxito o importancia. Si no consigue establecer contacto, se siente fracasada. Especialmente Charles, su padre, se sorprendió de la atención que requería mantener la relación con su hija pero vio que, cuando la escuchaba atentamente, ella empezaba a adquirir más confianza.

Este circuito superior del cerebro para la comunicación y los tonos emocionales representa un papel temprano en el comportamiento de una niña pequeña. Años más tarde, Cara no podía comprender por qué razón su hijo no se calmaba tan rápidamente como su hija Leila cuando lo levantaba. Cara pensaba que era cuestión de temperamento, de una personalidad más caprichosa. Pero puede que fuera también la diferencia sexual de los circuitos cerebrales correspondientes a la empatía. La niña pequeña es capaz de armonizar más fácilmente con su madre y responder con rapidez a una conducta tranquilizadora que detenga sus escándalos y llantos. Las observaciones efectuadas durante un estudio en la Harvard Medical School descubrieron que las niñas responden mejor que los niños a las madres. 

Otro estudio mostró que las recién nacidas típicas, de menos de veinticuatro horas, responden más a los llantos desesperados de otro niño y a la cara humana, que los varones recién nacidos. Las niñas de hasta un año responden más a la desgracia de otras personas, especialmente si parecen tristes o doloridas. Cierto día me sentía un poco deprimida y se lo mencioné a Cara. Leila, que tenía dieciocho meses, lo captó por mi tono de voz. Se encaramó a mi falda, jugó con mis pendientes, cabello y gafas. Me tomó la cara entre sus manos, me clavó los ojos y me sentí mejor enseguida. Aquella niñita sabía exactamente lo que estaba haciendo.

En esa fase Leila se encontraba en la etapa hormonal de lo que se llama pubertad infantil, periodo que dura sólo nueve meses en los niños, pero veinticuatro meses en las niñas. Durante ese tiempo los ovarios empiezan a producir grandes cantidades de estrógeno —comparables al nivel de una mujer adulta—, que impregnan el cerebro de la niña. Los científicos creen que estos flujos de estrógeno infantil son necesarios para propiciar el desarrollo de los ovarios y el cerebro a efectos de la reproducción. Pero esta gran cantidad de estrógeno influencia también a los circuitos cerebrales que están formándose rápidamente. Espolea el crecimiento y desarrollo de neuronas, resaltando todavía más los circuitos cerebrales femeninos y los centros dedicados a la observación, la comunicación, incluso a la atención y la crianza. El estrógeno prepara los circuitos cerebrales femeninos congénitos para que dicha niña pueda adquirir aptitudes en matices sociales y promover su fertilidad. Por esa razón podía estar tan próxima emocionalmente cuando todavía llevaba pañales.

De mamá se heredan algo más que los genes

Por efecto de su aptitud para observar indicios emocionales, una niña incorpora, en realidad, el sistema nervioso de su madre al suyo propio. Sheila vino a verme porque quería alguna ayuda referente a sus hijos. Con su primer marido había tenido dos hijas, Lisa y Jennifer. Cuando nació Lisa, Sheila estaba todavía feliz y contenta en su primer matrimonio. Era una madre capaz y muy solícita. Cuando nació Jennifer, dieciocho meses más tarde, las circunstancias habían cambiado considerablemente. Su esposo se había vuelto un notorio casquivano y a Sheila la amenazaban los maridos y los novios de las mujeres con quienes tenía asuntos su marido. Las cosas empeoraron. El marido infiel de Sheila tenía un padre poderoso y rico, que la amenazaba con secuestrar a las niñas si ella intentaba salir del estado para reunirse con su propia familia y obtener su apoyo. 

Jennifer pasó su infancia en este ambiente estresante. Se volvió rece-losa de todo el mundo y a los seis años empezó a decirle a su hermana mayor que su amable y querido nuevo padrastro estaba engañando a su madre. Jennifer estaba segura y repetía a menudo sus sospechas. Lisa fue finalmente a hablar con su madre y le preguntó si todo aquello era verdad. Su nuevo padrastro era uno de esos hombres que simplemente no son propensos a engañar a nadie y Sheila lo sabía. No podía imaginarse por qué su hija menor se había inquietado tan obsesivamente a propósito de la supuesta infidelidad de su nuevo marido. Pero el sistema nervioso de Jennifer había captado la insegura realidad perceptiva de sus primeros años de modo que, incluso las buenas personas, le parecían peligrosas. Las dos hermanas habían sido educadas por la misma madre pero en diferentes circunstancias, por lo tanto los circuitos cerebrales de una hija habían grabado una madre providente y segura, y los de la otra, una madre temerosa y angustiada. 

También se ha expuesto esta relación en las mujeres y en los primates no humanos. Las madres estresadas se vuelven menos providentes y sus hijas incorporan sistemas nerviosos estresados que cambian su percepción de la realidad. No se trata aquí de lo aprendido cognoscitivamente, sino de lo absorbido por los microcircuitos celulares a nivel neurológico. Esto puede explicar por qué algunas niñas pueden tener perfiles sorprendentemente diferentes. Parece que los muchachos no pueden incorporarse en igual medida al sistema nervioso de sus «madres». 

Dicha incorporación neurológica empieza en el curso del embarazo. El estrés materno durante la gestación surte efectos en las reacciones hormonales de la emoción y el estrés, particularmente en la descendencia femenina. Tales efectos han sido medidos en crías de cabra. Las crías femeninas estresadas de la cabra acababan sobresaltándose con mayor facilidad y eran más inquietas y asustadizas después del nacimiento que las crías masculinas. Además, las crías femeninas que habían sufrido estrés en el útero mostraban mucha más angustia emocional que las que no lo habían sufrido. Así pues, si eres una niña que está a punto de entrar en la matriz, prográmate para ser hija de una madre no estresada, que tenga una pareja estable y amorosa, y una familia que la respalde. Y si eres una madre que debe acoger un feto femenino, tómalo con calma para que tu hija tenga la posibilidad de relajarse. no luches Después de lo dicho, ¿por qué nace una niña con un aparato tan delicadamente sintonizado para leer rostros, percibir tonos emocionales en las voces y responder a indicios tácitos en los demás? Piénsalo. Una máquina así está construida para relacionarse. Ése es el principal quehacer del cerebro femenino y es lo que le impulsa a hacer a una mujer desde el nacimiento. Tal es el resultado de varios milenios de circuitos genéticos y evolutivos que, en cierto tiempo, tuvieron —y probablemente siguen teniendo— consecuencias reales para la supervivencia. Si puedes leer caras y voces, puedes decir lo que necesita un niño. Puedes predecir lo que va a hacer un macho mayor y más agresivo. Y dado que eres más pequeña, probablemente necesitas unirte en pandilla con otras hembras para defenderte de los ataques de un hombre colérico… o de los cavernícolas. 

Si eres una mujer, has sido programada para garantizar que mantienes la armonía social. Eso es cuestión de vida o muerte para el cerebro, aunque no resulte tan importante en el siglo xxi. Podríamos pensar así en el comportamiento de unas gemelas de tres años y medio. Todas las mañanas las niñas trepaban a la cómoda de la otra para alcanzar los vestidos que colgaban de sus armarios. Una tenía un conjunto de dos piezas rosa; el de la otra era verde. Su madre se reía cada vez que las veía cambiarse los tops: los pantalones rosa con el top verde y los pantalones verdes con el top rosa. Las gemelas lo hacían sin pelearse. «¿Me prestas el top rosa? Te lo devolveré luego y tú te puedes poner mi top verde», así se desarrollaba el diálogo. No es probable que la escena fuese la misma si uno de los gemelos hubiera sido varón. Un hermano habría cogido la camisa que quería y la hermana habría intentado razonar con él; pero habría acabado llorando porque las aptitudes de lenguaje de él, simplemente, no estaban tan adelantadas como las de ella. 

Las niñas típicas, carentes de testosterona y regidas por el estrógeno, están muy bien dotadas para mantener relaciones armoniosas. Desde sus días más tempranos viven muy felices y a sus anchas en el reino de las relaciones interpersonales pacíficas. Prefieren evitar los conflictos, porque las discordias las colocan en una situación difícil en cuanto a su afán por permanecer conectadas, obtener aprobación y cuidados. El baño de estrógeno durante veinticuatro meses de la pubertad infantil de las niñas refuerza el impulso por establecer lazos sociales basados en la comunicación y el compromiso. Así sucedía con Leila y sus nuevas amigas en el patio de juegos. Al cabo de pocos minutos de encontrarse proponían juegos, trabajaban juntas y creaban una pequeña comunidad. Descubrieron un terreno común que conducía a compartir juegos y a una posible amistad. ¿Recordáis la ruidosa entrada de Joseph? Con su llegada quedaba habitualmente estropeado el día, así como la armonía buscada por los cerebros de las niñas. 

El cerebro es el que establece las diferencias de lenguaje —los generolectos— de los niños pequeños, como ha señalado Deborah Tannen. En estudios del lenguaje de los niños de dos a cinco años, observó que habitualmente las niñas hacen propuestas de colaboración empezando sus frases con «vamos», como en «vamos a jugar a las casitas». Las niñas, de hecho, usan típicamente el lenguaje para lograr consenso, influenciando a los demás sin decirles qué han de hacer. Cuando Leila llegó al patio dijo «ir de compras», sugiriendo cómo podrían jugar juntas sus compañeras y ella. Miró alrededor y esperó una respuesta en vez de seguir adelante. Lo mismo acaeció cuando otra niña pequeña dijo «Dolly». Como han observado diversos estudios, las chicas participan juntas en la toma de decisiones con el mínimo de estrés, conflicto o alarde de estatus. Expresan a menudo el acuerdo con las propuestas de un compañero y, si tienen ideas propias, las plantean en forma de preguntas como «yo seré la profesora, ¿de acuerdo?». Los genes y hormonas han creado en sus cerebros una realidad que les dice que la relación social es el centro de su ser. 

Los chicos saben emplear también este discurso para relacionarse, pero la investigación muestra que en ellos no es una característica típica. En cambio, usan en general el lenguaje para dar órdenes a otros, hacer que se hagan las cosas, presumir, amenazar, ignorar la propuesta de un compañero y aplastar los intentos de hablar de los demás. No transcurría nunca mucho tiempo desde que Joseph llegaba al patio y Leila se echaba a llorar. A su edad, los chicos no dudan en pasar a la acción o en apoderarse de algo que desean. Joseph se apoderaba de los juguetes de Leila siempre que quería y habitualmente destruía cualquier cosa que Leila y las otras niñas estuvieran haciendo. Los chicos se lo harán los unos a los otros: no les importa el peligro que entraña un conflicto. La competición forma parte de su talante y siguen en la rutina de desdeñar los comentarios o los mandatos dados por las chicas. 

El cerebro del muchacho formado por la testosterona no busca la relación social de la misma forma que el cerebro de la muchacha. En realidad, aquellos trastornos que privan a la gente de captar los matices sociales —llamados trastornos del espectro de autismo y síndrome de Asperger— son ocho veces más frecuentes entre los chicos. Los científicos opinan ahora que el cerebro típico masculino que sólo tiene una dosis del cromosoma X (hay dos X en una niña), queda inundado de testosterona durante el desarrollo y, en cierto modo, resulta más fácilmente deficitario en lo social. El exceso de testosterona en personas afectadas por estos trastornos puede acabar con algunos de los circuitos cerebrales propios de la sensibilidad emocional y social. 

Ella quiere comunicación, pero sólo en sus términos 

Hacia los dos años y medio de edad termina la pubertad infantil y una niña entra en los prados más calmos de la pausa juvenil. La corriente estrogénica que llega de los ovarios ha cesado temporalmente; desconocemos cómo. Pero sabemos que los niveles de estrógeno y testosterona se hacen muy bajos en los años de infancia tanto en los chicos como en las chicas, aunque las niñas tienen aún de seis a ocho veces más estrógeno que los niños. Cuando las mujeres hablan de «la niña que dejaron atrás» usualmente se están refiriendo a esa etapa. Es el periodo tranquilo que precede al rock’n’roll a pleno volumen de la pubertad. Es el momento en que una niña se dedica a su mejor amiga, cuando ni siquiera disfruta jugando con los chicos. La investigación muestra que esto es cierto para las niñas de entre dos y seis años de edad en todas las culturas estudiadas. 

Conocí a mi primer compañero de juegos, Mikey, cuando tenía dos años y medio y él casi tres. Mi familia se había trasladado a una casa situada al lado de la de Mikey, en la Quince Street de Kansas City, y nuestros patios eran contiguos. El recuadro de arena se hallaba en nuestro patio y los columpios pasaban por encima de la línea invisible que dividía las dos propiedades. 

Nuestras madres, que pronto se hicieron amigas, vieron la ventaja de tener dos niños jugando juntos mientras ellas charlaban o hacían turnos para vigilarnos. Según mi madre, casi cada vez que Mikey y yo jugábamos en el área de arena, ella tenía que rescatarme porque Mikey, inevitablemente, cogía mi pala o cubito, a la vez que se negaba a dejarme tocar los suyos. Yo gemiría protestando, Mikey gritaría y nos arrojaría arena a nosotras mientras su madre intentaba quitarle mis juguetes. 

Las dos madres repetían estos intentos una y otra vez porque les gustaba pasar el tiempo juntas. Pero nada de lo que hiciera la madre de Mikey —los regaños, los razonamientos a propósito de las ventajas de compartir, la supresión de privilegios, los diversos castigos— podía persuadir-le de cambiar su conducta. Mi madre, al final, tuvo que buscar más allá de nuestra manzana para encontrarme otras compañeras, niñas que algunas veces rapiñaban, pero con quienes se podía siempre razonar; que podían usar palabras hirientes, pero nunca levantaban la mano para empujar. Yo había empezado a temer las batallas diarias con Mikey y el cambio me hizo feliz. 

Continúa ampliamente ignorada la causa de que se prefieran compañeros de juego del mismo sexo, pero los científicos especulan sobre que una de las razones puede estribar en las diferencias cerebrales básicas. Las aptitudes sociales, verbales y la capacidad para relacionarse de las niñas se desarrollan años antes que las de los chicos. Sus diferencias cerebrales son probablemente la causa de que sus estilos de comunicación e interacción sean tan diferentes. Los niños típicos se divierten con la lucha, los simulacros de combates, los juegos rudos con coches, camiones, espadas, armas y juguetes ruidosos, preferiblemente explosivos. Tienden también más que las niñas a amenazar a los demás y a me-terse en más conflictos, ya desde los dos años, y están menos inclinados a compartir juguetes y a respetar turnos que las niñas. 
Éstas, en cambio, no se complacen en los juegos rudos: si se ven envueltas en demasiados jaleos se limitarán a dejar de jugar. Según Eleanor Maccoby, cuando las niñas se ven presionadas en exceso por chicos de su edad —los cuales simplemente están divirtiéndose— se retiran del lugar y encontrarán otro juego, preferentemente uno que no implique la participación de niños muy impulsivos. 

Hay estudios que muestran que las niñas guardan turnos veinte veces más a menudo que los niños y que sus juegos de ficción tratan habitualmente de interacciones en el cuidado y atención de seres más desvalidos que ellas. Esta conducta tiene por fundamento el desarrollo del cerebro femenino típico. La agenda social de las niñas, expresada en el juego y determinada por su desarrollo cerebral, consiste en formar relaciones estrechas y bilaterales. El juego de los chicos, en cambio, no versa usualmente sobre relaciones, sino que consiste en el juego o juguete por sí mismo así como en conceptos de rango social, poder, defensa del territorio y fuerza física. 

En un estudio efectuado en Inglaterra en 2005 fue comparada la calidad de relaciones sociales entre niños y niñas de cuatro años. Tal comparación comprendía una escala de simpatía según la cual eran juzgados a tenor de cuántos de los restantes niños deseaban jugar con ellos. Las niñas vencieron rotundamente. Estos mismos niños de cuatro años habían sido medidos en sus niveles de testosterona en el útero entre las doce y las dieciocho semanas, mientras se desarrollaban en diseño femenino o masculino. Aquellos que habían tenido menos exposición a la testosterona mostraban más alta calidad en sus relaciones sociales a los cuatro años: eran las niñas. 

Algunos estudios sobre hembras primates no humanas también proporcionan indicios de que estas diferencias sexuales son innatas y requieren acciones adecuadas de preparación hormonal. Cuando los investigadores bloquean el estrógeno en las jóvenes hembras de primates durante la pubertad infantil, éstas no desarrollan su habitual interés por los pequeños. Además, cuando los científicos inyectan testosterona en fetos de primates hembra, las hembras inyectadas acaban apeteciendo más los juegos rudos y violentos que la media de las hembras. Esto es verdad también entre los humanos. Aunque no hemos efectuado experimentos para bloquear el estrógeno en niñas pequeñas o inyectado testosterona en fetos humanos, podemos ver cómo opera este efecto cerebral de la testosterona en la rara deficiencia enzimática llamada hiperplasia adrenal congénita (HAC), que aparece en uno de cada diez mil niños. 

Emma no quería jugar con muñecas y le gustaban los camiones, los ejercicios físicos y los juegos de construcciones. Si le preguntabas a los dos años y medio si era un niño o una niña, te respondía que era un chico y te daba un puñetazo. Luego echaba a correr y el pequeño «defensa», según la llamaba su madre, golpeaba a cualquiera que entrara en la habitación. Jugaba a lanzarse animales de peluche, pero los echaba tan lejos que era difícil recogerlos. Era huraña y las niñas del parvulario no querían jugar con ella. Andaba también un poco retrasada respecto de las otras en cuanto al desarrollo del lenguaje. Sin embargo, a Emma le gustaban los vestidos y le encantaba que su tía la peinase primorosamente. Su madre, Lynn, ciclista apasionada, atleta y profesora de ciencias, se preguntaba, cuando me trajo a Emma a la consulta, si el hecho de ser atleta había in-fluido en la conducta de su hija. La mayoría de las veces una niña como Emma se cuenta entre diez y, simplemente, es poco femenina. En su caso, Emma tenía HAC. 

La hiperplasia adrenal congénita hace que los fetos produzcan cantidades de testosterona, la hormona del sexo y la agresión, en sus glándulas adrenales, a las ocho semanas después de la concepción, el momento en que sus cerebros empiezan a tomar forma según un diseño masculino o femenino. Si observamos hembras genéticas cuyos cerebros están expuestos a aumentos de testosterona durante este periodo, vemos presumiblemente que las estructuras cerebrales y ese comportamiento son más similares a los de los varones que a los de las hembras. Digo «presumiblemente», porque no es fácil estudiar el cerebro de un niño pequeño. ¿Puede imaginarse acaso a un niño de dos años sentado quieto durante un par de horas en un aparato IRM sin que le hayan sedado? Pero podemos deducir muchas cosas del comportamiento. 

El estudio de la hiperplasia adrenal congénita proporciona pruebas de que la testosterona, normalmente, erosiona las robustas estructuras cerebrales de las niñas. Es posible comprobar que al año, las niñas con HAC, de modo comprobable, ejercitan menos contacto visual que otras de la misma edad. A medida que estas niñas expuestas a la testosterona se hacen mayores, se sienten mucho más inclinadas hacia las peleas, los alborotos violentos y el juego de fantasía con monstruos o héroes de acción, que a procurar cuidar a sus muñecas o vestirse con trajes de princesas. También realizan mejor que otras chicas los tests espaciales, con un éxito similar a los niños, mientras ejecutan peor aquellos tests sobre el comportamiento verbal, la empatía, la crianza y la intimidad, rasgos típicamente femeninos. De esto se deduce que la conexión cerebral de los varones y mujeres para el contacto social queda afectada significativamente no por los genes, sino por el aumento de la testosterona que entra en el cerebro del feto. Lynn se quedó aliviada al ver que había una razón científica que explicara alguno de los comportamientos de su hija, porque nadie se había tomado la molestia de aclararle lo que sucede en el cerebro afectado por HAC. 

Educación de género 

La naturaleza, ciertamente, es la que interviene con más fuerza para lanzar comportamientos específicamente sexuales, pero la experiencia, la práctica y la interacción con las demás personas puede modificar las neuronas y el cableado cerebral. Si uno quiere aprender a tocar el piano, tiene que practicar. Cada vez que practicas, tu cerebro asigna más neuronas a esa actividad, hasta que finalmente has creado nuevos circuitos entre estas neuronas de modo que, cuando te sientas en el banco, tocar es ya una segunda naturaleza. 

Como padres, respondemos naturalmente a las preferencias de nuestros hijos. Repetiremos, a veces hasta la náusea, la actividad —la sonrisa de mamá o el silbido ruidoso de un tren de madera— que hace que nuestro pequeño ría o haga muecas. Dicha repetición fortalece esas neuronas y circuitos del cerebro del niño, que procesa y responde a cualquier cosa que inicialmente haya captado la atención de él o ella. El ciclo continúa y de este modo los niños aprenden las costumbres de su género. Dado que una niña responde tan bien a los rostros, hay probabilidad de que mamá y papá hagan muchas carantoñas y ella se vuelva todavía mejor en la res-puesta. Entrará en una actividad que refuerza su habilidad para estudiar las caras; y su cerebro asignará más y más neuronas a esa actividad. La educación de género y la biología colaboran para hacernos lo que somos. 

Las expectativas de los adultos en cuanto a la conducta de las chicas y los chicos desempeñan un papel importante en la configuración de los circuitos cerebrales; Wendy la podría haber estropeado a propósito de su hija Samantha, si hubiera cedido a sus propias preconcepciones acerca de que las niñas son más frágiles y menos aventureras que los chicos. Wendy me dijo que la primera vez que Samantha trepó a la escalera de gimnasia laberíntica para bajar sola por el tobogán, inmediatamente volvió la vista hacia Wendy para pedir permiso. Si hubiera notado desaprobación o miedo en la expresión facial de su madre, probablemente se habría detenido, habría vuelto a bajar y hubiera pedido ayuda a su madre, como hacen el 90 % de las niñas pequeñas. Cuando el hijo de Wendy tenía esa edad, nunca se habría preocupado de observar la reacción de su madre, ni le habría importado que Wendy desaprobara este gesto de in-dependencia. Samantha, obviamente, se sentía dispuesta para hacer este salto de «niña mayor», de modo que Wendy se las arregló para sofocar el miedo y dar a su hija la aprobación que necesitaba. Dice ella que desearía haber tenido una cámara para grabar el momento en que Samantha aterrizó con un golpe en el trasero. Su cara se iluminó con una sonrisa que expresaba orgullo y entusiasmo e, inmediatamente, corrió hacia su madre y le dio un gran abrazo. 

El primer principio de la organización del cerebro consiste en la suma de genes y hormonas, pero no podemos desatender el ulterior esculpido del cerebro que resulta de nuestras interacciones con otras personas y nuestro entorno. El tono de voz, el contacto y las palabras de un progenitor o canguro ayudan a organizar el cerebro del niño e influyen en su versión de la realidad. 

Los científicos siguen sin saber exactamente hasta qué punto puede reformarse el cerebro que nos dio la naturaleza. Va contra la naturaleza de la intuición, pero algunos estudios muestran que los cerebros del hombre y la mujer tienen distinta susceptibilidad genética a las influencias ambientales. En ambos casos, de todos modos, ya sabemos bastante para entender que debería dejarse de lado el debate, básicamente mal planteado, de naturaleza contra educación, puesto que el desarrollo de los niños está inextricablemente compuesto de ambas. 

El cerebro mandón 

Si eres progenitor de una niña pequeña ya sabes de primera mano que no siempre es tan obediente y buena como la cultura nos quiere hacer creer que debería ser. Muchos padres han visto evaporarse sus expectativas cuando llega el momento en que su hija consigue lo que quiere.

• Vale, papá, ahora las niñas van a comer y por eso hemos de cambiar sus vestidos —dijo Leila a su padre, Charles que, dócilmente, les cambió los vestidos por ropas de fiesta—. ¡Papá, no! —chilló Leila—. ¡Los vestidos de fiesta no, los de comida! y las muñecas no hablan así. Tú tienes que decir lo que te dije que dijeras. Ahora dilo bien. 

• Está bien, Leila, así lo haré. Pero dime, ¿por qué te gusta jugar con muñecas conmigo en vez de con mamá? 

• Porque tú, papá, haces lo que yo te digo. 

Charles se quedó un poco desconcertado por esta respuesta y Cara y él atónitos por el descaro de Leila.

Durante la fase juvenil no todo es calma. Las niñas pequeñas no exhiben usualmente agresividad en forma de juegos rudos y violentos; no luchan ni se golpean a la manera de los niños. Por término medio, las niñas tienen más aptitudes sociales, empatía e inteligencia emocional que los chicos. Pero no os engañéis. Esto no significa que los cerebros de ellas no tengan circuitos adecuados para lograr todo lo que se proponen ni que no puedan volverse unas tiranuelas con tal de conseguir sus propósitos. 

¿Cuáles son las metas que dicta el cerebro de una niña pequeña? Establecer relaciones, crear comunicación, organizar y orquestar un mundo de niña en cuyo centro se encuentre ella. En esto es donde se manifiesta la agresividad del cerebro femenino: protege lo que es importante para él, que siempre, inevitablemente, es la relación. La agresividad, con todo, puede repeler a otros, lo que socavaría los propósitos del cerebro femenino. De esta suerte, la niña anda por la delgada línea que separa el hecho de estar segura de que se halla en el centro de su mundo de relaciones y el de arriesgar el rechazo de esas relaciones. 

¿Os acordáis de las gemelas que compartían el armario ropero? Cuan-do la una pedía a la otra que le prestase la camisa rosa a cambio de la ver-de, lo planteaba de tal modo que si la hermana se negaba, ella se consideraría desgraciada. En vez de coger la camisa, aquélla empleaba su mejor surtido de habilidades —el lenguaje— para obtener lo que quería. Ella contaba con que su hermana no quería ser considerada una egoísta y, ciertamente, ésta le daba la camisa rosa. Aquélla obtenía lo que quería, sin sacrificar la relación. Esto constituye la agresividad en rosa. La agresividad implica que ambos sexos sobrevivan, en pos de ese objetivo, ambos tienen circuitos cerebrales. En las niñas es simplemente más sutil, lo cual acaso sea un modo de reflejar sus circuitos cerebrales singulares. 

La opinión social y científica sobre el buen comportamiento congénito de las niñas es un estereotipo erróneo surgido del contraste con los chicos. En comparación, ellas resultan perfumadas como rosas. Las mujeres no necesitan empujarse y, por tanto, parecen menos agresivas que los varones. Según todos los criterios, los hombres son, como pro-medio, veinte veces más agresivos que las mujeres, cosa que se confirma con una simple ojeada al sistema de prisiones. Casi iba a dejar sin mencionar la agresividad en este libro, después de haberme dejado arrullar por los cálidos circuitos cerebrales comunicativos y sociales de la mujer. 

Estaba a punto de dejarme engañar por la aversión femenina al conflicto, inclinándome a pensar que la agresión no forma parte de nuestro esquema.

Cara y Charles no sabían qué hacer a propósito del autoritarismo de Leila. No se limitaba a decirle a su padre cómo jugar con las muñecas. Se ponía a chillar cuando su amiga Susie pintaba un payaso amarillo en vez del azul que ella había ordenado y Dios nos librara de que la conversación no incluyera a Leila a la hora de cenar. Su cerebro femenino exigía participar en cualquier comunicación o relación que acaeciera en su presencia. Quedar excluida era más de lo que sus circuitos infantiles podían soportar. 

Para su cerebro de la Edad de Piedra —y no lo neguemos, por dentro seguimos siendo gente de las cavernas— ser excluido significaba la muerte. Se lo expliqué a Cara y Charles y decidieron esperar a que acabara esa fase en vez de intentar cambiar la conducta de Leila; con razón, por supuesto. 

No quise decir a Cara y Charles que lo que les preocupaba de Leila carecía de relevancia. Sus hormonas eran estables, se encontraban en un punto bajo y su realidad era bastante serena. Cuando las hormonas vuelven a conectarse y se acaba la pausa juvenil, Cara y Charles ya no tendrán que habérselas con el cerebro mandón de Leila. El cerebro audaz de ésta se saltará los límites. La inducirá a ignorar a sus padres, encandilar a una pareja, dejar la casa y convertirse en alguien diferente. La realidad de una adolescente se volverá explosiva y se intensificarán todos los rasgos establecidos en el cerebro femenino durante la niñez: la comunicación, la relación social, el deseo de aprobación y la captación de indicios acerca de qué pensar o sentir. Tal es la época en que una muchacha se vuelve extremadamente comunicativa con sus amigas y forma unos grupos sociales muy bien entablados para sentirse segura y protegida. Dentro de esta nueva realidad impulsada por el estrógeno, la agresividad también representa un papel importante. El cerebro adolescente la hará sentirse poderosa, dotada siempre de razón y ciega ante las consecuencias. Sin tal impulso, nunca sería capaz de crecer pero, adaptarse a él no es fácil, especialmente para la muchacha. Cuando empieza a experimentar su «potencial femenino» completo —que incluye el síndrome premenstrual— la rivalidad sexual y el control de grupos de chicas suelen convertir los estados de su cerebro en una realidad un tanto endiablada.
Adelanto del libro publicado en El Clarin

Título El cerebro femenino
Autor Louann Brizendine
Editorial RBA -Del Nuevo Extremo
ISBN 978-987-609-032-2
Clasificación Divulgación científica
Páginas 288
Formato Rústica
Publicación Marzo de 2007
Idioma Español

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